Un día soleado como pocos lucía el 15 de agosto de 1.225. El abad Dinard miró por un ventanal del interior de la abadía para comprobarlo. La gente hacía notar su presencia con su alto tono de voz y sus expresiones de alegría, como era costumbre en cualquier fiesta. Dinard meneó la cabeza. Su paz tenía base en el silencio, pero hoy debía sacrificarla.
Se dirigió a un antiguo armario y sacó de él una ornamentada túnica blanca y violeta, con un par de franjas doradas y una cruz estampada en el pecho. Se la puso lentamente, los huesos del anciano no otorgaban más concesiones. Pronto aparecieron dos novicios ofreciendo los servicios necesarios al abad y se encaminaron los tres hacia la capilla en la que iba a tener lugar la misa.
Al llegar multitud de personas inundaban la santa estancia. La mayoría de los asistentes se tuvieron que quedar fuera, era algo ya esperado por el abad. La fecha y la festividad garantizaban que ésto ocurriese.
Sin más preámbulos Dinard comenzó con su labor. El silencio ya reinaba como símbolo de respeto al oficio y los fieles aguardaban expectantes las palabras del abad.
-Ave maris Stella, Dei Mater alma, atque semper Virgo, felix caeli Porta. Sumens illud Ave Gabriélis ore, funda nos in pace, mutans Hevae nomen. Solve vincla reis,
profer lumen caecis: mala nostra pelle, bona cuncta posce. Monstra te esse matrem: sumat per te preces, qui pro nobis natus tulit esse tuus. Virgo singuláris, inter omnes mitis, nos culpas solútos, mites fac et castos. Vitam praesta puram, iter para tutum: ut vidéntes lesum semper collaetémur. Sit laus Deo Patri, summo Christo decus, Spirítui Sancto, tribus honor unus. Amen.
Como pasaba siempre, la gente adoptaba el gesto serio y reflexivo. Dinard sabía que prácticamente nadie había entendido lo más mínimo. El latín no era una lengua conocida para la gente llana. En un ánimo de hacer llegar el mensaje a los feligreses, el abad hizo algo insólito, comenzó a hablar en francés. Normalmente lo hacía en el sermón, en el acto moralizante, pero nunca en una parte del oficio. Esta vez se decidió a traducir el mensaje de Santa María que había dicho antes.
- Salve Estrella del mar, Santa Madre de Dios y siempre Virgen, feliz Puerta del cielo. Tú que has recibido el saludo de Gabriel, y has cambiado el nombre de Eva, establécenos en la paz. Rompe las ataduras de los pecadores, da luz a los ciegos, aleja de nosotros los males y alcánzanos todos los bienes. Muestra que eres Madre: reciba nuestras súplicas por medio de Ti, Aquél que, naciendo por nosotros, aceptó ser Hijo tuyo. ¡Oh, Virgen incomparable! ¡Amable como ninguna!
Haz que, libres de nuestras culpas, permanezcamos humildes y castos. Danos una vida limpia, prepáranos un camino seguro; para que, viendo a Jesús, nos alegremos eternamente contigo. Demos alabanza a Dios Padre, gloria a Cristo Soberano y también al Santo Espíritu, a los Tres un mismo honor. Amén.
Al menos si los fieles atendían ahora sí que comprenderían el mensaje. Esta vez el sermón sería corto. En poco más de quince minutos había terminado y los felegreses ya podían dar rienda suelta a sus alegrías y alborotos. Ahora había llegado la hora de las tabernas.
Gaël se dirigió a la abadía, quería ver a toda la gente que había venido a misa. Era mucha gente pero el silencio se hacía perpetuo mientras Dinard oficiaba el rito. Tras la misa numerosos feligreses saludaron al abad, Gaël esperó, como en su último encuentro. Luego se acercó a él, Dinard ya lo habia visto.
- Que Nuestra Señora vele por vos, Dinard. Me ha agradado ver que le ha dedicado unas humildes palabras a la ingente masa de feligreses que hoy se reunen aquí. La comunicación ha mejorado mucho desde nuestro último encuentro. Espero que podamos cuidar de los peregrinos tanto como vós cuidais de su fé. Mi señora me ha pedido que le dé saludos, tanto a usted como a Máximo Constanza, a quien profesa un gran respeto.
Gaël se habia mostrado educado y cordial, le habia caido bien el abad. Le recordaba a sus antiguos oficios cuando residía en Bretaña, cuando aún no había conocido a Boadicea.
- Ha sido un hecho poco común, pero lo he creído necesario. El mensaje en honor a Santa María debe llegar a todos nosotros, traspasando las barreras del lenguaje. Aunque me temo que no siempre puedo actuar así, Gaël. Las tradiciones de la Iglesia fueron impuestas por algo, no soy yo quien debe cambiarlas... Me entiendes, ¿verdad?
El abad se situó a un lado del tabernero y caminó hacia la salida, con paso lento y cansino.
- Transmite mis saludos y los de mi señor también a Madame do Teixido, ahora es vuestro turno.- Dinard se giró y caminó hacia el interior de la abadía dejando al vasallo de la setita. Tan sólo había dado unos pasos cuando se giró de nuevo hacia el posadero para hablarle-. Me ha alegrado verte, Gaël. Sabes que puedes venir cuando quieras. Has sido sincero contigo mismo y has abandonado el camino de Nuestro Señor, pero recuerda que él es atemporal y te esperará pacientemente. No sé por qué, pero creo que contigo se mostrará misericordioso...- Dichas estas palabras el abad se dio la vuelta, sin hacer caso de sus viejos huesos que no paraban de quejarse y se dirigió hacia sus aposentos-.