Title: Necesidad. Inhumanidad. ¿?
Description: 11/8/1225
Isolda Lamartine - October 29, 2005 05:45 PM (GMT)
Viajaba en los arreboles del estío, pues era aquel el paisaje que podían sus ojos azules observar tras las cristaleras tristes de aquel hogar, que con tanta insitencia se aparecía inconcluso. Inconcluso sin paredes, inconcluso sin motivos, inconcluso sin paseantes, caminantes o enamorados.
Sus razones eran complejas, como casi todo en los últimos años de estricto pensar. Convertido en arte el mundo, sólo quedaba el pasado, o eso creía.
Y fue de ese modo que saliendo de la seguridad de su hogar imagina, soñando tantas cosas que ninguna Tierra soportaría su peso, entró en aquella sala que le era vedada por un respeto que ella no se había inventado.
Sobre un anaquel viejo y lleno de polvo encontró lo que buscaba, y sin reparos de ningún tipo acercó los ojos azules, que ahora parecían amarillos por un extraño efecto de la vejez.
Isolda Lamartine - October 29, 2005 06:02 PM (GMT)
Estaba, en efecto, demasiado lleno de polvo como para poder tomarlo sin riesgo a perder la consciencia. ¿Hasta dónde se podía penetrar en las tierras del Olvido, antes de desaparecer de los Registros de la Vida y la Muerte? ¿Qué tanto polvo se podía llevar encima, si lo único importante era, como ya sabemos, permanecer quieto, siendo anónimo y deseado?
Como una Casa Desaparecida, sin duda. En sus manos, arriesgándose a la locura, Isolda recogió aquel hermoso tesoro, observándolo con sus tiernos ojos, ahora multicolores, tal y como una madre mira a su hijo, aunque fuera irónica la comparasión.
Irónica por necesidad, pero era cierta.
Sopló con delicadeza, cuidándose de no lastimar la frágil superficie y aprovechando para susurrar tranquilizadoras consignas fraternales. Cuando no hubo más polvo, cuando tanto tiempo hubo pasado, tomó asiento en una esquina recatada de aquel maravilloso pasadizo universal, y abrió el libro en un lugar cualquiera, confiando en la precisión de la decisión de lo Aleatorio-Concatenado.
Isolda Lamartine - October 29, 2005 06:29 PM (GMT)
Un helao monte capturaba de inmediato la atención de la desprevenida Isolda, que leía sin esperar nada. Imponente sobre el paisaje general, que se alumbraba con una azulosa luz, fría y espesa, proveniente de la cúpula.
Era largo, empinado, como una aguja desde la tierra al cielo, que unía sin preámbulos y sin previas meditaciones, irrumpiendo de grotesca manera en la Tierra, en el Cielo y en el pacífico lugar en el que habitan los muertos. Sus faldas escarpadas, en cada tramo, tenían bestiales seres llenos de un odio y una energía terrena, unida con lazo vital a la misma tierra, y desde ella extraía su energía para superar las alturas y dominar desde las cúspides divinas la misma extensión mental, que en el texto, complicado, se veía negra e inexistente.
Sobre la torre blanca, en su parte más alta, residían las tranquilidades y temores, como si en su nido estuvieran, y desplegaban no sólo su vista sino también sus influjos sobre el mundo, haciendo temblar los corazones de los hombres y la constitución misma de la vida.
Trepando como hormigas, las consciencias humanas y los frágiles deseos, hacían esfuerzos por no desfallecer antes e alcanzar su sagrado objetivo, pero sólo unas pocas, sudorososas pero voluptuosas en su sacra inocencia, cumplían tan terrible destino.
Isolda Lamartine - October 29, 2005 06:43 PM (GMT)
Antes de trepar, una augusta figura observaba a las demás, pretenciosas las creía pues en su rostro multitud de pesimistas ideas se amontonaban. No sentía ningún miedo; era tan ritual su pensamiento, que muchas horas estuvo detenido en la nada, allá sin la ayuda del monte, preparando su alma para la final perengrinación.
Final o no, no lo sabía, no completamente, pero adivinaba terribles sucesos en aquel ascenso, y ya preparado, luego de interminables meditaciones y agradecimientos clandestinos, puso su primer pie en aquel camino mohoso y blanco, y dejó la anonimidad para volverse alguien, croando como rana su nombre a la expectante charca.
Dio un paso tras otro, y su imbatible cuerpo trepó y trepó, dejando atrás con rapidez a los incosntantes y temerosos hombres, haciendo suyo aquel frío inmortal, aquellas escarpadas piedras se hicieron parte de su alma, y el sufrimiento que bajo ellas corrían como lava, fue de él el sufrimiento y sus lágrimas se hicieron rojas y su postura montañosa e inamovible.
Sintió entonces el helado viento acariciano su rostro, y sonrió, pues estaba en la cima. En una cima que jamás volvería de nuevo.
Su juventud se derramaba del vaso con soltura, y su confuso destino se abría ante sus ojos, allá abajo donde todo era por él observado.
Isolda Lamartine - October 29, 2005 06:54 PM (GMT)
El paisaje cambió abruptamente al dar vuelta a la página.
Indescriptible horror aquel que el escritor, con sabiduría, transmitía, pues los cabellos de Isolda se erizaron insolentes.
La Magister Mundi suspiró, porque el desfile terrible, desconocido pero sólo en parte, se desarrolló frente a sus ojos con premura, como intentando impedir que la vista de la Magus se fijara en otra página.
Y llegando a ese punto, Isolda tomó fina pluma, y con delicadeza cambió las palabras adecuadas en los adecuados lugares, matizando, ora describiendo nuevas fronteras, y largo fue el trabajo pues era esmerada la Magister Mundi con aquel tesoro, precidísimo.
Su acto, inhumano, era a todas luces reprobable, pero nada más justo que redimir a aquel que no lo deseaba, mostrándole en sueños el destino deseado y augurándole a su mente feliz reposo en aquel monte que con ahinco recordaba como única fuente de pureza y de vida; eterna sería entonces la gratitud, mutua sin lugar a dudas.