Tras varios años de luchar en la cruzada Albigense, Philippe estaba harto. Había logrado tener contacto con varios Cátaros, no eran malas personas, al contrario, muchos de los obispos a los que servía eran bastante peores cristianos que dichos “herejes”. Esto, sumado al hecho de que los propios Caballeros Templarios criticasen abiertamente la acción de Inocencio III condenando a muerte a todo occitano, habían hecho crecer en él la duda, estaba harto de luchar, harto de vivir en una permanente emboscada.
Además, su sire, padre espiritual y maestro, el Gran Caballero Templario Vincent du Saunniere había sido asesinado… algo impensable, había sido un bravo guerrero, un gran dirigente y una noble y buena persona, no podía creer que alguien hubiese deseado su muerte… quería huir, largarse de ese lugar… quizá París, quizá Castilla, pero… había que acabar ya con esto.
Tras una emboscada en los alrededores de Carcasona, Philippe regresaba al campamento cruzado en las afueras de Vézelay. Varios compañeros de cruzada habían sucumbido y únicamente él había resultado vivo de la contienda, al menos, el enemigo tampoco había salido bien parado. Herido y cansado, Philippe pidió una auditoría a su superior, un Caballero Ventrue, obsesionado con el poder y el mando.
-Adelante, Philippe du Michaelis, puedes pasar – dijo el Ventrue
-Señor, hemos sufrido una emboscada por el enemigo en los alrededores de Carcasona, creo que debería extremarse la seguridad allí – dijo Philippe
-¿Hemos sufrido muchas bajas?
-10 de nuestros hombres han perecido, dos de ellos valientes guerreros, Brujah, al igual que yo
-¿Y los asaltantes?
-Fueron eliminados
-Esta bien, Philippe, eso esta bien… vas en el buen camino, quizá algún día llegues a donde tu malogrado maestro llegó – tras escuchar que habían salido victoriosos, el Ventrue estaba bastante aliviado, le daba igual perder hombres… pero… perder un solo metro de terreno le parecía inconcebible
-Quería comentarle un tema, señor – Philippe quería irse, pero lo iba a hacer como un caballero, no como un mero desertor – creo que mi trabajo aquí ha finalizado, llevo desde el principio de la Cruzada apoyando a las fuerzas de la Santa Iglesia, necesito un descanso
-¿Quieres huir?
-Bajo ningún concepto, quiero descansar, he segado muchas vidas, y creo que un retiro espiritual sería lo más conveniente
-Me temo que no puedo aceptar, Philippe
-¿No hay nada que pueda hacer por vos? Cualquier cosa por poder descansar [B]– Philippe sabía que muchos superiores eran fácilmente comprables, un terreno, una posición, oro, cualquier cosa podría comprar sus favores
-[B]Quizá si… ¿vos no era oriundo de la Normandía?
-Si, señor, allí poseo un pequeño dominio
-Bien, quizá… si donases ese terreno para la creación de una abadía, Dios misericordioso se apiadaría de tu alma y… no tendría que seguir luchando…-Entiendo – dijo desdeñoso el Brujah - ¿seguiría conservando mi tesoro?
-Deberías dejar una décima parte de tu tesoro al Santo Padre, esta contienda no se financia sola – dijo sonriendo el superior sabiendo que podría sacar cualquier cosa de ese joven desertor – ven mañana, se te hará firmar un contrato de cesión del terreno, entonces, podrás marchar hacia donde quieras, tendrás un salvoconducto con mi firma
-Está bien mi señor, si vuestra merced no requiere nada más, marcharé a mis aposentos
Tras un leve gesto con su cabeza, Philippe salió hacia su pequeña tienda de campaña. Estaba cansado, iba a perder sus tierras y un buen cacho de sus riquezas amasadas sirviendo al Santo Padre… sin duda la Iglesia le asqueaba… estaba harto, al menos, al día siguiente sería un hombre libre.
Al día siguiente, tras haber firmado, entre lágrimas de sangre, el contrato de cesión de su pequeño dominio en Normandía, Philippe se dirigió a su cuarto, recogió todas sus pertenencias y fue a un prestamista judío, al que se las vendió, sus unicos recuerdos que retuvo fueron un anillo con el sello de su familia, su espada bastarda, una armadura ligera con el escudo de su familia en el pecho y un yelmo.
Tras un breve paseo por Vezelay buscando un caballo encontró un gran caballo andaluz, su montura desde entonces y decidió partir hacia París, pasando antes por Orleans... tenía el salvoconducto del clero, pero aun así debía ir con cuidado...
Así fue como Philippe se vio obligado a desprenderse de sus títulos y sus dominios y se dirigió hacia Paris en busca de Álvaro de Castellar, el único amigo de su fallecido sire.
Continua en
La llegada de Philippe