Title: La primera piedra
Description: 18/8/1225
Isolda Lamartine - December 23, 2005 07:38 PM (GMT)
Debía preparar su mundo para la llegada de los Maestros. Hacía mucho tiempo había estado esperando la oportunidad de pedir una reunión con el consejo de Primus, y luego de dos años, gracias a la presión que sus Sa y los de su Maestro tenían, logró que le concedieran una audición previa.
La joven doncella estaba recostada en los amplios jardines subterráneos de Le Ictus. Las flores que allí crecían en virtud a la poderosa fuente de quintaesencia que era el lago, estaban cargadas de aromas imposibles y secretos, y dibujaban las mentes de los que los respiraban, peligrosas imágenes y amenazas o hermosas líneas y contornos abstractos. Isolda disfrutaba de ambos, y el Jardín, con una mente rústica pero propia, sabía agradecer aquel gesto. Así también los espíritus que el jardín albergaba disfrutaban de la compañía de la hechicera, aunque no la disfrutaban tanto como la de Iluno, a quien hacía tiempo ya no veían.
Ella los entendía, y su compostura al dirigirse a ellos les parecía tan formal y sacra, que se sometían a sus dulces caprichos de adolescente si estos no les impedían vivir su eterna vida como ellos lo deseaban. Y ella parecía saber tan bien cómo deseaban ellos vivir que nunca dijeron nada al respecto.
Hoy era uno de esos días en que estaban más embelezados con la mágica visita.
La doncella vestía una blanca túnica, bordada con hilos de plata; sus pies, delicados y pequeños, estaban calzado con una zapatilla de cristal con grabados hermosos y delicados, hechos en otros tiempos y en lejanas tierras para que los portara la Princesa de la Luna Roja. Sus cabellos brillaban con tal fuerza, que la luz azulada del lago se desvanecía con ese mágico fulgor, y todos, extendidos sobre la hierba, abrazaban las plantas y flores multicolores con maternal cariño.
Sus manos estaban extendidas todo cuanto podían, y en su blanco y puro rostro, una sacramental sonrisa descansaba. Sus ojos estaban cerrados, y cada parte de su cuerpo, en total comunión con aquel mágico ambiente, se estremecía con cada canción, con cada caricia que los seres umbrales le deparaban.
La música del lago la enviaba a lugares extraños y que nunca había conocido, transportando con delicadeza su alma hasta los lugares donde ella deseaba pasar el resto de sus días, dejando que a través de su cuerpo humano bullera una esencia superior, el Intellectus Mundi que buscaría para siempre, con la esperanza de algún día poderla encontrar, día que nunca llegaría encontrarlo.
No lejos de allí, en otro lugar igual de mágico, la primera de las piedras había sido ya puesta, justo donde debería, con una precisión y un sentido que sólo la constructora sabría darle.
Isolda Lamartine - December 25, 2005 10:00 PM (GMT)
La segunda sería igual de hermosa, y de eso se ocuparía la Aprendiz del Creador de Mundos. No en vano había observado con los "ojos" bien abiertos el bien hacer de su Maestro cada vez que encendía una fogata en el camino que los llevaba a... cualquier parte.
Sus ojos se ponían rojos y su piel tan efímera parecía que uno pensaba que el viento pasaba através de él, acariciando su corazón. Y luego, moviendo las manos y construyendo en voz alta las palabras perfectas justo donde deberían, regalaba a los Elementales pequeños de Fuego que crecían en las llamas, castillos, casas o coronas, y ellos nos regalaban calor a cambio, y conversaciones complicadas en lenguas que Isolda aún no conocía.
Pero ahora era diferente, pues su cosntrucción no era en un lugar ya ocupado, sino que creaba desde cero uno nuevo, en aquel apasionante reino donde habitan las mentes.
Y fue con una canción, y un largo verso, extendiéndose en sentidos diverosos hacia ambos lados, y recogiendo el polen mágico de aquel jardín mágico, y soñando más que forzando, que la segunda piedra fue puesta, justo donde debería estar, en una simetría tan perfecta que los dioses se sintieron celosos por la creación de la Archimaga.
Y luego vino la tercera, y la cuarta, y los silneciosos espectadores entendieron que no eran piedras individuales que se ponían separadamente, sino que era uno solo el organismo que las comandaba, y que eran parte esencial de algo más grande, perdiendo de ese modo toda individualida. Y con fortuna.
Y cuando las notas dejaron de tañir en el corazón de la maga, se descubrió ante ella una mágica casa, y sonriendo, abrió la puerta.
Isolda Lamartine - December 25, 2005 11:54 PM (GMT)
El interior del lugar no podría ser adivinado de ningún modo desde el exterior: la casa vista desde afuera parecía pequeña y humilde, de techo bajo y cuadrada.
Nada estaba más lejos de la verdad.
Su interior era verdaderamente impresionante: lámparas gigantescas y cambiantes, volaban sobre los techos altos, danzando entre los inmensos pilares como si fueran parte de una fiesta o tímidas luciérnagas; estos, los altos pilares, se balanceaban con gracia acompaasada, y en su superficie podían leerse increíbles leyendas épicas o románticos poemas de amor, cada uno refulgiendo con su poderosa luz sobre el ambiente mental y sensible que flotaba en el aire.
Sobre las paredes, tapices de hermosos tejidos, respresentaban escenas que se estaban viviendo en ese momento, avanzando y retrocediendo (un poderoso dragón lanzando bocanadas de fuego, subiendo en vuelo espiral hacia una montaña con la cima roja, representaba el encuentro en movimiento entre Isolda y Chokmah), y el ´humo salía del tapiz donde el anciano hermético quemaba inciensos mientras leía, y era tan real (o no) como el resto del maravilloso salón.
Una mesa grande, con diez puestos, justo en el centro, moviéndose acompasadamente con el resto de la construcción; delante de cada uno de ellos el símbolo de la casa a la que estaban destinados.
Cinco seres mágicos, sin piernas y hechos de humos oníricos, con cabellos volantes e igualmente fantasmales, esperaban la llegada de los invitados, bien ocultos para no perturbar, en la parte trasera del salón.
Isolda sonrió, y "caminó" hacia la puerta, de entrada sencilla y observó el exterior: la nada se extendía desde allí, prestando tal cantidad de posibilidades creadoras, que sería innoble ignorarlas. Sonrió de nuevo, mientras levantaba las manos, y en cada una de ellas una perfecta esfera azulada hacía su aparición: aún faltaba mucho por hacer.
Isolda Lamartine - December 26, 2005 06:54 PM (GMT)
Ante la gran extensión de Nada el ánimo creador de Isolda fue víctima de una total excitación, que pocas veces había sentido en su vida. ¿Cómo evitar el orgasmo que enviaba a las mentes y a los corazones el sentimiento creador, divino, profético incluso, de los herméticos?
Esa era su meta al fin y al cabo: crear. E Isolda tenía ya varios conceptos en su haber, poderosos y sutiles, fabricados con todo el cuidado y el amor de que era capaz la Archimaga, y los consentía como se lo merecían, y ellos en cambio le habían abierto una puerta antes para ella desconocida.
En su corazón sentía que esa fuerza estaba ahora ante ella, y la puerta que años atrás se había abierto no era de ningún modo diferente a la que en este momento se asomaba: eran la misma, aunque fuera únicamente por bondad de la intuición.
Sonrió.
Las manos aún brillaban, y las azulosas esferas comenzaron a tomar otra forma: partiendo de la perfección se convertían en una imagen perfecta de ellas, pues todo lo contenían. Y una fue una piedra, y la otra fue una hoja. Y volaron desde las blancas manos de la archimaga hasta ocupar su lugar en el Tapiz del cual Isolda era la Tejedora.
Y al contemplar su hermosa obra, sonrió de nuevo, y dos nuevas esferas aparecieron en su mano, y esta vez eran rojas, y una fue pájaro y la otra sus plumas. Y luego hubo el cauce y luego el río; el viento y el Mecerse, el Dejarse Arrullar. Y Las nubes y las gotas de lluvia; y el frío y la tempestad; y el rocío sobre las plantas y las plantas; y el rojo, el amarillo, el verde, el azul, el negro, el blanco, el gris, el violeta, el café, y millones de colores salieron de las manos de la Archimaga para hacer parte de su colosal obra.
Y la Tristeza y el Amor y la Nostalgia y la Melancolía y El sueño y la Complejidad y el Olvido y el Pesar y el Infinito y el Halago y la Mentira y la Añoranza y el Pasado y la Ira y el Recuerdo y el Vacío y la Sencillez y la Arrogancia y el Simpleza y el Odio y la Dedicación.
Y muchas horas en un lugar sin tiempo, atemporal, “pasaron” como instantes no numerados, quitándose de ese modo la responsabilidad de la existencia. Y con el movimiento no nació el tiempo, y pudo Isolda construirlo de ese modo pues era grande su entendimiento. Y sin Negatividad, y sin Instantes y a pesar del Pasado.
Y era aquel lugar ya tan hermoso, que no pudo menos que crear una Luna más grande y eterna, inmóvil en la esfera celeste, pudiendo de este modo conjugar las increíbles contradicciones que se le imaginaban, pues sin Movimiento Original, sin Motor Primero, entonces la existencia de aquel lugar era un paréntesis aceptable y la no-temporalidad era tan posible como cualquier otra cosa.
Y consciente de eso creó entonces la Noche para que acompañara a su Luna, más grande y más cercana que la Terrestre, para mitigar el temor de su alma a o no poder nunca llegar más “arriba”.
Y cuando todo esto estuvo creado, sonrió; entró al hogar, y una cama estaba siendo preparada por sus creaciones, que con cuidado y amor la desvistieron, la acariciaron, y como en su infancia, leyeron para ella mientras encontraba el sueño en un país que era aldea del reino.
Isolda Lamartine - December 26, 2005 06:55 PM (GMT)
Y Despertó, pues así estaba contemplado, pero extraño la Tibieza matinal y el gorjeo de los pájaros, que aunque ya volaban estaban mudos y esperando. Sus creaciones la vistieron luego de haberla lavado, y cuando se asomó por la ventana contempló su obra, y se sintió complacida pues era hermosa.
Y nacieron los Sonidos, y en ellos estaba el susurro del arroyo, y el despertar de las hojas, y el poema de amor de la flor a la abeja, y el zumbido incesante, y el Silencio nocturno, que todos aquellos maravillosos seres entendieron como lo que era: un rito a la Tejedora.
Y los pasos del caminante, y el roce de las telas, y el cerrar de las puertas; y confirió a cada ser su propia voz, así que el árbol cantaba y el viento, creado también, bailaba con sus altas ramas, y cada hoja entonaba su propio himno, diferente a aquel de los rosados pétalos de la inexistentes flores que se desperdigaban en orden perfecto, brillando agradecidas por la posibilidad de la existencia.
Y se creó el sonido de la piedra, eterno y ronco. Y se creó el tono del que se declara, y del que suplica, y del que amenaza, y del que espera, y del que es esperado. Y se crearon los latidos del corazón y su eterna marcha, y se crearon también, en contraposición, la silenciosa búsqueda de los poros de la piel, y el sonido de las lágrimas al rodar por las mejillas rosadas, y el sonido de los cabellos al caer sobre los hombros, y al subir.
Y todo era tan perfecto que Isolda de nuevo se sintió complacida.
Sus ojos, víctimas de su propio invento, amenazaron con cerrarse, pero no se preocupó el corazón de la hechicera, porque aunque durmiera allí estaba fuera del tiempo. Y antes de ceder a sus impulsos creó las Pesadillas y les dio múltiples formas, pues aunque se encontraban lejos de la realidad, era necesario que alguien recordara cómo hasta allí habían llegado.
Isolda Lamartine - December 26, 2005 06:59 PM (GMT)
Y cuando supo que no podía darle límites a lo que era inimaginado, entonces tomaron las cosas que en su jardín esperaban otra dimensión, más grande y más maravillosa. Y corrieron inexistentes seres por las grandes llanuras, y todos pensaban de manera tan lúcida, que Isolda se sintió nuevamente contenta.
Y de su felicidad brotaron los peces, y de sus manos sudorosas y blancas brotaron los dioses, y de su sexo brotaron los deseos. Y fue tan grato el sentimiento, que con su recién creado sonido, entonó la voz de la maga una canción, y tan lejos llegó su himno que de ya creados mundos acudieron mágicas visitas, y todos escucharon la canción y se sintieron conmovidos, porque ese sentimiento también había sido creado.
Y decidieron en unánime voto permanecer allí y no desfallecer, porque aún había esperanza, y en esas notas viajaron y vagaron, y vivieron en las praderas y en el aire y supieron lo que era la Felicidad, porque Isolda había puesto buen cuidado en ello, y al terminar la última estrofa, la Solemnidad hizo su aparición, y con ella el Miedo, y la Maldad, que tan caros eran al corazón de la Creadora.
Y así pues, hecha su obra en siete días, como decían las escrituras había creado el Padre al mundo, Isolda se sintió de nuevo complacida, y cerró los ojos para hacer el viaje de regreso.
Isolda Lamartine - December 26, 2005 06:59 PM (GMT)
Un rumor de pasos la hizo levantarla cabeza del jardín subterráneo.
Inclinado sobre ella un gallardo ser de otras tierras la mirada sonriente, e Isolda respondió a su sonrisa con otra igual, y ambos eran tan hermosos y tanta era la luz que brillaba en sus ojos, que las plantas azulosas arrojaron al aire emocionado polen amarillo, y entonaron un nuevo canto.
Y las Sílfides, sobre las rocas del azul lago, se sintieron correspondidas, y ellas era tan efímeras y tan acuosas, que supieron que lo que aquella mirada significaba pertenecía a un mundo que por poco habían olvidado.
Y el habló, pero nadie entendió lo que dijo, porque la cueva gritó enamorada.
E Isolda también habló, y desde ese día entonces a ella se le conocería a través del tiempo, que ahora entendía y dominaba, como se le conoció a su Maestro antes que a ella, pues era él mismo quién le hacía el regalo, pues era él quien habiendo sobrevivido a la muerte, ahora se inclinaba sobre su cuerpo tendido, e Isolda se llamó entonces Ama de Mundos en los Reinos de los Sueños, pero más allá la llamaron simplemente la Tejedora, y su nuevo nombre pasó entonces a ser una hebra más en el Tapiz de su existencia.