Thibaud Lorrain llevaba noches sin conciliar el sueño: ¿Cómo sería su esposa? Sabía que era rica y la baronesa de un terruño gallego de nombre imposible. ¡Y era bella! Se levantó de la silla para acercarse al retrato de su mujer y acariciarlo. Parecía una muchacha dulce y tranquila. Eso era justo lo que quería.
¿Cómo una mujer tan valiosa había aceptado el matrimonio de un comerciante? Es cierto que él se había hecho muy rico en los últimos años, que le había regalado espléndidas telas francesas, que la amaba... Así se lo había hecho saber en cartas, escritas con tinta roja para reflejar su pasión.
El sonido de los cascos de caballos en la calle. Golpes en la puerta. Thibaud bajó corriendo escaleras abajo. Abrió la puerta esperando encontrarse con piel transparente, juventud y alegría.
-¿Está preparada la cena?- Preguntó el áspero francés de una cuarentona arrugada, seca como un sarmiento.
-Señora...-¿Ésa era su bella, amable, complaciente esposa?
-¿Qué clase de recibimiento es éste?¿Es así como se honra a las esposas en Francia?-La severa mujer dio un paso al frente, encarándose con Thibaud- ¿Y dónde está tu señor Lorrain?
-Yo... yo... soy Lorrain.
El rostro de la avejentada mujer se transformó por completo. Sonrió triunfal y exclamó algo en español. Eleonora salió de la oscuridad de la noche.
-Buenas noches, Thibaud. Yo soy Eleonora, tu esposa. Ella es Alix, mi doncella y mi compañera.
De haberlo dicho en un tono suave, la fras habría resultado inocente. Pero Eleonora habló en tono hastiado. De todas formas, Lorrain estaba tan contento con la bonita voz, el marcado acento español y el aspecto de su mujer que ni se enteró.
La cena fue peculiar. Eleonora no probó bocado, pero insistió en que Alix les acompañase. Cuando la muchacha salió de la estancia, Alix echó un líquido burdeos en la copa de vino.
-Para la noche de bodas- dijo burlona.
Pues dicha noche de bodas resultó ser nefasta. Thibaud se durmió bruscamente en cuanto su mujer apareció en el dormitorio. Qué vergüenza.