Los sirvientes entraron en tropel en la sala portando las vestimentas que Geoffrey luciría ante la Corte. Pocos podían rivalizar con esas ropas, tanto en elegancia como en finura. Más criados se movían por todo el palacio, ultimando todo tipo de pequeños detalles que hacía falta tener en cuenta para que todo saliese acorde con los deseos de su Señor, desde la recogida de monturas a la limpieza de todo el conjunto.
Sin embargo, Geoffrey, con los brazos extendidos para que lo vistieran, ni siquiera prestaba atención a lo que ocurría a su alrededor. Como ocurría cuando estaba indeciso, su mirada se perdía en el exterior, a través del ventanal, paseándose sobre las oscuras y tranquilas calles de la ciudad hasta dar con la mole de la Catedral, al otro lado de la isla.
Iba a necesitar el apoyo de Dios en lo que iba a ocurrir a continuación.
Por su mente pasaban cientos de discursos, decenas de ardides, enjambres de respuestas, y millares de potenciales peligros. Pocos entendían como los Ventrue la importancia del acto que ocurriría esa noche, y pocos comprendian como el Príncipe todo lo que se jugaba en él. Podía salir triunfante, ciertamente, y conseguir sumar a su causa a muchos de los Cainitas hostiles a él, o por lo menos a los indecisos en sus opiniones, como el Primogénito Toreador. Pero también, y casi tuvo un escalofrío al pensarlo, podría salir destruido por completo, un Principe incapaz de gobernar sobre su Corte, a la espera tranquila y terrible de que alguien lo destronase o destruyese.
Cinco años. Solo cinco años llevaba siendo Principe, y su peso sobre sus hombros casi le hacía andar encorvado por momentos. En ocasiones, sobretodo cuando zozobraba como ahora, pensaba que no estaba hecho de un material suficientemente fuerte como para resistir la prueba. No era Alexander, y nunca lo sería. Su Sire habría salido allí con su sonrisa segura, confiada, casi despectiva, y habría gobernado la Corte con su voluntad de hierro, incapaz nadie de llevarle la contraria mientras él se encontrase delante, y pocos capaces de maquinar a sus espaldas. Y sin embargo, ¿acaso no se había hundido él también bajo el peso, hasta que fue incapaz de gobernar? ¿Acaso su alocado amor, y terribles consecuencias posteriores, no demostraban que ya no era apto para su puesto?
Geoffrey paseó la mirada un poco a los lados, a las tranquilas y oscuras aguas que daban vida a la ciudad, iluminadas en plata por la luna rojiza apropiada para el comienzo de una noche de agosto. Inmutables y eternas, como se suponía que eran los Vastagos. ¿Y acaso Hardestadt no llevaba gobernando en su Reino durante muchos siglos, y continuaba haciéndolo sin señales de zozobra por ningún lado? ¿Acaso no jugaban la Yihad precisamente aquellos Cainitas más antiguos, cuyo poder de manipulación sobrepasaba a todos los que lo rodeaban? ¿No sería Geoffrey un peón, con tan sólo la breve ilusión de haberse convertido en un jugador?
Con la casaca ya puesta, y enfundado en sus pantalones, se acercó a la ventana y apoyó las manos sobre el alfeizar. El suelo de piedra estaba frío bajo sus pies desnudos, y el aire que entró forzosamente en sus pulmones estaba aun caliente del día que terminaba. Contraste. Luz y oscuridad. Calor y frío. Gobernar, o fallar. No había más vueltas, ese era el Camino de los Reyes. No había medias tintas, de nada valía haber gobernado y dejar de hacerlo... como Alexander... de nada valía el haberlo intentado y fallar. De nada valía cualquier cosa que no fuese el éxito, y el éxito mantenido y ampliado a lo largo de toda la eternidad.
Era el camino de los perdidos.
Nadie podía mantener esos requisitos de éxito para siempre. Las jaurías neonatas aullaban por el poder y la sangre de los antiguos. Los antiguos maquinaban entre si, contra si, y contra los jovenes. ¿Como podía alguien tratar de mantener esa red unida y controlada? ¿Y cómo podía un Principe joven como él, al menos para los estándares no-muertos, tratar de mantenerlo todo funcionando? ¿Acaso no era muestra de orgullo? ¿y no era el orgullo un pecado ante Dios? Y sin embargo, tan sólo el orgullo por la labor de uno podía permitirle continuar con su posición, era la única armadura que podía portar. ¿Quizás Alexander se quebró precisamente porque perdió el orgullo, porque falló al salvar a su amada?
Fracaso, al final siempre fracaso. Y demasiadas hienas raspando la muralla en busqueda de la más mínima fisura por donde colarse y saquear y destruir la ciudad. No hacía mucho, uno de los generales a cargo del asalto a una de las ciudades del sur había dicho [i]"Matadlos a todos, Dios conoce a los suyos"[/i]. Eso era lo que esperaba a Geoffrey si fallaba. No habría medias tintas, no habría vuelta atrás. No habría exilio, no tenía la fuerza como para imponer eso. Lo mejor que podría esperar es que su sangre fuese derramada y se perdiese en el suelo, lo peor... no, no podía pensar en eso, esa palabra era demasiado terrible. Nadie merecía que su alma fuese absorbida, manejada, destruida.
Montalbán entró entonces por la puerta, engalanado para la ocasión. Sus ricos ropajes, trabajados tanto con el escudo de su familia nobiliaria mortal como con el escudo de Geoffrey hacian un curioso juego con su espada, limpia y pulcra para la ocasión. Solo ver al Principe ya le dio una pista de como se encontraba. Lo había visto así cientos de veces cuando, de neonato, se ponía una prueba. Solía ocurrirle, desterrar a los fantasmas antes de la batalla.
-Su Majestad- saludó con formalidad, mientras Geoffrey se volvía a recibirlo-, todo estará dispuesto en breve. Debéis descender al salón según vuestros planes, de modo que todo el mundo os vea allí cuando lleguen.-
-Montalbán, ¿cómo puedo saber si estoy actuando con honor? ¿Qué rasero hay para decidirlo?- su voz era tranquila, aunque los ojos del Principe denotaban la tormenta interior de pensamientos por los que estaba pasando.
-Su Majestad, si me lo permitís, el mejor rasero es el acero. Si levantáis la espada de vuestra familia, y vuestro pulso no tiembla, si se maneja con la soltura de siempre, si se amolda a vos como el guante que os enseñé que era. Entonces, y tan sólo entonces, podéis saber que en el fondo de vuestro corazón no tenéis dudas. Y eso es el honor.-
Geoffrey se quedó pensativo, mientras su guardaespaldas se cuadraba y abandonaba la sala para encargarse de todos los preparativos concernientes a la seguridad de todos los que debían asistir a la Corte. El acero. Debía haber imaginado algo asi de su maestro. Un noble era su acero, y su acero era lo que daba al noble la capacidad de cumplir su función. Si él lo respetaba, entonces Montalbán debía tener razón.
Se aproximó con pasos largos y enérgicos, casi ansiosos, al soporte de la pared del que colgaba la vaina de su espada, que todavía no se había ceñido a la cintura. Alargó la mano, y sus dedos rozaron el cuero que rodeaba la empuñadura en suaves tiras. Maxence, Elois, Maximo, Trang Oul, Von Vertzang, Alvaro, Zack, Goratrix, Jacques, Aureus, Fazi-al-Jamal. La Monarca. Alexander. Todos esos nombres, y muchos más, se arremolinaron en su mente junto a opiniones, planes, ideas, dudas. Cada uno aullando de una manera diferente algún tipo de maldición, algun tipo de duda.
Geoffrey cerró los ojos, y no pudo dejar de recordar el ciclo artúrico que le había recitado un trovador no hacía ni siquiera un año. Cuan apropiado. Empuñó la espada, casi temiendo por un momento que se quedase enganchada en la vaina y no saliese, y tiró de ella con fuerza. Lentamente, con temor y reverencia, abrió los ojos y miró el filo. No había temblor en él, no había ni el más leve movimiento, estaba firme como si se hallase clavado en la roca. Él lo reconocía, en su interior, Geoffrey no dudaba de si mismo. Sabía que era capaz.
Con un suspiro audible por el roce del aire con una garganta no habituada, dejó descender la espada y liberó la tensión del momento. Todos habían desaparecido. Sólo quedaban él y su espada, el símbolo de su honor. Era curioso, pero emplear las leyendas de los viejos héroes, aunque fuesen héroes extranjeros, podían ayudar a descubrir el valor que uno mismo poseía sin saberlo.
Miró con una vaga y lejana sonrisa hacia la puerta, hacia un Montalbán que ya se había marchado a continuar con sus tareas. A su extraña y marcial manera, su mentor lo había guiado una vez más, y lo había dejado a enfrentarse a sus fantasmas. Dicen que el demonio es sabio no por demonio, sino por viejo. Estaba claro que ese era el caso de Montalbán. Muchos lo desdeñaban como poco mas que el guardaespaldas del Principe, o incluso por su amor a la cerveza y a las mujeres, que mantenía tras su Abrazo. Y sin embargo, en la intimidad, dentro de un circulo selecto donde muy pocos podían entrar, era cuando realmente aparecía su valor.
Muchos desdeñaban demasiadas cosas, centrando su atención sólo en el Principe. A Erik, callado y tranquilo. A Anna, cuyo consejo sosegaba su alma. A Marlene, cuya tranquila e inesperada presencia daba consejos cripticos mas imprescindibles. A Icaro, cuya eficiencia no solo se transmitia a que todo en el Palacio funcionase bien, sino a que Geoffrey supiese que había gente de la antigua guardia que lo respetaban por lo que era ahora. Pese a todo.
Por ellos, sino por él mismo, era que debía triunfar esta noche. Era su deber, su gobernante no podía fallarles, y no lo haría. Con inteligencia, con astucia, con carisma, pero siempre con honor, Geoffrey lucharía su batalla, sabiendo que no estaba sólo. Muchos más que esos dependían de él, acaso, aunque muchos aún no fuesen conscientes de ello, toda la ciudad dependía de él. Era la lucha entre el orden y la barbarie. Y triunfaría el orden allá donde el Imperio Romano había fallado, donde las hordas nórdicas se habían disgregado, donde la Iglesia no llegaba a marcar del todo las almas: triunfaría en los corazones.
Ciñendo su espada al cinto, comprobando que todo a su alrededor estaba perfectamente dispuesto, y que él mismo era la apariencia del mismo gobierno, se encaminó a la entrada de su alcoba. Cogió de su percha la capa que luciría esta noche, y descendió a la Corte. Su mente estaba en blanco ya, enfocada en el único asunto que importaba, olvidando sus dudas y temores. Sus fantasmas.
Y, desde un pasillo lateral, Montalbán le dio un golpecillo amistoso a Erik. Juntos, con tranquilidad y entre bromas, supieron que esta noche, todo iría como debía. Su Señor había superado su propia prueba. Ahora le quedaba la prueba de los demás.