Como suele hacer ocasionalmente, siempre que el tiempo se lo permite, La Rosa acude a un nocturno paseo por los alrededores de Notre Damme. La Fe quema su corazón, más también lo embriaga de convicción. ¿ Son suficientemente altos los muros de esta catedral?. ¿ Es digna de ser la casa del Señor?. En su larga vida ha visto pocos lugares tan santos como este, y recuerda Jerusalen, su hogar. Sea lo que sea, desde luego es preciosa.
De pronto recuerda su belleza, magnánime, lustrosa, se eleva al cielo. Miles de sentimientos afloran ahora en su interior; es peligroso para el quedarse aquí, y aunque conoce a la perfección cualquira de sus detalles; cada vez que acude, parce ser la primera vez que la observa.
La Rosa se aproxima más, y despegando con esfuerzo la vista de la catedral, trata de confundirse entre los fieles que merodean en sus alrededores, hablando con ellos y ofreciéndoles consuelo.
Más tarde, cogerá su arpa dorada, y apoyado bajo el techumbre de una casa cercana, dándole la espalda a la catedral para no confundirse con su belleza y sintiendo el poder de su Fe en todo el cuerpo, tocará una canción celestial digna de elogio y que denota virtuosismo. Frente a el, de lejos, una figura femenina se aproxima cantando con una voz leve confundida entre el bullicio: Maddamme Marie viene a buscarlo.
Esta no es la primera vez que La Rosa afina su arpa para deleitar a la catdral y mantener un diálogo con Dios.
Sus pasos, de sobra conocidos no le pasaron inadvertidos a Miguel de La Rosa. Su voz; siempre fue un misterio, acompañando perfectamente al compás la otra voz del arpa. No se inmutó. Las distacias se hiciron más cortas y ninguno de ellos cesó en su actividad hasta que la canción obtubo fin. Él, apoyado en un muro con su arpa, y ella en frente, evitando el contacto visual con la catedral que tantas veces la había inspirado; observándo a Miguel y tratando de descifrar en un gesto delator su preocupación; pero permaneció inquebrantable. Quizás, algunas palabras fluyeran en sus mentes (Auspex IV de Miguel de La Rosa.),pero eso es algo que desde luego al observador se le escaparía. Marie por cierto, no cesó en el intento de descubrir la aflicción en el corazón de su amado, y la intriga aguzaba su mirada ala vez que la hacía vulnerable. La Rosa sonrió derrepente.
- Buenas noches Marie. Te esperaba, y hacia ya un buen rato que me parcía escuchar tu voz sobre mi arpa, pero hasta hace unos minutos que ciertament te vi venir debió de ser un sueño; supongo.
Y Maddamme Marie Sonrió aliviada, más permaneció en silencio ante su señor.
- Es cierto. Casi me había olvidado. Partamos pues.
Dijo La Rosa como si la presencia de Marie le recordase que debía hacer algo imperiosamente, algo que ni siquiera mentaron antes de partir lentamente y desaparcer entre la niebla nocturna que cubria la caye.