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Title: Rolear... Historia de los Personajes
Description: La Historia de nuestros personajes .....


Valadwyn - January 16, 2006 11:42 AM (GMT)
Pues esta es una idea que llevamos a la practica en un clan que hicimos con unos colegas hace tiempo, lastima que las responsabilidades de cada uno dieses al traste con el clan.

No se trata de otra cosa que de poner la historia de cada uno de nuestros personajes, si los administradores del foro lo consideran una buena idea lo pondria en los fijos del general de guild wars O donde se considere oportuno.

Por no saturar el hilo si una historia gusta sera mejor no hacer off topics aqui. Y poner las opiniones en un post aparte. :)

Asi que empezaré yo mismo... con:


Valadwyn - January 16, 2006 11:43 AM (GMT)
ELISIA WELDIN

Criada en las calles de los suburbios de una ciudad aprendió a sobrevivir ya desde niña, a la tierna edad de 8 años era una ladrona consumada, sobrevivió hasta la adolescencia robando y para las diferentes cofradías de ladrones, robó y asesinó como una despiada arpía que disfrutaba haciendo brotar la sangre de sus victimas hasta que su belleza le dio oportunidad de vender su cuerpo, decían de ella que se entregaba al placer con un frenesí desenfrenado por el sexo, que muchas veces acababa en un baño de sangre. Su apariencia de niña desvalida le valía para atraer a los clientes que muchas veces no sobrevivían al acto, tras lo cual se hacia con todas sus pertenencias. Tras años viviendo como una puta desalmada y psicópata conoció a un monje de la Orden de la Luz, tras acostarse con el intentó asesinarlo, pero este rezó mientras ella lo destripaba y ante sus ojos sus heridas sanaron, quedó impresionada de la comunión de este hombre con su dios. Así intentando dar un sentido a su vida viajo hasta las Montañas de Everclind hasta el Templo de la Luz e ingresó en la Orden de la Luz, adquirió poderes curativos e intento someterse a los imperativos de la orden, pero su sed por la sangre y el sexo la volvía loca, así que los altos mandatarios la mandaron a Tyria a la ciudad de Ascalon la cual estaba sitiada por los Char. Quizás luchando por una causa noble podría apagar su sed de sangre y expiar así sus culpas del pasado …

LO DEMÁS ES HISTORIA…

Valadwyn - January 17, 2006 09:27 AM (GMT)
ERIK DO URDEN

Hijo del noble elfo Drow Dritzz Do Urden, y de la humana criada por el clan Enano Battlehamer, Catie Brie. Sus padres famosos guerreros, tenían muchísimos enemigos tanto entre los mortales como entre los dioses y demás seres de otras esferas, por lo que al tener un hijo y por la seguridad de este decidieron entregarlo a la Orden de los Elementos, para su cuidado educación y protección, pero allí nadie miró su lado humano, siempre fue tratado como algo extraño, nunca se le perdono su lado Drow, así que cuando alcanzo la madurez suficiente escapó.

Vivió en los bosques lejos de los humanos durante años, desde muy pequeño siempre se había sentido bien en la naturaleza y desarrollo una extraña comunión con los animales, ya que estos eran los únicos que no lo repudiaban por su ascendencia Drow vivió aislado y casi feliz hasta que un día…

Encontrándose sobre un árbol recolectando frutos avisto un extraño campamento, se acercó sigiloso y vio unos seres extraños y poderosos que confabulaban.

Estos seres eran Chars, descubrió sus intenciones de invadir y destruir la ciudad de Ascalon, y empezar des de allí su ocupación de Tyria. Así que hasta allí fue para prestar su ayuda a los humanos que nunca lo habían aceptado, quizás así podría demostrar que la raza no hace al individuo, y aunque medio Drow, su corazón siempre había sido grande y daría su vida por aquellos que no lo aceptaban para demostrarles lo equivocados e injustos que con el habían sido.

LO DEMÁS ES HISTORIA …

Deways - January 17, 2006 07:25 PM (GMT)
AYSHA X

Nuestra historia empieza al norte de Ascalon, donde antes había bosques, más allá de la Puerta Fronteriza. Huyendo de los Charr en dirección a Surmia, un hombre y su mujer se internan en el bosque a unas millas de la ciudad. Sin embargo, acosados por la cercana partida de caza, la mujer, embarazada, se pone de parto y deben detenerse. Agotados por el esfuerzo de huir, la mujer muere, pero el bebé consigue sobrevivir al parto. Cercanos, los Charr huelen la sangre, el hombre escucha sus voces y siente su aliento. Si los Charr le atrapan, morirá tanto él como su recién nacida hija. Oculta su hija en unos matorrales a pocos metros, el hombre se aferra a su espada, al lado del cadáver de su esposa. Sabe que no vencerá, pero su muerte salvará la vida de su recién nacida hija, rezando a todos los dioses para que alguien la encuentre en el bosque de Surmia. El llanto de la niña alertará a las criaturas del bosque. Los Charr se han cobrado los dos cadáveres humanos y, ya lejos, los animales de Melandru salen de sus escondites. Los dioses no eligieron a un hombre para salvar la vida de la huérfana, pero Grenth tampoco la quiere en el Inframundo...

Una soleada mañana, Anaxandros Heldeion salió a cazar por el bosque como solía hacer los días de Balthazaar. Anaxandros, hijo menor de una noble familia de Surmia, declinó su ingreso como monje en la Academia Nolani para casarse con una pueblerina, dejando atrás todo su futuro como noble de Ascalon. Sin embargo, era feliz con su vida, lejos del bullicio de las ciudades y de los problemas de la corte. La mañana no era propicia para la caza, Melandru no guiaba su arco, y tan solo había conseguido cazar tres conejos. Decidido a regresar a su casa y acercarse al mercado de la cercana villa de Lordelai, Anaxandros escuchó ruido entre los matorrales, cuarenta yardas al norte. Parecía el ruido de un ciervo. Quizás tendría suerte, al fin y al cabo. El cazador tensó su arco y, guiado por el sonido, disparó entre los matorrales. El grito de dolor de una niña hizo palidecer el rostro del cazador. No era un ciervo contra que había disparado. Enseguida soltó su arco y corrió a socorrer a la inseperada víctima de su flecha. La niña, desnuda y sucia, yacía con la flecha clavada en su hombro, inconsciente. Quién era, pensó Anaxandros. Desnuda y sucia, de dónde se habrá escapado. Y sus padres, la estarán buscando. Sin perder tiempo, la cogió y la llevó a su casa, junto a su esposa, para intentar sanarla. Más tarde buscaría a sus padres y se la entregaría, junto con sus disculpas por haber disparado contra ella.

Durante diez años, Anaxandros y Lianna criaron a la pequeña Aysha igual como hicieron con su hija Alexandra. Nadie sabía nada acerca de una niña perdida en el bosque ni nadie la reclamó en esos diez años, asñi que creció como una hija más para el matrimonio. Salvaje los primeros meses, gracias al esfuerzo de Lianna y Alexandra pronto suavizó su caracter, aunque nunca se pareció a lo que debería ser una chica de su edad. Desde los doce años ayudaba a su "padre" a cazar en el bosque, a pescar en el lago, a defender su hogar de las crecientes partidas de caza Charr. Anaxandros notaba que cuando la sangre Charr manchaba su cuchillo, sus ojos adquirían un brillo especial y su rostro parecía librarse de una losa de granito. No podría hacer nada para evitar que, en el futuro, eligiese el camino de la guerra. Había nacido para la guerra, al contrario que su hermana Alexandra, amante de los libros y de las enseñanzas de Lyssa, la diosa musa. Alexandra y Aysha a menudo paseaban por el bosque hasta el lago, y esos paseos se hicieron más intensos a menudo que avanzaban los años. Alexandra intentaba enseñarle las artes de Lyssa, pero Aysha solo tenía ojos para su hermana, no para sus libros. Sin embargo, un día tras diez años todo terminó. Empezó la invasión Charr de Ascalón, cayendo numerosas hordas por el norte. Surmia sucumbió y, como una marea, los Charr llegaron hasta el Gran Muro Norte. La única posibilidad de salvarse era cruzar ese muro y pedir asilo en Ascalón, donde Anaxandros contaba aún con su familia. Sin embargo, no llegaron a tiempo. En su huida, los Charr cayeron emboscándoles en el bosque. Mataron a su padre el primero, y a su madre Lianna después. Aysha corrió hacia el muro cogiendo de la mano a su hermana Alexandra, pero una flecha le atravesó el corazón justo cuando la puerta se cerraba para siempre. Alexandra murió en sus brazos. Por segunda vez, los Charr le arrebataron su familia. La segunda oportunidad que le dieron los dioses, quebrantada por los Charr. Con lágrimas de pena y odio, Aysha arrancó la flecha Charr del corazón de su amada hermana.

La familia Heldeion, la noble familia de su "padre", se ocupó de los funerales por Alexandra y el recuerdo a Dwayna por Anaxandros y Lianna. Nunca quisieron que la única hija viva de Anaxandros corriese a vengarse de los Charr con espada en mano, pero no pudieron evitarlo. La sangre hervía a Aysha cuando alguien mencionaba a los Charr, y su tío, hermano de Anaxandros, lo sabía. Él le entregó su espada y le dijo: "Devona está reclutando héroes para luchar contra los Charr, deberías correr a verla. Pero evita el apellido de la familia, pues en cuanto abandones esta casa, no pararán hasta encontrarte y llevarte al Templo de la Serenidad.". Y así, una noche despejada, bajo las estrellas de Ascalón, Aysha X empezó su venganza contra la raza Charr...

Deways - January 19, 2006 09:17 PM (GMT)
ELIONOR DE ANOIA

Como es costumbre en las tierras de Kryta, cada familia noble, ya sea de alto rango o la de un simple caballero, debe aportar a su heredero, hijo varón de mayor edad, a la organización del Manto Blanco, como dictan los escritos de Saul D'Alessio. Y la familia regente de la pequeña comarca de la Anoia no era una excepción. Su primer hijo, Halbion de Anoia, ingresó en la organización a los cinco años para convertirse en Magistrado del Manto Blanco. Así, según el Códice D'Alessio, la única manera de perpetuar una familia noble era concebiendo un segundo hijo varón, libre de la obligación que marca el gobierno teocrático de Kryta.
La familia de Anoia nunca lo consiguió. Tuvieron dos hijas, Aldia y Thalía, antes que la mujer del barón de Anoia quedase de nuevo embarazada, a una edad muy avanzada. Todas las esperanzas de perpetuar el linaje de Anoia quedaban en manos del futuro recién nacido, pero cuando llegó la hora, el bebé nació hembra.
Pasaron los años y los barones de Anoia envejecían inexorablemente. Aldia, la hija mayor, se casó con un noble mercader de Kryta, mientras que Thalía lo hizo con un noble del Manto Blanco, al cual pasarían los títulos y posesiones de Anoia a la muerte del barón. Aldia, de espíritu menos conservador, perdonó el mal signo de Elionor, la tercera hija de los barones, por no haber cumplido las expectativas, pero Thalía siempre la odió. Ella era la responsable de la muerte de la familia de Anoia. Elionor creció igual que gira una moneda. En la cara, Aldia y su marido, cuando el tiempo se lo permitía, le daban cariño e instrucción a la joven. Lyssa, la musa, era su diosa protectora y a ella dedicó devoción Elionor desde que tuvo conciencia. Sin embargo, en la cruz, su hermana Thalía la repudió. Nunca se sentabó en la misma mesa que ella y nunca reconoció su linaje, siendo para ella otra criada más de los barones que, sombríos en su edad y tristeza, nunca le dieron a Elionor el afecto que necesitó.
Cuando finalmente murió el barón de Anoia, se llevó con él a su esposa, que murió de tristeza tres días más tarde. El marido de Thalía pasó a convertirse en barón de Anoia, uniendo la pequeña comarca a su ya gran condado en el norte de Kryta. Aldia abandonó la residencia familiar para trasladarse al sur, a Arco del León, aunque muchas veces viajó hasta Anoia para visitar a Elionor. Thalía la rebajó al estatus de esclava, con el consentimiento de su marido, hasta que en uno de sus viajes, Aldia se acercó a Thalía e intentó obligarla a liberar a Elionor y dejar que viajase con ella a Arco del León. Ambas hermanas se enzarzaron en una violenta discusión en mitad de la noche, que acabó teñida de sangre. Thalía, en un arrebato de ira, agarró un cuchillo y le propinó cuatro puñaladas en el corazón a su hermana. Consciente de su crimen, corrió a los brazos de su marido que, lejos de deshonrarla, culpó enseguida a Elionor de la muerte de Aldia. Tras los funerales por la hermana muerta, Elionor fue juzgada bajo pena de muerte y, a pesar de la intervención del marido de Aldia, que perdonó a Elionor si es que realmente cometió el crimen, la joven fue condenada a muerte.
Sin embargo, Lyssa no estaba dispuesta a desprenderse de alguien tan prometedor como Elionor, amante de la poesía, la música y las artes luminosas de la ilusión. Así que, justo cuando el verdugo bajaba su hacha contra el cuello de Elionor, cuatro musas de Lyssa aparecieron. La Musa del Tiempo congeló a todos excepto el marido de Aldia y la propia Elionor. La Musa del Honor liberó la prisionera de sus grilletes de acero negro. La Musa de la Justicia escribió el acta judicial contra Thalía y su marido, para que fueran ejecutados por alta traición contra el Manto Blanco una vez el tiempo corriese de nuevo. Y la Musa de la Inspiración trasladó a Arco del León a los dos, marido y hermana, e hizo que Kryta olvidase el nombre de Anoia para siempre.
El marido de Aldia nunca creyó que Elionor matase a su esposa y, una vez en Arco del León, le sugirió que, por precaución, marchase de Kryta para no regresar. Le dio unas monedas, un arma y un pase para las Picoescalofriantes. Más allá del Paso de Borlis se encontraba el reino de Ascalón. Quizás allí tendria alguna posibilidad de rehacer su vida.. y quien sabe si entrar en Arco del León como heroina de Tyria.

Abel Lofwyr - January 21, 2006 06:29 AM (GMT)
Fuf lo que hace el insomnio... ahí va la primera parte de la historia de Perséfone e Kieron. Se admiten críticas:

PERSEFONE E KIERON :

Bien hallado, viajero.
Sí, hace rato que he sentido tus pisadas acercándose. Para estar en territorio controlado por la Cima de Piedra no pareces tener demasiado cuidado por tu seguridad. El sigilo es una cualidad que deberías valorar en su justa medida. Discúlpame por mis reproches, no debería tomarme esas confianzas con un desconocido, pero no te deseo ningún mal y estas montañas están repletas de peligros. Acércate al fuego y toma un poco de carne seca. Ya corro un riesgo manteniendo una pequeña hoguera como para salir de caza, siento lo parco de la oferta alimenticia.
¿Viajas hacia el Campamento de Deldrimor? Hacia allí me dirijo también, pues me esperan mis compañeros de armas. Podemos compartir camino, refugio y ayuda hasta llegar a nuestro destino.
Mi nombre es Perséfone, del linaje de Kieron el Dominador de Tormentas. Como habrás supuesto por mis enseres practico el arte de la nigromancia, pero que ello no te inquiete. La comprensión de la muerte que nos brinda a los de mi senda nuestro terrible señor oscuro Grenth despierta en algunos un mayor aprecio por toda vida. ¡Sobre todo por la nuestra, si estamos rodeados por nuestros enemigos!¡Oh querido compañero, no te rías de una de las verdades de nuestra existencia! (risas compartidas).
¿Que cómo elegí tan siniestra profesión? La verdad es que es una larga historia, pero la noche también lo es y sería recomendable mantenernos despiertos, así que escuchad...

Nací no demasiado antes de la invasión charr proviniente del norte, en una pequeña ciudad al norte del Gran Muro de Ascalon llamada Summer's Rain. La ciudad fue fundada hace 150 años por un grupo de famílias provinientes del oeste, tal vez de la zona más cercana de las Picosescalofriantes a Rin o de la misma Kryta. Dicha expedición estaba comandada por mi antepasado Kieron, llamado el Dominador de Tormentas por su conocimiento arcano de los elementos y fundador de mi linaje familiar. Bajo su guía, Summer's Rain fue alzada en una zona de profundas cañadas estratégicamente oculta de ojos enemigos, por lo que pudimos prosperar en relativa tranquilidad, manteniendo una estrecha relación fraternal y comercial con Ascalon a través del Gran Muro. En realidad, nuestro mayor servicio a favor de Ascalon fue el funcionar como puesto de avanzada ante el riesgo de cualquier invasión externa. Cuan cierto y trágico sería ese temor...

Perdona mis divagaciones amigo mío, hay ciertos recuerdos que invitan a perderse en los sentimientos de tiempos mejores. Como te decía, mi antepasado Kieron fue guía primero y líder del Consejo de notables de Summer's Rain después. Fue el primero en constatar la importancia de mantener una milícia organizada debido a nuestra precaria situación, en relativo aislamiento de posibles aliados. La mayoría de jóvenes debían cumplir un periodo obligatorio de adiestramiento en la Guardia, y los más prometedores eran enviados a la Academia de Ascalon para que su potencial fuera mejor desarrollado. Un descendiente de Kieron al menos siempre estaba entre esos afortunados, y la vida transcurría con mayor o menor tranquilidad. En cuanto a mí, nací en el seno de una família numerosa, la séptima hija de un séptimo hijo, con lo que puedes suponer que mi infancia fue de todo menos aburrida. No quiero extenderme demasiado en recuerdos dolorosos, baste decir que me sentía amada y adoraba a cada miembro de mi família. Mi padre, capitán de la Guardia y excelente guerrero, ya había entrenado personalmente a dos hermanos y una hermana mayores, pero jamás pensó que yo querría seguir sus pasos. Era la pequeña de la casa y mimada como una princesita por todos, pero lo único que queria era luchar en grandes batallas y no pensar en mi primera túnica de seda. Trabajaba en los establos, en los campos o donde fuera, con tal de adquirir la fortaleza necesaria para luchar junto a mi padre y mis hermanos. El mismo día de mi deciseisavo aniversario solicité el ingreso en la Guardia de Summer's Rain como cadete en adiestramiento, pese a las protestas de mi madre y hermanas.

Tres meses de duros ejercicios y técnicas marciales fue todo lo que pude compartir con mis compañeros cadetes, tres meses antes de la invasión charr. Explorador o vigía alguno fue capaz de anticipar la marea de enemigos provinientes del Norte que arrasaban aldeas y ciudades a su paso. Cientos de vidas se perdieron antes de que los supervivientes iniciasen la retirada hacia el Gran Muro. Nuestros exploradores recogieron a todos los grupos de refugiados que nuestra pequeña ciudad podía aceptar, sobre todo huérfanos. No sabemos si las bendiciones de Dwayna estaban con nosotros, pero nuestra ciudad pasó desapercibida a la horda charr y sus infames dioses. Desgraciadamente, nuestra seguridad era pareja a nuestro aislamiento. Ninguna ayuda podía llegar sin atravesar terreno enemigo y no teníamos medio alguno para saber si hasta la misma Ascalon continuaba resistiendo. El Consejo se debatía entre intentar llegar al Gran Muro en un éxodo masivo o mantenerse oculto y rezarle a los dioses para que no fuéramos descubiertos. El designio de los dioses no debe estar exento de cierta ironía... o tal vez el altivo Balthazar nos quisiera poner a prueba. Sea como fuere, en un tenebroso amanecer nuestros exploradores anunciaron que fuerzas charr comandadas por el tres veces maldito Bonfazz Pielquemada se acercaban a nuestro hogar.
Pero el aviso no sirvió de gran cosa. La hechicería charr, por no hablar de su ejercito de fieras fanáticas en franca superioridad numérica, arrasó Summer's Rain en una hora. Cientos de vidas, de nobles guerreros, de hechiceros adiestrados en el arte de los elementos, de elegantes maestros de la ilusión y el engaño, de amables sacerdotes cuya bondad sanaba el cuerpo y el alma, de campesinos, de comerciantes... todas arrasadas en apenas una hora. Y el mayor castigo para mí fue no poder morir con mis padres, con mis hermanos y hermanas, con mi espada junto a la suya. La última misión de los cadetes de la Guardia era llevar a los niños refugiados y a los ahora también huérfanos de Summer's Rain a un último refugio, un santuario abandonado levantado en honor a Grenth. Un pequeño ejército de huérfanos...

Abel Lofwyr - January 24, 2006 03:09 PM (GMT)
Segunda (y larguísima) parte de los orígenes de Perséfone e Kieron:

RADAGAST EL IMPLACABLE :

El cocido no va a esperar a que decidas usar mejor tus extremidades inferiores, chico. Trae aqui esas verduras... ¡Cuidado!¡ ¿Crees que el agua nos sobra en medio de esta desolación como para tener que lavar la comida que has tirado al suelo!!?? Hmm, no tienen polvo apenas, al puchero pues. Si no fueras el aprendiz más prometedor que tengo desde la joven Perséfone... ¿Que quién es dicha Perséfone? Veo que no te he hablado de mi mejor discípula. Una caja de sorpresas, si señor. Venga, haz algo de provecho y remueve con soltura, mientras busco las especias que la dama me trajo desde Kryta la última vez que me visitó...
Pese a que nosotros los nigromantes estamos acostumbrados a contemplar dolor, sufrimiento y muerte casi desde que lanzamos nuestro primer maleficio, no creo que pueda olvidar jamás la primera vez que vi a mi futura aprendiz. Corría la época de la gran invasión charr, cuando la mayor parte de poblaciones al norte del Gran Muro habían sido arrasadas por hordas enfurecidas de monstruos peludos. Todavía el gran golpe que supuso la Devastación no había sido inflingido a nuestro reino, y el combate se mantenía alejado tras la enorme muralla de piedra. Hallábame yo precisamente a sus puertas, acompañando a mi estimada compañera en las artes Munne a una breve salida de exploración por las inmediaciones del otro lado del Muro. Apenas habíamos traspasado la muralla cuando los centinelas dieron la alerta: alguien se aproximaba. Junto a un grupo de soldados, Munne y yo salimos al encuentro de los intrusos, pero sólo encontramos a una joven humana.
Si te digo, mi querido aprendiz, que nuestro sobresalto fue mayúsculo, no pienses que es producto de la exageración. Ante nosotros, una joven humana se acercaba por el camino del Gran Muro. Sus ropas y armadura colgaban hechas jirones de su cuerpo cubierto de sangre seca en abundancia, como si fuera una sacerdotisa tras el sacrificio de un toro. Tan cubierta, que nadie adivinaba si era sangre brotada de heridas propias o ajena. Avanzaba tambaleándose, con aire de extremo cansancio pero la vez firme, y únicamente portaba en su mano derecha un enorme y oxidado cuchillo de manufactura charr, mojado de sangre seca tanto humana como charr. No lo dudes, un nigromante experto en la senda de la sangre aprende a olerla y a leer la historia que en ella reside, y la negruzca sangre charr no puede cubrir el canto de dolor de la sangre de un inocente. Pero lo verdaderamente inquietante residía en su mirada, chico, pues era acerada y cruel como aquella a quien nuestro terrible señor Grenth ha mostrado la verdad de la muerte. Eran los ojos de un nigromante nato.
Durante días la chica dormitó entre terribles pesadillas, gritos que llenaban de desazón a los monjes encargados de su cuidado. Pese a la experiencia vivida, apenas presentaba rastros de aogtamiento debido a una larga caminata y pequeñas cicatrices de anteriores combates, seguramente, pues parecian antiguas. Posteriormente, y mientras éstas desaparecían, adiviné la intervención de los maleficios que nos permiten robarle la vida a nuestros enemigos en su rápida curación física. Rapidez solo empañada por lo lento que parecía recuperarse su espíritu, pues desconocía entonces lo terrible de la ordalía a la que había sido sometida. Prepara la mesa, chico, nuestra comida casi está lista, ¿lo hueles? Delicioso...
Una semana después de su aparición, la joven despertó completamente. Presentaba una alegre disposición y un carácter jovial, pero su memoria se detenía en el momento en el que partió de su ciudad natal con otros cadetes de su milicia, protegiendo a niños refugiados y oriundos de su territorio. La suya era otra de tantas poblaciones arrasadas por la horda charr en su marcha hacia el Gran Muro y todos los de su grupo perdieron a sus familiares en la masacre consiguiente. Pese a que los monjes deseaban que Perséfone, pues tal era su nombre, permaneciera en su santuario para recuperarse de sus heridas espirituales, solicité que la chica entrara a mi cuidado y aprendizaje. Tras comentar con Munne mis sospechas sobre el camino que se presentaba ante la joven refugiada ella me ayudó a convencer a todos los indecisos.
Y así fue como Perséfone entró a mi servicio como aprendiz. Para ser honestos, hay que resaltar el hecho de que la joven no tenía interés alguno en ser una nigromante y sus talentos anteriores caminaban principalmente por la senda de Balthazar. El truco, como en muchas situaciones, reside en agitar la zanahoria de la sabiduria lo suficientemente cerca del asno como para que se sienta impelido a morderla. ¡Y no me mires así, chico, que tú también has caido en dicha argucia! Perséfone no tuvo mayor dificultad que cualquier otro aprendiz en seguir las sendas de la nigromancia y de una forma increíble. Pese a sus reparos la joven parecía haber nacido para ello, al menos en la parte teórica. Cuando llegaba el momento de poner en práctica las enseñanzas de Grenth Perséfone parecia topar un algún tipo de bloqueo mental. Tan intenso, a veces, que la joven sufría ataques en los que afirmaba oir decenas de gritos en el interior de su cabeza. Harto de acumular un fracaso tras otro decidí emplear un ritual aprendido de un ermitaño tiempo atrás, mediante el cual se podía viajar por los recuerdos de una persona a través de la meditación profunda. Un anochecer iniciamos el ritual y viajamos por los recuerdos de mi aprendiz...
Tras la apresurada huída, la comitiva procedente de Summer's Rain pudo evitar cualquier tipo de encuentro con las patrullas charr antes de llegar al refugio establecido. Cansados y hambrientos, sólo la inercia les mantenía en pie después de contemplar el fin de su hogar. En breve podrían recomponer sus fuerzas bajo la protección del templo de Grenth. Pero cuando apenas traspasaron las puertas ruinosas, la fatalidad cayó sobre ellos, pues el templo tenía ya ocupantes: una patrulla charr en pleno expolio de los restos.
En honor de Perséfone y el resto de cadetes de la Guardia, los jóvenes presentaron una resistencia y destreza remarcables, mas era imposible competir con un grupo de guerreros charr fanáticos y bien entrenados. La joven resultó herida en uno de los envites del combate y, en su caída, atravesó las tablas carcomidas del piso para acabar en lo que parecian ser los cimientos del templo; afortunadamente para ella, ningún enemigo se percató del hecho y entre escombros permaneció, herida y aturdida. Hasta sus oídos llegaban los gritos de batalla de sus compañeros, los rugidos charr y los llantos de los niños a los que protegian, hasta que el ruido del cruce de armas cesó. Perséfone intentó prestar mayor atención a lo que las crueles criaturas mascullaban, pero sólo distinguia murmullos y risas roncas. De repente, los niños empezaron a gritar presa del terror y la agonía, y en unos instantes la joven notó como si se derramase sobre ella una cuba de líquido espeso y cálido. En cuanto comprendió que lo que la estaba cubriendo era la sangre de los niños, el grito de Perséfone se unió al de ellos. ¿Cómo explicar el terror, asco y rabia que la embargaba? Y los gritos no cesaban, incluso cuando cesó el flujo de sangre. En ese momento no supo apreciar la diferencia, pero el sonido solo se hallaba en su mente.
Entre tanto dolor, se percató de que la herida causada por el arma charr ya no le suponia una molestia. De hecho, sus fuerzas parecieron aumentar desde el momento en el que la sangre de los suyos la cubrió por completo, pero Perséfone no podía pensar con claridad. Tan solo sentia el dolor que viajaba en cada grito de su cabeza, hasta logrando diferenciar cada voz, cada palabra. Y todas ellas pedian venganza.
Con sus fuerzas renovadas y aumentadas, la joven logró escalar hasta la parte superior del agujero, hallando una escena de sacrificio dantesca. Todos y cada uno de los niños habian sido degollados de manera brutal frente al altar de Grenth, sobre el que habían erigido una tosca reproducción de las imágenes a las que los charr adoraban. A los pies de dicha imágen, un enorme y oxidado cuchillo aserrado charr reposaba cubierto de sangre humana seca. Perséfone se hizo con el arma y salió de las ruinas para toparse con el pequeño campamento que la patrulla había montado para pasar el resto de la jornada. Al verla, las criaturas sonrieron pensando que disfrutarian de una última diversión antes de dormir, y así fue. Pero no como esperaban.
Cuando el primer guerrero charr se lanzó sobre Perséfone, se vió de repente abrumado por un dolor agudo que le hizo tambalearse. Furioso por mostrar tal debilidad ante un enemigo, la criatura alzó de nuevo su hacha, pero en el momento en el que iba a descargarla sobre la humana un dolor mayor que el sufrido antes le asaltó, de tal intensidad que le hizo soltar el arma. Mientras se tambaleaba apartándose, una sensación de debilidad le embargó, como si la más virulenta de las enfermedades se cobrase la vida que le quedaba. Vomitó sangre y excrementos, y el resto de la patrulla no tardó en hacer lo mismo. Asustados y furiosos, los charr saltaron sobre el cadáver de su compañero para atacar, pero a cada intento de golpe, conjuro o hechiceria que intentaban inflingir sobre Perséfone, sufrian tales ataques de dolor que acababan arrodillados en el suelo. El que cruzaba su mirada con la de la joven sentía como si la vida misma se le escapase para ser absorbida por aquellos terribles ojos, que eran cualquier cosa menos los de un ser humano. Pero ella no dió oportunidad a sus enemigos a caer presa del dolor o la enfermedad que les consumia, pues con total ligereza se movia entre uno y otro de los guerreros charr degollándolos con el mismo cuchillo usado para sacrificar a los suyos. Tras la masacre, empezó a caminar de forma casi automática en dirección al Gran Muro.
¿Impresionado, mi joven aprendiz? No menos que yo, o que mi pupila cuando sus recuerdos quedaron totalmente desbloqueados. No soy yo el que tiene que explicar cómo un alma puede seguir viviendo intacta después de tales experiencias, pero es jugando con la muerte como nuestro terrible señor Grenth nos enseña su camino. Y para los dos quedó claro en aquel momento que las sendas de Perséfone, del linaje de Kieron, eran las sendas del Dolor y de la Sangre. Grenth, alabado y temido sea, unió su alma con la de aquellos niños para que fuera un conducto de su ira y venganza, lanzando sus maldiciones contra aquellos que los habían asesinado. Y con el paso de los meses mi aprendiza logró un control sobre el proceso, llegando a captar las voces de otros espíritus que reclamaban una justa retribución. Retribución que ella se encargaría de conseguir a costa de los que habían inflingido dicho mal.
Tras una temporada a mi servicio, llegó el momento para que mi querida niña siguiera su propia senda de conocimiento, como te llegará a ti, jovencito. Tras varias aventuras entró en la Academia de Ascalon y posteriormente en la Vanguardia, comandada por el noble príncipe Rurik. En aquella epoca sufrió, como todos lo hicimos, la Devastación portada por los grandes chamanes charr, y sus ansias de venganza contra esas alimañas crecieron aún más. Pero Perséfone e Kieron ha sabido seguir su camino después de eso, y ha realizado grandes gestas junto a otros compañeros de armas. Quien sabe, tal vez algún día puedas luchar a su lado y aprendas un truco o dos... ¿Donde has puesto los postres, mozalbete?

Valadwyn - January 25, 2006 11:47 AM (GMT)
Wulgarf Beornegar


Mas allá de la columna del mundo mas allá del inhóspito Valle del viento helado, se extienden las llanuras mas frías y duras que existen en los reinos.

Allí vive una raza de hombres duros y bárbaros, los únicos capaces de llamar a tal sitio hogar.

Hijo de la tribu del Arce Wulgar Beornegar participó en el asalto a Diez Ciudades cuando todavía era un humano joven. Se enfrento al Rey del Clan Enano Battlehamer y este bastante mas pequeño pero mas rapido listo y fuerte lo dejo inconsciente. Aunque viendo que no se trataba de otra cosa que un joven lo capturó y lo llevo a vivir con el. Allí estuvo recluido trabajando en las minas (como todos los enanos) durante cinco años, creció según los cánones de su raza hasta una altura de 210 cm, todo músculo producto de su trabajo en las minas. Durante estos años no fue tratado nunca como un prisionero sinó mas bien como un hijo del rey por lo que alcanzada la madurez y la libertat nunca abandono a su padre adoptivo. Conoció en estos años a Catie-Brie y a Dritzz Do Urden con quienes le une una gran amistad.

Los hechos que acaecieron en los años sucesivos no van a ser desvelados (leeros los libros El Valle del Viento Helado, El Elfo Oscuro, El Legado del Drow y Sendas de Tinieblas)

Pero su alma nunca mas estará tranquila y es solo durante la batalla cuando Wulgarf se encuentra a si mismo…

:offtopic: No he querido desvelar las historias recogidas en esos libros no sea que a alguno le chafe la lectura de los mismos, Mira que utilizar un nombre de un personaje ya creado por otro !!! :ditasea: :ditasea: no volveré ha hacerlo.... :offtopic:

Abel Lofwyr - January 25, 2006 02:58 PM (GMT)
Tercera y última parte (por el momento) de la historia de Perséfone.

PERSEFONE E KIERON (EPÍLOGO) :

... y tras el éxodo de Ascalon, me dediqué a recorrer las nuevas tierras que el oeste presentaba ante mí. Kryta, con sus dirigentes del Manto Blanco solemnes y arteros a partes iguales; las junglas de Maguuma, donde deshice anteriores alianzas para luchar por la libertad; el Desierto de Cristal y las árduas pruebas de la Ascensión; el reencuentro con los enanos de Deldrimor... Muchas nuevas experiencias en poco tiempo. ¿Te encuentras bien? Parece que el frio de estas montañas haya penetrado hasta el tuétano de tus huesos, acércate más al fuego y come un poco, quizás sólo sea un simple resfriado. No hace falta que sigas vigilante si no te hallas en condiciones, pues el camino que hay que recorrer necesitará de todas tus fuerzas. Yo montaré guardia por los dos.
Vaya, parece que te hayas desvanecido por un instante. Relájate sin temor a la Cima de Piedra, no verás rastro alguno con la tormenta que se acaba de levantar. Mientras esperamos a que amaine, finalizaré mi historia.
Durante mi periplo por Tyria he conocido igualmente a camaradas valientes y entregados a la causa del bien. Mis compañeros en la Vanguardia, Abel y Arianrhod Lofwyr, son mis más íntimos amigos. Ella fue quien me cedió en préstamo esta espada, llamada Perdición de Hidra tras su paso por el Desierto de Cristal. Hermosa, ¿verdad? Hicimos el juramento de blandirla sólo por los inocentes, y que cada una tendría su oportunidad de demostrar lo digna que era de portar este arma. Ahora es mi turno y espero devolvérsela con mi promesa cumplida. Sería injusto no hablarte de mis hermanos de armas que me esperan en Deldrimor, los Caballeros de la Rosa Dorada, con los que ambiciono -por egoista que parezca- dejar escrito nuestro nombre a fuego en la historia de Tyria. Son grandes heroes y muy pacientes con mis... peculiaridades. ¿Qué peculiaridades? Pues digamos que no siempre es algo de lo más aceptable el combatir junto a alguien capaz de portar dolor, sufrimiento y podredumbre al mundo, por más nobles que sean los motivos de éste. El vivir tan cercano a la otra orilla cuesta de ser entendido o asumido por cualquiera, como reconocerás por tu primera impresión de mí, no lo niegues.
Además, incluso a mis hermanos en la senda de la nigromancia cuesta de hacerles entender que soy un simple vehículo para las almas de los que ha sufrido y ansian retribución. Ellas son mi sendero hacia el poderoso Grenth, como demuestra el oir sus voces cada vez que invoco su terrible poder. Piensas que no estoy cuerda, que las "voces" son un síntoma de un desorden mental, mas no sólo oigo sus voces cuando ejerzo mi poder. Las oigo allá donde se ha derramado sangre inocente, donde se ha sufrido, desde los sepulcros de los muertos y las fosas sin nombre de los campos de batalla. Me hablan, me cuentan su historia para entender el porqué de su pena y me transmiten su rabia para equilibrar la balanza. Es así en las ruinas de Ascalon, en las playas de Kryta o en la Fragua del Pesar.
Es así como supe de tu nombre y de tu oscura ocupación.
Las cadenas de los esclavos humanos de la Cima de Piedra, que cantaban una endecha de dolor y humillación sufrida durante una corta vida como algo menos que ratas mientras colgaban de los muros de ese agujero en la tierra.
Veo la sorpresa en tu rostro, pero no la disfraces de injusto agravio causado por mis palabras. El grupo de tratantes de carne de la Cima no vendrá. Sus restos yacen ahora bajo varios palmos de nieve tras ocuparme de ellos. Esta velada estaba organizada para tí. Esta historia escondía el próposito de hacerte entender lo que va a sucederte y el porqué. Y la agonía que te embarga es el presente de todas las almas que has entregado a la esclavitud y a la muerte, que yo te entrego. Oops, no puedes sostener apenas tu arma y pretendes derramar mi sangre, pobre desgraciado. Las voces desean verte sucumbir a la enfermedad, pero quizás deba empuñar mi espada y dar final a este acto. Tus actos te han traído a este lugar, y tus víctimas te han lanzado a las garras de Grenth. Mi único cometido es ofrecerte ahora un final rápido o uno... desagradable.
¿Puedes oir las voces ahora?

knala sunn - January 26, 2006 08:23 PM (GMT)
La historia de Knala Sunn, el día de las despedidas.

El día empezaba, hacia frío y el aire desprendía un aroma a tierra húmeda. Los campos estaban listos para sembrar, Miok ya había dedicado la ultima semana a labrar sus tierras. Eran fértiles. Este año habrá buena cosecha, pensó. Mientras el sol alzaba por encima del horizonte sus primeros rayos, él hincaba sus manos para depositar las semillas que darían de comer a sus hijas el próximo año.

Siempre pensó que un varón sería más útil en las tareas del campo, idea que se desvaneció el día que tuvo su última hija. Al contemplar sus ojos poco importaban las carencias, su mirada bastaba para alimentar toda necesidad. Sentía que aquellos ojos eran el único recuerdo que le quedaría de la persona que yacía frente a él, sin vida, consecuencia de un parto difícil. Sus ojos eran los de su madre, eran claros y del color del atardecer, desprendían el mismo fuego que el sol antes de morir bajo el oeste. Decidió bautizarla con ese nombre, Sunn, terminada con la inicial del nombre de su amada, Nienna, para mantener siempre su recuerdo.

De repente, el aire cambió. Con él, vino un sonido de cascos y de metal. Se acercaban jinetes.

Eran dos. Sus armaduras relucían plateadas bajo el sol ya elevado. Llevaban insignias en los escudos, las mismas insignias que el mismo había lucido años atrás. Reconocería aquella rosa dorada por más años que hubieran pasado. Nunca olvidaría aquellos años de servicio a su majestad el rey, capitaneando tropas en epocas dificiles. Pero eso pasó, y eran tiempos de paz. No comprendía porque venían a buscarle.

Dos días después se dispuso a partir. Ataviado con antiguas vestiduras de guerra y su espada afilada de nuevo, comprendió la tarea que le había sido encomendada. Ejércitos de Charrs se habían vuelto a replegar en las proximidades de Ascalon, no eran numerosos pero había que convocar a las unidades de élite que protegían la corona. Los caballeros de la rosa dorada volverían a ser como antaño los que devolvieran la paz. El Capitán Knala Miok seria el encargado esta vez de guiar la batalla de forma distinta. Sus manos no eran viejas para mover la espada, pero su experiencia valía mas en la retaguardia. Esta vez no seria sus manos las que se teñirían de sangre, o eso era lo que él creía.

Se dirigió al carro acompañando a sus hijas. El carro las llevaría a un lugar donde cuidarían de ellas mientras el no estuviera. Un lugar seguro, pensó, allí las educarán como autenticas damiselas. La academia Nolani era lugar de culto y allí aprenderían buenas costumbres. Pero quien iba a pensar que el brazo del mal se había extendido por zonas insospechadas, nadie sabía que esta guerra no tenía precedentes. ¿Quien iba a imaginar que aquel carro jamás llegaría a su destino?

Subió a las dos al carro, las abrazo, y con una mirada dulce susurro a su primogénita que cuidara de la pequeña. Después las beso, a las dos, acarició las trenzas de Sunn y la volvió a besar. Esta vez lo hizo en sus labios, tiernos, dulces y rojos. Rojos, del color de la sangre que corría por sus venas, la misma sangre que corría por las de su padre, la misma sangre que mancharía su armadura, y la misma que bañaría la tierra donde su cuerpo descansaría en el final de sus días, en el campo de batalla.

Abel Lofwyr - January 27, 2006 03:43 PM (GMT)
ABEL LOFWYR :

Los dos bandos se contemplaban fijamente esperando la reacción del otro. El campo de batalla estaba preparado, y sólo un grupo dominaria el terreno elevado. La tensión llegó a un punto culminante que propició el primer grito de batalla...

- ¡La repisa es nuestra! ¡Nosotros la vimos primero y podemos saltar al estanque desde ahí cuando nos de la gana!

- ¡Mentira! - exclamó una voz airada de niño - ¡Vete a llorar a las faldas de mamá, Erien Wolfson, porque el estanque es nuestro territorio y la repisa también!

- ¡Eso lo veremos! - concluyo el primer niño que había hablado - ¡Chicos, saquémosles a patadas de nuestra repisa!

Los dos grupos de niños se lanzaron el uno contra el otro en dirección a la fuente del conflicto, un pequeño saliente rocoso en la parte de detrás de una casa, que daba a parar a un pequeño estanque del pueblo de Ashford. Pero para aquellos críos, el lugar era lo más sagrado por lo que se podia luchar y ganarse unos cuantos moretones por las patadas del rival. Daba igual a que pandilla perteneciera el que primero llegaba a la parte superior del saliente, pues era bajado a empujones y tirones de pelo por los del bando contrario. Así, una confusión de crios de un bando y otro se apelotonaba en la superfície de la "repisa".

De repente, una lluvia de guijarros cayó sobre todo el que se hallaba en la zona, causando magulladuras y quejas por doquier:

- ¡Ay! ¡Ouch! ¡Abel Lofwyr, esta vez te has pasado! ¡Tu padre te dará una paliza si no te pillamos nosotros antes!

- ¡Ja! Solo los cobardes recurren a las amenazas - afirmaba entre risas y con voz que pretendia pasar por altiva, resultando en su lugar petulante, un niño de pelo plateado con los brazos cargados de pequeñas piedrecitas - , como sois vosotros, ¡pero la repisa es para los del patio de Tim Loriandel! ¡Soy un gran hechicero y mi lluvia de tierra os ha derrotado!

¡PAM! El golpe llegó por sorpresa a la cabeza de Abel. Mientras soltaba los guijarros para llevarse las manos a la fuente de su dolor, un puntapié bien dirigido en sus posaderas lo impulsó por encima de la repisa para aterrizar en el estanque, salpicando a todos los presentes. Cuando Abel pudo mirar arriba, vió a su verdugo: una niña de unos 7 años con ropas gastadas y pelo cortado a lo chico, cubierta de suciedad como cualquier crío y con un palo a guisa de espada apoyado en su hombro. "Esa maldita Ari de la hacienda Barradin", pensó Abel. "Siempre nos estropea la diversión, pienso meterle una rana en el vestido en cuanto tenga oportunidad".

Los planes de venganza fueron interrumpidos por varias voces adultas, que llamaban a sus ejércitos a comer o a lavarse la tierra acumulada tras tantos revolcones. El último en abandonar el estanque y la repisa fue un empapado Abel, que volvió un instante la vista atrás para contemplar a la niña que le habia arrebatado su mayor triunfo. Ésta, aún sobre el terreno ganado, le sonrió con superioridad:

- Siempre te encontraré, Abel Lofwyr - fueron sus palabras de despedida.

....................................

El cadete avanzaba con sigilo entre los árboles con una varita de entrenamiento para hechiceros en su mano derecha y una colección de tarjetas en la izquierda. Su decisión de ir en solitario, en lugar de mermar sus posibilidades, había conllevado que pillara por sorpresa a varios equipos rivales. Además, el practicar la piromancia como primera opción aseguraba mayor alcance y letalidad a su arte, perfecto para combatir contra grupos si se disponia del primer golpe. Para ello era condición indispensable ser silencioso y estar alerta, y él era el mejor. La gente aclamaria su nombre en el futuro, erigirian estatuas en su honor, sería el mayor elementalista de todos los tiempos. Al fin y al cabo, no hay nada que una buena tormenta de fuego no pueda solucionar...

Unos metros más allá, un equipo de cuatro jóvenes era su próximo blanco. Los muy insensatos se escondían bajo una repisa de roca esperando a que alguien activara la burda trampa que un aprendiz de guardabosques tenía montada entre dos árboles. Encararmándose en silencio sobre la roca, el cadete concentró su fuerza interior, la que le permitía dominar a los elementos, y preparó su invocación. Cuando estuvo listo, lanzó una de las tarjetas justo en la posición ocupada por los emboscados.

- ¡Fénix! - gritó en voz alta antes de elegir otra tarjeta y esperar esta vez un lapso de tiempo mayor. Mientras tanto, los cadetes sorprendidos intentaban situar a su atacante sin lograrlo. De repente otra tarjeta cayó justo a sus pies.

- ¡Tormenta de fuego!

- ¡Varmal, eliminado! ¡Ragal, eliminado! ¡Jackson, eliminado! ¡Thomas, eliminado! - exclamó la voz de uno de los maestros de la Academia de Ascalon y árbitro de la competición - Abel Lofwyr, diez marcas en total.

El equipo derrotado se tumbó en el suelo entre protestas y recriminaciones mientras el joven Lofwyr disfrutaba de su triunfo. Ahora sólo quedaban dos equipos más de cinco y otro competidor que también participaba en solitario. ¿Dónde estaría...?

¡PAM! ¡PAM! Dos golpes secos, más dolorosos que realmente dañinos, en su trasero y en su cabeza mandaron a Abel por encima de la roca hasta aterrizar entre el grupo que había derrotado anteriormente, que lo esperaban con toda clase de rizas y chanzas.

- ¡Lofwyr, eliminado! ¡Arianrhod, ganadora con once marcas en total! - senenció el maestro de la Academia. Mascullando sobre cómo incineraria a la maldita mil veces Arianrhod, Abel Lofwyr sólo pudo ver entre una niebla de dolor un borrón pelirrojo y una sonrisa pícara que abandonaba la repisa de un salto.

- Siempre te encontraré, Abel Lofwyr - le gritó con voz divertida mientras se alejaba para recibir las felicitaciones de sus compañeros.

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El piromante de pelo plateado observaba con tristeza la desolación en la que se había convertido lo que fue su hogar, Ashford. De aquellos campos trabajados bajo el sol de primavera y del estanque en el que jugaba de niños, sólo quedaban tierra árida y charcos de pestilente fluido negro. Los charrs habían lanzado su ofensiva definitiva contra el Gran Muro y al ver que no podían atravesarlo, decidieron destruir todo a su alrededor causando lo que todos ya denominaban la Devastación.

Abel Lofwyr recordaba tiempos mejores, y también cuando en su arrogancia juvenil pensaba que el fuego y el poder eran la solución a todos los problemas. Ahora el erial que era la tumba de su familia y vecinos le gritaba en silencio lo equivocado de su actitud de entonces. "El verdadero poder reside en proteger a los que quieres y a los que lo necesitan, sin rendirse jamás", afirmó en silencio el mago. "Cualquier otro poder se tornará tan inconsistente como un puñado de polvo seco".

Pero no era momento para los debates filosóficos interiores. El elementalista estaba siguiendo el rastro de una patrulla ascaloniana que no había regresado a informar al Gran Muro dos días antes. Pese a que Abel hacia tiempo que abandonó el servicio para buscar una nueva vida junto a muchos otros habitantes de Rin en las tierras de Kryta, las aventuras vividas hasta entonces le habían devuelto a su tierra natal para acabar colaborando con las escasas fuerzas que todavía protegían las vias entre asentamientos humanos. Tras la ausencia de la patrulla, el comandante del destacamento en el Muro mandó a dos soldados conocedores de la zona y que pudieran cruzarla sin ser detectados. Abel era uno.

No pasó demasiado tiempo sin que el piromante hallara los restos de los soldados ascalonianos. Por los rastros y los abundantes cadáveres charr en las inmediaciones, el reducido grupo presentó una resistencia digna del mismisimo Balthazar, pero no habían conseguido acabar con todos sus oponentes. Pisadas charr se alejaban del escenario del combate, y parecía que arrastraban algo con ellos, quizás un cuerpo. "O un superviviente", aventuró Abel, intentando mantener la esperanza.

Cuando el ocaso llegaba, Abel Lofwyr encontró un grupo de unos siete guerreros charr, apostados alrededor de los restos de una de las gigantescas masas de cristal lanzadas sobre la faz de Tyria por la mano de esos hechiceros inhumanos. Custodiado por un par de guardias se hallaba un humano maniatado, vestido con ropas de monje y al parecer con buena salud. Pero con un charr nunca se sabía cuando podías pasar de ser prisionero a carnaza, por lo que Abel comenzó a concentrar sus energias mientras recitaba los hechizos que usaría en el inminente combate. Mientras finalizaba su invocación, una enorme bola de fuego surgió de sus manos y fue a parar entre los desprevenidos rivales.

- ¡Corre, monje, pues te va la vida en ello! - gritó el piromante al humano cautivo - ¡Te cubriré mientras te acercas!

El prisionero no se lo pensó dos veces e inició una veloz carrera hacia su liberador. Sorprendidos, los charr tardaron en reaccionar lo suficiente como para permitir a Abel descargar una tormenta de fuego sobre sus cabezas peludas. Ahora las criaturas tenian algo más de lo que preocuparse en lugar de buscar sus gargantas. Pero el mago agotaba sus energias demasiado rápido y todavía quedaban enemigos a los que vencer. Dos charr armados con hachas se lanzaron sobre el piromante y su nuevo compañero, muriendo abrasados cuando Abel invocó una oleada de llamas alrededor de los dos humanos. Todavía quedaban cuatro charr en condiciones de combatir, y no parecía que les permitieran el tiempo necesario para recuperarse.

De repente, una sombra gris pasó como una exhalación al lado del monje en dirección a sus enemigos mientras aullaba. La sorpresa que embargó al mago humano fue todavía mayor cuando una figura humanoide pasó corriendo a su lado, chocando con él de una forma brusca pero extrañamente cariñosa. Una guerrera vestida con pantalon de piel de charr y armadura de gladiador, armada con un enorme martillo cuya cabeza semejaba la de un carnero de tono verduzco, se abalanzaba sobre el grupo de charrs y repartía tremendos golpes allá donde podía causar mayores daños. A su lado, un enorme lobo gris desgarraba la garganta del primer charr sobre el que había saltado. El segundo soldado había llegado.

- ¿Por el amor de Dwayna, quién es esa valiente? - preguntó sorprendido el monje.

- ¡Ocúpate de que Dwayna la mantenga con vida, amigo, pues es mi esposa! - le espetó Abel - ¡Nos ha permitido descansar los instantes necesarios para recuperar fuerzas, así que devolvámosle el favor!

El piromante extrajo fuerzas de flaqueza y comenzó a recitar todo el arsenal de hechizos de los que disponia para acabar con los crueles invasores. Mientras tanto, las plegarias del monje a Dwayna obtenian respuesta y curaban las heridas de la guerrera y su mascota en cuanto se producian. En breves instantes, todos los charr yacian aniquilados en el polvoriento suelo. Tras recomponerse un breve momento, la guerrera comenzó a acercarse a los dos humanos, pero en seguida se volvió al escuchar el estruendo causado por una patrulla charr que se acercaba a gran velocidad, rodeándolos.

- ¿Cómo hemos podido dejar sorprendernos así? - se lamentaba Lofwyr.

- Tranquilo, amigo mio. - le contestó el monje - Hemos luchado como valientes y venderemos cara nuestra vida. Nuestros enemigos recordarán los rostros de quienes les causaran grandes pérdidas en tiempo y vidas.

- Eres audaz, monje. Dejemos pues que vengan aquí y que conozcan el valor de los soldados de Ascalon.

Abel se disponia a reunirse con la mujer y morir a su lado, cuando le pareció oir el sonido de un cuerno. "Deliro ante mi muerte inminente, ya que me ha parecido oir la llamada a las armas de Ascalon", pensó apenado. Pero la sonrisa de la guerrera despejó todas sus dudas: tras las rocas, una numerosa patrulla del Gran Muro efectuaba una carga sobre los enemigos charr, que llevaron a cabo una dura pero corta resistencia. En unos minutos, la victoria se alzaba del bando de los humanos.

Aprovechando las exiguas enseñanzas recibidas en la Abadía de Ashford sobre el arte de la curación, Abel Lofwyr ayudó al monje rescatado a curar las heridas menores causadas a la patrulla humana. Tras agotar todas sus fuerzas, se recostó en una roca para reposar arropado por el gran lobo gris, que se había acomodado a sus pies. Un brazo alrededor de sus hombros le distrajo de su descanso. El brazo de su esposa, que le había salvado aquel día y tantos otros anteriormente, como él mismo había hecho por ella tantos otras veces antes. "En realidad, nos salvamos el uno al otro cada día de nuestras vidas", pensó antes de caer rendido sobre el hombro de la sonriente mujer, que antes de besarle le murmuró al oido una frase que ya le resultaba familiar:

- Siempre te encontraré, Abel Lofwyr...

Deways - February 1, 2006 08:49 PM (GMT)
ISHTAR BLACKWIDOW

- ¿Por qué intentas matarme?

Sus ojos azules como el cielo de verano miraban fijamente los ámbares ojos de su apresada asesina, de rostro cubierto por un pañuelo viejo y polvoriento, mirada llena de odio y crueldad.

- La Mano Negra lo ha ordenado - fue su escueta respuesta.

Devona se levantó y miró a su acompañante, Kasha Sangrenegra, que sujetaba el rojizo pelo de una chiquilla que aun no había alcanzado la madurez, vestida con ropajes verdosos, maniatada y arrodillada ante la guerrera ascaloniana, con un blanco arco a su lado.

- Presiento que no siempre has sido una vulgar asesina - sentenció Devona -. De serlo, no hubieras dudado dos segundos y me hubieses disparado antes de que Kasha llegara para advertirme.

- Yo nunca dudo - respondió la muchacha.

- Es posible. Kasha tiene el poder de sumergirse en el pasado. Puede conseguir información de la muerte, aunque tú no hayas muerto, pues tu alma sí.

La nigromante cerró los ojos y, con palabras casi ininteligibles, en un extraño y olvidado lenguaje, empezó a brillar con una aureola verde oscura, casi negra. Su poder traspasó su esbelta figura hacia la arrodillada presa que, gritando de dolor, se desmayó en breves segundos. Tal era el poder de Kasha.

- Su nombre es Ishtar - dijo Kasha con una voz espectral, resonando como mil muertos saliendo de sus tumbas - y esta es su historia...

... Veo felicidad en su niñez. Seguramente la niña más feliz de Oak's Haven. ¿Sabes dónde está, verdad? A veinte millas de Ascalon, hacia el sur, cruzando el Valle del Regente, más allá del Fuerte Ranik. Juega con sus amigas, se pelea con los niños del pueblo que las molestan, y sueña con una vida tranquila, al lado de un hombre, con hijos que cultiven el campo de sus padres...

... En su juventud conoce a un chico. Su amor crece cada día que pasa. Demasiado sentimiento para una joven de catorce años. Todo era perfecto para esta chiquilla hasta que, de repente, el amor de su vida decide dejarla. Llanto, tristeza, la sombra cubrirá su existencia para siempre. Meses más tarde, descubrirá por qué la dejaron...

... Humilde hija de agricultores, ella no era lo que él buscaba. La dejó por la hija de los señores de sus padres, la dejó por alguien con más dinero que ella, con más poder, con más futuro. La ira creció en su interior, hora tras hora, día tras día, hasta que empuñó su arco y disparó contra la chica. Asustada, realizada, culpable, feliz... así se sintió mientras huía hacia el sur por las colinas de Ascalon. Se alejó, se alejó llorando de rabia y tristeza, miedo y alegría, sin percatarse de que algo, o alguien, la seguía...

... Un cuervo negro como el carbón le habló desde un árbol cercano dos días después. Intentó matarlo con su arco, enfurecida por el espanto que le había causado... o por la rabia que aún sentía contra todo el mundo. Pero el cuervo logró esquivar las flechas. Cuando se agotó la munición, el cuervo le invitó a seguirlo. Hacia un refugio, el hogar de aquellos que no pueden regresar a su casa. El lugar de aquellos que están manchados con sangre. El lugar más oscuro de aquellas tierras, las cuevas de Diessa. Dónde los hombres se preparan para la venganza, la venganza contra aquellos que los habían repudiado, odiado, maltratado, hundido, atacado y su alma destruido. El hogar de la Mano Negra...

... Él fue quién la entrenó. La Mano Negra. Nadie sabía quién era, ni por qué había reunido a todos los parias de Ascalón. Ni por qué los entrenaba como asesinos. Sus ojos brillaban con fúria, el fulgor de la venganza. Y todos aquellos que le rodeaban sentían el mismo odio hacia el resto de hombres y mujeres de Ascalon. Le enseñó a usar el arco, a deslizarse por las sombras y... sí, veo también que le enseñó el camino del Saber de la Muerte, este arte que yo también practico. Y tras dos años de adiestramiento le dió una última orden...

... Ve hasta Ashford. Devona está reclutando todos los héroes que puede para luchar contra los Charr. Esos animales no son mejores que los hombres que habitan esa maldita ciudad, pero pueden sernos útiles a la hora de eliminarlos. Véngate de todos aquellos que te hicieron daño. Mata a Devona y Ashford, Oak's Haven y Ascalon caerán en cenizas. Nunca dudes, destruye aquello que representa el hombre que te traicionó...

Kasha Sangrenegra recuperó su mirada después de recitar la orden de la Mano Negra. Giró la cabeza hacia Devona y empuñó su daga ceremonial apuntando a la nuca de la inconsciente chiquilla.

- No lo hagas, Kasha - dijo Devona -. Está claro que esta chiquilla ha sido manipulada por un ser oscuro, no le hagamos el favor de crearle un fiel aliado no-muerto. Unámosla a nosotros.

- Pero intentará matarte en cuanto pueda.

- Quizás, pero el riesgo es mío. La pena por atacar a un oficial de Ascalon es la muerte. Reclutémosla en vez de matarla, que cumpla su castigo a mi servicio. Será una prueba doble para su moral y, quizás con el tiempo, pueda ascender como una valiosa aliada y compañera. Preséntala ante Sir Tydus y que luego venga a verme.

- Sea así, querida amiga...

Abel Lofwyr - February 3, 2006 01:25 PM (GMT)
Una pequeña historia en plan de comedia contando el viaje con Kam Fang a las Dunas (por desgracia, casi que es verídica :lol: )

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Oleadas de calor se desprendian de la arena para encontrarse con los inclementes rayos de sol que incidian sobre las cabezas del grupo. Paso tras paso, los viajeros caminaban por las profundidades del Desierto de Cristal en busca de uno de los tres enclaves perdidos, conocido como las Dunas de la Desesperación. A la cabeza iba una bella dama pelirroja apenas cubierta por dos piezas de tela, unos brazales metálicos sujetados por correas y unas botas altas de aspecto amenazador. Su cuerpo lo recorría un esquema de dibujos, o quizás marcas, en forma de alambre de espino que parecía retorcerse si no fijabas la vista sobre él durante un tiempo. El cansancio la embargaba, pero la mujer no perdía el ánimo y aguijoneaba al grupo para avanzar un poco más.

Entre dos fornidos mercenarios, un hombre de aspecto solemne vestido con una túnica escarlata repleta de diseños en forma de llamas parecía bastante dubitativo sobre el destino del viaje... o de si llegarían de una pieza. De pelo negro corto y rasgos firmes, manejaba entre sus manos una varita de mago atento a cualquier sorpresa proviniente del camino. En el nombre de Dwayna, ¿de verdad esta mujer sabía a donde iba?

- Vamos en la dirección correcta, compañero - pareció leer en sus pensamientos Perséfone e Kieron, nigromante miembro de los Caballeros de la Rosa Dorada - Pronto podrás descansar antes de enfrentarte a la primera prueba de tu Ascensión.

- ¿Seguro? - preguntó el piromante Kam Fang, miembro de la misma orden que la mujer - Perdona, Perse, pero a veces tengo dudas de que conozcas el camino tan bien como dices...

La nigromante miró a Kam con aire alegre y desenfadado, señalando únicamente al frente. En la lejania, entre las ondas de calor se distinguian las ruinas de lo que parecía fue una gran ciudad. Detrás de los escombros, el umbral del puesto al que se dirigian se alzaba entre los restos de una estatua gigantesca.

- ¿Ves? He tomado una ruta alternativa para evitar a esas armaduras huecas que los Olvidados han dejado para dificultar el paso.

- ¿Quiénes? - susurró Kam Fang.

- No importa - contestó Perséfone - Si caminamos por esa especie de pequeño cañon llegaremos a las puertas en breve.

Casi como para rebatir dicha afirmación, un enjambre de escarabajos de jade surgió de la arena, enterrados a la espera de unas presas suculentas como las que suponian el grupo de viajeros. Tras una dura pero breve escaramuza, Kam miró a la nigromante. "¿Se supone que este paso es el paso seguro?", interrogaba su mirada.

Para evitar más emboscadas de las criaturas que moraban en el desierto, los viajeros se dirigieron al pasillo natural que serpenteaba entre paredes de arena, flanqueado por vigas de madera resecada por el sol. Al mirar el panorama que surgia ante ellos, tragaron saliva : el paso estaba patrullado por numerosas armaduras huecas armadas hasta los dientes, encantadas por el poder de los Olvidados.

- Perseee... - murmuró entrecortadamente el piromante.

- Bah, seguro que hay menos resistencia de la que parece. ¡Valor, camarada! En unos instantes descansaremos en terreno seguro - afirmó con total convencimiento Perséfone.

Combate tras combate, el grupo arrasaba las posiciones defendidas por los constructos místicos. Cuando no sufrian el daño de sus propios ataques devuelto contra ellos, una lluvia de fuego y rocas les aplastaba contra el suelo. Si la debilidad no entorpecia sus golpes, las llamas derretian sus miembros. La piedad no era necesaria con un montón de metal oxidado.

Un largo rato después, Perséfone y Kam llegaban al poste que señalizaba la entrada al puesto avanzado. Las heridas sufridas habian sido sanadas por las curanderas que les acompañaban, pero el derrotar a decenas de enemigos les agotó por completo. Kam empezaba a dudar de que aquel fuera el camino más corto...

- ¡Lo conseguimos! ¿Ves como conocía el camino para llegar? Apenas hemos sufrido alguna contrariedad - decia Perséfone mientras sonreia a su acompañante.

"Es una gran compañera y una habilidosa hechicera" pensó Kam Fang antes de entrar al puesto "pero que Balthazar lance su espada gigante sobre mi cabeza si vuelvo a dejarla hacer de guía"

Deways - February 3, 2006 03:21 PM (GMT)
RENACIMIENTO: CAPÍTULO 1 - NOTICIAS

Los intensos rayos del sol de primavera se filtraban por una sucia y empañada ventana en una taberna cercana al puerto de Arco del León. Llena de polvo, humo de varias hierbas para fumar, de olor a diferentes tipos de comida, esa taberna no era el lugar más acogedor de la ciudad, pero era el ambiente que buscaba Aysha X. En un rincón a media luz, en una esquina, la guerrera terminaba su cerveza mientras miraba, de reojo por la ventana que tenía al lado, las calles cada vez más bulliciosas de Arco del León.
Se abrió la puerta de la taberna, dejando entrar un poco de aire fresco, brisa del puerto de Arco del León, con el olor del océano limpiando la tenebrosa atmosfera de humo del local. Entró alguien, parecía una mujer, con una larga túnica marrón que le cubría todo el cuerpo, incluida una capucha que tapaba su cabeza y dejaba a oscuras su rostro. Cerró la puerta después de notar que todos los clientes del lugar, amantes del humo, la miraban con cierto aire molesto. Escudriñó por todo el local, evitando mirar al camarero que, tras la barra, mientras limpiaba una jarra con agua no del todo limpia, la miraba inquisitivamente pidiéndole que consumiera algo o saliera corriendo de su local. Mientras, el resto de clientes volvieron a sus asuntos en cuanto la puerta se cerró, excepto Aysha, que siguió a la chica encapuchada con su mirada, mientras terminaba su bebida lentamente.
Tras unos minutos adaptando la vista al humo y la oscuridad, girando la cabeza en busca de su objetivo, la chica vio al fondo, en una esquina, a la guerrera Aysha. Avanzó esquivando un corrillo de sillas de madera ocupadas por hombretones y sus prostitutas hasta que se plantó delante de Aysha y, mirándola a los ojos, le dijo:

- Estoy buscando a Knala Sunn.
- ¿Quieres morir tan joven? - respondió Aysha X.
- No lo entiendes, tengo que avisarla. Corre un gran peligro.

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"Espero que esta vez no haya problemas" pensó Ishtar Blackwidow mientras observaba, desde el otro lado de la taberna, a Aysha X terminándose su bebida. Recordó la última vez que pasaron por aqui. Aysha estaba exactamente igual que ahora y tres hombres intentaron atacarla y probablemente violarla. Dos de ellos cayeron con un solo golpe, mientras que el tercero ofreció dos segundos más de resistencia. Sin embargo, un cuatro sujeto se acercó por su espalda con un cuchillo. Si no fuese por la flecha que le atravesó la garganta, pensó Ishtar, la oficial de los Caballeros de la Rosa Dorada estaría ahora bajo tierra. Ishtar debía mucho a los oficiales de la orden. Aun sabiendo que era una asesina, la acogieron y cuidaron. Aysha fue la que más insistió ante Karamor, el líder de la orden, y por eso Ishtar era ahora su sombra, aunque nunca revelaba su presencia.
Cuando la puerta se abrió y entró la misteriosa encapuchada, Ishtar la siguió con sus ojos ambarinos. Al acercarse a Aysha X, la arquera empuñó su arco corto y, enarbolando sigilosamente una flecha bajo la mesa donde se hallaba, buscando un ángulo de tiro correcto para no dañar a nadie más que a ella, esperó cualquier movimiento brusco o extraño de la chica. Luego se fijó en los labios de ella. En su instrucción junto a la Mano Negra había aprendido a leer los labios, pues una espía y asesina encontraba este don muy útil a la hora de hacer su trabajo. Sin embargo, tan solo entendió las palabras "Knala Sunn", "no entiendes" y "gran peligro". Rápidamente guardó su arco y la flecha y, después de dejar dos monedas sobre la mesa, se fué corriendo y en silencio a avisar a algún oficial de la Rosa Dorada para que localizaran a la nigromante, pues ella desconocía su ubicación.

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Dhaufvir Do'Urden acababa de gastarse todas las monedas que había pensado destinar a la remodelación de su casa de verano en la isla de la Rosa Dorada en unos materiales que necesitaba para un experimento. Ser nigromante era muy duro, pensaba, además de costoso. Pero no podía esperar a reciclar esos materiales. La alineación de las lunas era propicia para su experimento y no podía desaprovechar una oportunidad que se volvería a repetir en... en... quizás en sesenta años. Estaría mejor en Denravi junto a Evennia pero los negocios no se hacían en un círculo druídico. Evennia, como se enterase la fortuna que había gastado en cuatro viales de hierbajos y órganos de animales exóticos seguro que lo mataba. Se guardó los botecillos de cristal cuidadosamente bajo su túnica cuando un grito a sus espaldas lo sorprendió y casi echa a perder cuarenta mil jornales de oro.

- ¡Dhaufvir Do'Urden! - gritó una chica.
- Sí, ese soy yo - respondió él, girándose asustado creyendo que Evennia lo había sorprendido.
- Soy yo, Ishtar. Necesito tu ayuda, eres el único oficial de la Rosa Dorada que hay en Arco del León.
- ¿Qué ocurre, chiquilla? La verdad es que ando un poco ocupado, ¿no puede ayudarte Aysha? Creo que se encuentra aquí también.
- Precisamente el problema es Aysha.

Después de contarle a Dhaufvir toda la escena del encuentro entre la misteriosa mujer y la guerrera, el nigromante oscuro se quedó unos momentos pensativo. Quizás no sea nada importante, Aysha es una mujer muy capaz y un encuentro con alguien en una taberna no es nada de lo que no se pueda ocupar. Además, si se refiere a Knala Sunn, seguro que se lo tomará más en serio que aquella vez que salieron a recolectar piedras imán por las llanuras de Ascalon.

- No veo por qué hay que preocuparse - dijo Dhaufvir.
- Algo me dice que deberíamos hacerlo - insistió Ishtar.
- No se lo que vais a hacer - dijo Aysha a sus espaldas, llegando calle arriba -, pero yo debo irme a Ascalon.
- ¿Ascalon? - preguntaron los dos sorprendidos.
- Debo encontrar el mausoleo de la familia Heldeion.
- ¿Para qué? - preguntó Dhaufvir - He estado en muchos mausoleos y, créeme, jamás querrías pasar las vacaciones allí.
- Tranquilos... es algo personal.

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- No deberíais seguirme - le dijo Aysha a Ishtar mientras caminaba por el camino hacia el norte, hacia las Puertas de Kryta -. Como he dicho antes, es algo personal.
- Algo que incumbe a Knala Sunn, y eso incumbe también a los Caballeros de la Rosa Dorada.
- Es algo más complicado que esto, niña. No deberías acompañarme, y Dhaufvir tampoco debería haber ido a buscar a los otros.
- Siempre tan arrogante e individualista...
- No es eso, Ishtar, preciosa... simplemente no quiero que os ocurra nada malo. Aun eres muy joven y lo que tengo que hacer es peligroso.
- Con más razón te acompañaremos - resolvió la joven guardabosques.
- ¿Y dónde dices que ha ido Dhaufvir?
- A Droknar... a buscar a Persefone y McMalaktz. Karamor y Vodania se hallan en Deldrimor y los recogerán subiendo hacia el Declive del Yak. Casebast... creo que está en el Templo de las Edades. Quizás si enviamos a alguien...
- No es necesario movilizar a toda la Orden. Esto es algo que tendré que resolver yo sola.
- No desprecies nuestra ayuda - se enfadó Ishtar -. Yo os debo mucho.
- Y tu vida no es el precio que debes pagar. Pero ya que os empeñais en acompañarme, será mejor que nos apresuremos. Las Puertas de Kryta están lejos, más vale que corramos si no queremos pasar la noche al raso. Elionor de l'Anoia ha montado un negocio allí, tal vez nos de alojamiento, comida y un paso seguro hasta Ascalon.

Deways - February 7, 2006 07:52 PM (GMT)
RENACIMIENTO: CAPÍTULO 2 - DOLOR

- Gracias por la hospitalidad y por el plato de comida, nos vendrá muy bien después de la larga caminata desde Arco del León.

Elionor de l'Anoia hizo una reverencia mientras una guapa camarera, una joven rubia de esbelta figura y profundos ojos verdes dejaba encima de la mesa, donde se hallaban sentadas Aysha X e Ishtar Blackwidow, una bandeja de plata llena de abundante comida, frutas y bebidas. Hambrientas, las dos viajeras empezaron a comer vorazmente, mientras la ilusionista se sentaba en una silla frente a la guerrera, cruzando los brazos y mirando a las dos jovenes.

- Tengo contactos en el Declive del Yak - dijo Elionor -. Si esperais allí tres días, lo más probable es que el resto de la orden llegue. Así podréis viajar todos juntos.
- ¿Cómo sabes que no viajamos solas? - preguntó Ishtar, mientras dejaba en la bandeja una costilla de cerdo.
- La información es un negocio muy rentable, aunque confieso que no sé por qué vais hacia Ascalon. Hace mucho que abandonamos esas tierras donde se nos repudió.
- Es un asunto personal - dijo Aysha mientras masticaba un trozo de carne.
- Sí, asuntos personales - los ojos de la hipnotizadora brillaban de intriga -. Se me dan muy bien los asuntos personales, la gente suele acudir a mi para que los solucione.
- No será este el caso.
- Hace mucho que nos conocemos, Aysha. Sé que te encargarías tú sola de este asunto. Pero los Caballeros de la Rosa Dorada no te van a dejar sola. Mientras entrábais por esta puerta, uno de mis ... contactos... ha estado observando a un par de figuras cerca del Juzgado de Grendich. Al parecer, estaban observando una pila de cadáveres Charr amontonados cerca de un antiguo cementerio, rodeando un pequeño edificio gris en el centro. Quizás es allí donde viajais, a la tumba de Alexandra Heldeion.

Aysha X dejo caer la copa de bronce llena de vino en la mesa. Sorprendida y asustada, la guerrera frunció el ceño y, con talante agresivo, trasladó su mirada a los ojos de Elionor de la Anoia.

- No se que relación tienes con esa noble familia de Ascalon, pero deduje que, al ver a Erik Do'Urden y Neu Negra por allí, ese era vuestro destino final.

Aysha se levantó de la mesa y se retiró hacia unas escaleras de piedra y madera que conducían a las estancias que el personal de la hipnotizadora había preparado para Ishtar y ella.

- Creo que me retiraré a dormir - resolvió la guerrera -. Ya he comido y charlado demasiado esta noche.

Elionor se quedó mirando a Ishtar, que seguía comiendo y bebiendo lo poco que ya quedaba en la mesa.

- Dime, Elionor - dijo Ishtar una vez Aysha abandonó la sala -. ¿A qué has dicho que te dedicas?
- Preciosa, no lo he dicho - dijo guñándole un ojo -. Y si te lo dijera, tendría que matarte.

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- ¿Mc Malaktz y Perséfone E Kieron, juntos en una cabaña cerca de la Forja de Droknar? - dijo entre carcajadas Karamor el Rojo, augusto líder de los Caballeros de la Rosa Dorada - ¡No puedo creerlo, hahahaha! ¿Lo crees tú, Vodania?

La experimentada exploradora de pelo grisáceo miró al guerrero oscuro y a Dhaufvir Do'Urden, quien les había contado la historia de camino al Declive del Yak.

- Es muy posible - resolvió ella -, o acaso no recuerdas lo mucho que siempre la piropea. Yo casi pensaba que era un obsesivo compulsivo... aunque de buen corazón, Mc, no me malinterpretes.

Hacía pocas horas que habían llegado al Declive del Yak. El capitán Orsic, regente del campamento, les ubicó en la tienda más grande que disponía y les dió comida y bebida como no podría ser menos. De hecho, ellos eran los héroes del difunto Príncipe Rurik, que habían salvado Tyria de su destrucción. Era su deber honrarles con todo lo que tenía.

- Fue una noche mágica - dijo el enorme guerrero, acercándose a la bella nigromante para besarla.
- Creo que has despertado su lado femenino, Perse - dijo Dhaufvir mirando de reojo a Vodania.
- Vigila lo que haces, nigromante - le dijo la guardabosques -, o esta noche dormirás con los animales y la nieve.

Pasaron unos momentos de silencio antes de que Karamor, el líder del clan, después de reirse un rato con la situación que Dhaufvir bien había descrito de las palabras de Magnor, el artesano enano, preguntara:

- Y bien, Dhauf... ¿por qué estamos en el Declice del Yak cuando podríamos estar ayudando a Deldrimor a combatir contra la Cima de Piedra?
- El problema es Aysha... y Knala Sunn.

El nigromante oscuro les contó lo sucedido en Arco del León, omitiendo la parte en la cual se gastaba una fortuna en unos pocos materiales, que por cierto, aún guardaba bajo sus ropajes de mago de la muerte. Alguien estaba buscando a Knala Sunn, decía que estaba en peligro, y Aysha corrió a buscarla... a Ascalon. Por suerte, Ishtar le avisó y le dió tiempo de buscar a otros miembros de la Rosa Dorada, mientras acompañaba a la guerrera hacia las Puertas de Kryta. Probablemente ya deben estar casi al llegar. Quién sabe, quizás se les una Elionor de l'Anoia, que regentaba un negoció un tanto misterioso por la zona.
Mientras contaba todo esto, Mc Malaktz no paró de abrazar y besar a Perséfone. Algunas veces, los ojos de la nigromante parecían decir "por favor, que alguien le diga a este hombretón que pare un rato... que ya me está hartando", pero parecía muy cómoda a su lado.

- Ejem... ¿Os dejamos solos? - dijo Dhaufvir, cuando terminó el relato.
- Mejor si los metemos en otra tienda aparte - propuso Vodania.
- No estáis solos, así que... bueno, comportaos - dijo Karamor.
- Eso, obedeced a nuestro líder - sentenció el nigromante.
- De acuerdo, de acuerdo - dijo Mc, mientras se separaba unos centímetros de su amada Perséfone, que parecía respirar un poco aliviada.
- Esta noche dormiréis separados - dijo Karamor.

Mc Malaktz protestó abiertamente al líder. No era justo separarlos, prometía comportarse. Y ante tales protestas, Karamor separó a la pareja... poniendo a Dhaufvir Do'Urden entre ellos. Vodania estalló en carcajadas, igual que Perséfone, mientras el guerrero negro protestó más airosamente que antes.

- Dhauf, te ha tocado en medio - dijo Vodania entre carcajadas, burlándose del destino del nigromante.
- Me gustaría verte en esta situación - se enfurruñó Dhaufvir.
- La verás - dijo Karamor, a quien no le gustaron esas burlas de la guardabosques -. Vodania dormirá a tu lado.

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Alguién abrió la puerta de tela de la tienda, dejando colarse los rayos del sol matutino, que dieron en pleno rostro a Mc Malaktz y Dhaufvir. Poco a poco y protestando por el despertar, el guerrero se incorporó para ver quién era el responsable de no haberle dejado dormir un poco más. Seguramente el capitán Orsic ya les molestaba con sus atenciones de héroe.

- ¡Orsic! - gritó Malaktz, despertando al resto de los Caballeros de la tienda - ¿No ves que querríamos dormir una hora más?
- No hay tiempo - dijo una voz de mujer -. Erik y Neu Negra se hallan a solo medio día de camino, cerca del mausoleo Heldeion, en el Juzgado de Grendich. Y hacia allí vamos.
- ¡Aysha! - dijo el guerrero - ¡Que alegría verte!
- Ya te alegrarás en otro momento, Mc... Knala está en peligro. Os doy cinco minutos, después de esto, Ishtar y yo partiremos hacia Grendich.

La caminata fue dura, pasando por las heladas montañas de las Picoescalofriantes hacia las abruptas colinas del devastado reino de Ascalon. El avance fue rápido, pues no tenían apenas tiempo, y encima no habían descansado todo lo que habrían necesitado. El camino desde Deldrimor tampoco había sido agradable. Diablillos de Hielo, Grawls y, sobretodo, la Cima de Piedra les habían hostigado solo salir del campamento de guerra de Deldrimor.

- ¿No crees que has sido un poco dura con ellos, Aysha? - preguntó Karamor.
- Todos hemos pasado por las mismas guerras - respondió la guerrera -. Sé que están cansados, pero seguro que se cansaron más durante las pruebas de la Ascensión en el Desierto de Cristal. Todos las hemos sufrido igual.
- Cierto, pero algunos han emprendido una nueva vida...
- No te apures, líder. Grendich está cerca y el cementerio Heldeion también. Si allí encontramos sana y salva a Knala Sunn podremos volver a nuestras casas. Además, tampoco pedí vuestra ayuda. Es algo que debo hacer yo. Dhaufvir e Ishtar insistieron en convocar a la orden.
- Sabes que siempre estaremos a tu lado.

Bajaron un par de colinas de piedra arenisca antes de ver una columna de llamas al horizonte. Si los cálculos de Karamor y Vodania no estaban equivocados, el Juzgado de Grendich ardía en llamas. ¿Habría sido tomada por los Charr finalmente? ¿O no eliminaron a todos los titanes cuando tuvieron la ocasión? Quizás, pero el cementerio no estaba en Grendich, sinó bajo la colina que pisaban en ese instante. Unos pocos minutos más de camino y habrían llegado.
Desde su posición elevada dislumbraron el vasto cementerio. Tumbas grises, algunas medio destruidas por la Devastación, excepto el mausoleo más grande... en el centro del cementerio. Rodeando ese mausoleo, cuatro pilas de cadáveres Charr yacían formando un cuadrado con la sangre derramada por las bestias muertas. La figura era claramente visible desde la colina. De pronto, un desgarrador grito, el grito de una chica, el grito de Knala Sunn, invadió todo el valle. Un grito de dolor, un grito de sufrimiento y luego, el silencio... el silencio de la muerte. Segundos después, las cuatro pilas de Charr empezaron a arder con un fuego de llama negra y rojiza. Un fuego antinatural, provocado por un gran poder.

- ¡Knalaaaaaaaaaaaaaaa! - gritó Aysha, arrancando en veloz carrera, bajando el valle hacia el cementerio olvidándose de todos sus compañeros.
- ¡Espera Aysha! - gritó Vodania, intentando alcanzarla.

Pero lo único que alcanzó fueron las lágrimas que iba soltando la guerrera, espada de fuego en mano, que dejaban un rastro de trsiteza y de fúria contra quién fuera que había acabado la vida de su preciada Knala Sunn...




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