View Full Version: La visita esperada de un aliado

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Title: La visita esperada de un aliado
Description: 19/8/1225


Isolda Lamartine - December 25, 2005 09:37 PM (GMT)
Eran cerca de las nueve de la noche, y una figura se encontraba agazapada a varios cientos de metros de la entrada principal de Le Ictus. Tenía los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre las pierdas, y mediante un sencillo efecto que recién había aprendido, se ocultaba de las posibles miradas de los Durmientes y de cualquier otra cosa que pasara cerca.

Sí, se encontraba nervioso, pero era apenas lógico.

Desde que había recibido aquella carta hacía dos semanas, no hacía más que dar vueltas de un lado a otro en la cama, imaginándose el encuentro; y por más que buscaba en escenas pasadas o futuras la tranquiliad que deseaba, nada de esos sucedía. No. Tenía que aceptar que se encontraba puñeteramente nervioso.

La capucale cubría la cara, y con ella también se ocultaban sus cabellos marrones. Observando detenidamente su rostro podía verse que no tenía más de veinticinco años, auqnue desde lejos y sin un análisis muy detallado parecía ya haber superado la treintena. Sus músculos eran grandes y sólidos, y su cuerpo había sido forjado en el calor de la batalla, así como la furia de su mirada.

Sin embargo su cuerpo era sumamente ágil, más que muchos, y un extraño silencio se hacía siempre alrededor suyo, volando con él y protegiéndolo. El efecto de su aura le ayudaba demasiado en sus labores de espionaje, auqnue había ayudado también a crear en él una personalidad retraida y alejada.

Había recién alcanzado la posición de Adeptus Iniciatus gracias a su dominio en la Forma Anima, y a un par de hazañas de guerra que le habían valido el respeto de sus compañeros de Casa; y por la carta de la Magister Mundi, más allá de ella.

No la conocía personalmente, pero abía escuchado hablar mucho sobre su impresionante crecimiento en las artesmágicas, sobre su don natural y su facilidad de palabra. Sobre sus hazañas e invaluables ayudas en la Guerra Massasa junto a su Maestro, y algunos otros rumores no tan favorables según la opinión de su Primus, quien al parecer la conocía muy bien.

Guardó silencio, intentando que el latido de su corazón no opacara los sonidos de su alrededor. Pronto llegaría.

Isolda Lamartine - December 25, 2005 09:50 PM (GMT)
Habían pasado ya cerca de veinte minutos. A su alrededor no había más que silencio, un silencio que era incluso atemorizante. El Tytalus observó un momento unos arbustos cercanos. Su intuición pocas veces fallaba, y esa no sería una excepción. ¿Habría sido traicionado por la Archimaga? ¿O algún enemigo de ella se había enterado de su viaje, a pesar del sigilo que se había autoimpuesto?

En silencio, casi total, extrajo una daga de su cinto. Tenía el mango en forma de cruz, sin grabados, pero en la hoja estaba escrito un hechizo:

"Cortarás el viento
saeta de los dioses
Y será la sangre de los enemigos
la única que bañe la hoja".


Con cuidado se levantó. Estaba seguro de que había preparado bien el hechizo para evitar ser visto, así que sólo podía ser que alguien más estuviera allí esperando. Caminó silenciosamente cuidándose de no pisar hoja alguna ni de dejar huellas en la tierra o en la hirba.

Al llegar al arbusto vio cómo no había nada.

Se giró rápidamente, consciente de que había caido en una trama, y lo que vio le dejó sin habla por largos minutos.

Isolda Lamartine - December 25, 2005 10:22 PM (GMT)
Allí, justo detrás del lugar donde él se encontraba, un pequeño ragón azul dormía plácidamente con la cabeza puesta sobre las patas delanteras. Sus escamas brillaban por acción de la Oscuridad, y de su boca salían pequeños bufidos ígneos, que por algún motivo no lo abía quemado a él.

Su cola y sus alas cubriéndole la parte trasera del cuerpo, estaban completamente inmóviles, y detrás de él una mujer joven, de no más de veintidos años, con un hermoso cabello rubio y unos hermosos ojos azules, le miraba sonriendo, sentada en una piedra.

Miró de nuevo al dragón, con los ojos bien abiertos, y en su lugar sólo vio a un perro blanco bastante corriendo durmiendo tranquilamente. Y la mujer, antes hermosa y como un sueño, ahora no parecía más que una campesina, no falta de belleza, pero corriente.

Y entonces lo supo. Su daga calló al suelo, clavándose en é, mientras su rodilla dereca se flexionaba y todo su cuerpo se inclinaba sobre ella, en una profunda reverencia, cargada de respeto y de reconocimiento.

Intentó hablar, pero la emoción le impidió proferir palabras por el momento. Hizo un esfuerzo más, y con dificultad se hizo escuchar.

-Magister Mundi Isolda Christine Terrein Lamartine, bani Bonisagus, Princesa de la Luna de Fuego, Guardiana del Innombrable, Portadora de la Cruz de Hielo, Jinete de la Tormenta, Ama de Mundos; para mí, Adeptus Iniciatus Felipe de la Salle Rodríguez, bai Tytalus, es un verdadero honor ponerme a su...

Iba a seguir hablando, pero sintió cómo unas manos delicadas y tibias le levantaban por el brazo. Esa fue la primera vez que se enfrentó a aquella mirada azul y a esa sonrisa divina, y la primera vez que sintió que ni sus batallas ni sus armas, ni su fuerza, podrían nunca ganarle a Isolda Lamartine una batalla.

Isolda Lamartine - December 25, 2005 11:08 PM (GMT)
Al poco rato se encontraban en el Sanctum de la Archimaga.

El Adepto Felipe había recorrido los pazadisos secretos que conducían a la Capilla, y luego al Sanctum de la archimaga con la cabeza baja, y en completo silencio. EL haber sido descubierto de manera tan sencilla para él era una completa vergüenza, y para su Maestro, y para el Maestro de este, y todo su renombre estaba por el suelo.

El silencio de la Archimaga era también muy diciente, y eso lo ponía más nervioso. La visión del dragón, la visión de la belleza inhumana, revelada por un segundo, de aquella a quien iba a servir, le herían el orgullo.

No miraba los caminos, pues estaba seguro de que nada vería o nada recordaría después sobre cómo acceder a ellos, lo que era en efecto cierto, y su conscincia, completamente dedicada a reprenderse, consumía todas sus fuerzas.

Por fin la que parecía una interminable travesía llegó a su fin, y un par de amplias puertas de madera con el símbolo de la casa de la Archimaga y de la Orden, superpuestos en una complicada trama, se abrió ante él con una palabra pronunciada por la hermosa voz de Isolda.

El interior era igualmente mágico, y sólo el Sanctum de su Maestro podía igualar esa extraña sensación que le invadió, auqneu el sentimiento era diametralmente opuesto: este lugar exalaba una paz que nunca había conocido.

El suelo estaba hecho por simples lozas de piedra; simples, por decir cualquier cosa, pues irradiaban tanta perfección tanto en su fabricación como en su posición, que un nuevo sentimiento invadió al joven guerrero: se hallaba verdaderamente frente a una Artista de la voluntad, que imbuía cada cosa que hacía o decía del más profundo sentido.

En el centro una mesa de madera, amplia y sin nada encima, rodeada de cinco sillas igualmente sencillas. Las paredes tapizadas de estanterías con frascos llenos e luminiscentes sustancias o increíbles criaturas, y de algunos papiros y pergaminos cuidadosamente doblados.

La estancia era iluminada no por antorchas, como el camino, sino por multitud de pequeños elementales, que volaban de un lado a otro. Uno, sin embargo, más grande, permanecía preso en una bizarra jaula verdosa en lo alto del recinto.

Isolda se despojó de la capa, y fue la segunda vez que observó esa magnífica aparición: allí, en su Sanctum, sin tener que preocuparse de ocultar su poder, este ebullía de su delicado cuerpo cin control alguno, y entendió que Ella estaba más allá de cualquier preocupación humana. Así debería ser, pero el Adepto se equivocaba.

Estaba ensimismado y sorprendido, asombrado, y no se percató del momento en que le retiró al capa una graciosa aparición azulosa y efímera, con largos dedos que casi parecían de viento; y se dio cuenta porque un espasmo le recorrió el cuerpo. Cuando se giró, al Sirviente de la Maga ya no se encontraba en la habitación.

-Siéntese Adepto, por favor, y déjeme tener el honor de atenderlo como si fuera esta su casa-, murmuró la Magister Mundi. Incapaz de contradecirla el Tytalus se sentó como una piedra. Al poco, luego e haberlo preguntado, la misma azulosa aparición ls servía en una copa de cuidada talla, fabricada en cristal, un misterioso líquido rojizo, que al primer trago le despojó del cansancio y de las preocupaciones.

Isolda Lamartine - December 26, 2005 07:22 PM (GMT)
Isolda caminaba en silencio junto al Tytalus. Sonreía para sus adentros, aunque su mente estaba ocupada en no equivocar el camino, pues este era largo y el laberinto era complejo y con propia mente.

Sin embargo aún dejaba tiempo para conocer a su invitado.

Descubrirlo no había supuesto ningún problema, aunque él había hecho lo que tenía para esconderse. Isolda entendía que era molesto, pues era una prueba fallada, que aunque ella no hubiera realizado, se había creado a sí cuando vio la primera oportunidad de hacerlo.

No importaba, porque sabía que nadie más le vería, y que ella no le había visto sino que le había “sentido”. Su cuerpo era ágil, y su maestro talentoso en el arte de la guerra y de la enseñanza, y en la mirada del adepto descubrió un fuego interno tan abrazante como el de un volcán o el del corazón del Dios de la Montaña, pues era de roca e invencible.

Eso era lo que ella buscaba, y lo había encontrado. Tal y como le había sucedido con Gerard, estaba segura de que el joven que tenía a su diestra sería pronto tan importante como su Maestro, y sabría que ella podía guiarlo en el difícil camino hacia la perfección.

Porque ella era una Maestra, y entendía su papel.

Desde la destrucción de Mistridge la Orden había sido sacudida por una oleada de terror. Muchos habían pensado que se trataba de una retaliación de Tremere y su progenie; otros, más paranoicos, habían creado conjeturas mucho más extrañas. Ella no conocía la respuesta a ese enigma, pero esa destrucción, como todas, había engendrado en su seno algo mucho más rico: el conocimiento del Adeptus Inciatus que ahora pensativo, se preocupaba por haber fallado.

Al llegar al Sanctum, supo que le regalaría la tranquilidad que se merecía.

Emeth, susurró, y con un brillo la puerta se abrió a su paso.

Isolda Lamartine - December 26, 2005 07:23 PM (GMT)
El joven la miró extrañado. Sus palabras eran desde luego gentiles y ahora se sentía aliviado, y nada más le oprimía el corazón. ¿Sería acaso en virtud de aquel brebaje que ahora su corazón estaba en calma? Lo suponía, lo sabía, y supo también que ella se lo había regalado.

Aceptó el regalo con una inclinación de cabeza, y por fin pudo sonreír.

Se demoró largos minutos paseando la mirada por la habitación, aprovechando la nueva sensación de infinita tranquilidad que lo embriagaba; recorrió los resquicios, las esquinas, las etiquetas luminosas de cada uno de los frascos, los seres que flotaban sobre su cabeza, la perfección en el orden y disposición de cada elemento, e intentó entender su significado.

Se dio cuenta de que aún le faltaba mucho para recorrer, que aún no podía asomarse en una mente como la de la Archimaga. Y se sintió agradecido de nuevo por haber sido elegido por ella, cuando tantos otros estaban dispuestos a dar su vida por aquella belleza ultraterrena, por complacer sus caprichos, con la única recompensa de ver su sonrisa o ahogarse en el mar de sus ojos.

Inclinó de nuevo la cabeza. Lo único que valía la pena observar en aquella habitación se encontraba frente a él, observándole con tanta tranquilidad que parecía ser una persona eterna.

-Mi señora Isolda. He acudido a vuestro llamado con el corazón orgulloso y la vista a lo alto, y daré cuanto tengo, incluso mi vida, por servirla.

Si su maestro lo hubiera escuchado, en este momento tendría la cabeza separada del cuerpo. Pero él nunca había perdido una batalla ante una sonrisa como aquella. Sus palabras eran tan sinceras que su corazón se llenó de valentía.


Isolda Lamartine - December 26, 2005 07:24 PM (GMT)
Isolda permaneció en silencio varios segundos después de las palabras del Tytalus, pensando en él y en sus causas. Sólo tenía algo que pedirle, y era tan arriesgado como para perder la vida, y aunque sabía que era duro decirlo, tenía que hacerlo. Tenía qué.

Con voz calmada y sin ningún cambio en su tono, embelezando al joven mientras le hablaba, le explicó paso por pasos sus necesidades, dándole indicaciones y consejos, y preguntas pues ese era el camino para aprender.

A las dos horas la figura del hermético se perdía en la noche, cubierta y protegida por las sombras nocturnas. Su corazón palpitaba rápido, animado, y con fuerza apretaba una flor de cristal que la Archimaga le había regalado.

“Será en el final en el que brille como la Luna y entenderás el camino que tienes que recorrer”. Guardaría aquella flor y aquellas palabras cerca de su corazón incluso más allá de la muerte.




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