El ambiente en la ciudad es sorprendentemente alegre desde hace dos días. La que ha sido una de las urbes más castigadas por la guerra respira ahora un clima de renovada esperanza y orgullo. No para menos, hace dos noches el hijo de Montfort, llevando el cuerpo de su padre y seguido por sus caballeros, abandonó la ciudad sin luchar, ante la superioridad de los sitiadores occitanos. El joven y carismàtico Vizconde Trencavel y su buen amigo, el Conde de Foix, han reconquistdo la ciudad y las gentes celebran la marcha de los sanguinarios francos.
Incluso bajo la capa nocturna la ciudad ha recuperado una extraordinaria vitalidad, tanto que de forma espontánea muchos villanos han sacado sus máscaras de carnaval y el callejero se ha cubierto de concurridas hogueras y estridentes grupos danzantes como no ocurría desde hacia muchos meses, azotada tan festiva urbe por la violencia de la falsa cruzada.
Pese a la notable simpatía que le generan los cambios que se han producido recientemente en la ciudad, Ermengol lo salvatge aborrece en gran manera tal desparpajo de actividad. La solitud de las calles nocturnas siempre presenta con mayor amabilidad el ambiente urbano a aquellos que prefieren los campos y las forestas a los laberintos que el hombre construye a su antojo con edificios de roca y piedra. Las vacías callejuelas durante el asedio permitían un paseo mucho más reconfortante a Ermengol, que ante la recuperada festividad de las gentes de Carcassona se siente mucho más incómodo y deseoso de adentrarse en terrenos menos civilizados.
Esta será su última noche en Carcassona, y de las pocas más que Ermengol pasará aún en tierras occitanas, al menos por mucho tiempo. Mucho más que estúpida melancolía es cierta perturbación de más oscuras motivaciones lo que le produce abandonar Occitania. Jamás había pisado su suelo hasta hacia once años, llevado allí por el estandarte del Rey Pedro. Once años que habian pasado como una fugaz iniciación o una eternidad tormentosa... jamás ha sabido decidirse por una de las dos definiciones.
En Occitania Ermengol fue convertido en un depredador de la noche... rememora mientras abandona la agitación del vulgo en la Plaza del Vizconde para adentrarse en callejuelas mucho más tranquilas.
Allí, en Occitania, también vió morir a su sire.
Es cólera y no melancolía lo que siente al pensar en marcharse de esa tierra... la furia por como ese franco se habia apoderado de su existencia decidiendo por él cuál sería su destino. Odia haberse convertido en una marioneta de juglar. Odia que su enemigo, tras tan larga reclusión, lo hubiera abrazado, según abrazan las criaturas malditas de la noche.
Ermengol avista unos pasos delante suyo a quién cabía esperar. Ya tenia visto ese prestamista judío de pasadas noches, siempre con el mismo recorrido. Es curioso como mientras sus antes firmes creencias cristianas se han ido desgarrando a un ritmo vertiginoso la bestia que aquél caballero franco le despertó sigue prefiriendo los que llamaba infieles para alimentarse en noches sedientas. Es consciente que estas preferencias se están desvaneciendo también, más lentamente pero en contínua progresión...
Le viene a la cabeza esa larga noche. Quizá fue de dia... en aquella mazmorra sin atisbo de claridad el seguimiento del ciclo diario era imposible y carecía de mayor sentido. El franco abandonó por enésima vez la celda, justo cuando Ermengol empezaba a recuperar cierto sentido de lo que lo rodeaba. Vio a su sire darle la espalda y cruzar la puerta. Girarse para cerrarla dedicándole una última mirada. Solo que esta vez no pudo girarse de nuevo para dirigirse a sus quehaceres...
Ermengol sigue al prestamista silenciosamente, como otras noches, como el acechante depredador que desea disfrutar al comprobar como ya conoce bien las costumbres de su próxima presa. El judío se dirige sin duda alguna a donde siempre.
Su sire esa lejana noche no se marchó... jamás abandonaría de nuevo esa cueva oscura. Mientras giraba la llave de la cerradura para asegurar una vez más el encarcelamiento de su prisionero y recientemente convertido chiquillo la mano del destino se apoderó también de su existencia, y otro, a sus espaldas, decidió por él que sus andanzas nocturnas habian terminado. El cuerpo del franco cayó con estruendo sobre la rejada puerta. Ermengol apenas pudo distinguir esa noche la figura encapuchada del asesino de su captor. Se llamaba Aribert le dijo... y tras observarlo unos instantes cargó con el debilitado cuerpo de lo Salvatge, cuya conciencia se perdió de nuevo para no regresar hasta pasadas algunas horas.
Decide Ermengol aplazar por ahora el viaje por su memoria al ver al judío abandonar tras un rato la chabola. Ese tipo le cae decididamente mal. Tantas noches abandona la seguridad de su casa para visitar el pobre hogar de esa mujer... los pagos que ella debe ofrecerle al prestamista para cancelar las deudas de su difunto esposo son de lo más deshonroso.
Ermengol se levanta de su sentada espera bajo la arcada del acueducto. Esta noche el depredador no solo acecha con curiosidad al indigno pretamista. Esta noche el depredador también ataca.
La sangre del noctámbulo judío baña el rostro y el cuello de Ermengol mientras sus colmillos desgarran con inusual violencia la carne de su presa.