Sentía el cortante frescor que se colaba por una delgada rendija en la ventana, se paseaba por mi juvenil y tersa piel, sumiendome en los más densos escalofrios. Era difícil incorporarse de una pesadilla, pero mi entorno lo había conseguido; había algo ahí fuera perturbador, alarmante...
Mis pies, pequeños y bien formados por aquel entonces se deslizaron silenciosamente hasta el vidrio, impregnándolo con el vaho expulsado por mis labios adheridos al cristal. ¿Quien era esa mujer que sollozaba tirada en el suelo mientras aquel harapiento varón se divertía bajo sus enaguas? ¿Por qué había ladrones escondidos tras las esquinas? ¿O mujeres exhibiendo su carne al mejor postor? No tenía la más mínima noción del mundo tenebroso, pero aquella noche comencé a entender...
Me hice con un pequeño y sedoso batín caminando por los pasillos muy lentamente para no despertarla, no quería que viera como mi visión me desglosaba pausadamente dolorosas lágrimas de incertidumbre. Intentaría imprimir mis pensamientos para entenderlos mejor, era una sutileza que mi mentora me había conferido, aunque aún no comprendía su uso.
Tomé el retazo de cáñamo y lo dispuse sobre el desvencijado caballete, hastiado ya de tantos cientos de usos. Comencé rasgando la rugosa tela con un profundo azul, que lentamente se tornaba más claro conforme el lienzo absorvía el agua. ¡No, no, así no! Empapé aún más mi pincel del indiferente negro, emborronando la mancha azulada con un detallado y tímido garbo. La mancha expedía lágrimas negras, que brillaban en todo su auge antes de resbalar por la rugosa tela y morir en la base del caballete. No obtenía los efectos que yo me había esperado. El resultado no fué más que un tedioso culmen de negrura, maltrechas pinceladas y llanto.
Embargado por la frustración empujé con rabia el caballete haciéndolo caer hacia atrás, el estruendo levantó a aquella a quien yo menos quería ver en este momento. Ninna. En aquel instante la odiaba con todas mis fuerzas, tenía la latiente necesidad de golpearla amargamente, pero contuve mi ira...
- ¿Cual era el trasfondo de tu obra, signorino Luca? ¿Qué pretendias demostrar que tanta amargura te ha reportado? - afortunadamente no pidió explicaciones, ella nunca lo hacía. Nunca tuve la certeza de que se preocupara de mí más allá de lo que mis manos pudisesen crear.
Sin embargo, callé miserablemente. Rechacé por primera vez su oferta de consuelo, preferí permanecer en mi estúpida obcecación a escuchar sus palabras benévolas y académicas.
- Reclamo una respuesta, pequeño...¿Qué pretendíais descubrir con vuestra pintura?
- Pretendía...Quería entender...O no, descubrir, maldita sea...Quería representar mi futuro...
Y así el niño jadeante y terco rompió a llorar, más dolorosamente que nunca...