Cuando el sol se había ocultado y los pocos caminantes que quedaban se dirigian a dormirse ya, una leve brisa comenzó a volar sobre el cementerio de San Genieveve, provocando un rumor en los árboles. Traia olores débiles pero claros de putrefaccion y enfermedad.
A medida que el tiempo pasaba crecía la fuerza del viento que en dos horas ya era tal que los arboles se oblaban amenazando con caerse en cualquier momento, las personas se caían y un terrible rugido se escuchaba en todas partes dentro del cementerio.
El olor crecio tambien, hasta el punto que los capadocio, que acostumbrados a la muerte estaban, sintieron náuseas, y todos los sobrenaturales en ese cementerio creyeron distinguir entre los brutales rugidos del vieno y los malos olores voces de amenazas indescrifrables, pero cargadas de odio y maldad.
Herio se encontraba en su zona de estudio en el interior de su mausoleo con las narices metidas dentro de un tratado sobre anatomia de gran antiguedad. Era increible lo que los antiguos francos pensaban sobre el cuerpo humano. Se equivocaban de cabo a rabo.
Un extraño olor comenzó a sentirse en toda la zona. Fué creciendo en intensidad hasta hacerse casi insoportable. Si Herio aún fuera mortal, habria vomitado ya todo cuento tuviera. Pero no lo era, y las nauesas le producían más dolor que otra cosa. Abrió un cajon y extrajo un saquito de hierbas perfumadas que utilizaba cuando trabajaba con los cadaveres más putrefactos. Su olor a lavanda y rosas inundó sus fosas nasales y calmó las nauseas.
Una vez superadas las nauseas, decidió ir a buscar el origen de tan extraño olor. Subió las escaleras de su laberintico refugio y abrió la enorme puerta que chirrió con estridencia. El viento cargado del pestilente hedor entró de golpe por la puerta y la bolsa de hierbas aromaticas no fué suficiente para evitar sentir de nuevo las nauseas. Hizo acopio de sus fuerzas y salió un poco al exterior. El fuerte viento parecía llevar impregnadas palabras de odio y furia. Ya habia visto suficiente. No habia nada que hacer allí salvo refugiarse hasta que el inesperado temporal de viento cargado de enfermedad y podedumbre amainara.
Cerró la puerta tras él, y bajó deprisa a su "sanctum" cerrando todas las puertas tras de si. Una vez dentro, aspiró con fuerza el aroma de las hierbas y se relajó.
Aquel viento no era de ninguna manera natural. No podia serlo. Pero no tenía la más remota idea sobre que podria causarlo. Aquella idea, como muchas otras encendió la llama de la curiosidad en su mente. Su naturaleza le hacia casi ignorar el peligro y analizar todas las situaciones con frialdad y detenimiento. Creyó recordar cierto libro sobre espiritus que perteneció a uno de los mil veces maldito Giovanni que podría arrojar cierta luz sobre el tema. Cogió el libro de la pequeña estanteria y sus ojos comenzaron a desgranar cada letra, palabra y frase del mismo. Una única vela le daba toda la luz que necesitaba.