Title: [Relato] Angel del Caos
Description: por Abel Lofwyr
Abel Lofwyr - February 14, 2006 02:49 PM (GMT)
Mi grito es de piedra, rebota y rebota en la escalera y rueda y rueda. Robarán el nombre por una carta no enviada, sangre por sangre por dulzura. Mis ojos son de piedra, hieren y hieren y ruedan por la escalera. La balanza está rota y le pones más peso. Mis manos son de piedra, aprietan y aprietan y rompen la escalera. Gira, gira sin control hasta que el mundo sea nuevo. Mi rostro es de piedra, contempla y contempla pero no se apena por la escalera. La que no murió tiene un tinte rojo en la cabeza y yo no encuentro mis bayas. Mi cara es de seda, sonrie y sonrie y sonrie mientras salta los pedazos de la escalera. Sólo el ángel sin rostro de la muerte sobrevive al caos...
La mujer recorría con paso apresurado la sala de cuidados principal de la abadía de Ashford. Llegaba tarde a la ronda de visitas que efectuaba el hermano Roennes, cada día, todos los dias, exactamente a mediodía. Tal precisión impedia usar la típica excusa de un compromiso anterior e incluso verse sorprendido por una emergencia. Para el hermano Roennes, la propia muerte era la única justificación por un retraso no autorizado. Y la mujer ya faltaba por 5 minutos a su puesto dentro de la caterva de aprendices a físico u novicios en el sacerdocio de Dwayna. Al fondo de la enorme nave, oía a Roennes rectificar el diagnóstico dado por uno de sus compañeros con su tono de superioridad habitual. Por el énfasis en la pobre educación campesina de la víctima, ésta debía ser Armand. "Pobre" pensó ella "es todo afán, pero a los ojos del viejo no pasa de ser un recogeboñigas de pueblo".
Aprovechando el largo soliloquio del hermano, la chica procuró mezclarse entre el resto de estudiantes. Si tan sólo tuviera el tiempo suficiente para colocarse detrás de...
- ¡Usted, jovencita! ¿Acaso se cree con la bendición divina de presentarse a sus deberes cuando le venga en gana?
La joven, sorprendida y ruborizada, se giró hacia el hermano Roennes para mascullar una disculpa.
- Perdone mi tardanza, hermano - se dirigió al enfadado anciano - .Mi paciente estaba dando problemas a los cuidadores del turno de mañana, y parece ser que soy la única capaz de mantenerla calmada. Ahora duerme bajo los efectos de una infusión tranquilizante.
- ¿Turbalera? - le preguntó Roennes.
- Rojasalvia. Disipa las posibles alucinaciones que pueda tener el paciente y adormece los sentidos lo suficiente para que pueda dormir por espacio de unas horas. - respondió segura la joven - Y sin efectos secundarios si exceptuamos la somnolencia intensificada tras el despertar.
- Bien evaluado, joven. - pareció aprobar el hermano Roennes - Aquí hay demasiado iluminado que, de ser posible, recurriria a las artes arcanas hasta para pelar una manzana - rezongó mirando uno a uno al resto de estudiantes - , sin recordar que la bendita Dwayna nos proporciona todo lo necesario para sanar el cuerpo y la mente de una manera natural, dejando sus bendiciones para los casos más graves. - Seguidamente, volvió a girarse hacia la mujer - No me parece una de las novicias habituales, jovencita.
- Mi intención era ser acogida bajo la tutela de Lord Vassar para aprender las artes de la ilusión, hermano - contestó ella, recuperada su timidez - , y seguidamente entrar en la Academia para servir a Ascalon y a Rin. Pero quería iniciarme en las artes curativas de Dwayna, y cada vez me siento más...
- Ya basta, niña - cortó el anciano en seco -, veo que te has tomado tu "simple" iniciación como algo muy serio para tener esos conocimientos a tu nivel. Pero tu brillantez no te librará de limpiar las salas de oración de Dwayna... y dejarlas relucientes.
- S-si, hermano - apenas pudo asentir, pues las salas de oración eran enormes y estaban siempre llenas de fieles rezando a la diosa. La única manera de poder limpiarlas era fregando de rodillas, y de madrugada.
- Sigamos con la visita, pues. Por cierto, ¿cuál era tu nombre, aprendiz?
- Ravenwood. Marada Ravenwood, hermano - respondió resignada la joven.
Abel Lofwyr - February 16, 2006 03:02 PM (GMT)
Jakitt Waylon soltó una ristra de insultos y maldiciones mientras recogía los alimentos esparcidos por el suelo. Apenas llevaba dos días en la abadía, pero desde el primer momento los monjes le obligaban a cubrir los mismos turnos que un hermano de pleno derecho, y el cansancio embotaba sus reflejos. Su poca práctica a la hora de manejar una bandeja con comida para cuatro personas era la llamada a un percance tras otro.
Claro está, los monjes tenían buenas razones para mantener ocupado hasta al novicio más reciente. Las tropas apostadas en el Gran Muro de Ascalon habían informado de extraños movimientos entre las fuerzas charr. Bonfazz Pielquemada tramaba algo, pero mientras tanto, sus guerreros efectuaban asaltos relámpago sin parar contra la vanguardia ascaloniana. Como consecuencia de la escalada de violencia, muchos soldados resultaban heridos gravemente y desde la sala del trono se animaba al reclutamiento de monjes sanadores. Para formar a la nueva hornada, los hermanos más veteranos de la Abadía de Ashford mantenian a los novicios entre el campo de batalla y las salas de curación del templo. "Sin tiempo para descansar", se lamentó Jakitt. Fue distraido de sus cavilaciones cuando una figura femenina se agachó para ayudarle a recoger el contenido de la bandeja.
- Ah, Adepta Ravenwood, muchas gracias - se dirigió a la mujer. Ésta llevaba una túnica de color verde oliva con dos líneas de bordados en la manga derecha. Su negro cabello estaba recogido en un moño con lo que parecia ser un pincel, y sus ojos castaños le miraban comprensivos mientras esbozaba un atisbo de sonrisa. No era una monja, como indicaba el color de sus ropas, sinó una estudiante de las artes curativas "de paso" en Ashford antes de entrar en la Academia de Ascalon,o al servicio de un maestro hechicero. No era el único caso en la abadía, sobre todo en los tiempos de guerra que corrían. Los bordados en su túnica indicaban que ya había cumplido su segundo año como estudiante, por lo que recibía la denominación de Adepta, sólo un peldaño por debajo de un hermano de pleno derecho.
- No te preocupes... Jakitt, ¿verdad? - respondió Ravenwood - ¿Has podido dormir un rato? Tienes cara de necesitar una noche completa de sueño. No podrás atender tus deberes si acabas como paciente, en lugar de sanador.
- El hermano Morris es muy estricto, Adepta Ravenwood - dijo en voz baja el novicio.
- Deberías haber conocido al hermano Roennes - Marada sonreía al recordar al arisco anciano, pero notable físico y sanador que la había acogido bajo su ala. Jamás le dió un momento de respiro, mas gracias a sus enseñanzas era una de las mejores sanadoras no místicas de la región. Cuando Roennes cayó durante una escaramuza charr tras el Gran Muro lloró su muerte durante tres días seguidos. - Sería capaz de examinarte sobre posibles antídotos mientras agonizas por una picadura de serpiente... Te salvaría, ¡pero mas vale que le contestaras correctamente o limpiarias las habitaciones durante un mes!
Jakitt no pudo contener una carcajada. Ya conocía suficientes historias de la Adepta Ravenwood y sabía que era igual de estricta que su mentor, pero con un trato más amable y cordial que el viejo monje difunto. Todos los novicios la adoraban como si fuera una hermana de alto rango, aunque apenas tuviera un par de años más que la mayoría.
- Si la carreta no tiene ruedas pueden llevarla unas mariposas - susurró una voz tras ella.
El novicio dió un respingo antes de darse cuenta de dónde provenía aquella incoherente frase. Acurrucada tras Marada se hallaba una joven con una túnica de paciente llena de remiendos, descalza y con el largo cabello castaño ocultándole la mitad de la cara, revuelto y despeinado. Su mirada se posaba a intervalos entre Jakitt y el techo de la sala de curación, mientras sonreía beatíficamente. Parecía ser de la misma edad que Ravenwood, o algo más joven.
- ¡ Por Dwayna! Me habeis asustado, milady. ¿Puedo ayudaros en algo? - le dijo el novicio a la ausente joven mientras se recobraba del susto.
- ¡Mi ladi es tu lado si lo recupera un sapo! Eres bueno, pero no puedes correr como la nada. ¿Me ayudas a buscar mis pies?
- Llevo cuidando a esta chica casi desde que entré en la abadía. - empezó a hablar Marada - Un grupo de soldados de la Academia la trajo aquí, según ellos desde más allá del Gran Muro. Por lo que parece, la encontraron presa por un destacamento charr y pudieron rescatarla. Extrañamente, no parecía haber sufrido tortura alguna salvo cicatrices de antiguas heridas, curadas al parecer por un monje. De todas formas ya había perdido el contacto con la realidad al llegar, y ninguna de las plegarias ofrecidas a Dwayna ha podido restaurar su cordura. Es de difícil trato, pero me tiene bastante aprecio y deja que la atienda en sus necesitades.
La joven se acercó y olisqueó a Jaskitt, tras lo que agitó sus manos frente a su cara y le guiñó un ojo, y después el otro.
- Es simpático, hermana mayor, simpático como un aloe mascota - canturreó mientras bailoteaba la joven - ¿Nos lo podemos quedar? ¿Nos leerá los secretos de una hoja?
- Si, Lily, también será tu amigo si quieres - le contestó Marada. - Como desconocíamos su identidad, le buscamos un nombre. Le gusta Lily, porque dice que suena como un trago de agua caído de un árbol... signifique lo que signifique eso - le dijo al novicio. - Volvamos a tus aposentos, Lily.
Las dos mujeres comenzaron a alejarse en dirección a la zona de la abadía donde se atendían los casos más graves o peligrosos. "Tanto para el paciente como para los que le rodean" pensó Jaskitt. Encogiéndose de hombros, terminó de recoger los restos de comida y fue a buscar una nueva bandeja.
A su espalda, los pacientes que descansaban en sus camastros empezaron a murmurar la misma letanía todos a una :
- No puedes correr como la nada... las mariposas... las mariposas no pueden sobrevivir al Caos... sólo el ángel sin rostro de la muerte sobrevive al Caos...
Abel Lofwyr - February 16, 2006 10:06 PM (GMT)
"La última vela es la más agotadora", se lamentó el hermano Waylon mientras paseaba entre los camastros repletos de heridos. Gemidos y olor a ungüentos desinfectantes llenaba el aire, pero Jaskitt había acabado acostumbrándose al asalto a sus sentidos.
- Amada Dwayna, ¿cuándo empezó nuestro calvario? - se lamentó quedamente el monje.
Por supuesto, sabía perfectamente cuándo había comenzado : en el momento en el que los hechiceros charr, a las órdenes del caudillo Bonfazz Pielquemada, descubrieron una manera de asaltar el Gran Muro. Y la manera fue destruyéndolo, arrasando la muralla y toda Rin mediante una gran lluvia de fuego, roca y azufre desde los ahora oscuros cielos.
La Devastación.
Los campos eran extensiones de tierra yerma, y los ríos masas de negro aceite. Ascalon, o las ruinas de lo que se conoció como Ascalon, mantenia en estos momentos la mayor concentración de supervivientes malviviendo en tiendas de campaña, debajo de ruinas o en rudimentarias cabañas de madera chamuscada. Ashford, como la mayor parte de pequeñas poblaciones a este lado del Gran Muro, ardió hasta consumirse del todo, quedando cráteres y restos de meteoros cristalinos, cortesia de la magia charr. Efígies de sus dioses ardian por doquier frente a los restos de las antaño orgullosas estatuas de los dioses de Ascalon. La inmensa abadía y sus catacumbas sufrieron cuantiosos daños, pero entre sus ruinas se creó un refugio de sanación y cuidados, como fue entonces, gracias a la guía de un veterano monje llamado Sardelac. Todos los novicios fueron rápidamente ascendidos a la categoría de monjes, llamados a las armas al servicio del rey Adelbern o entrando en la Vanguardia del príncipe Rurik. Sólo una pequeña dotación de monjes y adeptos permanecían en el improvisado santuario, cuidando a los heridos de la Devastación, tanto en cuerpo como en espíritu. Muchos inocentes permanecían traumatizados tras presenciar cómo ardian sus hogares, cómo morian sus seres queridos. Unos pocos incluso debían ser maniatados para evitar que se hicieran daño a sí mismos u a otros... "como tuvimos que hacer con la pobre Lily", recordó Jaskitt.
Después del ataque charr, la joven paciente que cuidaba la Adepta Ravenwood se volvió más incontrolable que nunca, y apenas podía Marada mantener a raya sus ataques de furia. Las frases delirantes que pronunciaba se habían vuelto más crípticas y macabras, hasta el punto de que los hermanos de más rango se planteaban algún tipo de exorcismo.
- Hermano Waylon, espero no distraeros de vuestra guardia - le llamó a su espalda el capitán Morris. Morris había sido destacado al santuario con un grupo de soldados a sus órdenes, inicialmente para proteger a los heridos que fueran llegando en busca de atención médica. Posteriormente, anunció que había recibido instrucciones para trasladar a la mayoria de pacientes que pudieran moverse a un nuevo campamento cercano al Templo de la Serenidad. Allí recibirian la asistencia de la sacerdotisa Rasheena y los monjes allí situados.
- En absoluto, capitán. Me estaba planteando el plan más factible para trasladar al grupo de heridos.
- Despreocupaos, hermano - Morris sacudió la cabeza - Tenemos una ruta segura y protegida por la Vanguardia hasta el nuevo campamento. Para ser sincero con vos, seré más feliz lejos de este maldito lugar.
- ¡Comportaos, capitán! - el monje alzó la voz en un arrebato de ira contenida - ¡Pese a la Devastación, éste sigue siendo un lugar sagrado! ¡Valientes sin número han derramado su sangre para mantenerlo en pie!
- Pues derramaron su sangre en vano, monje - miró el capitán a su alrededor, con aire irónico -, pues sólo quedan piedras y polvo. Intentad negarme que hace semanas que se producen extraños sucesos a nuestro alrededor.
- ¿A qué sucesos os referís? - preguntó el monje, temeroso.
- No finjais conmigo, sacerdote de pacotilla. Los enfermos pronuncian incoherencias cuasi proféticas en sueños; los intentos de monjes y hechiceros por usar su magia se ven interrumpidos a veces como si un poder superior interfiriera en sus artes; aumenta el número de desquiciados por la Devastación que únicamente se trataban de pequeñas heridas; y para colmo, dos de mis hombres aparecieron muertos bajo los efectos de la magia a la entrada del sanatorio - terminó de enumerar el capitán Morris.
- Lord Vassar, un gran hipnotizador que se encuentra en estos lugares, está trabajando en una cura para los trastornados por la Devastación. - respondió ofendido Jaskitt - Sinceramente, creo que todo lo demás salvo el ataque a vuestros hombres son historias macabras frutos de los tiempos que corren.
- Como digais, hermano Waylon. Mis hombres tiene de todas formas la orden de reducir a cualquier intruso en el santuario, autorizados a matar si fuese menester.
Asqueado, Jaskitt se apartó del oficial, dirigiéndose hacia el entoldado en el que los monjes preparaban sus remedios más mundanos. De repente, una mano lo cogió por el brazo.
- Tenemos que hablar, Jaskitt - le susurró Marada Ravenwood.
El monje se giró para abrazar a la mujer, pero lo que vió en sus ojos lo detuvo.
- Sé que nos habíamos citado más tarde, amor mío, ¿ha pasado algo?
- Lily ha desaparecido - le dijó la mujer - No paraba de revolverse en su camastro, por lo que tuvimos que maniatarla. He pasado hace una hora, tras dormir un poco después de mis lecciones con Lord Vassar, para comprobar su estado y las ligaduras estaba rotas. No la encuentro por ningún sitio, Jaskitt.
- Tranquila, Marada. No puede haber ido demasiado...
El intento de tranquilizar a la atribulada mujer por parte de Jaskitt se vió interrumpido por el grito de alerta de un guardia. La pareja rompió a correr hacia la fuente del sonido y encontró a un soldado de Morris agarrando a una joven, que se revolvía furiosa profiriendo rugidos y gruñidos a su captor. En el suelo, otro soldado se hallaba exánime con una expresión de absoluto horror en su rostro.
Lo verdaderamente extraño se hallaba en la apariencia de Lily, pues tal era la identidad de la joven como dedujo el hermano Waylon. Había pintado y decorado su túnica de paciente con extraños símbolos arcanos, y su rostro semejaba el de un felino a base de aplicar barro y pinturas en un patrón tosco, pero inequívoco. Sus ojos, que brillaban de furia, parecieron amansarse al ver a Marada, pero apenas un momento después continuó revolviéndose.
El capitán Morris, que llegaba en ese momento, contempló a la cautiva con sorpresa, e inmediatamente desenfundó su espada. Iba a lanzar un golpe mortal, cuando de repente sintió como si su cuerpo fuera pesado cual piedra, y sus movimientos se ralentizaran mil veces.
A su derecha, Marada Ravenwood efectuaba un sortilegio paralizante sobre el soldado.
- ¡Suéltame, zorra hechicera! - le insultó Morris - ¿No ves a esta loca? ¡Ha matado a un soldado de Ascalon y la pena es la muerte! ¡Es una sucia traidora, como tú!
- ¿A qué os referis, capitan? - interrogó al oficial el hermano Waylon - Puede que esté loca, pero eso la exime de cualquier acusación de traición.
- Mirad bien a la serpiente que habeis acogido en vuestro seno, monje - farfulló furioso el capitán - Lleva el rostro y los atuendos del enemigo.
- No puede ser, estais min...
- ¿Mintiendo? No, Ravenwood, no miento. - Morris sonrió amargamente - Los símbolos de su ropa y el maquillaje en su rostro imitan el aspecto de uno de nuestros enemigos. Lleva los atavíos de un chamán charr.
Abel Lofwyr - February 17, 2006 11:37 PM (GMT)
- ¡No pienso dejar que ese militar de opereta le ponga un dedo encima! - gritaba Marada mientras lanzaba por los aires todo lo que llegaba a sus manos.
Jaskitt Waylon, temeroso de contrariar a su amante, se dedicaba a devolver los objetos de la tienda que ambos compartían desde hace unos meses a su lugar de costumbre. Había visto como, en contadas ocasiones, Marada perdía los nervios ante la imposibilidad de salvar a algún herido, o ante la falta de suministros suficientes para alimentar a todo refugiado que llegaba al sanatorio. Pero jamás, ni en sus peores momentos, vió un estallido de furia tan absoluta como el presente.
- Recapacita, querida. Hace meses que, como dijo el capitán Morris, nos vemos asaltados por sucesos de índole sobrenatural que parecen buscar nuestro fin. Monjes que no logran invocar el favor de Dwayna, enfermos que enloquecen súbitamente o murmuran la misma cantinela en sueños, y ahora una loca que cree ser un chamán charr... - intentó argumentar el monje.
- ¡¡¿¿Loca??! ¡Esa pobre chica está perdida! - gritó Marada, presa de la desesperación - ¡Podría ser yo misma, ya que también he perdido a todos los mios en la Devastación! ¡Podrías ser tú, enloquecido por la falta de interés de los dioses, que permitieron todo esto! ¿Cómo, en nombre de todo lo sagrado, puedo dejar que un soldado con ojos de asesino se haga cargo de ella??
El hermano Waylon miró a la mujer escandalizado : - Eso que has pronunciado es una absoluta herejia. Los dioses siguen con nosotros, pero debemos recuperar su favor.
- Pues disculpa mi falta de fe si mis preocupaciones conciernen al bienestar de los hombres, y no de los dioses - Marada podía sentir como la brecha que los separaba se iba convirtiendo en abismo, pero no se detendría ahí - No dejo de preguntarme cuál sería nuestro pecado para que la Señora de la Misericordia nos diera la espalda, ¿y tú?
Jaskitt empalideció súbitamente, pero al instante desechó las palabras heréticas que salieron de la boca de su amor, convenciéndose de que eran fruto de su enfado por el trato dispensado a Lily. En su lugar, se acercó a ella y le cogió de la mano.
- Ahora no debemos discutir, sinó estar lo más unidos posible por el bien de Lily y de todos los que necesiten nuestra ayuda.
La mujer pareció calmarse un poco, aferrando con fuerza la mano del monje.
- Tienes razon, como casi siempre - Marada consiguió esbozar un atisbo de sonrisa, casi como las que le ofrecía antes del dolor, antes de todo - Ahora, por favor, necesito hacerme a la idea de lo que debe hacerse con Lily... Debo meditar...
El monje, satisfecho, abandonó la tienda y se dirigió hacia la zona en la que eran atendidos los enfermos mentales. Pero apenas avanzados unos pasos, la mano del capitán Morris aferró con fuerza su hombro, obligándole a volverse :
- Ha sido una buena pelea, ¿verdad, sacerdote? Pero tu mujer se equivoca. Estoy convencido de que esa chica mató a mis hombres, al igual que al guardia, y que es la culpable de los percances acaecidos entre nosotros.
- No es mi mujer, - pronunció entrecortadamente Jaskitt - ni esa chica puede ser la culpable de los males de los que la acusas. Es una enferma.
- Una enferma que se disfraza como nuestro enemigo, el que destruyó nuestra tierra. Esos malditos charrs la corrompieron de algún modo mientras estuvo bajo su cautiverio, y le concedieron poderes para lanzarla sobre nosotros como un lobo entre ovejas.
- ¿Un charr enseñando sus brujerías a un humano?¿Y consiguiendo que colabore con ellos? - el hermano Waylon lanzó una risotada sin asomo alguno de humor en ella.
El capitán Morris miró fijamente a Jaskitt y le lanzó una sonrisa lobuna :
- Tu hembra prefiere pasar su tiempo al lado de su lecho en lugar de calentar el tuyo, sacerdote. - dijo - Y tres de mis hombres ya recorren el Inframundo bajo la atenta mirada de Grenth. La ponzoña y el rencor recorren las ruinas de tu preciosa abadía, así que pregúntate, ¿estás seguro de que una loca peligrosa que imita a los charr no tiene nada que ver?
Tras estas palabras, Morris dejó al monje en el lugar en el que lo había interpelado y volvió a ocuparse de sus hombres. Jaskitt no quería reconocerlo, pero la semilla de duda que el militar había plantado en su corazón comenzaba a germinar y a crecer sin control.
"¿Y si tiene razón?" se preguntó para sus adentros. "No es la primera vez que ocurren cosas extrañas cuando Lily está presente, pero hasta ahora todo parecía un síntoma del momento que atraviesa Ascalon". Como sacerdote, además, no podía olvidar la discusión con Marada en su tienda. "Se atreve a pronunciar herejías impelida por la preocupación que le causa una única paciente. No es, por tanto, una buena influencia".
Mientras reanudaba el camino hacia el lugar en el que Lily se hallaba retenida, las preguntas seguían alterando su tranquilidad. ¿Cómo ayudar a su querida Marada? ¿Cómo ayudarlas a ambas?
Marada, mientras tanto, ya había decidido el curso de acción que seguiria. En realidad, no conocía nada del pasado de la chica a la que habían llamado Lily. El destacamento que la llevó a la antigua abadía la encontró como prisionera de un grupo charr, pero no pudieron identificarla. Una vez en Ashford, se había intentado todo tipo de terapias para devolverla a la cordura. Ninguno lo logró. Entre los novicios más avanzados del año en el que Ravenwood entró al servicio de la abadía, se rumoreaba que el hermano Roennes, su estimado mentor, alcanzó los recuerdos de la joven desquiciada mediante un oscuro ritual nigromántico. Fuese lo que fuese aquello que vió, nunca volvió a ser el mismo, refugiándose en la enseñanza a los novicios. Marada conocía aquellas historias, pero el respeto y el temor al anciano le impedía interrogarlo sobre dichos rumores.
"Se acabó" sentenció la mujer "Si he de protegerla, si he de sanarla, debo investigar sobre el orígen de su dolencia". Pero su paciente no podía responderle y Roennes llevaba tiempo muerto. ¿Qué hacer?
El día transcurrió aparentemente sin incidentes, pero los rumores sobre el ataque a los vigilantes recorrieron el santuario como una llamarada. En pocas horas, se susurraba al oido de quien quisiera escuchar que entre ellos moraba un espía de los charr, una asesina o algo tan nocivo como una epidemia. Mientras tanto, Jaskitt guardaba el sueño inquieto de la causante de todos esos rumores.
Lily se revolvía maniatada en su camastro, sedada por pociones, murmurando frases incoherentes sin cesar. El monje contemplaba a la enferma entre temeroso y preocupado, pues no podía enfrentarse a ese mal con una simple plegaria de exorcismo. Las horas pasaron, cayó la noche, cuando una figura embozada en una capa pasó cerca de las dependencias de los enfermos y arrojó un bulto a los pies del cansado Jaskitt. El bulto era un pedazo de pergamino envolviendo una piedra, en el que habían garabateado toscamente unas líneas :
Sabemos que es vuestro deber y el de vuestra fe cuidar de esa joven. La decisión a tomar es grave y dolorosa, así que os rogamos nos permitais tomarla a los que tememos por nuestras vidas. Os pedimos que solteis a la chica y la dejeis marchar hacia la verja que circunda las ruinas de la abadía. Nosotros haremos lo que debe hacerse, por el bien de los inocentes que están en peligro cada instante que ese demonio permanece aquí. Hacedlo ahora, o ateneos a las consecuencias
Si el anónimo hubiese llegado un día antes, Jaskitt destrozaría la nota sin pensarlo. Pero mientras la aferraba en su puño, recordó las insidiosas teorías del capitán Morris. Llorando en su interior por lo que sabía era el camino equivocado, pensó de nuevo en las desgracias que rodeaban a la joven enferma, en los enfermos y novicios que estaban a su cargo, en el bienestar de todo el santuario.
Pero, en realidad, eran los celos hacia la que le había robado las atenciones de Marada los que le impulsaron a cortar las ligaduras de Lily. El desprecio hacia sí mismo y sus dudas las que le ayudaron a cargar con su cuerpo dormido y, a escondidas, depositarlo en la verja del santuario Sardelac.
Abel Lofwyr - February 19, 2006 03:19 AM (GMT)
Tras haber recapacitado horas y horas sobre su situación, Marada Ravenwood creyó haber encontrado la solución al enigma de Lily en los mismos rumores sobre el fallecido hermano Roennes. Si éste usó un tipo de ritual nigromántico que le permitia acceder a recuerdos enterrados, sólo era cuestión de encontrar a un nigromante que practicara dicho ritual. Llegada ya la noche, salió de su tienda para ir al encuentro de su querido Jaskitt, para compartir la esperanza que la embargaba.
No tardó en encontrarlo, volviendo hacia las dependencias sanitarias de lo que parecía un simple paseo nocturno.
- ¡Jaskitt! - le abordó la mujer - Creo que he encontrado el modo de descubrir la verdad sobre Lily, de convencer a ese capitán Morris de su inocencia... Por cierto, ¿de dónde venías?
- E-estaba paseando... buscando la inspiración de Dwayna para no equivocarme... - respondó Jaskitt, intentando ocultar la vergüenza que sentia por traicionar a la mujer a la que decía amar.
- ¿Equivocarte? Si te refieres a obrar en contra de uno de tus pacientes, no creo que fueras capaz de eso. Eres uno de los hombres más buenos y nobles que he conocido, Jaskitt Waylon - Marada sonrió mientras se aferraba a su cintura.
El monje luchaba con el desprecio que sentía hacia sí mismo y sus cobardes actos, sobre todo después de las palabras de su amante. Por Dwayna, ¿cómo podía merecer que una criatura así estuviera junto a él? ¿Cómo pudo dudar siquiera de sus sentimientos? Quería gritar su ofensa a los cuatro vientos, arrodillarse a su sombra y conseguir que lo despreciara.
Pero un acto de cobardía siempre engendra sus frutos. Continuaron en silencio hacia las dependencias sanitarias, con la intención de ver a alguien que ya no estaba allí.
Mientras tanto, un grupo de figuras encapuchadas se habían acercado a la drogada Lily, que permanecía estirada en el suelo al lado de la verja del sanatorio.
- Ahora es el momento, camaradas. Que la bruja muera de un sólo golpe, y que no tenga posibilidad alguna de maldecirnos con su último aliento.
El que había hablado, el que espoleaba a los demás, extrajo una daga de su capa, mientras el resto de sus compinches hacía lo propio con las suyas. Preparados, se inclinaron sobre la joven para inflingir la herida fatal.
De repente, dos de ellas cayeron entre horribles gritos, mostrando sus caras signos de enfermedad y sufrimiento tras bajarse sus capuchas. Los tres restantes se volvieron hacia sus compañeros... y hacia las dos figuras que aparecieron de improviso.
Una de ellas, la de mayor edad, portaba una armadura metálica de tonos oscuros, plagada de afiladas aristas que le proporcionaban un aspecto más amenazador si cabe, semicubierta por una capa raída. En sus manos portaba un báculo de madera retorcida y negra, y su melena canosa ondeaba a manos de un viento que no existía. La otra figura, un joven imberbe, sostenía una espada corta y una varita cada una en una mano, con ropas simples que parecían propias de un aprendiz de cualquier oficio.
- La verdad, no pienso interrogaros sobre el porqué vais a matar a una joven indefensa, a traición, enmascarados y bajo el amparo de la noche. - dijo el recien llegado más viejo - Os voy a enviar junto a mi temido señor Grenth de todas formas.
- ¡No sabes lo que está pasando! - gritó uno de los encapuchados, intentando ganar tiempo - ¡Esta loca es una bruja espía de los charr! ¡Hacemos lo que debe hacerse!
- Si es así, viles alimañas, tendreis el placer de recibirla en el Inframundo. Pero su culpabilidad me debe ser demostrada, al contrario que la vuestra. ¡MORID!
Al grito del hechicero, éste y el joven que lo acompañaba alzaron sus armas y apuntaron a los encapuchados. Un flujo de energía pareció surgir de estos, que gritaron como si sus almas les fueran arrancadas de cuajo, e ir en dirección a los hechiceros. Los asesinos frustrados cayeron entonces, muertos al instante.
El escándalo atrajo a los guardias del santuario, que apuntaron sus armas hacia los recien llegados. Atemorizados, miraron a los cadáveres en el suelo y a la chica inconsciente entre ellos, manteniendo las distancias. En breve la mayoría de habitantes del lugar se acercaron a la fuente de los disturbios, incluyendo a Marada y Jaskitt.
- ¡Lily! ¡Oh, por el amor de los dioses! ¿Cómo ha llegado hasta aquí? - exclamó Marada mientras se lanzaba a abrazar a su paciente, tras lo que se volvió hacia el desonocido - ¿Y quiénes eran estos hombres?
- No puedo responderos a vuestra primera pregunta, milady - contestó el mayor sin dejar de mirar a los guardias y sus espadas - Por lo que respecta a la identidad de estos hombres, la desconozco, salvo que son unos cobardes capaces de apuñalar a una chica dormida e indefensa. Mi aprendiz y yo consideramos oportuno evitarlo... - miró entonces fijamente a los ojos de todo el que se atrevió a contemplar su rostro -... y como miembros del ejército del Rey y de la Vanguardia de Rurik, juramos destruir el mal y sus cómplices. Como a cualquiera que ayude a estos perros muertos.
El capitán Morris, recién llegado a la escena del crimen, no pudo evitar mirar durante unos instantes a los encapuchados. "Casi como si no le sorprendiera su presencia" sospechó Marada. Morris, quizás dándose cuenta de su posible desliz, interpeló entonces al desconocido : - ¿Y vos sois, caballero... ?
- Mi nombre es Radagast el Implacable, maestro nigromante y luchador por Ascalon - señaló al joven que lo acompañaba - Os presento a mi aprendiz, Naltar.
- Dwayna o vuestro señor Grenth ha parecido leer mis pensamientos y obrar al respecto, maese Radagast - se le acercó Marada. - Preciso de vuestros servicios para con esta joven, si sois capaz de complacerme...
- Contádmelo todo, milady - respondió el nigromante.
Abel Lofwyr - February 20, 2006 06:24 PM (GMT)
Marada respiraba inquieta, contemplando cómo en el centro de un círculo de oscuros símbolos cabalísticos el nigromante Radagast efectuaba el ritual. Tenían la llave para desentrañar el secreto que rodeaba a Lily y en lo único que podía pensar era en los pacientes que visitaría ese día, o la siguiente lección con Lord Vassar. "Quizás no crea que esto pueda salir bien" pensaba la joven "o quizás estoy horrorizada al ver hasta dónde hemos llegado por una enferma".
Cuando Radagast escuchó la historia de la chica a la que él y su aprendiz habian salvado, y lo que Marada pretendía de ellos, sólo negó con la cabeza :
- Desconozco el encantamiento que solicitais, milady. No obstante, hay otras maneras de ayudar a vuestra paciente. Podemos obtener la información por... una fuente diferente.
- ¿Cómo? - preguntó la joven, angustiada.
- Preguntando a quien conoce también el secreto.
El nigromante, con un grito final, sacó a Marada de sus cavilaciones. Dicho grito no era simplemente una invocación, sinó un nombre :
- Saludos, hermano Roennes.
- Me has llamado, estudiante Ravenwood, y he acudido desde más allá del velo - contestó la figura espectral que se alzaba ante ellos - ¿Qué deseais de mi?
- Gracias a vuestras enseñanzas alcancé el rango de Adepta, maestro. Aunque pretendía y sigo pretendiendo ser hipnotizadora, intento cada día aprender más sobre el arte de la sanación para ayudar a los necesitados. Pero uno de ellos se halla más allá de mis capacidades, y necesito vuestro consejo.
Un atisbo de orgullo por la mujer atravesó los rasgos del anciano, reemplazado al instante por una mirada inquisitiva : - ¿Y qué es aquello que te obliga a invocar a un espíritu de su descanso por un servidor de Grenth?
- Necesito saber si las historias que se explicaban de vos eran ciertas, hermano. - respondió directa la mujer - Necesito conocer el mal que aqueja a Lily y su origen.
El rostro espectral del hermano Roennes pareció perder substancia, mientras sus ojos expresaban dolor, pena.
- Sólo ahora que estoy más allá del tiempo y de la vida he podido conocer, comprender el verdadero alcance de la tragedia de esa desdichada. No me pidas que recuerde.
La mirada intensa de la Adepta Ravenwood fulminó al fantasma, que en voz queda comenzó a hablar :
- Es cierto que conocía el ritual nigromántico adecuado para sumergirme en los recuerdos de otros. Tras practicarlo con la paciente a la cual llamais Lily, pasé dos días en un estado cercano a la muerte, y jamás volví a practicarlo. Las emociones que me asaltaron casi me destruyen como a ella...
"De ella no sé ni su auténtico nombre ni su lugar de orígen, excepto que era nativa de Rin. Desde muy joven, su mayor deseo era entrar al servicio del Rey, estudiar en la Academia, servir a Ascalon. Estudió durante su infancia y su adolescencia, mas pronto le fue imposible seguir progresando, pues su talento natural hacía mucho que había superado el de sus maestros, y todos ellos le aconsejaron instruirse con uno de los mayores expertos en su campo. Lord Vassar, tu maestro."
Marada tembló visiblemente al comprender el significado de las palabras del fantasma :
- Talento en las artes de la ilusión y el engaño. Iba a ser hipnotizadora.
Roennes asintió. Las piezas del puzzle comenzaban a encajar una tras de otra a velocidad vertiginosa : plegarias de curación interrumpidas, accesos de locura y delirio mental que se propagaban como una epidemia, muertes que parecían causadas por contemplar algo aterrador... Nada desconocido para un hipnotizador, cuyos hechizos y encantamientos podían abarcar dichas áreas. ¿Pero cómo una enferma mental podía conjurar tales magias?
- La chica era una hipnotizadora nata, y posiblemente hubiera llegado a ser de las más poderosas tras su paso por la Academia. - continuó el espíritu - Pero cuando viajó para solicitar la tutela de Vassar, algo terrible sucedió.
"Por aquel entonces, el hipnotizador se hallaba en la Explanada de los Débiles, un pequeño campamento cercano a la Cima del Mago Loco. Dicha zona estaba infestada de bandidos, y ella fue asaltada por un grupo de los peores. Auténticos monstruos que hoy son pasto de los aatxes en el Inframundo.
Pese a su habilidad, no fue rival para el superior número de hombres. La capturaron y la llevaron a su campamento. Abusaron de ella, en cuerpo y alma, una vez tras otra. La torturaron, Marada, la vejaron y usaron como esclava. Violada física y mentalmente, no pudo hacer más que refugiarse en su propia mente, pero eso no los detuvo. La destruyeron.
Su tormento duró meses, aunque su mente ya no era capaz de asumirlo. Todo dió un giro inesperado cuando un destacamento de soldados, comandado por el mismísimo príncipe Rurik, decidió limpiar los bosques de esa escoria. Cercados y superados por fuerzas que no les mostrarían la más mínima piedad, los bandidos levantaron su campamento y huyeron, consiguiendo despistar a sus perseguidores hasta llegar a los aledaños del Gran Muro. Su botín, tanto monetario como humano, les acompañaba.
No se sabe cómo consiguieron cruzar el Muro. Quizás fuera un guardia sobornado quien les permitiera pasar, un cómplice, no lo se. El caso es que se alejaron de los territorios controlados por Ascalon, y Rurik no estimó necesario perseguirlos. "Que sean pasto de los charr", debió pensar.
Y así ocurrió. Tras varios días de viaje esperando haber dejado atrás a los soldados de Ascalon, no supieron ver enfrente suyo a una partida charr. Todos y cada uno de los bandidos fueron asesinados, descuartizados y seguramente devorados como cena.
Excepto la chica.
Si fueron nuestros dioses o las impías imágenes a las que adoran esas bestias las que pusieron a ese charr en el camino de la joven, lo desconozco. Mientras destruían el campamento de los bandidos, un charr encontró una humana maniatada y con apenas jirones de ropa entre alforjas. Esa criatura era uno de sus sacerdotes, un chamán. Y vió en los pozos de locura que eran sus ojos una señal de sus oscuros dioses. La hembra humana era Caos, desolación para los de su estirpe. Es todo lo que he podido comprender sobre el lazó que los unió por primera vez, humana y charr. Tal vez fuera cuestión de que dos locuras, una por fuerza y otra por nacimiento, se encontraran. Fuera como fuese, el chamán protegió a la chica frente a todo charr que quisiera dañarla y se la llevó a su campamento.
Muy pronto, ella pasó a ser parte de los ritos charr que oficiaba ese chamán. Defendía ante el líder de su partida que era una señal de sus dioses, que su poder ya comenzaba a decretar la hegemonía charr, que el Muro caería. Las criaturas más cercanas al chamán adoptaron su dogma, y veneraron a la humana como una enviada. Los líderes charr, especialmente el infame Bonfazz Pielquemada, no compartían ese ideal. Esa hembra humana era el enemigo al que iban a aplastar, y su presencia infectaba a su pueblo. Así pues, el chaman y sus seguidores fueron apartados del grueso del ejército charr, y enviados a misiones de hostigamiento contra los humanos destacados en el Gran Muro.
En ese breve período de tiempo ocurrió algo impensable para cualquiera. El chamán charr comenzó a comportarse con su prisionera como si fuera parte de su camada, mostrando toda la amabilidad que una criatura así podía mostrar. Más sorprendente fue que la chica reaccionara a dicho comportamiento. Los sentimientos que pude captar eran los de una hija hacia su padre. El amor, si se le puede llamar así, mostrado por el chamán comenzó a sanar su mente. Ella, para conservar ese amor, se volvió un charr de espíritu, sinó de cuerpo.
Un día, varias partidas charr fueron enviadas en un ataque contra fuerzas de la Academia de Ascalon, en la zona este del Muro. Entre ellas se hallaba la del chamán, acompañado de su sombra humana. Ese día, los nuestros rechazaron a las fuerzas charr, forzándolas a huir hacia sus anteriores posiciones. Envalentonados, los soldados ascalonianos los persiguieron hasta sus cubiles, matándolos a todos. El grupo del chamán charr y sus seguidores, junto a otros supervivientes, se replegó en su campamento. Pero el desprecio por acoger a un enemigo se hallaba enraizado en los aliados que los acompañaban, y cuando los humanos llegaron a su campamento, les abandonaron a su suerte. Lo último que vió la chica antes de caer en la locura de nuevo fue, por un lado, las espaldas de los charr fugitivos abandonando a los que consideraban "herejes", y por otro, a su "padre" luchando hasta la muerte contra los humanos que querían arrebatarla de su lado.
Ese último instante fragmentó de nuevo y por completo su mente. Un cúmulo de recuerdos de una infancia feliz se entremezclaban con dolor, amor, sufrimiento; retazos de humanidad se perdían entre ideología y personalidad charr. Y bajo todo ello, odio. Océanos de odio abrasador hacia los humanos, a los que en su mente asociaba con lo que le hicieron los bandidos, con la paz que había comenzado a hallar y que le arrebataron. Odio contra los charr, los enemigos de su raza primero y los que traicionaron a su "padre" después. Odio contra toda la existencia.
Y así llegó a la abadía de Ashford, rota y ausente de la realidad, pero llena de oscuridad."
Roennes calló de repente, al parecer finalizada su historia. Marada, Radagast y su aprendiz no eran capaces de articular palabra tras la horrible historia. La mujer lloraba en silencio presa del dolor.
- Dwayna bendita... cómo pudistes permitir algo así...
- Entonces, todo lo que ha pasado en este lugar desde entonces... - comenzó el nigromante.
- Está causado por Lily, así es. - concluyó Marada, enjuagando sus lágrimas - El arte de la ilusión puede deformar la realidad a ojos de los demás, por lo que el hipnotizador necesita un autocontrol enorme. Al estar desquiciada, Lily no puede controlar su poder y el talento natural que posee lo proyecta, causando los efectos que os comenté.
- Por eso te elegí a tí, aunque no lo supieras por entonces, para que cuidaras de ella. - dijó el hermano Roennes, mientras comenzaba a desaparecer - Posees la habilidad para atenderla y el poder para controlarla si fuera necesario. Confío en tí, Ravenwood...
Pequeñas volutas de humo quedaban como único rastro del fantasma, comenzando ya a desaparecer cuando Jaskitt irrumpió entre las ruinas en las que se había celebrado el ritual.
- ¡¡ Marada!! - gritó alegre - ¡Vassar quiere verte! ¡Dice que él y la dama Erudine han encontrado la manera de sanar a los que han perdido la razón!
Abel Lofwyr - February 21, 2006 03:08 PM (GMT)
El elemental de piedra alzó su cabeza sin ojos, en dirección a la figura solitara que corría hacia el sanatorio Sardelac. Notando su presencia, comenzó a lanzar una roca tras otra mientras se acercaba para asestar el golpe fatal. Los seres de carne había roto el equilibrio de la tierra y la roca, arrasado todo lo que se encontraba a su paso, y se exigía venganza.
Pero el humano, esquivando como podía los proyectiles lanzados por la criatura, apuntó su báculo y murmuró unas palabras. El elemental de piedra comenzó a ralentizar el ritmo de sus lanzamientos a la vez que quedaba paralizado en el sitio. Tras otra invocación por parte del humano, un vórtice de energía se abrió a los pies del elemental, hiriéndole sin parar. El ser rocoso optó por huir de la criatura de carne, prefiriendo vivir y luchar en otro momento.
Marada suspiró aliviada y continuó su carrera. En unas alforjas a su espalda, portaba varios viales de la poción que la dama Erudine preparó con las indicaciones de Vassar. La clave que les permitió avanzar en sus investigaciones fueron unos simples hongos, para más inri situados en una caverna de las colinas frente al santuario. "Por suerte, conseguimos hallarlos. Ahora hay esperanza", pensó Ravenwood.
La mujer entró visiblemente fatigada a través de la entrada de la verja del sanatorio, flanqueada por dos guardias. Delante suyo se hallaban Jaskitt y Lord Vassar, éste último ansioso por recibir la carga que ella debía entregarle.
- Dime, Marada, ¿la dama Erudine ha conseguido elaborar la poción?
- Aquí teneis las dosis necesarias para empezar a sanar a los trastornados por la Devastación. - le tendió la carga - Por favor, permitidme tomar uno de los viales. Lily no puede permanecer ni un instante más en su estado, si no queremos que se vuelva más peligrosa aún.
Mientras Marada cogía una dosis de poción y se alejaba en pos de la pobre Lily, Jaskitt se hallaba inmerso en sus cavilaciones. Su amante le explicó antes de partir hacia el Templo de la Serenidad lo que ella y Radagast había llevado a cabo, así como la historia de la chica. El monje no sabía si encontrarse más horrorizado por las penalidades sufridas por Lily o por la pecaminosa acción de arrancar a un espíritu pío del seno de Dwayna, pues seguro se había ganado dicha recompensa por sus actos en vida. En nombre de la salvación de la chica, Marada parecía cometer actos cada vez más infames. ¿Hasta dónde llegaría?
Pero el curso de pensamiento del hermano Waylon se detuvo ahí. Si Ravenwood cometía tales faltas, lo hacía por un bien mayor. Tal como hizó él traicionando su confianza, entregando a la chica a los brazos de unos asesinos. "Si ella es culpable, no menos que yo" sentenció para sí mismo Jaskitt.
Entretanto, Marada se acercaba a su tienda, donde la esperaba su paciente, alejada de otros posibles ataques. A su paso salió el capitán Morris, extrañamente inexpresivo :
- ¿Dónde se halla esa loca, Adepta Ravenwood? No creais que por escaparse durante la noche y estar a punto de morir voy a olvidar lo que le hizo a mis hombres... y lo que puede hacernos a todos.
- Se halla a salvo, mi buen capitán - ironizó Marada - Y ya puestos, os debería preguntar cómo es que una enferma bien atada puede escaparse en medio de la noche, esquivar a vuestras ausentes patrullas y ser víctima de un intento organizado de asesinato.
- Los rumores recorren el sanatorio, Adepta. Seguro que hay gente lo bastante preocupada pos nuestra seguridad, más que vos al menos, como para eliminar a dicha bruja. Y mis hombres no pueden estar en todos los rincones de estas ruinas.
Marada observó con desprecio al hombre. Dudaba de que no hubiera tenido nada que ver en el ataque nocturno a Lily. La rapidez con la que retiró los cuerpos de los asesinos no dió tiempo a comprobar sus identidades, por lo que podrían haber sido cualquiera. Incluidos sus hombres : -De todas formas, debeis preocuparos en estos momentos de la organización del traslado. Rasheena me ha advertido de que las criaturas que rodean la zona cercana al Templo comienzan a incrementar su actividad. Quizás en breve el paso no sea practicable para un grupo numeroso.
- Los preparativos están casi completados. Partiremos en un par de días. - Concluyó Morris antes de volver a sus ocupaciones.
En la tienda, Lily jugueteaba con unas piedrecitas tatareando una canción de letra indescifrable. Parecía ajena a cuanto le había sucedido, y brincó de alegría al ver entrar a Marada.
- ¡Hermana Mayor! - gritó - ¡Mira lo que tengo! - le mostró las piedras - No puedo pesarlas porque la balanza está rota, ¿a que son bonitas?
- Muy bonitas, Lily. Ahora escucha, quiero que bebas esto. - Marada le tendió el frasco.
- ¿Está rico? Seguro que son ojos de ángel y bigotes de gato. ¡¡¡Ajjjj!!! ¡¡Sabe mal!!
Marada esperó ansiosa algún tipo de reacción o señal que demostrase el funcionamiento de la poción, pero Lily, apartando el frasco vacío a un lado, continuó jugando con sus piedrecitas. "No ha funcionado".
De repente la chica profirió un grito desgarrador y comenzó a convulsionarse sin control. Marada, asustada, casi no podía sujetarla.
- ¡Jaskitt!! ¡¡Ayúdame!! ¡¡Sagrada sea Dwayna, que alguien nos ayude!!
............................................................
Dos días después, tal y como el capitán Morris había asegurado, la pequeña caravana se ponía en marcha. Atras quedaban unos cuantos encargados del cuidado del sanatorio, pero el grueso de refugiados y heridos que podian desplazarse, unas ciento diez personas, y diez guardias junto con Morris comenzaron el viaje hacia el Templo de la Serenidad.
En uno de los carromatos, Marada Ravenwood vigilaba el cuerpo inerte de Lily. Parecía dormida, pero se hallaba en un estado totalmente inerte. Ninguna plegaria o remedio podía despertarla, pero la Adepta se negó rotundamente a abandonarla en el sanatorio. Dado que era necesario que acompañara al grupo como refuerzo, ocultó a la chica entre el resto de pacientes que transportaban en pequeños carros.
Jaskitt, que avanzaba en vanguardia con los hombres de Morris, se había opuesto a llevarla con ellos. "En su estado, es mejor que permanezca a salvo en el sanatorio. Quizás podrían invertir el proceso", le dijo. Ella ni le escuchó. Empezaba a creer que las palabras envenenadas del capitán contra Lily le estaban llegando más hondo de lo que pudo creer. La realidad era que por su impaciencia a la hora de tratarla, podía haberla perdido para siempre, si antes de mente ahora de cuerpo.
- ¡Así que es verdad! - La voz del capitán Morris la sorprendió mientras éste subia al carromato y agarraba por el brazo a la chica dormida - ¡Has traido a la pequeña zorra loca con nosotros, pese a que te lo prohibí!
La visión del soldado violentando a Lily, después de lo descubierto por el fantasma del hermano Roennes, enfureció a Marada más allá de toda medida. Recurriendo a sus poderes, lanzó todo tipo de hechizos contra el capitán lanzándolo lejos del carromato, al borde de la muerte.
Jaskitt, alertado por los gritos de los viajeros, se acercó a la escena y corrió a imponer sus manos, que se iluminaban con la gracia otorgada por Dwayna, sobre el semiinconsciente Morris :
- ¡Por los dioses, Marada! ¡Has estado a punto de matarlo!
- Y volveré a hacerlo si persiste en su actitud. - amenazó la mujer en voz queda mientras miraba fijamente al capitán, que había recobrado la consciencia lo suficiente para escucharla - Yo soy la responsable de esta chica, y evitaré que pueda causar algún daño contra los que viajan en esta caravana. Pero si alguien vuelve a intentar tocarle un solo pelo de la cabeza, lo enviaré tan rápido al Inframundo que apenas sabrá lo que le ha pasado.
Un impacto brusco golpeó a Marada en la sien, dejándola sin sentido casi de inmediato. A un costado del carro, un soldado balanceaba una honda mientras la cargaba con otra roca.
- ¡Marada! - gritó Jaskitt, pero no pudo acercarse a la mujer antes de que varios soldados le rodearan, apuntándole con sus armas.
- Se acabó tanta patraña, monje. - pronunció Morris, levantado por un par de hombres - Las cosas se harán a mi manera.
Abel Lofwyr - February 22, 2006 03:20 PM (GMT)
El charr se alzó, contemplando el rojizo horizonte en dirección a la muralla que los humanos habian levantado para protegerse de las invasiones del norte. Sonrió al recordar que ellos mismos, tras haberse visto rechazados tantas veces por las fuerzas de los ascalonianos, lo habían sorteado derramando el fuego de los cielos.
Las huellas que seguía pertenecian a un grupo de humanos desplazándose en carros. Seguramente a estas alturas estarian muy alejados de su posición, pero valía la pena aumentar el ritmo y alcanzarlos. En dicha caravana viajaba algo muy importante en su vida. La escoria humana moriría si se interponía en su camino. "O morirá igualmente".
Mientras proseguía su marcha, la criatura pasó junto a los restos cristalinos de una de las grandes rocas de fuego que sus sacerdotes invocaron para derribar las defensas de Rin. Al contemplar su reflejo sintió de repente una sensación de asco insólita, de odio por toda su estirpe, que le sobresaltó, obligándole a detenerse para seguir mirando el rostro que le devolvía el pedazo de cristal.
Todo parecía ser normal : los ojos rasgados, las fauces mostrando sus agudos colmillos, el pelaje que cubría su cuerpo, los fetiches de un chamán. Entonces, ¿de dónde venía ese ansia de destruirse a sí mismo, de arrasar todas las señales de su raza? Desechando tales pensamientos como rescoldos de la furia que le provocaba el pensar en humanos, continuó su camino. No era nada, sólo necesitaba destripar a unos cuantos cerdos ascalonianos para sentirse mejor, se convencía.
Tras unas horas de viaje, divisó el grupo que andaba buscando. Era numeroso, quizás cien o más humanos, acampados a la sombra de una sección del muro. Únicamente vigilaban los guardias que viajaban con la caravana y no parecía que la muralla tuviese otros humanos patrullando por ella. "Acampados en una sección desprotegida. Son carne para la cena", anticipó el charr, gruñendo de satisfacción. Se cubrió como pudo con sus ropajes raídos, revolcándose en el polvo y barro de su alrededor para confundirse mejor con el entorno, y comenzó su lenta incursión hacia el campamento humano. A medio camino, reparó en que no llevaba armas, algo que le sorprendió. "Mejor esperar a que oscurezca".
...........................................................
Marada estaba sentada junto a la verja de la abadía de Ashford, contemplando los campos de cultivo que se extendian hasta las cercanas colinas. En el suelo, Lily jugueteaba con un conejo que había adoptado como mascota. "Es bueno disfrutar de la tranquilidad de Ashford cuando no tenemos que ocuparnos de los heridos" pensaba la mujer. "Lástima, Jaskitt está perdiéndose este buen tiempo".
- Hermana Mayor, ¿quieres jugar? - Lily se volvió hacia ella sosteniendo el animalillo entre sus manos, tatareando una melodía sin letra.
Cuando Marada iba a responderle, apareció de súbito la figura enorme de un charr tras la chica. Blandía un báculo de madera retorcida y llevaba una armadura semejante a la que Lily imitó con pinturas una vez . "¿Cuándo? ¿Cómo puedo recordar algo que no puede haber pasado?" fue el pensamiento repentino que cruzó la mente de Marada, mas sorprendente que la aparición.
Lily, sin inmutarse siquiera, se giró y entregó el conejo al charr con una sonrisa, a la que la criatura respondió arrancando de cuajo la cabeza del animal, entre chorros de sangre que le manchaban sus fauces. Marada, paralizada, sólo pudo contemplar el banquete que el charr se daba con los restos del conejo, con Lily de atenta espectadora.
- Es fácil devorar la inocencia, ¿verdad? - gruñó la criatura, con una garganta que no estaba hecha para pronunciar el lenguaje humano.
- Yo gritaba, pero nadie me escuchaba, y gritaba y gritaba... - siguió Lily. Aunque mantenía una expresión alegre, su mirada se había vuelto tan fría y muerta como la de un cadáver. - Tú intentabas oirme sin poder hacerlo. Me perdí por culpa de los míos.
- Y de los míos - volvió a gruñir el charr.
- Dejé de ser. Fuí una niña. Fuí una chica. Después fuí una loca. Después un charr. Después, Olvido. Seguía girando sin control.
Lily asió la zarpa ensangrentada del charr : - Ahora, dejaré de girar. Ya no seré niña, chica, loca, charr u Olvido. Pero seguiré siendo.
- Juntaremos los pedazos - gruño el charr por tercera vez.
Marada comenzó a retroceder hasta chocar con la verja, pero cuando se giró...
... contempló unos ojos que ardían con el fuego de mil infiernos en un rostro de piedra, terrible, inamovible, que habló con la voz que presagiaba el fin de todas las cosas :
- SEREMOS CAOS.
Marada despertó bruscamente, sintiendo un dolor agudo en la sien. Al llevarse la mano a la zona notó un hilillo de sangre seca goteando de la zona afectada. El dolor que sintió por el acto la desanimó para continuar su examen, pero no le permitía olvidar lo que había soñado.
"¿Qué significa? ¿Acaso Lily está predestinada a cometer algún acto horrible?" se preguntó la mujer. "Los dioses deben haberme enviado este sueño, o sólo sea producto de la conmoción..."
Entonces cayó en la cuenta de lo que había sucedido : el ataque al capitán Morris, las amenazas, su inconsciencia... ¿Dónde estaban? Y lo más importante, ¿Qué había hecho Morris con Lily, totalmente indefensa? Se hallaba en lo que parecía ser una gran tienda, del tipo que los militares de alto rango plantan en el campo de batalla para organizar sus tropas. La caravana se habría detenido para pasar la noche, entonces.
En aquel momento, Morris entró en la tienda, sonriendo ufano :
- Ya os habeis despertado. Lamento los inconvenientes, pero me forzasteis a ello, mi señora. Espero que disfruteis de mis... aposentos. Botín de guerra en una batalla de clanes, digna de un general, y lo suficientemente espaciosa como para que no nos molesten.
- Estoy harta, capitán. - dijo Marada mientras se acercaba a la entrada de la tienda - Decidme dónde se halla Lily antes de que acabe lo que empecé antes. Seguramente vuestros superiores no aprobaran vuestro comportamiento.
- La loca ha sido abandonada en el camino, aunque sin daños, lejos de nosotros. - pronunció el capitán Morris a sus espaldas - Y no creo que mis superiores reciban informe alguno sobre mi conducta, al menos no de tí, zorra.
Antes de poder reaccionar, Marada notó cómo un filo rasgaba la manga de su túnica derramando unas gotas de sangre. Se giró sujetándose la herida para enfrentarse al militar.
- Me habeis dado la excusa que necesitaba, perro. - la mujer comenzó a pronunciar la letanía de un hechizo, pero un acceso de dolor la golpeó por todo su sistema nervioso, derribándola.
Entre convulsiones, escuchó las palabras de Morris : - Si pensabais que sería tan fácil esta vez, me decepcionais. La hoja está impregnada en un bonito veneno, dicen que oriundo de las selvas de Maguuma, y tiene siglos de antiguedad. Es letal de necesidad, extremadamente doloroso y de acción lenta. Tal vez un monje pueda salvaros... pero no hay ninguno por aquí, ¿verdad? Ah, dudo que tu Jaskitt haga algo excepto volverte a traicionar. ¿Sabias que fue él quien desató a la loca y la dejó a merced de los asesinos que envié? Volveré en una hora, si has podido aguantar.
Morris salió alegre de la tienda dejando a la mujer agonizante. No sabía qué era peor, el dolor causado por el veneno o conocer la traición del hombre al que amaba. Quería a Lily como a una hermana, como a una hija, arrebatada de su lado, condenada a muerte. Entre espasmos, lloró.
Después, comenzó a arrastrarse, lenta y penosamente, hacia la entrada de la tienda. No iba a permitirle ganar. No dejaría a Lily a merced de las alimañas.
"Sobreviviré"
Abel Lofwyr - February 24, 2006 03:18 PM (GMT)
Jaskitt llevaba horas forcejeando con las cuerdas que le aprisionaban las muñecas a la espalda. Los hombres de Morris se habían asegurado bien de no permitirle usar ninguna de sus mágicas habilidades para conseguir escaparse, silenciando sus protestas con una mordaza. Fatigado, se paró a reflexionar sobre el militar. ¿Como pudo estar tan ciego? El capitán Morris era un corrupto, preocupado sólo de su autoridad, del poder. Lily o Marada eran obstáculos que le impedian ejercer una autoridad sin más beneficios que el simple placer de dominar. Viendo que las mujeres perturbaban su pequeño mundo privado de control, no tuvo más que sembrar desconfianza en los oídos de quienes le escucharan, como el propio Jaskitt. Su estupidez haría el resto.
Marada. Uno de los soldados la dejó inconsciente a traición, siendo capturada como él sin que nadie en la caravana moviera un dedo. Era algo plausible pues el capitán era el símbolo de la autoridad del Rey, de Ascalon, de Rin, sin contar el ser su única defensa contra todos los peligros del viaje. Ellos eran un aprendiz ascendido a monje demasiado pronto, una traidora que atacaba a sus propios soldados y una loca que decían era responsable de una maldición caída sobre el sanatorio. ¿A quién iban a creer?
De improviso, la lona de la tienda en la que se hallaba cautivo comenzó a rasgarse, mostrando la hoja de una daga seguida de una figura esbelta cruzando por la abertura. Una mujer con el pelo recogido, los rasgos cubiertos por una delicada máscara de porcelana y oro. Vestida con una chaquetilla corta y corpiño, caminaba sigilosamente hacia el interior de la tienda con sus botas de caña alta. Jaskitt se alegró de reconocer la indumentaria, pues eran los ropajes que su amor usaba durante sus estudios de hipnotizador :
- ¡Marada! Dioses, pensé que ese loco te habría...
- ¿Matado? - contestó ella dulcemente - Lo intentó. Casi lo consigue, y ahora llevaré las marcas de su maldito veneno en mi rostro por mucho tiempo. Pero ha fracasado y obtenido su castigo. Aunque no sin ayuda ...
Marada casi no veía el umbral de la tienda frente a ella, sangrando por ojos, oídos, nariz, labios. El veneno de Maguuma era tan letal como doloroso. La mujer se desangraba lentamente, aliviada porque el aturdimiento de la pérdida de sangre disminuyera el dolor, pero debía continuar. No podía dejar a Lily sola.
En ese momento el capitán Morris entró de nuevo en la tienda y contempló a Marada, estirada en un pequeño charco de sangre arrastrándose en su dirección :
- Veo que tienes aguante. Las zorras como tú siempre lo tienen. Pero estás muerta al igual que tu pequeña chiflada, así que ríndete ya.
- N...n...nun...ca - murmuró Marada en un acceso de tos.
Morris soltó una carcajada demente mientras se acercaba hacia la cabeza de la mujer, intentando aplastarla con su bota : - ¡Bueno, tu obstinación será una gran mancha en la suela de mi bota, al igual que tu cerebro!
- Ha llegado la hora de la venganza, escoria humana - gruñó de repente una voz gutural a sus espaldas.
Antes de que Morris pudiera tan solo volverse hacia la fuente de las amenazas, percibió con el rabillo del ojo como algo semejante a un tronco seco se acercaba a gran velocidad hacia su lado derecho. El golpe siguiente reventó su globo ocular y destrozó parte de su oreja, derribándolo entre agudos gritos de dolor.
Mientras intentaba enfocar con el ojo todavía intacto, una figura se sento a horcajadas sobre su estómago y llevó la mano al cinto del capitán, extrayendo la misma daga envenenada con la que atacó a Marada. Sin dejar de gritar, Morris alzó su brazo intentando detener la puñalada que sabía próxima.
El atacante comenzó a hundir la daga en el pecho del hombre, una y otra vez, en pleno corazón. La sangre comenzó a escaparse a chorros hasta que Morris yació con el torso casi abierto, mostrando varias costillas rotas por efecto del ataque. Su asesino escarbó con la daga en el torso destrozado hasta extraer los restos de corazón que quedaban. Tras incorporarse, los lanzó al suelo y pisoteó varias veces, como intentando convencerse de que estaba destruido por completo.
La figura, cubiera por harapos llenos de tierra, se arrodió al lado de Marada y la sostuvo entre sus brazos, gruñendo más que hablando una frase :
- Te quiero, pero no te conozco. Eres mi enemiga pero moriría por tí. ¿Quién eres? - La voz, bajo su sonido gutural, era de mujer. De mujer humana.
- Lily... - contestó Marada entre estertores. Apartó la capucha que ocultaba los rasgos de la joven a la que había cuidado, querido como a una hermana, llenos de polvo, barro y sangre. Intentó limpiar su cara, pero sus músculos no reaccionaban correctamente.
La mirada de Lily se iluminó al reconocerla, pese al dolor que desfiguraba los rasgos cubiertos de sangre : - Hermana mayor.
- Duele tanto... bendita Dwayna, duele tanto... pero soy feliz por verte con vida, hermanita. - logró pronunciar Marada.
- ¿Cómo puedo ayudarte, hermana mayor?
- E-e-n mi bolsa... busca... - exclamó la mujer antes de caer presa de nuevos espamos.
Jaskitt hizo ademan de intentar quitarle la máscara, pero Marada se revolvió sujetando el rostro del monje con fuerza :
- No, amor mio. No soportaría que me vieras así, cubierta de sangre y desfigurada. El veneno y su remedio se han cobrado su precio. Cuando salgamos de aquí podrás usar tu don para curar mis heridas. - la mujer abrazó a Jaskitt.
El monje no cabía en sí de gozo. Su amor estaba vivo y a salvo, el malvado había recibido su castigo. Serían felices por fin, pero...
- ¡Lily! ¡Por Dwayna, la abandonaron! ¡Debemos intentar encontrarla!
- No te preocupes, amor mío - le respondió Marada - Ella fue quien me salvó. Ahora se ha marchado a donde debía ir.
- ¿Marchado? ¿Está despierta? Oh dioses, está enferma, no podemos dejarla sola. ¿Cómo pudo ayudarte?
Marada se acercó a la entrada de la tienda e hizo señas a Jaskitt de que se reuniera con ella : - Después, amor mío. Ahora tengo algo que mostrarte, mi regalo para tí, para el mundo.
El monje, extrañado por las palabras de Marada, caminó hacia la entrada y salió al aire de la noche.
Para encontrarse con una escena dantesca. Ante él se hallaban cadáveres estirados por todas partes. Guardias, pacientes, famílias enteras cubiertas de sangre y con una expresión de agonía en sus caras. Ni el más loco de los poetas describió jamás un espectáculo tan terrible.
Jaskitt comenzó a llorar, afectado por la visión que se mostraba ante sus ojos.
- No entiendo, Marada. ¿Nos han atacado los charr? ¿Cómo es posible...?
- Me traicionaron. Morris intentó matarme y pagó el precio. Sus guardias intentaron detenerme y fallaron. El resto simplemente estaba en mi camino. - la voz de la mujer sonaba dulce, pero a la vez carente de todo sentimiento. Al instante siguiente alzó una mano murmurando algo ininteligible.
Jaskitt quedó paralizado, sin poder mover un músculo. Sólo podía seguir llorando mientras comprendía que su amada había matado a todos y cada uno de los viajeros de la caravana.
- Por qué... Marada...
- ¿Por qué? Porque puedo. - la mujer se acercó a Jaskitt y se quitó la máscara. Detrás le contemplaba un rostro hermoso, bello, con una sonrisa que iluminaría la noche más oscura y una mirada dulce enmarcada por un cabello castaño recogido, que la oscuridad de la tienda no le permitió ver.
El rostro de Lily.
Lily introdujo la mano en la bolsa que Marada llevaba colgada al cinto, esperando hallar alguna clase de antídoto. En su lugar, sujetaba unas pequeñas piedras rojizas sin valor alguno. Cuando miró de nuevo a la mujer agonizante, recordó.
Uno de sus juguetes.
Marada, ciega ya a cualquier cosa que no fuera dolor, acercó el brazo al lugar en el suelo donde reposaba la daga asesina.
- Por favor... Ya es-s-stoy más allá de cualquier cuidado... - cada palabra era acompañada de esputos sanguinolentos, pero ella no se detenia - Solo puedes hacer una cosa por mi...
Lily sostuvo las piedrecitas con una mano mientras con la otra recogía la daga y apuntaba al corazón de Marada visiblemente alterada. Las piezas de su mente comenzaban a reorganizarse otra vez. Tenía el poder de alterar la realidad de los demás, pero su locura le arrebató ese don hasta que la poción de Erudine se lo devolvió. Con la excepción de que esta vez era su propia realidad la que se alteraba, rehacía, transformaba en un nuevo todo completo. Con una pequeña hendidura en un cristal oscuro.
- Recuerda... pese al odio que sientes... por todo... que te quiero pase lo que pase... - fueron las últimas palabras de Marada entre lágrimas de sangre.
Lágrimas que hallaron su eco en las de Lily, que atravesaba el corazón de la mujer con la daga.
Un pequeño pedazo dorado taponó la hendidura del cristal oscuro.
Lily acercó sus labios al oído de Jaskitt, con un susurro :
- Porque quiero.
La daga atravesó la parte posterior del cráneo hasta llegar al cerebro. La vida desapareció en los ojos de Jaskitt.
Porque solo el ángel sin rostro de la muerte sobrevive al Caos.
......................................................................
Recogiendo las pocas pertenencias de Marada, así como unas provisiones para el viaje, la mujer abandonó el campamento antes de amanecer. No miró atrás ni una sola vez.
Un mundo nuevo se abría ante ella, listo para ser purificado de la escoria que lo habitaba. Se pasearía entre sus habitantes, fingiendo ser como ellos, vivir como ellos. Pero, tarde o temprano, se interpondrían en su camino.
Y ella los enviaría con los dioses a los que adoraran.
Alzó la máscara de porcelana para observar la superfície pulida de su interior. Desde esta, un rostro de afilados colmillos y ojos amarillos, de suave pelaje marron le devolvía la mirada. Como la otra raza que más odiaba.
Como el rostro de su padre.
Mientras comenzaba a caminar, un extraño fuego nació también en su pecho. Un calor que le recordaba que era capaz de amar, de sentir. Ignoró esa sensación y caminó hacia la Puerta Fronteriza del Gran Muro, olvidando que esa pequeña parte de ella era la que había completado el ser en el que se había convertido.
Al llegar a la Puerta, un guardia la miró extrañado : -¿Venís sola? ¿Con todos los charr y alimañas que nos rodean?
- He tenido suerte de viajar por caminos poco transitados por nuestros enemigos - respondió con voz dulce.
- Sois afortunada, milady...
La llama ardió dentro de ella nuevamente.
- Marada. Marada Ravenwood.