Sobre las desiertas orillas del Sena comenzaron a percibirse los pasos de un alma errante en la noche parisina.
Alvaro caminaba con paso tranquilo y resuelto mientras comtemplaba sus alrededores sin buscar nada en especial, tan solo distrayendose un poco y olvidandose de todos los problemas que tenía encima suyo, al menos durante un rato.
Desde que escabrosos sucesos comenzaran a agolparse sobre la ciudad, apenas había tenido descanso buscando soluciones que todavía hoy estaban por ser halladas.
Suspiró largamente, quiza por ello, concluida su charla con Engel, decidiera aprovechar para dar un relajante paseo que sosegaría ligeramente su alma. Pues para su desgracia, Alvaro sabía perfectamente que este momento acabaría, y que su deber le reclamaría de nuevo.
En absoluto le disgustaba llevar a cabo sus tareas, nunca había dejado algo a medias y estaba determinado a completar su trabajo.
Se detuvo casi junto a las aguas, que aunque estancadas, bajo el manto de la noche, parecían tan bellas como las del más puro de los ríos. Desde donde se hallaba, tenía una excelente panarámica que le permitía comtemplar gran parte de la ciudad. Parecía un lugar de maravillas, una ciudad salida de las leyendas que conformaban los cuentos. Parecía realmente sacada de un sueño.
Un sueño.
Recordó la conversación con Elois en su casa, cuando ambos afirmaron que este era un lugar por el que merecía la pena creer en que se convirtiera en algo digno de ser soñado... y vivido.
No estaba seguro de si el patricio había sido completamente sincero, pero por lo que a él concernía, creía en cada una de sus palabras. Trabajaría duro para hacer realidad el sueño, para que algún día, no se tuvieran que afrontar problemas como los que estaban afrontando ahora, y para que al menos esta ciudad sirviera de modelo y de ejemplo para el mundo entero.
Por supuesto, por más que le pesara, Alvaro sabía que esto no era más que una visión idealista, pero la historia había demostrado que para desempeñar una gran tarea, había antes que creer en un gran ideal.
Quiza por eso, la humanidad no había dejado de tener conflictos a lo largo de su historia. Quiza por el choque de ideales entre diferentes culturas los hombres vivían bajo la sombra de la guerra constantemente.
Y así, mientras reflexionaba, el solitario cainita continuó su paseo abrigado bajo un glamuroso manto de estrellas.