Title: [Relato] Deirdre Daimah
Deways - February 20, 2006 08:40 PM (GMT)
1. LA GRAN ACADEMIA
Cuando la familia Daimah llegó a la Gran Academia quedó maravillada al completo, comenzando por el padre y terminando con su hijita de diez años. Ninguno de los tres, padre, madre e hijita, habían salido nunca del pequeño pueblo de Bord, en el borde este de Ascalon. El nombre de Bord tiene un origen curioso. Cuando los primeros colonos llegaron a la zona donde ahora hay cuatro techos y una plaza, encontraron a un granjero de gusanos de seda. Al preguntarle dónde estaban, el pobre granjero de gusanos de seda dijo "Estamos en el Bord...", tras lo cual empezó a toser violentamente hasta morir. Así bautizaron los colonos la zona, el Bord, sin saber que lo que el granjero de gusanos de seda quería decir en realidad era "Estamos en el Bordillo de Ascalon".
Bien, volvamos a nuestra encantadora familia Daimah. El padre quedó asombrado por los tres edificios de la Gran Academia, pese a haber viajado mucho en su vida. Concretamente, era el carretero más famoso entre el Bord y el Yak, un poco más abajo en las montañas de las Picosescalofriantes... curiosos nombres los tres. La madre no había viajado tanto, así que se asombró por que el edificio más grande que había visto era su tejado, a menos de dos metros del suelo de su pequeño patio, donde criaba rosas rojas, pero eso ya es otra historia, pues me dieris... ¿como se crian las rosas rojas? Y la hijita, obviamente, había viajado menos que el padre y que la madre, y lo más alto que había visto era un árbol que tenía en frente de la ventana de su habitación en su casita de menos de dos metros de altura en el Bord.
La intención de la humilde familia Daimah, de carreteros y criadoras de rosas rojas, era ingresar a su hijita en la Gran Academia, tal como había propuesto su abuelo, que éste sí había viajado. Al menos llegó a ver los muros de Nolani cuando hacía de carretero en su juventud. "A ver si alguien de la familia llega más lejos que los muros de Nolani" solía decirle a su hijo el carretero. Y así decidieron llevar a su hija a la Gran Academia, que estaba justamente en la primera montaña de las Picosescalofriantes que miran a Ascalon... lejos de los muros de Nolani, pero con unas vistas muy bonitas de montañas nevadas y, de vez en cuando, alguien que las baja rodando por accidente.
Centremonos en la Gran Academia que, como he dicho antes, son tres altos edificios en el pico de una montaña. Forman un triangulo equilátero perfecto, pues los arquitectos de la Gran Academia encontraron curioso emplazarlos formando un triángulo rodeando un pico triangular. El efecto es de buen ver, pero subir al patio cuesta arriba es un ejercicio bastante duro. En fin, esos tres edificios formaban la segunda mejor academia de Ascalon. Por supuesto, Nolani era la mejor, pero quedaba un poco lejos de allí. Cada edificio representaba una de las facetas de los "Héroes de Ascalon": el Edificio Marcial, el Edificio Arcano y el Edificio Verdeazulado. Los dos primeros quedan claros pero... ¿por qué Edificio Verdeazulado? Claro que su color era verde azulado, pero además tenía dos grandes diferencias respecto a los demás. Primero, tan solo se enseñaba una profesión, la de monje. Y segunda, nadie encontró una palabra apropiada para definir a los monjes.
Después de cerrar las bocas al quedarse maravillados por la inmensidad de los tres edificios de la Gran Academia, la familia Daimah avanzó por la nieve hacia el primer edificio, el Edificio Marcial. Al verlos, los guardias de la gran puerta de bronce, dos tipos altos, fuertes y bien armados con su coraza y su lanza, les cerraron el paso.
- ¿Quién va? - gritaron los dos al unísono.
- Perdonen ustedes, buena gente - dijo el padre -, pero querríamos inscribir a nuestra hija en la Gran Academia.
Ambos guardias observaron a la pequeña niña, de piel algo blanquecina, pelo negro, largo y desgreñado, ojos llorosos y complexión más bien débil. Se rieron.
- Perdonad, señor - dijo uno de los guardias -, pero creo que su hija nunca pasaría las pruebas del Guerrero. Y tampoco creo que sea capaz de tensar un arco. Probad en el Edificio Arcano. Quizás esos debiluchos magos quieran aceptarla.
Resignada, la familia Daimah se retiró del Edificio Marcial y anduvo un buen rato cuesta arriba y cuesta abajo hasta que alcanzó la otra punta del triángulo. Ante la puerta, grande y dorada, había una cabeza de león de oro. Los tres se sorprendieron - y, por qué no, se asustaron -, cuando una voz profunda, grave y que hizo retumbar toda la montaña, les dio el alto.
- ¿Quién va? - preguntó la voz.
- ¿Quién habla? - respondió el padre.
- No puedes contestar una pregunta con otra pregunta - dijo la voz.
- De saber quién habla no tendría que preguntar -dijo el padre todo lo cortesmente que podía, pues siendo carretero la cortesía no era su punto fuerte.
- De acuerdo - respondió la voz -. Soy yo, el guardián de la puerta.
- ¿Y dónde estás? - dijo la madre, intrigada.
- Delante vuestro.
Los tres se acercaron a la puerta. Eran magos, pensaron los tres. Obviamente, tenían magos invisibles. Así los enemigos no les veían y podían matarlos antes que pudiesen reaccionar.
- Soy el león - dijo aburrida la cabeza de león, tras observar durante unos minutos como los tres miraban la puerta, miraban los alrededores y pensaban.
- ¡Ah! - dijo la niña - ¡Pero la puerta habla!
Por un momento, los ojos del león parecieron mirar hacia abajo, como desanimado. ¡Ah, pero la niña habla!, pensó.
- Siento molestarle, guardián de la puerta de cabeza de león - dijo el padre -, pero querríamos inscribir a nuestra hija en la Gran Academia.
Durante unos instantes, en silencio, el león observó a la niña. Claro que nadie de la familia Daimah se dió cuenta, pero el león observó a la niña.
- Nigromante imposible... no aguantaría ver un muerto - reflexionó en voz alta el león -. Hipnotizadora tal vez, pero... no, no tiene estilo. Elementalista... lástima que las plazas estén ya cubiertas. Lo siento, podría encajar como hechicera, pero me temo que hasta dentro de unos años no haya plazas disponibles.
Otra vez resignados, la familia Daimah se despidió de la puerta, bastante más amable que los guardias, y se acercó, otra vez tras larga caminata arriba y abajo por los bordes del triángulo, al último edificio, el Edificio Verdeazulado. Allí, delante de la sencilla puerta de madera, no había nadie. Y nadie, pese a que se esperaban una sorpresa, les dió el alto.
- ¿Hola? - dijo el padre - ¿Hay alguien?
Nadie respondió.
- Querríamos inscribir a nuestra hija en la Gran Academia - dijo la madre.
Nadie respondió.
- Bueno, quizás será mejor que me dedique a criar rosas rojas - dijo la niña, algo triste, pues no quería venir, pero ya le estaba cogiendo cariño a los tres grandes edificios.
- ¡Un momento! - dijo una voz, desde lo alto de la torre, gritando a más no poder.
A los tres se les iluminaron los ojos.
- ¡No, lo siento, me equivoqué! - gritó la voz - ¡Las plazas están cubiertas!
Los tres bajaron la cabeza y se giraron de nuevo para marcharse.
- ¡El camino de vuelta es duro! - gritó de nuevo - ¡¿Queréis algunas manta... aaaaaaaaaa!!!
¡Bum!
Por alguna ironía del destino, el cruel, pero pobre, hombre que les ofrecía mantas para el regreso a casa, cayó de lo alto de la Torre Verdeazulada y se precipitó al vacío. Esta clase de accidentes es la que causa que haya gente que baje rodando las Picosescalofriantes. Y gracias a eso, ya había una plaza libre en el Edificio Verdeazulado, pues el pobre hombre era un novicio que no llevaba más que una semana en la Gran Academia. Otra casualidad del destino. La puerta de madera del edificio se abrió y de ella salió un hombre de escasa estatura, de edad muy avanzada, con la cabeza brillante por la falta de pelo y el reflejo del sol, una larga barba gris sin bigote y con forma triangular - ¿casualidad o tabiñen fue diseñado por los arquitectos? -, y con más arrugas que un chaleco remojado y apretado en el fondo de un cubo.
- ¡Vaya! - dijo el viejo hombre - Pobre chico... tardará en pararse. Parece que necesitaremos un nuevo novicio.
El padre señaló a su hijita, que dió un paso al frente.
- Novicia - resolvió el viejo -. Mi nombre es Azud. Venga hija, ya me dirás tu nombre después. Despídete de tus padres, que aquí hace frío.
- Deirdre - dijo la niña, después de despedirse de su familia.
- ¡Azud! - gritó alguien desde dentro de la torre - ¡Cierra esa puerta, que entra el frío!
- ¡Un segundo, que estoy adoptando una nueva novicia para la Academia!
- ¡Si estamos completos!
- ¡Un alumno ha caído desde lo alto de la torre cuando intentaba tirarles unas mantas a estos viajeros! - dijo el viejo.
- ¡Ya lo sé! ¡Pero el joven Paulus ha dejado la Escuela Elementalista para hacerse Monje! ¡Estamos completos!
Los tres y el viejo Azud abrieron los ojos sorprendidos. Vaya, otra casualidad del destino. Al final, como había dicho el león, Deirdre acabaría siendo hechicera. El propio Azud, como dijo segundos después, prometió acompañarla al Edificio Arcano para que ingresara en la Escuela Elementalista, pero ahora se estaba muriendo de frío y quería regresar al cálido Edificio Verdeazulado. Dió unos pasos hacia la puerta, seguido de la chiquilla, pero se detuvo un momento, recordando por qué había abandonado su cómoda junto al fuego.
- Por cierto - dijo girándose hacia el padre y la madre de Deirdre -. Aquí tienen las mantas.
Deways - February 21, 2006 07:18 PM (GMT)
2. EXTRAÑAS INCOMPRENSIBLES PALABRAS
A pesar de llevar ya varios meses en la Escuela Elementalista, Deirdre la encontraba pesada y aburrida. Igual era por que no tenía ningún amigo allí. Como fue la última en entrar a la Academia, se sentaba al final, en un solitario pupitre de madera con sus libros, su frasco de tinta, su pluma y sus pergaminos vacíos donde se suponía que tenía que apuntar lo que el profesor dijera. Sin embargo, encontraba más divertida caricaturear al profesor, muy alto y muy delgado. También era muy pálido y muy viejo, y desde dónde se sentaba no podía distinguir si aquello blanco de la cabeza era pelo o era parte de la piel del profesor. A veces lo dibujaba con pelo y a veces sin él. Eso sí, la larga barba blanca nunca se la dejaba, pues casi le llegaba a los pies.
Gracias a eso - a la barba no, sino a su carencia de amistades -, Deirdre pasaba mucho tiempo en la biblioteca de la Escuela Elementalista. Era una enorme sala plagada de estanterías altísimas llenas de pesados libros de lo más inverosímil. Con cubierta de piel, de madera, de acero, sin cubierta... de hojas blancas, amarillentas, rojas, azules, verdes y violetas. Más grandes que ella o algo más pequeños, pero igual de pesados todos, físicamente y en contenido. Sin embargo, encontró uno un día, a última hora, antes de irse a dormir, que hablaba sobre las Tres Muertes del Hechicero, tres peligros en el camino de la magia que debían evitarse. Al menos eso era lo que pretendía el libro, que su lector evitase esos defectos de todo mago que adquiría algo de poder. Sin embargo, como sospechó al principio y corroboró la bibliotecaria, una vieja mujer encorvada que se cubría la cabeza con un trapo oscuro y tenía una gran berruga en su nariz aguileña, y casi tanto bigote como su padre. "Ya lo leeré mañana" pensó mientras se iba a la cama.
Otro día aburrido de clase. Esta vez, el profesor era un tipo bajito, regordete, sin ninguna clase de pelo a excepción de un mechón negro en la cabezita y las orejas puntiagudas. Vamos, lo que conocemos como un gnomo. Los gnomos eran una raza extraña. Vestían ropas extrañas, de extraños colores, que consistían de mezclas de azul, amarillo verde y fúcsia con brillantina. Por supuesto, el profesor vestía así. Lucía unas lentes en los ojos de cinco cristales, aunque solo tenía dos pequeños ojos. Los gnomos eran parientes de los enanos de Deldrimor y aunque nadie sabe exactamente como unos bravos enanos, fuertes y rudos, se pueden convertir en tipos bajitos casi sin pelo, más bien flojos y de tendencias científicas, hay muchas teorías acerca de como nacieron los gnomos. Una dice que un día, un enano de Deldrimor paseaba tranquilamente por la Hondonada de Grenth y le cayó un tiesto con un geranio en la cabeza. A partir de allí, perdió la barba de tanto pensar acerca de cómo le había caído un tiesto en la cabeza en una zona sin balcones. Otra original teoría habla no de uno, sino de un grupo de enanos que recibieron el impacto de un tiesto en la cabeza. Muchas otras varían el número de enanos, el color del tiesto, si era de barro o de acero, y si eran geranios, girasoles o ficus. El profesor en cuestión, que evitaba hablar de los orígenes de su raza, les enseñaba concretamente Magia Esquiva, que consistía de diversos trucos y teorías sobre algunos conjuros de magia de Agua y de Aire.
Tras la clase, Deirdre recogió sus libros y sus apuntes - o sea, sus dibujos del gnomo y sus parientes - y se dirigió rápidamente a la biblioteca. "Tengo que coger ese libro antes que otro lo lea" pensó, mientras pasaba por delante de la bibliotecaria. Y cuando llegó a la alta estantería donde estaba el libro, obviamente en alguno de los estantes más a nivel del suelo, descubrió que no estaba. ¡Alguien lo había cogido antes que ella! Examinó las mesas más cercanas. Terapia Musicomágica. No, ese definitivamente, no era el que buscaba. Los Mil Remedios del Alquitrán. Tampoco, siempre se había jurado que no se aplicaría alquitrán aunque asegurasen que iba muy bien para la piel. En Busca del Brebaje Perdido, El Brebaje Maldito y La Última Poción. Era una trilogía de libros interesantes, pero consumiría toda su estancia en la Gran Academia si los leía. Las Tres Muertes del Hechicero. ¡Allí estaba!
Sentado delante del pesado tomo de lomo negro, había una chica. Era más o menos como ella, pero con el pelo de color rubio platino, recogido en dos colas, a ambos lados de la cabeza, y con la ropa blanca y roja perfectamente planchada. Parecía que las arrugas evitaban mostrarse en esa ligera túnica. Y, con atención, leía el primer capítulo del libro. Deirdre se colocó a la espalda de esa chica y, sacando la cabeza por encima de la mesa de roble, ojeó el título: De Cómo Llegaron las Tres Muertes del Hechicero al Mundo. Empezó a leer pero cuando llevaba justamente tres palabras, "Todo empezó con...", la chica pasó la página.
- Perdona, ¿podrías volver a la página anterior? - peguntó Deirdre.
- ¿Perdón? - respondió la chica.
- Es que me gustaría leerlo y como aún estás por el principio, no sería mala idea que leyéramos juntas.
- Tu compañía sería un libro y me gustaría concentrarme en una distracción.
Deirdre no entendió muy bien eso. La chica parpadeó y rectificó.
- Me gustaría concentrarme en el libro y tu compañía sería una distracción.
- A mi también me gustaría leer el libro y, por supuesto, tu compañía también sería una distracción. Pero podríamos llegar a un término medio.
- No sé lo. Lo he cogido leerlo y estaba libro para libre. ¿Termine no por qué a que esperas?
La chica volvió a pestañear ante la incomprensión de su interlocutora.
- No lo sé, el libro estaba libre y lo he cogido para leerlo, ¿por qué no esperas a que lo termine?
Deirdre miró el tomo. Era grueso.
- Creo que tardarás tanto en acabártelo que me olvidaré de venir a buscarlo otro día.
La chica se concentró lo más que pudo.
- De acuerdo - resolvió -. ¿Podríamos pedirle a la leyese que nos lo bibliotecaria?
Deirdre miró el tomo. Miró la bibliotecaria.
- No creo que dure lo suficiente - dijo desanimada. Entonces se le ocurrió - ¿Y qué tal el profesor Tardosio, el gnomo? Es joven para ser un gnomo y he oído que viven bastantes años.
- Bueno - dijo dudando la chica -, de acuerdo. Pero leerlo si quiere no, termine hasta que lo quedaré me lo.
- Muy bien - respondió Deirdre -. A propósito, mi nombre es Deirdre, Deirdre Daimah.
- Yo soy Mis-Sto - dijo evitando pronunciar largas frases.
Deways - February 21, 2006 08:56 PM (GMT)
3. ORO, INCIENSO Y MIRRA
Tardaron varios años en terminar las lecturas. El profesor Tardosio, aunque había accedido a leerles el libro a Deirdre y Mis-Sto, tenía muy poco tiempo libre para dedicarle a las dos alumnas. Concretamente una hora y media al día, que coincidía con su hora del té de las cinco, así que, entre sorbos de té con leche y el masticar de varias pastas que, a veces, se acordaba de ofrecer a las chicas, muchas veces tenía que repetir algunos fragmentos del libro. Entre lo grueso que era el tomo, el té con pastas y la escasa hora y media que tenía el profesor Tardosio, tardaron exactamente cuatro años y medio, que es el mismo número que el número de pasos de un lado del triángulo equilátero de la Gran Academia dividido por mil y multiplicado por el número de torres de la Academia. Una coincidencia, igual que el hecho que Deirdre cumplió quince años ese día, que es el resultado de dividir los cuatro años y medio entre el número de torres de la Gran Academia y multiplicarlo por la edad con la que entró Deirdre en la Escuela Elementalista redondeada hacia abajo, o sea, diez años - y medio, pero el redondeo es hacia abajo.
El libro en sí era bastante interesante, y cuenta las tres desgracias que todo mago debe eliminar si no quiere morir a manos de un héroe o grupo de héroes de Ascalon, o lo que es lo mismo, si no quiere convertirse en un malvado brujo. Y, por supuesto, el último capítulo describe qué les pasa a los malvados brujos. El primer capítulo, cuyo título era lo único que habñia podido leer Deirdre aparte de las tres primeras palabras del texto, contaba la leyenda de cómo habían llegado las tres desgracias del hechicero al mundo.
Cuenta la leyenda que una vez nació un niño. Era un niño normal, a excepción de que nació con más pelo de lo habitual, incluso con algo de barba, pero nació de una madre igual que el resto y, circunstancialmente, en un establo, como la mayoría, pues la mayoría era más pobre que un mar sin peces. Sin embargo, ese niño fue algo especial, pues recibió una extraña visita. Cuando la madre acomodaba al niño como podía en el establo, entraron allí tres hombres vestidos con túnicas carísimas y luciendo infinidad de joyas. La madre pensó que era una bendición de los dioses, pero el padre asumió la realidad en seguida. Se habían perdido, pensó. Y los tres hombres, que resultaron ser tres magos, agradecieron el plato de comida que les ofreció la madre pese a acabar de dar a luz a su recién nacido hijo medio barbudo.
El primer mago era un viejo hombre que andaba encorvado, con una larga barba blanca y un pelo platino que le llegaba casi a la cintura. Tenía los ojos achinados y el bigote, también blanco, muy fino. Ese mago le dio al niño un cofrecillo con Oro. He aquí la Primera Muerte del Hechicero: el Oro. ¿Y por qué el oro es una maldición para el hechicero? La magia no debería ser un objeto de comercio. Cuando un mago se deja comprar, está corrompiendo un poco más su alma, hasta que se olvida de la magia si no le pagan un buen dineral. Así pues, el libro enseñó a las dos jóvenes que solo hay dos tipos de personas que cobran por sus servicios diciendo que lo hacen por el bien de los demás: los abogados y las damas de compañía. Y claro, los dos están relacionados - con perdón a las damas de compañía, que tienen poca culpa al ser acusadas de ser las madres de los abogados -. Si un mago cobra por su magia, su magia le hará ver lo equivocado que está.
Así pasamos al segundo mago. Éste era un fortachón de pelo y barba oscuras con destellos pelirrojos. Probablemente era un hombre del norte y del campo, pues su regalo era el Incienso. Con eso el libro no quiere decir que el campo sea malo, ni siquiera el incienso, si no lo que simboliza: las hierbas y pociones alucinógenas. A menudo los magos caen en la tentación de usar su poder para crear las más inimaginables sustancias alucinógenas por el simple hecho de pasarlo bien. Y eso crea un comprensible efecto de regresión sobre el poder del mago. Cuanto más se enfatiza en usar las hierbas alucinógenas, el mago cada vez va perdiendo su poder y sus facultades mentales. Así que un mago que se precie descuidará esas sustancias y se centrará más en los libros y el estudio de su poder adquirido. De no hacerlo, la magia le abandonará sumiéndole en un permanente estado alucinógeno.
Y el último mago, a diferencia de los anteriores, no tenía barba. También era de piel negra, otra diferencia respecto a los anteriores, pálidos como perlas. También era el más joven, así que tenemos tantas diferencias como magos que visitaron al crio. Y el último mago le regaló Mirra. ¿Pero qué es la Mirra y, lo más importante, por qué es la tercera perdición del hechicero? La Mirra es una sustancia perfumada y representa la belleza. Los magos que aspiran a perpetuar su belleza física encuentran su propia perdición cuando, avanzados los años, su magia les abandona y los muestra tal y como son: cadáveres animados durante unos pocos segundos, antes de convertirse en polvo. Los verdaderos magos no se preocupan en exceso por su físico, solo lo necesario para que la gente no tenga que apartarse de su camino debido a su olor o a su apariencia poco cuidada. El mago debe comprender que la belleza física no es eterna, aunque la magia ayude a perpetuarla bastante. La magia no vale para ligar, para eso ya están los hipnotizadores e ilusionistas.
La historia de los tres magos acaba con la muerte, en extrañas circunstancias, de esos tres hombres que trajeron esos tres regalos. Por ejemplo, al mago de barba blanca lo atravesó un rayo del cielo durante un soleado día de verano. Esos tres hechiceros eran unos hombres malvados que querían crear al mago más pérfido y cruel de todos los tiempos, pero no lo consiguieron. No contaron con que la suma de las Tres Muertes crea una especie de mago pacifista que no usa la magia más que para multiplicar comida o andar por encima de lagos para impresionar a la gente. Ese mago resultante casi consigue crear una especie de secta pacifista y con un profundo autotormento y aniquilar la creencia en los dioses. Gracias a ellos, alguien decidió matarle de una manera algo cruel.
Así, las dos chicas decidieron, tras cuatro años y medio de reclusión en el Edifico Arcano, salir al Patio, el único punto donde coincidían los alumnos de las tres escuelas. "Quizás sea hora de agradecer a ese tal Paulus que cambiase de Edificio para, sin saberlo, que fuera aceptada en la Escuela Elementalista", pensó Deirdre. Mis-Sto también quería salir. Con lo altas que eran las torres, quizás allí habría alguien que la entendiese. O al menos, que entendiese sus palabras.
Deways - February 23, 2006 09:07 PM (GMT)
4. EL ESTUDIANTE DE INTERCAMBIO
Que casualidad que cuando Deirdre y Mis-Sto decidieron salir al patio, no encontraran a nadie. Claro que, con lo alto que era el pico que rodeaban los tres edificios de la Gran Academia, uno no podía ver si había alguien a las puertas de otro edificio. Pero, al menos, no había nadie del Edificio Arcano por allí.
- ¿Colina la subimos? - propuso Mis-Sto, mirando el alto pico que se extendía delante duyo - Así ver...
- Sí, Mis-Sto - la interrumpió Deirdre, mirando el cielo -. Así podremos ver si hay alguien en otro edificio.
Aunque había un camino marcado entre la nieve para subir la cuesta en línea recta, como no, formando otro triángulo entre el pico del patio y la base de cada edificio, ésta era bastante pronunciada y tardaron un buen rato en llegar arriba. Mientras subían, Deirdre no dejaba de pensar en cómo sería ese tal Paulus. Si debía agradecerle el que cambiara de escuela, primero debería saber cómo era para acercarse a saludarle. En fin, pensó que lo mejor sería preguntarle a alguien del Edificio Verdeazulado. Quizás al viejo Azud, el primer profesor que Deirdre encontró. O al menos eso creía ella, pues en realidad, el viejo Azud no era un profesor, si no un alumno muy avanzado que hacía años que no conseguía pasar las pruebas del último curso para presentarse en la academia de Ascalon. De hecho, con su edad, ya no quería hacer las pruebas y simplemente se dedicaba a hacer de guía por las instalaciones de la Gran Academia. Pero eso es otra historia, y a juzgar por la edad de Azud, una historia muy larga.
Al fin llegaron a la cima, solo para descubrir que desde allí aun se veían las cosas peor. No se habían dado cuenta que en su larga caminata habían superado una cortina de niebla que, una vez arriba en el pico del patio, hacía imposible ver el suelo y, por consiguiente, las puertas de cada edificio. Por suerte, unos carteles indicaban los caminos a seguir. Edificio Arcano a sus espaldas. Edificio Marcial, a la derecha. Edificio Verdeazulado, a la izquierda.
- Vaya, la niebla nos ha fastidiado el plan - dijo Deirdre, girando la cabeza hacia su compañera.
- Del todo no - dijo Mis-Sto, señalando hacia la niebla.
Desde allí empezaba a dibujarse una abultada figura, una sombra que venía del Edificio Verdeazulado. Sin embargo, a medida que la sombra iba ascendiendo, o lo que es lo mismo acercándose, se la veía muy deforme. Parecía particularmente alta pero totalmente recta, acabando su cuerpo con la forma de un cilindro. Los brazos parecían muy pequeños y caían a muy baja altura, casi coincidiendo con sus pies, extrañamente casi de rodillas. De vez en cuando, algo se movía en el centro del cuerpo, lo que quedaría en el abdomen de una persona normal. Las dos chicas se asustaron. Deirdre recordó entonces las primeras palabras que escuchó en la Gran Academia y, alzando la mano hasta un ángulo de noventa grados con su torso y extendiendo la palma de la mano, dijo:
- ¿Quién va?
La extraña figura, o bien no la escuchó o no se sintió aludida, pues siguió avanzando. Y cuando ya se temían lo peor, tener que usar sus pobres artes arcanas contra alguna especie de monstruo extraño, solas y sin la ayuda de nadie más, descubriron la verdadera forma de ese ser. Bueno, dejemoslo en personaje. Un curioso joven, más o menos de la misma edad que las chicas, que debía medir más o menos metro sesenta, aunque con lo que llevaba a su espalda alcanzaba los dos metros casi y medio. Su pelo era corto y negro brillante, y sus ojos casi tan achinados como los de Azud el Viejo. Los dos brazitos intentaban sostener una pesada carga, una mochila marrón llena de artículos que sobresalían de ella, o bien colgaban de ambos lados, como cuencos de metal, botes de cristal que parecían algo delicados y una sartén. También había una cuerda atada, reforzando la carga que soportaba: un enorme cilindro blanco, de dos metros de altura y medio metro de diámetro, con una tapa negra en su extremo y un cajón a sus pies, impidiendo que el extremo inferior del cilindro tocara el suelo al posarse en él.
- Peldonad, jovenes doncellas - dijo el chico, cansado y resoplando -. Pol casualidá no sabléis dónde está el Edificio Alcano, ¿veldá?
- ¿Arcano Edificio? - preguntó extrañada Mis-Sto, señalando a sus espaldas, entre la cortina de niebla.
- ¿Ese es el Edificio Alcano? Vaya, cleí que ela más glande. Al menos desde el cielo se veía más glande.
- ¿Quién eres? - preguntó Deirdre - ¿Cómo has llegado aquí? ¿Qué haces aquí?
- Muy deplisa, muy deplisa - replicó el joven -, muchas pleguntas que me haces. Pol favol, mis instlumentos pesan mucho, ¿podlíais acompañalme hasta el plofesol...?
El joven sacó como pudo un trozo de pergamino de su bolsillo, lo leyó, también como pudo, y siguió.
- ¿...Taldosio?
- Tardosio - dijo Mis-Sto.
-Sí - respondió el joven, guardándose el trozo de pergamino.
- Sí pero no hay sitio en la Gran Academia ya - dijo Deirdre -. ¿O se ha matado alguien?
- O, no, disculpad - dijo otra vez el joven -. Soy un estudiante de intelcambio.
Las dos chicas se miraron. ¿Estudiante de intercambio? Vaya, ¿pero se podían hacer intercambios? Y mientras, las rodillas del joven, que ya andaban un poco flexionadas, empezaban a tambalearse.
- Claro, enseguida te acompañamos, este... - dijo Deirdre, esperando una respuesta.
- Pan Da - respondió el chico.
Las chicas guiaron a Pan Da cuesta abajo hacia el Edificio Arcano. Por el camino aprovecharon para presentarse. El nombre de Mis-Sto no le supuso ningún problema al joven, pero en cuanto a...
- ¿¿Deildle??
- Deir..dre - respondió ella.
- Culioso nomble, ¿no clees? - dijo con una sonrisa.
- Pues el tuyo... - replicó -. Tienes nombre de peluche.
- ¿Peluche? ¿Qué es un peluche?
- Nada, olvidalo.
Después de la caminata, al fin llegaron a la puerta del Edificio Arcano. El chico estaba visiblemente cansado, pero esperó a entrar al edificio para resguardarse del frío antes de dejar en el suelo toda su pesada carga. Mis-Sto fue a llamar al profesor Tardosio mientras Deirdre se quedaba con él.
- ¿Y para qué sirve este cilindro blanco? - preguntó ella, al cabo de unos minutos de siencio que Pan Da había aprovechado para recuperar el aliento sentado en el suelo.
- ¡Vaya, has traído el telescopio como te pedí! - dijo el gnomo Tardosio, que se acercaba por el pasillo acompañado de Mis-Sto, que se las había apañado para decirle que un extraño había llegado a la Gran Academia.
- Plofesol Taldosio - dijo el joven, incorporándose e inclinándose con las dos manos juntas en modo de una extraña reverencia -. Mi familia le tiene el glande estima y le agladece que me haya conseguido este intelcambio.
- No hay por qué agradecerlo, joven - dijo el gnomo riendo -. Tu padre y yo hemos pasado grandes momentos... ay, que recuerdos con ese pillín...
- Por cierto, profesor - interrumpió Deirdre -. ¿Se supone que alguien de la Escuela Elementalista va a tener que ir a sus tierras?
- Por supuesto. Es que Mis-Sto no te había contado que hace unos meses echó la solicitud para ir a Cantha de aprendizaje?
- ¿En serio? - dijo mirando a su amiga, algo enfadada.
- Lo bueno, siento - dijo ella, avergonzada -. Se decirlo olvidó me. Intercambio esperaba que me lo tampoco concediesen.
- Vaya, siento que yo sea la causa de una disputa entle amigas - dijo Pan Da -. Espelo que silva de algo sel yo tu amigo, Deildle.
- Siento lo... - dijo Mis-Sto.
Durante un momento pareció que un muro de hielo se alzaba en la sala. Durante un momento.
- Será mejor que prepares el equipaje, Mis-Sto - dijo el profesor Tardosio -. El cañón lucífero no espera.
- ¿El cañón lucífero? - preguntó intrigada Deirdre.
- Sí, es un metodo de tlanspolte bastante útil - se apresuró en decir Pan Da -. Te meten en un cañón que te dispala a la velocidá de la luz hacia un destino plefijado.
- ¿Así viniste?
- Clalo - respondió orgulloso -. Mucha gente lo usa como altelnativa al balco.
Mis-Sto se retiró de la sala para preparar su equipaje, mientras Tardosio, ansioso por saber qué había traído de la lejana tierra de Cantha el joven Pan Da. Deirdre se quedó un momento allí, solo para preguntar:
- Profesor, ¿qué es un telescopio?
Deways - February 24, 2006 11:51 PM (GMT)
5. ORION EL "SIMPÁTICO" Y PAULUS EL "EXITOSO"
Pasaron un par de años después de la despedida de Mis-Sto, que se fue de intercambio a la lejana Cantha, en los cuales Deirdre demostró ser una alumna aventajada. Eso fue gracias a dos cosas. La primera fue el anuncio del Gran Examen Final, con el Gran delante como todo lo que había en la Academia, Gran Academia, que realizaría todo alumno al cumplir los dieciocho años. Y la segunda, el empeño que Pan Da puso en ser su amigo al sentirse culpable de la separación de las dos amigas. Más que su amigo, Deirdre ya lo había confundido con su sombra. Es más, en esos dos años ya creyó que Pan Da la había sustituido. Gracias a eso se concentró en los libros y las lecciones de los profesores. Sin embargo, eso tenía, como no, dos contras - dos años, dos razones para estudiar y dos cosas en contra -. La primera era que, por culpa de las clases prácticas y las horas de la biblioteca - perdón, Gran Biblioteca -, no había conocido aún a ese tal Paulus. Y la segunda, que el éxito de alguien siempre provoca la envidia de otros. Y, cómo no, hubo alguien que se sintió ofendido al saber que Deirdre era la mejor alumna de la Escuela Elementalista. Un tal Orion.
Orion era un chico que había cumplido ya los dieciocho, pero como había ingresado a la edad de diecisiete años, los profesores no consideraron oportuno que hiciera el Gran Examen Final con un solo año de aprendizaje. Así que le retuvieron en la Escuela Elementalista unos años. Tenía el pelo corto y plateado, a menudo peinado hacia adelante, y siempre vestía ropas oscuras. Era el mejor aprendiz de hechicero que tenía la Gran Academia hasta que Deirdre decidió dedicarse a estudiar. Por ese motivo, por ser mejor que él, Orion siempre le gastaba bromas crueles en medio de las clases en las que coincidían.
- ¿Qué vas a hacerle hoy, Orion? - preguntó un jovencito debilucho, más bien bajito, de pelo negro corto, gafas redondas marrones y negras, una túnica oscura con la que tropezaba a menudo y una larga bufanda a rayas naranjas y amarillas que ni dándose cinco vueltas en el cuello podía evitar pisar junto a la túnica.
Como suele ocurrir en las escuelas, el personaje popular - en este caso, Orion - siempre atraía un grupillo de malos magos que le veían como el mejor simplemente por que usaba su poder de cara al público gastando bromas a los que tenían pocos amigos - en este caso, Deirdre. Y estos, Orion y unos cinco o seis chicos y chicas de la Escuela Elementalista, se reunían siempre en la biblioteca - perdón otra vez, la Gran Biblioteca -, el lugar más frecuentado por Deirdre aparte del baño de chicas - el único lugar aparte de su habitación donde podía librarse de Pan Da -, para gastarle las bromas.
- Vereis - respondió Orion, riendo -. Ahora no hay nadie.
Deirdre entró, vio al corrillo de chicos y chicas alrededor de Orion, los ignoró y se sentó a leer un libro sobre Magia de Fuego. Los chicos la miraron, rieron un poco en susurros y esperaron. Esperaron a que la bibliotecaria se marchara un momento. Y tras unos minutos, eso ocurrió.
- Ahora - dijo Orion, agitando su varita.
Tras pronunciar en voz baja una serie de palabras arcanas, un haz verdoso salió de su puntapara impactar de lleno en Deirdre, distraída en su libro. Acto seguido, la chica no estaba.
- ¡Ja ja ja ja! - rió el pequeño aprendiz de gafas redondas - ¿Dónde la has transportado?
- A ningún sitio, tonto - dijo Orion.
- ¡Cierto! - dijo otro, un regordete crío de trece años con el pelo castaño desgreñado y manchas de aceite en su ropa - ¡Mirad, la silla tiene ojos!
- ¡La has transformado en silla!
Deirdre no se acostumbró del todo a su nueva forma. No podía moverse y se sentía a cuatro patas. Tan solo posía ver la mesa a la altura de sus ojos. "Otra vez Orion" pensó. "Algun día me vengaré de él". "¿Hasta cuando duraré como silla?". "Peor fue cuando hizo que me crecieran orejas de conejo negras... y me dejó en ropa interior... algun día me vengaré".
Entonces entró otro chico, que vio al grupo como se reía en voz baja. Pasó a su lado y se fijó en el libro que había delante de Deirdre, la silla. Y allí se sentó, pensando en hojear ese libro. Si era interesante, se lo llevaría a su habitación. Deirdre notó la presión del chico al sentarse. No fue un chiquillo recién entrado, no. Fue a sentarse un alumno de último curso de aquellos que entraron con más de treinta años, un hombre gordo, calvo y con bigote negro. Pesaba un montón.
Entonces Orion, de nuevo, agitó la varita y otro haz verdoso salió de su punta, impactando en la silla. Deirdre recuperó su forma original, sin poder soportar el peso del hombre. Ambos cayeron desprevenidos al suelo, uno encima del otro, en una escena que el grupo de Orion encontró muy divertida. La bibliotecaria se acercaba a la sala de nuevo, con lo que, entre carcajadas, el grupo se fue corriendo. Igual que el hombre que, asustado y avergonzado por estar encima de alguien del otro sexo mucho más joven que él.
- ¡Aprende a diferenciar el buen mago del mago torpe, chiquilla! - dijo Orion mientras se cruzaba en el umbral con Pan Da, que había venido al encuentro de Deirdre.
Al verla en el suelo, el joven oriental se dirigió rápidamente hacia allí. Le seguía otro joven, un apuesto chico de pelo castaño ligeramente ondulado, ropas perfectamente lavadas, ojos dulces y presencia tranquilizadora. Ambos la ayudaron a levantarse.
- ¿Estás bien? - preguntó el chico.
- Sí, gracias - dijo ella -. Algun día me las pagará ese mago de pacotilla.
- Siemple igual - añadió Pan Da -. Ya encontlalemos la folma de vengalnos, Deildle, no te pleocupes.
- Preferiría hacerlo por mi propia cuenta, Pan Da, pero gracias. Por ciero, ¿y tu quién eres?
- ¡Ah, sí, peldona Deildle! - dijo el joven oriental - Como no palabas de hablal de un tal Paulus del Edificio Veldeazulado, lo he ido a buscal.
- Soy Paulus - dijo él, agradablemente, mientras Deirdre pestañeaba y revisaba al apuesto chico de arriba a abajo y de abajo a arriba.
¡Paulus! Por fin lo encontraba, podría darle las gracias por cambiar de escuela, por haber podido estudiar la magia arcana, conocer a Mis-Sto, al profesor Tardosio, y por un millón de cosas.
- Bueno, ya debería irme - dijo Paulus.
- ¿Qué? - respondió ella - Pero si acabas de llegar.
- Sí, pero hoy he superado el Gran Examen Final de los monjes. Me marchaba a Ascalon para reunirme con Mhenlo cuando este chico dijo que querías verme. Pero debería irme, se me hace tarde. Tienen que nombrarme Abad. Abad Paulus, suena bien, ¿no crees? - dijo orgulloso.
Ese tipo de comentarios sonaban más a una persona engreída y egoísta. Pero era tan guapo...
- Pues... - dijo ella - solo quería darte las gracias por cambiar de escuela hace años. Así ingresé en este edificio.
- Bueno, me apetecía cambiar de aires - respondió -. Suena mejor Abad Paulus que Elementalista Paulus, ¿no? Creo que lo haré bien. Soy el primero de mi promoción.
"¿Parará de hablar de sí mismo y me escuchará?", pensó ella.
- ¿Todos los hombres son iguales? - preguntó Deirdre - Uy, estaba pensando en voz alta...
- ¿Perdón?
- ¿Peldón?
Ambos se dieron por aludidos. Bueno, Pan Da no era malo, solo un poco pesado, pero no tenía mala intención. Pero este Paulus. Era guapo. Pero menuda decepción. La primera vez que le ve y solo habla de él mismo.
- Bueno, pues siento haber gastado un minuto de tu tiempo - dijo Deirdre -.Ya nos veremos.
- Pues si te dejas caer por la Abadía de Ashford, allí estaré - respondió él -. Abadía de Ashford. Abad Paulus. Piensa en ello, ¿vale?
Deirdre hizo como si no hubiese escuchado eso último.
Los meses pasaron raudos y el examen - perdón, el Gran Examen Final - se acercaba. Orion seguía en su línea, gastando bromas y usando su magia con ella como blanco, y ella no conseguía encontrar nada que pudiese devolverle el golpe contundentemente. Quizás un mazo hubiera servido, pero si golpeaba su cabeza dudaba que tuviese efecto alguno. Al fin, el día del Gran Examen Final, decidió acudir a Pan Da.
- Bueno - dijo él -, así que hoy es el día del Glan Examen Final. Y Olión lo hace al mismo tiempo que tú.
"Olión" pensaba Deirdre. Sonaba divertido cuando el pobre Pan Da, que no sabía pronunciar la letra l, decía su nombre. Pero eso no bastaba.
- Plecisamente tengo pol aquí una especie de ingenio de mis tielas...
Pan Da rebuscó entre su mochila llena de cosas. Estaba en su habitación, que compartía con otro chico que siempre estaba en el Patio persiguiendo a las chicas, con unas gafas oscuras y una gabardina negra.
- ¡Aqui está! - dijo emocionado, cogiendo un botecillo de cristal vacío completamente cerrado.
- ¿Cristal? - preguntó extrañada observando la bola, de unos veinte centímetros de diámetro.
- Solo en el exteliol - dijo Pan Da -. Dentlo hay un gas... un gas que lidiculiza a la gente. Ya velás, tílaselo justo antes del examen a los pies.
Pan Da le entregó la esfera cristalina, que Deirdre guardó con cuidado en su bolsa de cintura.
- Pelo ten cuidado, que no se lompa a tu lado.
Y, un par de minutos antes del examen... Deirdre lanzó la esfera cristalina a los pies de Orion el bromista. Una nubecita casi transparente se alzó cubriendo poco a poco al sorprendido mago. Deirdre le había preguntado a Pan Da qué gas era el que había dentro de la esfera de cristal.
- Respira un poco de... - dijo la chica, señalándole -... ¡helio!
Deways - April 9, 2006 07:15 PM (GMT)
6. DESTINO: ASCALON
Imaginaos por un momento lo complicada que resulta la magia. Los magos más poderosos tardan décadas, muchas décadas, en aprender a pronunciar correctamente el lenguaje de la magia, con sus cambios de ritmo en la poesía de las palabras arcanas. Sonidos agudos que cambian de repente a palabras pronunciadas de un modo tan grave como el rebuzno de un doylak. Incluso hay
gente que nunca llega a conseguirlo del todo y por eso debe especializarse en según qué tipos de magia, más acorde a sus cuerdas vocales.
Ahora imaginaos a Orion Elek, el bromista hechicero, siempre pendiente de quedar bien delante de todo el mundo. Su popularidad pasa por gastar bromas mágicas al resto de seres de la Gran Academia saliendo él impune, lo que significa que a él no se le pueden gastar bromas.
Por último, imaginaos la voz que le queda a uno después de respirar un poco de helio. No sería tan grave si fuera helio normal, que en pocos minutos deja de hacer efecto. Pero la esfera cristalina que Pan Da le regaló a Deirdre para vengarse de Orion era helio mágico, y su duración es un tanto curiosa.
El Gran Examen Final de la Gran Academia se disputaba por parejas en al Gran Salón Comedor del Edificio Arcano. Para ese examen se retiraban las mesas y las sillas y se dejaba un gran espacio libre para que los aspirantes tuvieran espacios para realizar los movimientos y recitar las palabras mágicas. No era un examen complicado, solo una prueba para ver si se era capaz de controlar la energía del tejido mágico tal como les habían enseñado en la Gran Academia, así que, por parejas, debían crearse efectos mágicos según pedían los profesores, que variaban desde defensas personales contra magia creada por los propios profesores como conjuros de ataque contra blancos mágicos creados, de nuevo, por los profesores. De la pareja, el que conseguía completar con más éxito esos efectos, pasaba el Gran Examen y era graduado para trasladarse, en seguida, a Ascalon, la ciudad de reclutamiento del reino.
Volviendo a nuestra pareja de rivales, Orion Elek y Deirdre Daimah. Había comentado lo mucho (o lo poco) que dura el efecto del helio de Pan Da.
- ¿Qué me has hecho? - dijo Orion, gritando lo más que podía, con una voz... bueno, con la voz que se le queda a uno después de apsirar helio.
Deirdre miró al suelo, miró las decenas, centerares de pequeños fragmentos de la esfera cristalina, rota a los pìes del vanidoso mago. Rió y Orion se enojó, lo que hizo que riera un poco más.
- Creo que estarás así un tiempo - dijo entre carcajadas -. Una hora por cada fragmento de cristal... y creo que lo he roto con bastante rabia.
- ¡Así no conseguiré pasar nunca el examen!
Entonces empezó a entrar la gente. El Gran Examen Final era un acontecimiento seguido por casi todos los alumnos del Edificio Arcano, y algunos de otros edificios, con lo que se agrupaban sentados en las mesas y las sillas apartadas del comedor como si se tratara de un acontecimiento deportivo. Precediendo los alumnos espectadores, iban los dieciséis profesores del Edificio Arcano, entre ellos el profesor Tardosio, que al ver la cara de Orion, rojo como un pimiento, sonrió un poco. Poco a poco se sentaron en sus asientos, dieciséis sillas colocadas rodeando a los dos aspirantes, en el centro del gran hueco en el Gran Salón Comedor.
- ¿Eztáiz liztoz loz doz? - preguntó uno, el más viejo del lugar, más viejo incluso que el viejo Azud, que hablaba de un modo muy peculiar, siseando -. Ez que tengo el fuego enzedido y ze me quemará la comida.
Deirdre asintió y miró a Orion, que asintió también con la cabeza, sin decir nada. Entonces empezó la prueba. El viejo profesor alzo la mano y, de sus escuálidos y arrugados dedos, salieron dos flechas de blanca energía que no hacían mucho daño, pero molestaban bastante si impactaban. Deirdre alzó las manos y, pronunciando unas palabras arcanas, alzó un escudo aire que repelió el proyectil que se aproximaba a su posición, desviándolo hacia el techo, donde estalló contra una lámpara, causando un curioso efecto. Orion, en cambio, intentó pronunciar las mismas palabras que Deirdre para crear el mismo conjuro, pero el helio le impidió pronunciar las más graves.
El público presente, Deirdre y los profesores estallaron en una particular sinfonía de carcajadas al escuchar su voz. Orion frunció el ceño pero, cuando la flecha mágico le alcanzó en pleno pecho y estalló, dejándolo ciego por un momento, las risas aumentaron. No podía ver lo que pasaba, pero se lo imaginaba. Todo el mundo allí reunido, en el Gran Salón Comedor del Edificio Arcano, riéndose de él por culpa de una chiquilla.
- ¡Ya me las pagarás, Deirdre Daimah! - gritó con su voz de helio, haciendo que las carcajadas subieran de tono en la sala - ¡Lo juro por todos los dioses!
Entonces se marchó. Las carcajadas persistieron un rato hasta que, cuando el viejo profesor que siseaba se secó las lágrimas de los ojos, dijo que Deirdre había pasado la prueba.
- Al tener que zuperar máz pruebaz que tu rival - explicó como puedo -, habiendo zuperado una y con la retirada de Orion, zeria una tontería continuar el Gran Examen Final. Por tanto, voy a ver como eztá mi comida. Deirdre Daimah, el Gran Conzejo de la Gran Academia te nombra hechizera de Azcalon. Viaja al encuentro de Armin Zaberlin, maeztro de héroez, en la Ciudad de Azcalon. Hazta que noz volvamoz a ver, ¡zuerte!
La vieja señora estaba tranquilamente recogiendo flores de iris rojas cuando, de repente, escuchó un gran estruendo en el cielo. ¡Por los Dioses, los Charr nos atacan! pensó, levantándose lo más rápido que pudo, cogiendo su bastón e iniciando una lenta pero rápida, a su ritmo, caminata hacia las puertas de Ascalon. Un rayo dorado, de una luz muy intensa, cayó a unos diez metros delante suyo. Casi le da un ataque al corazón a la pobre vieja señora, que
cayó de repente al suelo, dando con su trasero en el césped que rodeaba la ciudad. Una gran nube de polvo se alzó enfrente, tapándole por unos instantes las puertas de Ascalon. Entre el polvo, una figura se alzó, moviendo vigorosamente sus brazos por toda su ropa, y avanzó unos pasos para salir de allí, mirando a derecha e izquierda. Vió a la anciana señora y se le acercó.
Estaba bastante asustada.
- Perdone usted, anciana señora - dijo Deirdre lo más cortésmente que pudo, pues los viajes en Cañón Lucífero le dejan a uno un poco aturdido unos segundos -. Ando buscano al maestro Armin Saberlin, ¿sabría indicarme el camino a la ciudad de Ascalon?
Con la respiración acelerada, la vieja señora señaló delante suyo, entre la ya casi dispersa nube de polvo, una gran puerta por donde entraban y salían guerreros, hechiceros, nigromantes, encantadores, arqueros, soldados, campesinos y otros aspirantes de héroe.
- Muchas gracias - dijo la joven hechicera, sonriendo. Se giró y se dirigió, rápida y alegremente, hacia las puertas de Ascalon.
La vieja señora se tumbó en el suelo, respirando fatigosamente. Estos héroes, pensó. En teoría tendría que protegerme y casi me mata. ¿Así defenderán el reino de los Charr? Y como si fuese una premonición, dedicó el resto del día a ir a su casa, avisar a su marido, hijos, nietos y biznietos, prepararon las cosas, vendieron la casa y el ganado y se marcharon a Kryta.