Corria, tiñendo de sangre el suelo sagrado de la Santa Ciudad el año 630 de Nuestro Señor. Apenas un año atrás la fuerza Cristiana con Heraclito al frente había conseguido arrebatar de las fauces impuras la ciudad, y devuelto a nuestro pueblo lo que era sullo, lo que le pertenecía por derecho, lo que recibía por voluntad divina. Nadie podía inmaginar que esa misma voluntad pronto cambiaría de sentido, más Dios así lo dispuso.Durante semanas lunas llenas reinaron inquebrantables en el cielo de Jerusalem, y las tormentas del desierto parecian no terminar jamás; la calma tras la batalla se había tornado en una noche eterna a la que el pueblo huía con temor, Nadie se aventuraba más allá de la murallas, y la penitencia clamada al cielo parecía no obtener respuesta.
Largas batallas libraron impertinentemente hermanos contra hermanos hasta que las fuerzas desfallecieron, y el caos y la tiniebla se impuso desde entonces castigando la matanza. Quizás fue esa la causa de la llegada de la corrupción, o tal vez era el destino quien, como tantas veces azuzaba las almas del desierto. Pero el mal llegó a las arenas.
Aquel día Omael no había podido conciliar el sueño en absoluto. Largos enigmas se enredaban como zarzas salvajes en su mente clavandose hasta en las entrañas de su alma. Cuando despuntó la noche la decisión estaba tomada: Acudiría. Se apresuró a recojer a su hijo y hermano Miguel de La Rosa. Pronto finalizaría su aprendizaje, y el maestro pensó que, aun siendo arriesgado, quizás este fuese un buen momento para terminar el ejercicio y liberar al alumno.
- Buenas noches hermano- susurró lentamente para despertar al chiquillo de su sopor con ternura- Toma la espada hijo, esta noche saldremos de caza; todo está ya dispuesto, y finalmente la voluntad del Señor ha de imponerse sobre la corrupción,...esta noche.
Para cuando La Rosa se quiso percatar de lo acontecido, sobre el ámplio salón de la capilla yacian cuatro Cainitas más, ya conocidos, de buen nombre y reputación: Vladimir Joscef Sandor Gabor de Tzimisce, David de Capadocio, Lágrima, una extraña y templada Brujah y Aarón de Toreador, el Hospitalario, padre de Madamme Marie. Todos ellos vestian armadura pesada de combate y rostros serios confirmados por actitudes distantes entre si, meditatibas.
Poco a poco, y en tertulia previa a la cacería los comentarios fueron tornándose en rezos. El sabueso había sido sangrado, marcado, investigado y localizado. Tal vez lo más inquietante de lo que La Rosa pudo percibir era su nombre, jamás pronunciado por los alli presentes, pero que el chiquillo intuía. Ahora entendía el porqué de aquellos estudios de demonología, y el porqué de las largas tertulias en las últimas noches con su padre sobre almas en pena, y Banshees infernales devoradores de ánimas perdidas y desconsoladas.
Los rezos dieron lugar a la toma de la cruz y a la partida. Los seis montaron caballos escogidos para la ocasión cosecha del feudo Tzimisce, armados y acorazados; de temple furioso. Nada más cruzar las murallas de la ciudad, todos los cainitas se percataron de que aquella no era una noche cualquiera, Omael no lo había advertido en vano. Las nubes se enroscaban bruscamente sobre los vientos helados del cielo rojizo, que corrian rápidamente cambiando de dirección y en silencio. La luna por primera vez en muchos dias había desaparecido del firmamento, y un cierto olor a rancio mortecino levantaba sobre la niebla que cubría las frondosas arenas del desierto, hoy más brabas y movedizas que nunca; aquello en verdad parecía el final de los tiempos.
Cabalgaron sin dirección ni sentido fijos durante horas a través del desierto, desorientados por la falta de visión y guiados unicamente por la intución y el olfato de Omael; y para cuando estubieron a punto de caer desmoralizados, los gestos del anciano, resaltados por la anterior falta de comunicación, les dieron a entender al grupo que habían llegado al final del viaje.
Sólo cuando todos los caballos cedieron el paso y sus jinetes desmontaron, aquellos de más fino oido pudieron percibir flotante sobre el aire pesado una dulce melodía de voz pura y femenina, melancólica, triste y enternecedora a la vez, que poco a poco fue creciendo y descubrió de entre la niebla un sendero serpenteante de duna en duna que alcanzaba en lo alto una extraña e insólita y terrible capilla que nadie recordaba haber visto antes allí, si bien es cierto que ninguno de los presentes recordaba en realidad el lugar. Fue entonces cuando los gestos se tornaron aún más serios entre los vástagos, pero ninguno se atrevió a decir nada.
De la nada, o tal vez del suelo, comenzaron entónces a brotar cientos de figuras pusilánimes en forma de ánimas atormentadas formando un enorme sendero que concluía en la capilla.Eran de aspecto horrendo y talante penitente; y aquellos cuya vista no alcanzaba a descifrar sus rasgos sin duda lograron percibir el malestar que probocaba su presencia; pero por extraño que pareciese aquellas almas ignoraban inquietantemente a los cainitas, sólo siendo atraidas por aquel canto femenino, que con presteza aumentaba de tono y ganaba vigor adivinándose devastador en su fase final. Todo en aquel momento parecía girar entorno a aquellas notas lanzadas al viento, incluso el cielo, o el baile de los lamentos de aquellos desconsolados. Sin duda, pensó La Rosa, que se encontraba sobrecogido por la visión, Jerusalem era una buena fábrica de miserias y de maldad; un buen lugar para el agosto de los demonios. Y entonces se sintió contento de haber perdido hacía tiempo ya su alma, pues sinó él también bailaría al unísono del canto, así como todos sus hermanos.
Pocas cosas hizo falta decir antes de que aquellos hijos de la noche se armaran de valor y sacudieran sus espadas, cada cual a su modo. Omael presto desenfundó una espada llena de luz y mientras caminaba susurraba en extraños idiomas; a su derecha La Rosa, imitando al maestro. Aarón guardaba la retaguardia, y al frente partia orgulloso el Tzimisce sin un ápice de miedo en su rostro flanqueado en su derecha e izquierda por la Bruja y el Capadocio respectivamente, que no portaban arma ninguna. Así fue como la cuadrilla puso rumbo lentamente hacia la capilla mezclándose incomodamente entre aquel grupo de almas penitentes que esperaban ser devoradas por lo que fuese que allí dentro se encontrase, y que cada vez producía un canto más atronador, pareciendo dar una bienvenida cortés a los invitados. Cuando todos se encontraron de bruces con el enorme portón supieron que sus no-vidas cambiarian por completo desde aquel instante.
Justo cuando la sinfonía de lamentos y el coro, ya de varias voces, alcanzaba su punto álgido, aquel enorme y enorgullecido Tzimisce agarró fuertemente el pomo de la puerta y lo hizo girar, más para su sorpresa, no había resistencia alguna, y la puerta se abrió sola de par en par dando paso a una solemne oscuridad que apagó todo cuanto fue capaz de abracar; y se hizo el silencio.
Cuando La Rosa recordó no supo lo que había pasado, se descubrió tendido en el suelo, envuelto en sangre y casi discapacitado. Junto a él yacían también las cenizas de Vladimir, David y Lágrima. Poco a poco recobró el sentido, el silencio dió lugar a terribles gritos acorraladores que inundaban el centro de la capilla. A duras penas se incorporó regenerando lentamente sus heridas y observó la sobrecogedora instancia en la que se encontraba, adornada por oscuridad y fuego que hacía temblar su alma. A su derecha el caballero Hospitalario blandía fugaz su espada dirigida contra aquel maldito Baali: Ragadast, hijo del demonio y camarada de aquel que traicionó a los hermanos Salubrii; el cual contestaba al Toreador con ira y fuego. Más temible aún frente a ellos se encontraba el hermano Omael, cuasi exausto, frente a aquella fiera, que seguía rugiendo ensordecedoramente a la vez que luchaba. El olor a brasas de aquel demonio informe aún reposaba sobre su garganta. La Rosa tomó de nuevo la espada y pidió fuerzas al Señor para el combate dirigiéndose junto a aquella criatura, pero de pronto....... Omael tiró al suelo su espada encomendandose a Dios y con extraños gestos y y no menos extrañas palabras la criatura comenzó a amansarse, y derrepente tras una de las paredes un enorme portal de llamas comenzó a abrirse captando la atención de todos los combatientes. Tras él La Rosa creyó ver el mismo infierno, pues lo que pudo observar de su interior es indescriptible, y aún causa pesadillas en él, atormentando sus noches. Como un cordero manso aquel demonio obedeció las palabras del Santo Omael y reculó lentamente, entre gemidos agudos, y una vez se encontró frente a la boca del portal, Omael blandió de nuevo la espada y con un golpe certero decapitó aquella abominación de la cual brotaron cientos no, millares de almas atormentadas que cubrieron el lugar de dolor y tristeza y hulleron sólo Dios sabe dónde, pero La Rosa esperó que encontraran reposo. A su vez, el cuerpo de aquel portador del mal comenzó a descomponerse a paso acelerado y fue lentamente sumido por aquel misterioso portal dejando tras de si un rastro infinito de llanto.
Ragadast no lo dudó ni un instante pues antes de que a Aarón le diese tiempo a interrumpir su maniobra, y ántes aún de que aquel portal se cerrase para siempre, viendose perdido, hullo sumiso y cobarde lanzándose al infierno, que era su verdadero hogar.
Y se hizo la calma envolvente, necesaria. Toda aquella tristeza, todo aquel dolor había terminado, al fín. Y la Capilla y aquel trozo de desierto pareció desvanecerse como un espejismo y sus pies se aposentaron de nuevo en la arena, bajo el techo del cielo sereno.
- Rezad hermanos, agradeced al Señor vuestra virtud, pues aún teneis aquí, en la tierra un papel que cumplir, y hoy habeis iluminado una pequeña parte de la oscuridad que sume y aflige al mundo. Regocijaros en la victoria, y llorad a los caidos por una causa justa. Y si al final de los tiempos no hemos vencido, aún así habrá merecido la pena la sangre, pues es la voluntad incorruptible del Señor. El Señor hermanos, ha dispuesto la guerra.- Dijo Omael antes de desaparecer para siempre de la vida de La Rosa; esas fueron sus últimas palabras de despedida; allí, entre el dolor y la sangre, en la vicoria.O por lo menos así es como lo recuerda Miguel de La Rosa, excelso Obispo del Cielo de París; entre deseos de no volver a ver jamás a aquellas criaturas, aunque en el fondo de su corazón presienta lo contrario.