La vida de Paris transcurria para Trang Oul con mas pena que gloria en aquel aņo 1105 de nuestro seņor. Tan solo sus recuerdos y su fugaz carrera hacia ser el hombre de confianza del principe Alexander entretenian sus dias... Necesitaba algo... que valorar. Tenia un vacio que no sabia muy bien a que correspondia en sus adentros.
Una noche lo supo.
Se encontraba en uno de sus paseos rutinarios frente a la Concergierie, el delicado viento de aquel calido junio le invito a tomar asiento y permitirse el lujo de contemplar las estrellas.
Pero las estrellas no vinieron solas aquella noche. En seguida se percato de la presencia de una bella musica de arpa que lo envolvia y correteaba a su alrededor... una triste y melancolica melodia que le recordaba a su viejo Palermo, a su viejo arbol, a su vieja vida... el capadoccio no pudo mas que acercarse a su creador y entablar conversacion. Era nuevo en la ciudad, aunque mayor que el capadoccio (cosa que descubriria con el tiempo), Trang Oul le sirvio de guia por paris en sus primeros aņos, aunque el toreador no lo necesitase explicitamente, la buena acogida de un primogenito en una ciudad tan importante era algo que siempre era agradable, al igual que las conversaciones que ambos mantenian por las noches.
Conversando juntos, vieron crecer Paris, vieron levantarse Notre-Damme (que se habria de convertir en punto de reunion habitual de ambos) y vieron caer poderes y levantarse otros en aquella loca ciudad.
A pesar de deberse algunos favores mutuamente dentro de la ciudad, ninguno los comentaba. Ambos hacian las cosas por conviccion, no por obtener nada a cambio, al menos del otro.
Se llegaron a conocer bastante, con el paso del tiempo, y Trang Oul empezo a acostumbrarse y a entender los profundos misterios de su amigo. Y a respetarlos. A respetar sus distantes pensamientos y su solitaria conducta, que no por ello le resultaba menos de confianza. Y lo aceptaba, por que la historia de Trang Oul tampoco debia de ser conocida.
Encuentro de almas. Encuentro de dolores.