Title: Una historia de Amor, Sangre y Pérdida (14-5-1222)
Description: Visión del pasado
Geoffrey - May 19, 2005 01:46 PM (GMT)
Cuando, finalmente, Geoffrey acudió a ver a su Señor y Sire Alexander a su torre de la Concergerie el viento arreciaba en el exterior, y la lluvia golpeaba intermitentemente la piedra. Geoffrey, el Chiquillo más viejo que aún permanecía con su Sire y no había partido en busqueda de opciones en el exterior, temblaba. El frío no podía hacer mella en él, eso estaba claro, pero una extraña sensación de premonición le advertía que aquel era un momento terrible, un punto de inflexión en su vida y en la de todos los Cainitas de París.
Y es que la sociedad Cainita de la ciudad ya no estaba nada tranquila en estos momentos. Los rumores y la agitación de la reciente Caza de Sangre aún circulaban como rayos entre los vampiros de la ciudad, y algunos de los Toreador ya estaban componiendo baladas de amor perdido en honor a su Sire. Y Geoffrey, que conocía la historia desde sus comienzos, sabía que Alexander no saldría indemne de esto, pero nunca se le ocurriría saber cuánto iba a pagar su Sire... cual sería el alto precio que todos tenían que pagar.
Todo había comenzado hacía dos años, ciertamente, cuando Madamme Rosa de Toledo había llegado a la ciudad para conocer las formas de vida de la Corte parisina. No era una Cainita poderosa, incluso se podía decir que era débil siendo como era más joven que Geoffrey, pero su entrada en la Corte había impactado a todos, y aún más de un Toreador había permanecido incapaz de hablar durante noches por venir. Ella era increíble. Su forma de andar, de hablar, de gesticular, todo era simplemente, y había golpeado profundamente en el corazón de Alexander.
Geoffrey - May 19, 2005 05:00 PM (GMT)
A lo largo de las siguientes reuniones de la Corte, Alexander había dedicado su tiempo y esfuerzo a conquistar a la bella Rosa castellana; sin embargo, ella había permanecido distante, elegante y educada, pero distante. Sonreía a los halagos del Principe, incluso entraba en sus juegos, pero siempre manteniendo una considerable distancia entre ellos. Y Geoffrey veía como, noche a noche, el amor de Alexander por ella aumentaba, pues pocas eran las cosas que el poderoso Cainita no pudiese conseguir, y aquellas eran lo que más le interesaban.
Y, sin embargo, aquel Mayo había comenzado con una nueva sorprendente en la Corte, que danzaba de boca en boca: Rosa había desaparecido, y con ella un Neonato. Alexander rugió en furia al enterarse, y la Bestia asomó a sus ojos incitándole a devorar al mensajero de tan funestas nuevas. Convocó a la Espada de París a su lado, y reunió a la Corte.
Todos los Cainitas estaban excitados. Cosas así no son comunes en una Corte como esta, y la furia del Principe era algo terrible de ver. Incluso la Monarca supo dejar el primer plano educada y magníficamente al Principe. Las palabras que Alexander dirigió a la Corte aquella noche fueron magníficas e inspiradas, y cuando acabó con su discurso, la Espada de París de entonces, Guy de Montalbán, dio un paso adelante y dijo las funestas palabras:
"Por estas, convoco a los Cainitas de la ciudad a una caza de sangre contra el traidor Robert de Lautrec, Neonato del Clan Brujah. La dama que lo acompaña deberá ser entregada al Principe para que él ejecute la ley sobre ella también."
La Corte estaba impactada. Nadie sabía exactamente de qué cargos se inculpaban a ambos jóvenes Neonatos, pero el discurso tan bello y perfecto de Alexander había conseguido desterrar esos pensamientos de sus mentes. En su interior, las Bestias ya rugían por la sangre que se derramaría, y los Neonatos ya aprestaban las armas, conscientes de que esta podía ser la situación que les ganase un puesto digno en la Corte e incrementase su poder personal.
Las calles de la ciudad se llenaron de Cainitas explorando, investigando, buscando, recolectando información, o simplemente comentando los chismes de lo que ocurría. Y ambos Neonatos no tenían los recursos para permanecer ocultos ante tal congregación. Geoffrey no estaba delante cuando le comunicaron la nueva los Nosferatu a su Sire, pero ambos habían sido localizados; en un gesto de gran habilidad política, los líderes del Bajo Clan adujeron que ellos no eran dignos de ejecutar las leyes, de modo que entregaron a ambos neonatos al Principe entre buenas palabras, sabiendo que su venganza sería terrible y que recordaría este favor en el futuro.
Geoffrey fue convocado inmediatamente, y junto con su Sire y el séquito principesco, partieron hacia la pequeña casa en el Quartier du Marais donde ambos se ocultaban. La lluvia arreciaba también entonces, ya que el mayo venía cargado de lluvia, y las capas de los caballeros se agitaban con furia a su alrededor, ligeramente abiertas para poder extraer las espadas.
Geoffrey - May 19, 2005 05:32 PM (GMT)
Guy de Montalbán abrió la puerta de una fuerte patada, y entró en la sala espada en mano. Del otro lado se oyó un grito femenino, y otro masculino ante la entrada de la Espada, y Geoffrey los reconoció como los gritos de los dos Cainitas. Tras Guy entraron los demás, y la furia de Alexander al ver a ambos vampiros no tuvo parangón. Sus palabras fueron magníficas, majestuosas, y terribles. Rosa sólo lloraba sangre en una esquina, con las manos sobre la cara, mientras el Brujah intentaba inútilmente defender su posición y su amor por la dama.
Fue el propio Alexander el que degolló al Brujah, y observó con una sonrisa de oscura satisfacción cómo su vitae se esparcía por el suelo de la habitación mientras el cuerpo se pudría a toda velocidad y, finalmente, se hacía cenizas. Luego se dio la vuelta y, como una furia mitológica, abandonó la sala, sólo ordenando a Guy que llevase a Rosa a los sótanos de la Concergerie.
Y allí había permanecido hasta esta noche. Alexander se había encerrado en su torre, sin querer ver a nadie, mientras rumiaba algo. Geoffrey conocía lo suficiente a su Sire como para saber que no se habría parado, y que por su mente circulaban multitud de ideas... pero no era capaz de imaginar lo terribles que esas eran.
Pero un sirviente lo llamó esa fatídica noche catorce de mayo. El sirviente, que era alguien a quien Geoffrey bien controlaba desde hacía años, le indicó que su Sire había salido de la torre. Le dijo que no fue por mucho tiempo, pero que había ordenado que le llevasen una serie de objetos a su torre... entre ellos a Rosa.
Geoffrey apartó al sirviente de un golpe y corrió hacia la torre, con el oscuro presentimiento oprimiendo su pecho. Sabía que algo iba a pasar, y ese algo sería terrible. La lluvia entraba por las aspilleras del torreón, y el viento agitaba sus ropajes, pero Geoffrey era ajeno a todo ello, sólo veía los interminables escalones que conducían al refugio privado de su Sire.
Y, finalmente, la puerta.
Geoffrey - May 19, 2005 07:41 PM (GMT)
Cuando abrió la puerta se encontró con una sala que bien conocía transformada por completo. Donde antes estaba la mesa, la silla, la cama... ahora no había nada. El suelo había sido vaciado y llenado con unos extraños símbolos de apariencia maléfica que marcaban un círculo y una estrella de seis puntas bastante amplias. En el centro de ese círculo estaba Rosa de Toledo, de pie, bella y frágil como una estatua de cristal, con una apariencia pura y virginal sólo rota por los manchones rojos de sangre en su vestimenta. Enfrente de ella pero fuera del círculo, Alexander la miraba intensamente, mientras observaba la sangre de la Cainita gotear sobre una rosa blanca que había frente a la vampiresa.
Geoffrey quedó impactado. No sabía, no entendía... ¿qué estaba ocurriendo? ¿Cómo podía estar goteando la sangre de la Cainita si los vampiros no sangran a menos que lo deseen? ¿Y qué tenía que ver la rosa blanca en todo ello? El impacto hizo que permaneciese en la puerta, incapaz de moverse, atento al terrible acto que se desarrollaba ante él, como si se tratase de una de las representaciones teatrales del Nacimiento de Cristo que tenían lugar durante la Navidad.
Ella, lentamente, fue palideciendo incluso más de lo habitual. Casi parecía una Capadocia. Su sangre goteaba y empapaba la rosa y el pequeño pedestal donde esta estaba puesta, cubriéndola maléficamente. Y Alexander sólo miraba, con una sonrisa vengativa danzando en la comisura de su boca. Y, entonces, a medida que inevitablemente la Cainita moría, de su boca surgieron las primeras palabras que ella había pronunciado desde que desapareciera:
"Te amo, Alexander, siempre te he amado... Robert... Robert me había secuestra..."
Su voz se volvió ininteligible mientras su cuerpo se desplomaba en el suelo, y todos supimos que había dicho la verdad por la suave belleza y sinceridad con que miraba a mi Sire. Alexander calló de rodillas al suelo, mirando a la Cainita mientras la muerte reclamaba su cuerpo y lo transformaba en una pequeña nubecilla de cenizas esparcidas por el viento que entraba por la ventana. Sendas lágrimas corrían por sus ojos, mientras miraba algo que Geoffrey no podía ver y murmuraba para si.
"Secuestrada" decía "...destruida... por mi... me amaba... me amaba... y yo... la destrui... y su alma..."
Geoffrey fue incapaz de entender nada de lo que dijo, y abandonó la sala, asqueado al mismo tiempo que impactado. No acababa de entender lo que ahí había ocurrido, pero su Sire le había fallado por primera vez. Nunca, ¡nunca!, debe un seguidor de la Via Regalis mostrar debilidad, y nunca debe fallar a sus vasallos como a sus señores. Geoffrey acababa de ver a su Sire fallar a la primera de las cosas, y vagamente se daba cuenta de que había fallado mucho más a la segunda, pues ella era su invitada en la Corte, y por tanto le debía protección y seguridad.
El viento de la noche agitaba su pelo una vez que abandonó el torreón y salió a las calles de la ciudad. El mundo dormía, y lentamente su cerebro abandonó el estupor y el horror de la escena lo golpeó en el alma. Reclinado contra una pared de piedra, supo que su Sire había fracasado por primera vez, pero que no sería la última; conocía a aquel Cainita, y había visto su obsesión por Rosa desde ella había llegado a la ciudad. Intuía que el golpe dado al alma de su Sire sería demasiado terrible para que lo soportase, y no erraba...
Geoffrey - May 19, 2005 07:50 PM (GMT)
Epílogo: 21 de Noviembre de 1222
Finalmente, el círculo se cerraba. En efecto, aquella noche apoyado en la pared había reconocido con éxito lo que se venía encima de todos. Alexander había perdido todo interés por la vida, e incluso quizás la salud mental. Dios le castigaba por su terrible pecado y le volvía un ser apático e incapaz de gobernar. La Corte se descontroló lenta pero inevitablemente.
Pero Geoffrey había evitado eso. Era joven, muy joven, si, pero esta noche finalmente era Príncipe de París. Había llevado años preparar la conspiración, pero la debilidad de su Sire lo hacía completamente inepto para gobernar. Con el apoyo de diferentes Cainitas, Geoffrey se había enfrentado a su Sire. Las palabras que se cruzaron aún resonaban en sus oídos.
Alexander había perdido su capacidad para la oratoria durante estos años, pero enfrentado a la conjura, la había recuperado y, con ella, la entereza mental. O eso parecía. Se cruzaron palabras terribles, y a medianoche, todo había terminado. Alexander fue exiliado de París, y partió hacia el oeste en compañía tan sólo de Guy de Montalbán; su destino parecía claro, se refugiaría en la Corte de Hardestadt en el Sacro Imperio Romano, y tramaría una venganza terrible para aquellos que lo habían traicionado.
Al día siguiente ordenaría que nadie entrase nunca en la torre y apostaría guardias ghouls en la entrada, pero, por esta noche, Geoffrey se sentía satisfecho. Mirar alrededor le devolvía un mundo diferente. El mundo del poder no lo tendría ya de lado, ahora él era el centro, el Principe de la ciudad. Y, sin embargo, a medida que miraba a su alrededor con orgullo antes de acostarse, el poderoso peso del poder comenzó a oprimirle el pecho. Si, él sabía lo que era conspirar, ansiar el Principado con todas tus fuerzas... si, él sabía a qué se enfrentaba ahora, y la sola perspectiva le hizo tener un largo día cargado de pesadillas.