La noche se hizo presente en París de aquel exraño día, en el cual los sueños de la doncella se habían hecho desconcertadoras pesadillas las cuales incluían a su propio siervo D'Artois y un mundo irreal, que de algún modo Elois sospechaba no fuese tan irreal de por si.
No hubo más preambulos cuando junto a su lecho se hallaba un aturdido ghoul que corroboró cuan real había sido el anómalo sueño. Estaba claro que había sido obra de alguien pero la ventrue desconocía de quien, ¿un cainita?, quizás un virtuoso del Auspex, la ventrue desconocía cuan efectiva y retorcida podría ser esa disciplina vampírica como para afectar su mente en pleno sueño y conjugarla con la del siervo. Aunque en una ciudad plagada de virtuosos como lo era Paris sería prácticamente imposible encontrar al autor de tal vileza. Por otro lado estaba dentro de su haber el consultar al bien hallado Von Vertzang, no era el cainita en quien más confiaba pero si en el que menos desconfiaba, lo cual ya era mucho decir.
Terminó de vestirse la ventrue con ayuda de sus doncellas, a las cuales más de una le esperaba más de una sorpresa de cara al futuro, ya había tomado una elegida sin que éstas lo supiesen mas no había pesar en su decisión.
Entonces se percató la ventrue que D'artois seguía incordiándola y ella resolvió como solía hacer en esos casos...
- ¿Que haces aquí pasmado D'Artois?
El ghoul había esperado aquel momento desde que su señora despertase, medio trastornado por el hecho perturbador, medio obligado por su lealtad.
- Madame, traigo nuevas para vos.
El entusiasmo se plasmó en las palabras del ghoul.
- Adelante...
Replicó Elois condescenciente, no le gustaba que la hicieran perder el tiempo.
- Aquello que vos esperábais madame.
El apremio del ghoul sólo fue superado por la mirada de sobresalto de su señora. ¡Al fin!. Todo cuanto había esperado tenía fruto. Los horas que pasaba D'Artois en la soborna en lugar de otros menesteres más fructíferos tenían por fin sentido, meses y meses invertidos se verían recompensados.
- Dejalo en mi mesa y ahora acudiré.
El siervo siguió las directrices, en tanto que su señora terminaba de vestirse y expulsaba a todos de sus aposentos, inclusive D'Artois.
No pudo contener su entusiasmo, mientras buscaba la respuesta apropiada. sus manos echaron mano a un pequeño cajón con una reglilla que haría las veces de traductor, tomó el pergamino el cual auguraba sería el apropiado entre los de origen romano, desechando de momento el resto.
Empezó pues a aplicar el arcaico pero eficiente sistema de traducción de Julio Cesar, tomó un pergamino, tomó una pluma, empezó a leer y a trasncribir, así le llevó varias horas completar la carta hasta que porfin estubo lista. No se había atrevido a leerla, no hasta que no estubiese completa, así que se armó de valor, expiró y expiró una y otra vez, se armó de valor ante la emoción mientras se centraba y calmaba, sus ojos cerrados se abrieron y se dispuso a leer...
- ¡Nada, absolutamente nada!
Exclamó la ventrue enfadada tras aplicar el código al pergamino que tan sólo trataba de una vaga referencia a la Vía Regalis. Algún escrito de un ventrue en horas bajas que deseaba anotar su doctrina en la caída del imperio, aunque el hecho de su procedencia la hizo sospechar.
Julia Antasia no había movido ficha aún, ni Herr Hans le había comunicado los resultados de sus últimas averiguaciones sobre Rustovich.
- ¡Maldición!
Volvió a vociferar mientras arrugaba el pergamino con furia entre sus manos y lo arrojaba al suelo con desdén.