View Full Version: De nuevo al trabajo diario

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Title: De nuevo al trabajo diario
Description: 21/7/1225 Día, en hogar de un Duque


Isolda Lamartine - August 28, 2005 10:49 PM (GMT)
El día era aún joven, e Isolda cabalgaba despacio entre las casas de altos árboles en los frentes, y de fachadas imponentes; la vida en este lado de París era muy diferente a la que ella veía vivir día a día a los Durmientes; tal vez fuera interesante en muchos sentidos, y estos muros altos y dorados a lo mejor albergaran grandes cerebros y sensibles hombres; pero algo era cierto, e Isolda, y muchos de ellos, sabían que su vida era una de imposturas, un juego de cazadores escondidos, una vida de grandes cenas, grandes decisiones, honor, gloria y mentiras.

Y lo aceptaban. E Isolda no lanzaba condenas al respecto, pues era juicioso su proceder.

Por fin se detuvo frente a una casa grande que se adivinaba en el fondo tras las copas de unos árboles ya casi sin flores, pues comenzaban a caer. Y se veía tras la puerta custodiada por dos guardias con grande lanza, un camino que serpenteaba por un agradable camino entre el bosque hasta la casa.

Isolda desmontó, y por unos pocos segundos estuvo observando el escudo del señor de ambos hombres: en fondo negro, con líneas plateadas y dibujo blanco, dos dragones idénticos enfrentados, en vuelo. No era algo común entre aquellas tierras parisinas, pero el origen de aquella familia era tan conflictivo como el suyo propio, sumamente interesante, y en el que comenzaba a volverse una experta, más que el mismo Duque y su familia.


Los hombres la interrogaron, e Isolda les dedicó una sonrisa y les mostró una carta sellada con aquel escudo emblemático, esperando poder adentrarse por fin en la propiedad.

Isolda Lamartine - August 30, 2005 03:06 PM (GMT)
Luego de abrir la carta y leerla por un breve momento su disposición cambió completamente. Un palafrenero acudió de prisa y tomó el caballo de las riendas, llevándolo a los establos, mientras un sirviente, sumamente diligente, guió a la dama a través del paseo por el bosque con dirección a la Mansión de su señor.

El Duque de Lautrémont.*

Isolda caminaba sin decir una sola palabra, observando sorprendida la hermosura natural de aquel lugar. Ella podía sentir la influencia humana en muchas cosas, con muchos detalles, pero aquel lugar respiraba por su propia mano, y bajo la mano de la Mens Divina había crecido, puro e inalterable desde que nacieran allí aquellos curiosos árboles.

No, no los conocía, pero su postura orgullosa y bravía le hacía recordar pasadas épocas en lejanas tierras, y el emblema del noble hacía datar a su familia de aquellas tierras. ¿Cómo sería posible entonces que sin tocar aquellos árboles, que sin mano humana interviniendo habían nacido y crecido, trajera consigo los aires fríos de los eslavos?

No era posible, y no podía entenderlo... aún. Su estudio de aquella familia había comenzado hacía unas semanas con importantes frutos, pero nunca esperó encontrarse con algo como aquello, que tanta sorpresa le daba y tanta emoción a su trabajo diario.

Por fin el sirviente se detuvo. Frente a ellos se encontraba la escalinata que daba a la puerta grande, de ala ancha con el emblema de la familia tallado en al piedra. El Durmiente la observó por un instante, y luego comenzó a subir la escalinata; ella comenzaba a dibujar posibles escenas futuras, mientras captaba cada uno de los detalles que allí había. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y varios avisos llegaron a su mente.

No sería una simple visita, estaba segura.







FDI:* Leed a Isidore Ducasse para que sepáis la maravilla que se esconde bajo ese seudónimo, auqneu en su caso es el Conde de Lautrémont.

Isolda Lamartine - September 1, 2005 12:32 PM (GMT)
Las puertas estaban abiertas y auqnue el sirviente ya estaba varios pasos adeltane, Isolda se demoró algo en percatarse; había otros detalles que le interesaban: recuerdos afluían a su mente, a pesar de nunca aber estado en aquella casa; el recuerdo del olor en los corredores, de la luz pasando las vidrieras al caer la tarde, los fresnos y sus aromas llenando los patios y las habitaciones, el delicado sonido de una cuerda siendo interpretada en la habitación continua; la soledad que aquella casa respiraba le era también sumamente familiar, y no era precisamente porque su vida hubiera transcurrido encerrada y solitaria.

Tomó fuerzas y avanzó con paso lento tras el hombre que la guiaba.

Al llegar al portón la avisó tal y como decía en la carta lacrada que ella le había entregado, y luego la guió a través de un pasillo lateral hacia la sala donde debía esperar a sus señor.

Isolda se quedó allí de pie, sola en una inmesa sala atestada de bancos llenos de libros y pergaminos, y algunas armas extrañas en su fabricación a las francesas, o incluso a las inglesas o árabes; algunos emblemas más, escudos de familias nobles de otras tierras, adornaban las paredes; a pesar de que parecía obvio, Isolda comenzaba a pensar que no era un adorno sino un recordatorio, pues la familia del Duque de Lautrémont había estado en París varias generaciones. ¿Añorazanza quizá?

Comenzaba a perderse en los detalles, aspirando con fuerza aquel aire tan diferente, cuando el sirviente anunció en voz alta la llegada de su señor.

Isolda se giró hacia la puerta. Comenzaba a sentirse un poco intranquila.

Isolda Lamartine - September 1, 2005 01:13 PM (GMT)
Un hombre anciano cruzó el portal pocos segundos después de que el sirviente lo avisara, seguido por una joven mujer de no más de trece años que llevaba la mirada sobre el suelo. El anciano no estaba nada encorvado, y a pesar de tener pocos cabellos en su cabeza, los llevaba largos y sueltos, con una trenza al lado derecho, y su espalda era gruesa y su porte era noble, noble como no había visto en aquella ciudad.

Podría tener la magnífica edad de ochenta años, y una cifra parecida adivinó la Magister Mundi cuando lo comprobó Revelando su cuerpo. No lo parecía. Sus brazos eran gruesos y fuertes, y sus pasos decididos mostraban que aquel hombre grande y viejo jamás en toda su vida había tenido miedo.

Su rostro era orgulloso y su mirada azul era poderosa y sabia, y las cicatrices en su rostro delataban su pasado guerrero y el fuego de su alma que seguramente aún seguía ardiendo con fuerza.

La joven, tímida al parecer, tenía un cabello rubio de impresionante belleza, y era tan pálida como Isolda, y como su padre tenía los ojoz también azules, auqneu carecía de casi todas las virtudes de que gozaba el padre; en cambio tenía otras con las que Isolda estaba más familiarizada.

La Magister Mundi hizo una reverencia al Duque, y luego de enderezarse permaneció en silencio, esperando que el noble le hablara, pues había sido él quién la había hecho llamar.

Su miedo y nerviosismo desapareció de inmediato, y una gran comprensión llegó a su mente. Ya sabía quién era aquel homber viejo y poderoso.

Isolda Lamartine - September 3, 2005 02:35 PM (GMT)
El anciano estaba de cierto modo también sorprendido, pues no esperaba que aquella que educaría a su hija sería una mujer de tal hermosura, con una piel y unos ojos tan nórdicos como los suyos, y con un porte noble que no correspondía a sus vestiduras ordinarias.

-Señora Isolda Lamartine, supongo. La he hecho llamar pues me han llegado noticias suyas, desde las lejanas tierras cubiertas por la nieve, donde usted se hospedó en casa de mi querido tío Engar.

Se dirigió a la sala, y tomó asiento; luego lo hizo su hija, que tímidamente se movía tras él, y luego la misma Isolda.

Un sirviente se aproximó al noble, y este le indicó que trajera bebidas para él y la Señora, y luego se centró luego en ella.

-Mi tío me ha dicho, cuando le manifesté la preocupación que me embargaba sobre la educación correcta de mi hija, que había conocido hacía unos años a una joven y a su abuelo, y que ambos vivían ahora en París.

Miró largamente a los ojos a Isolda, intentando penetrar aquel rostro inexcrutable. Interesante.

-Quiero que usted guía la educación de Sasha, y que le muestre este mundo francés y el mundo de las Nieves del que venimos. ¿Acepta?

Sus preguntas y su manera de hablar era tan directa, tan fuerte, tan apabullante, que Isolda veía pocas posibilidades de negarse, y cada vez se sorprendía más y más.

Isolda Lamartine - September 4, 2005 02:27 PM (GMT)
No la tomó aquello por sorpresa, pues lo esperaba. Isola observó a la joven con mirada neutra, y al oscultar esta su mirada, volvió hacia el gigantesco hombre eslavo su mirada. Nunca había educado a una mortal, y no pretendería en ningún momento conducirla hacia el despertar. Estaba ya muy grande, y su vida seguramente sería más desdichada de lo que ya lo era.

Porque lo era. Se sentía en el aire.

Observó al noble guerrero, asintiendo gravemente.

-Será un honor para mí educar a vuestra hija, Duque de Lautrémont, y mostrarle aquello que deseáis que le muestre.

Permaneció con el rostro agachado hasta que el duque le indicó que se irguiera. La Magister Mundi se sentía un tanto extraña,. y más con el largo silencio que siguió a sus palabras, pues ambos, padre e hija, la miraban con una curiosidad inusitada.

Por un momento Isolda creyó que ambos ahora sabían lo que ella había adivinado, pero desechó la idea casi de inmediato.

Isolda Lamartine - September 4, 2005 03:15 PM (GMT)
El Conde por fin asintió.

Se puso de pie y un despliegue involuntario de nobleza llenó aquella habitación con un contraste tan fuerte, tan doloroso, que Isolda casi escuchó los llantos de aquel aire frío y guerrero: la figura se levantaba imponente entre un mar de casualidades; sobre los pergaminos rotos de su linaje antiguo el pie poderoso que tantas cabezas había estallado en los campos de batalla; la furia mirada del dragón de tres cabezas, el Azhi Dahaka sagrado de los Montes Eslavo, de las tierras que rodeaban los Cárpatos, frío y resuelto, en medio de la mediocridad de la nobleza parisina, esperando tan sólo la oportunidad de morir con la Espada en la mano dejando a su hija con el legado de todo aquello que parecía ya perderse en las brumas de los tiempos.

El noble hombre se despidió de Isolda, y abandonó la habitación con un extraño dolor en la aboca del estómago.

Sasha miró a su padre irse, y cuando hubo desaparecido agachó en actitud tímida la cabeza. Isolda por fin se pudo permitir una sonrisa, pero era una sonrisa dolorosa, de aquel que ve al coloso inamovible derrumbándose por la acción de las polillas.

Isolda Lamartine - September 11, 2005 07:40 PM (GMT)
Largas horas pasaron ambas mujeres conversando, al principio de manera trabajosa y difícil, haciendo la joven noble gala de una gran discreción y de una profunda inteligencia. Había algo que adivinaba en la maga, y bien sabía que debía poner cuidado.

Sus razones eran sencillas, como pudo, no sin dificultad, sonsacar Isolda de la joven. Sencillas pero profundas, amarradas fuertemente en el pasado regionalista del que provenía la sangre de la joven, y auqnue no había pasado allí mucho tiempo se había aferrado con fuerza al pasado que nunca había tenido, así como su padre se aferraba a los recuerdos que provenían de su pasado.

No le gustaban ni las costumbres, ni las letras, ni las gentes de esta europa en la que había crecido. A ella le encantaban los paisajes desolados y las historias de los bravíos Bogatyr cruzando las montañas y los bosques armados con sus hachas, tanto nobles como siervos, siguiendo sus presas y acabando sin ninguna contemplación con sus enemigos. Le gustaba la anciana sabia que en cada pueblo vivía, experta leyendo las runas y encantando y desencantado lugares y personas; le gustaban las historias de sangre y sufrimiento, los rumores sobre dragones alados en los castillos más altos e imponentes de los cárpatos...

Y de eso nada había allí, en la cristiana París. Le gustaría vivir en su sueño, pero no podía, y así se lo hizo saber a Isolda, que dejó de mesnospreciar a aquella joven por ser Durmiente, y adivinó su trabajo más difícil y más interesante de lo que jamás hubiera pensado.


(puede quedar cerrado...)




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