Title: En algún lugar de los Sueños
Description: Amanecer del 6/8/1225 -Gehena
Isolda Lamartine - October 26, 2005 05:00 PM (GMT)
Despertó temprano ese día. Su rostro estaba bañado en un frío sudor, y las mantas desorganizadas denunciaban las angustias de la noche. Sus ojos, dilatados y su rápida respiración, no hicieron más que corroborar a los ajenos ojos que en la noche, la Magister Mundi no había conocido la paz.
Chokmah, a su lado, preocupado lamía el rostro de su ama, irónicamente fiel y preocupado. La miraba con grandes ojos, y gemía débilmente; Isolda paseó su azul mirada por aquella habitación, lentamente, intentando recordar donde se encontraba.
Largo fue el tiempo que pasó así, pues fue el conocimiento del lugar un trabajo difícil. Sus nocturnas visiones habían sin duda sido duras, vaticinó el dragón canino, pues fue mucho más rato después que intentó moverse, o siquiera poner a sus ideas, siempre enrevesadas y agitadas, a trabajar de nuevo.
¿Qué podría haber sucedido? ¿Qué tan poderoso, tan misterioso, para crear aquel efecto en la Hermética, efecto que ni siquiera Lor-Ukter, Señor de Terrores, logró provocar?
Isolda Lamartine - October 26, 2005 05:02 PM (GMT)
Eran sin duda tormentosas las olas que arrastraban el ánimo de Isolda, y potentes eran los inapreciables matices del camino. Cuando su vista y su corazón estuvieron seguros de estar allí justo donde se hallaban en el momento, emitió un largo suspiró, que viajó por cada uno de los sagrados objetos del Sanctum haciéndolo tomar a todo un bonito tono azulado.
Chokmah lanzó un agudo aullido de dolor, y lamió de nuevo la mejilla de su ama, esperando que alguna palabra saliera de su boca, y que fuera esta tranquilizadora. No fue así.
Isolda lo observó.
-Chokmah, querido, toma tu postura que deseo observar al Dragón y no al can, pues aunque sepamos que la diferencia es semántica, vuestro ánimo con escamas es sin duda diferente al mismo con pelaje.
El can lo dudó. Hacía mucho tiempo que se sentía a gusto con aquella forma, anónima y discreta, y no sentía la necesidad de tomar su verdadera forma. En la mayoría de lugares sobre la realidad Durmiente, aquella forma sería inaceptable y su cuerpo regresaría de inmediato a los confines de los lugares mágicos, pero en el Sanctum de su ama, era libre de hacerlo cuando lo deseara. Si era el deseo de su ama, si aquello servía para alivianar su espíritu, entonces no podía negarse.
Saltó lejos de la cama, justo en medio del salón, y agachó la cabeza. Un aire verdoso comenzó a salir de ciertos lugares del Sanctum. Su mágico influjo opacó los terrenales lugares, comunes a los visitantes, del Mágico Territorio, y lo que antes era un estante o una pared, mágicamente levantados en aquella gruta, se tornaron las irisadas paredes de una gran caverna hundida en los más abismales Secretos de la tierra. Las ventanas conectadas por encantadores hechizos con el aire libre y el cielo, dejaron de ser tales para convertirse en antorchas extrañas y antihumanas, portadoras de verdes llamas, y el suelo, el camastro y las ropas de Isolda se transformaron tan bien, volviéndose con lentitud el palco de un soberano, fabricado con rojas escamas, con cortinas de preciadas telas ajenas a los ojos de los Hombres escondida, un rumor de música submarina provenía de algún lugar oculto tras un cortinaje de igual talla al que cuidaba aquellos aposentos; al lado derecho del trono, una imponente espada en forma de cruz, con transparente hoja como el hielo, con hermoso tallado de piedras azulosas y de hielos provenientes de las cumbres del Olimpo, descansaba en un pedestal propio, pues tal era la magnificencia de la Cruz de Hielo.
Isolda, recostada en aquel paco, cubierto de hermosos tejidos y cojines árabes, vestía un extraño traje azul oscuro, donde viajaban a sorprendentes velocidades los astros describiendo año tras años sus órbitas caóticas en el cielo mortal. Una tiara plateada retenía su abundante cabello rubio, que ahora brillaba con potente luz propia, tal y como brillaban sus ojos. Y todo cuanto giraba en aquella habitación, lo hacía con las delicadas oscilaciones del corazón de la Archimala.
Tal era el poder de Chokmah, que necesitaba aquel ambiente para poder simplemente estar.
El cuerpo del can, siendo el que finalmente provocaba aquellos cambios, dejó el pelaje y lo reemplazó con azules escamas, brillantes con aquellas llamas verdes, y su talla aumentó de manera impresionante. Eran sus fauces poderosas, sus garras terribles, largas sus alas, y su amarilla mirada profunda y sabia, como sólo aquellos seres que son eternos pueden tener.
Isolda se paró, lentamente, y caminando con duda se abrazó a la pata delantera del majestuoso animal de leyenda, quedando así largamente prendida.
Isolda Lamartine - October 26, 2005 05:04 PM (GMT)
Cuando obtuvo las energías necesarias, se apartó un poco. El dragón la miraba impasible, aunque preocupado. Isolda tenía razón al decir que aquella forma, más austera y esencial que al anterior, le daba a su comportamiento ciertos matices diferentes.
-¿Ahora me dirá, Oh Poderosa Ama de Mundos, qué es lo que vuestro corazón ha incordiado en la larga noche llena de penumbras?
Isolda asintió. No sabía cómo comenzar, pero siempre podría hablar con Chokmah de maneras más prolíficas que el burdo lenguaje humano. Y así fue entonces cómo sus labios, sin moverse, previeron a la escena el carácter que le faltaba, pues llenóse con espirituales cantos a medida que en enoquiano Isolda se expresaba.
-Debes saber ya, querido amigo, que mis noches nunca son silenciosas e inmóviles, pues es el sueño de los demás el escenario de los míos propios, y vago por mundos increíbles, parecidos al tuyo, aprendiendo de los mundos oníricos, de los deseos y motivaciones de los hombres, y hurgando en sus recuerdos como ladrona, encuentro siempre hermosos tesoros dignos de ser rescatados de las fauces terribles de la muerte y del olvido.
El dragón asintió. Lo sabía, pues él mismo había recibido en sus recuerdos la visita Honorable que la Bonisagus le hacía de vez en cuando.
Isolda continuó, entonces, previo conocimiento del entendimiento de su poderoso Familiar.
-Pues no ha sido el pasado un sueño como los otros donde me he parado a descansar. No pertenecía a un hombre de los Vivos, sino a uno de los Cadáveres, aunque su mente me era extraña y peculiar eran los rumbos que su fantasear tomaba. No podría deciros qué era lo que le diferenciaba, pues jamás había conocido tan hermosa y terrible mente, que condenada a pensar de un modo único, nunca pensaba del mismo modo.
-Fue allí donde algo me atenazó. Muchas mentes, no sólo una, acudieron a esa de la que os hablo. Se acomodaron en paisajes mentales que todos compartían, y miríadas de voces, acudiendo al tiempo a mis oidos, me hicieron casi perder el conocimiento y caer en fatal desmayo. Pero no fue todo, pues tantos eran que se volvieron uno, y ese uno hablaba con tan potente voz y su voluntad era tan fuerte, que me sentí arrojada a un foso como sólo los Maestros pueden crear como prisión para una mente, y luché por escapar pero no lo logré. No al menos por mi propia intervención.
Largo fue el silencio que siguió a aquel pedazo del relato, y Chokmah, intrigado, escuchaba en silencio. Cuál de ambos era más mágico en ese punto, no era posible siquiera adivinarlo, pues Isolda dejaba lentamente su mortal apariencia y se asemejaba con seguridad a la idea de sí misma, a su propia Esencia, luminosa y sagrada.
-No soy sola la que viaja en los sueños, pues otros viajeros he encontrado en mi camino, y muchos de ellos no son Despertados sino seres de otras extrañas razas que seguramente habrás conocido en ese lugar del que provienes. Pero no era de esa raza la esencia, que afortunadamente, me extrajo de aquel infierno; fue la misma que me había enviado, pues completamente impresionante era su poder y su dualidad era más bien multiplicidad, incluso en ese pequeño rasgo de su personalidad. Luchaba por ser consecuente, y sin duda lo lograba con cada pedazo de camino que trazaba y luego destrazaba.
-No sé su nombre, pues tiene Mil, y no volveré a verlo excepto en pesadillas y en sueños. Un temblor prolongado se apodero de mis ideas, y sentí cómo se quebraban, y tanto dolor había en todas ellas, las componentes finales de aquella única y poderosa mente, que muchas fueron las voces que ella sola me dirigió, procurando adivinar o extraer de mí mis intenciones.
De nuevo se hizo de aquella habitación el silencio. Isolda parecía nada más tener que decir, y Chokmah sintió cómo el delicado tejido conceptual que componía el cuerpo de su ama temblaba en un febril acto, desesperado y hasta abandonado.
Isolda Lamartine - October 26, 2005 05:07 PM (GMT)
Luego, comenzó de nuevo.
-En un sinfín de máscaras laberínticas vi mi consciencia perdida. Ha desertado sobre las mentes un poder mayor a cualquiera congnocible, pues es sin duda a un dios a quien pertenece. Imponente. Mágico y terrible.
Suspiró profundamente.
-No podría describirte las monstruosidades que se esconden en ese abismo, pues mi mente no es suficientemente poderosa como para apreciar su verdadera envergadura. No tiene sentido tampoco lastimar mi instinto, procurándome encontrar la clave para algo que no puede ser jamás descubierto. No revelaré tampoco la naturaleza de mi salvador, pues no la conozco.
Levantó el rostro y los luminosos ojos del Laberinto se introdujeron en los amarillentos del Mito. Mucho más los conectaba que un pacto y un respeto de antes aún del tiempo.
-¿Puedes decirme dónde hallo reposo ahora que sé que el mundo donde me he encontrado será para siempre para mí un misterio, un hermoso misterio?
Chokmah resopló, y con sabia voz, gruesa y mitológica, siendo coherente con lo que representaba, respondió con crípticas palabras.
-No es un camino donde os hallabáis, Ama mía. Era sin duda El Camino que tanto tiempo muchos de los vuestros han buscado, sin éxito. Ha abierto una puerta tu Sueño y se ha convertido en Pesadilla por desconocimiento. Penetra entonces, pues las respuestas siempre moran donde no se las busca.
Abrazo el delicado cuerpo de la maga, y así permaneció largos momentos, dejando al tiempo simplemente escaparse entre sus manos.