Casi todas las noches, la actividad nocturna del pequeño pueblo junto al camino era nula. Pero esa noche no, la mayor parte de la población se había reunido en una celebración en la explanada en la que se organizaban las ferias y los mercados. Un grupo de cómicos había acampado sus carromatos formando un círculo, cercando un terreno a modo de teatro abierto, en el que realizar su función para deleite de los lugareños.
El espectáculo principal había finalizado y los cómicos se movían entre el público haciendo música, títeres, malabares, acrobacias, juegos y bromas, a la vez que recolectaban el dinero del público por métodos lícitos y fraudulentos.
Geraud Gallois había asistido a todo el espectáculo con el interés que los miembros de su clan sienten hacia cualquier manifestación artística, pero no le había llegado a conmover tanto como él esperaba. Esa era la única caravana de feriantes que había encontrado en el camino de Orleans a París y por lo que había visto, se estaba preguntando qué hacía él en ese lugar. Y sospechaba la respuesta, había sido víctima de un viejo compañero de armas con afición por las bromas pesadas.
Hugh Cranchauve que también se encontraba entre la concurrencia, hizo señas a su señor Gallois, para que se acercase. Gallois vio que Cranchauve se encontraba junto a un hombre panzón y una mujer metida en carnes, a juzgar por su vestimenta ambos desconocidos pertenecían al grupo de cómicos. Ella le susurraba algo al hombre, pero antes de que Gallois se acercase cogió un cesto del suelo y se marchó, él se quedó para ser presentado por Cranchauve.
- Mi señor, este es Taillefer, él dirige esta compañía de cómicos. Taillefer, este es mi señor Gallois, de quien os hablaba.
Con mucha naturalidad y buenas maneras, Gallois saludó al director de la compañía:
- Señor Taillefer, mis felicitaciones por el espectáculo. ¿Os dirigís hacia París?. Si es así, puedo presentaros a gente que necesita artistas para amenizar sus fiestas.
- Sois muy amable señor Gallois. – respondió Taillefer volcándose sobre su panza en una reverencia digna de un equilibrista. – Ciertamente, nos dirigimos a París y os agradeceremos toda la noble ayuda que podáis prestarnos.
- Estoy pensando... alguien me pidió...- Gallois preparaba su cebo, vigilando atentamente las reacciones de Taillefer- Bailarinas, necesitaban bailarinas... pero no he visto bailarinas en vuestro espectáculo ¿tenéis alguna bailarina?
- ¿Bailarina? no hay bailarina en esta compañía. – respondió rápido y tajante Taillefer, auque su nerviosismo era evidente.
- ¿No? Es extraño, en los pueblos por los que habéis pasado no paran de hablar de una bailarina árabe... – Gallois no sabía si lo que decía era cierto, pero decidió arriesgarse, poniendo a prueba el nerviosismo de Taillefer.
- Sí, eso es cierto, hubo una bailarina árabe, pero ya no está con nosotros, se ha marchado.- Taillefer parecía enfadado, y rehuyó seguir conversando - Disculpadme, pero hay asuntos del espectáculo que requieren mi atención, adiós.
Gallois miró a Cranchauve, ninguno de los dos había entendido el comportamiento del director de la compañía, aunque era evidente que el hombre no quería colaborar. Al menos el arquero galés había confirmado que era cierta parte de la historia que le había contado su compañero de armas en la taberna de París.
Minutos más tarde Gallois se aproximó a la mujer del cesto que antes hablaba con Taillefer.
- ¿Vos sois la señora de Taillefer verdad? – preguntó Gallois.
Ella respondió asintiendo, Gallois continuó:
- Trataba de hablar con vuestro esposo sobre una bailarina...
Sin dejar que acabase su frase, la señora Taillefer comenzó a hablar disparada, como si Gallois hubiese activado el resorte de una ballesta:
- Vivíamos muy tranquilos en la región de Roussillon hasta que esa ramera morisca apareció en nuestras vidas. Utilizó sus malas artes para embobar a mi señor esposo, y le convenció para que hiciésemos este estúpido viaje hasta París. Después ella simplemente desapareció, tan rápido como había aparecido, espero que el bobo de mi esposo haya aprendido la lección.
A Gallois esa historia le sonaba, pero seguía sin determinar si esa bailarina era la que él buscaba, como siempre, se desvanecía su pista. El arquero hizo un último intento:
- ¿Puedo preguntaos cómo y cuándo desapareció ella?
- Ya os digo que fue muy repentino, hizo el equipaje, pero ni siquiera se llevó todas sus cosas. Hace unos días, cerca de Orleans, me pareció que coqueteaba con un cruzado, ambos parecían muy interesados el uno en el otro. Horas después ella simplemente ya no estaba, debió abandonar el campamento mientras dormíamos, sin darle ninguna explicación a nadie, supongo que para reunirse con el caballero, aunque me da igual donde esté, mientras sea lejos de mi marido.
- Señora, ese caballero fue quien me habló de vuestra compañía y de la bailarina. El caballero no estaba con ella, pero tenéis razón, estaba interesado en ella. Quizás pudieseis darme uno de esos objetos que ella dejó abandonados... algo personal.
- ¿por qué? – preguntó la señora Taillefer.
- Bien, er... se trata de cosas de caballeros – improvisó Gallois – amor galante... al caballero le gustaría tener un objeto de su amada, para poder recordarla y que le de coraje en la batalla...
- No me habeis comprendido señor, ¿qué motivo tengo yo para ser la alcahueta de ese cortejo? Ella no me caía bien y ya es historia.
- Si realmente ella es historia, señora Taillefer, ¿por qué vuestro esposo continúa viajando hacia París tal como quería la bailarina?
Gallois apoyó sus argumentos extrayendo un anillo sencillo de oro de debajo del mitón que cubría la mano derecha del arquero. El pequeño soborno eliminó las reticencias de la señora Taillefer:
- Acompañadme, os enseñaré donde está la basura de la morisca para que escojáis la prenda de amor para vuestro caballero.
Gallois siguió a la sellora Taillefer, con la esperanza de encontrar una nueva pista que le permitiese continuar su investigación.