Geoffrey se sentó ante el escritorio, presa de una sensación dificilmente descriptible. El peso sobre sus hombros de la Gran Corte de la noche anterior se sumaba el de los terribles hechos descubiertos en esta; y, sin embargo, por otro lado, estaba la sensación de que finalmente los cabos comenzaban a estar atados en sus manos de manera firme. Era una sensación extraña, pero el hecho de que tanto se hubiera hablado y descubierto al fin alejaba alguna de las sombras de lo desconocido que habían atenazado el principado desde que tomara sus riendas. Ciertamente, no estaba ahora más seguro en su puesto necesariamente, pero al menos ciertos peligros comenzaban a mostrarse visibles.
Pero había asuntos que había estado postergando inevitablemente, y era hora de comenzar a tratarlos. Comenzó a reunir cartas, mensajes y todos tipos de información. La nobleza mortal del reino estaba en sus manos en gran medida, y eso le conseguía información de todo tipo de sitios, en Francia y más allá.
Ciertamente, era necesario comenzar a mover peones en el resto de los Principados.
Comenzó a redactar una carta tras otra, poniéndose en contacto con sus propios agentes, y con aquellos que habían estado al servicio de Alexander antes que él. Ciertamente, era peligroso jugar con ellos, pero más de uno estaría dispuesto a colaborar a cambio del apoyo militar o de otro tipo que Geoffrey les podía conseguir. En cierta medida, la política no admite amigos.
Cuando terminó, el cielo comenzaba a clarear del otro lado de la ventana, y el peso del sol sobre su conciencia tapaba todo lo demás. Se retiró a su refugio y, por el camino, todo en su mente fue olvidado ante el astro rey.
Y soñó, como ocurría a veces, con la caída de una Corona. Lamentablemente, cuando despertó, no recordaba como acababa el sueño en esta ocasión.