Title: Oliviere Montesquie
Description: 1 de Julio del A.D. 1225
Elois D'Umbrelle - August 3, 2005 11:05 AM (GMT)
Cayó la noche, una más en el verano, finales de julio y bastante cálida, pronto llegaba un jinete a la villa que el Conde Oliviere Montesquine poseía en la ciudad. Durante varios días, los espías habían indagado en la ciudad, los escribas buscado en la heráldica y algún que otro cruzado obtuvo información de las andanzas del citado noble. Toda información sería poca para tratar al mencionado caballero, quien no pasaba por su mejor momento económico, inmiscuido en las guerras del sur motivado por la obtención de nuevas tierras, sin embargo su ansia expansionista había topado con demasiados gastos a los que hacer frente de momento, hecho el cual motivo que vendiese varios documentos a la niversidad.
Montesquine era un veterano, que había participado en la Cruzada Amarga, partícipe por tanto en el desvalijo de la otrora imponente ciudad de Constantino, actitud deprorable a ojos de una aristócrata ventrue y amante del saber, pero eso no importaba en ese momento, gracias a su sacrilegio esos interesantes libros cayeron en sus manos y era el momento para que el buen Oliviere devolviera algo de lo que se llevó consigo en el transcurso de las cruzadas.
Por suerte para la duquesa su inmensa fortuna, las malas lenguas la equiparaban a la del propio rey, fue más que suficiente llave para que uno de sus cortesanos fuera recibido con cierta premura en París, y esa misma noche acudió a verle aprovechando su estancia en la ciudad.
El sol cedió ante el empujo lunar y con esta llegaron las estrellas, las cuales fueron acompañadas por nubes de polvo, más no estaban en el cielo sino en los lindes de la propia ciudad, originados por el galope de un caballo con origen el Chateaux D'Umbrelle.
El jinete desmontó con cierta dificultad a la entrada de la villa, pero pronto acudió un mozo para coger la montura del singular caballero que con vestimentas elegantes se aproximó al mayordomo de la villa.
- Buenas tengais, mas que os traen a estas altas horas de la noche.- Inquirió un soprendido siervo a la vez que preocupado pues para nada esperaba al caballero.
- Monsieur Montesquine me espera.
Fue la rápida y única respuesta encontrada, carente de presentación alguna por parte del noble caballero en apariencia.
Sorprendido y escandalizado por los modales el mayordomo preguntó de nuevo.
- Pero monsieur... ¿a quien debo anunciar?.-
Entonces, la mirada del caballero se tornó violenta sobre el pobre lacayo, un destello especial fulminó ahogando en lo más profundo del alma al servil hombre.
- Laurent de Vilfort.- Explosionó una profunda voz en tono seco- ¡Anunciame a tu señor!- Las palabras pronunciadas provocaron una reacción inmediata, sin mediar respuesta alguna, simplemente las exigencias fueron obedecidas. Había que mostrar a cada cual su sitio y eso era algo que Elois anteponía en cada asunto.
Elois D'Umbrelle - August 7, 2005 11:19 AM (GMT)
De talante serio y sobervio fue conducido Vilfort por los oscuros pasillos del conde. No había exceso de muebles ni bienes, incluso existían indicios en ciertos lugares sobre objetos que antes estaban y ahora no, la situación económica pues de Monstesquie era lamentable, algo muy favorable para los intereses de Elois sin dudar...
Por fin llegó a un salón, con un par de butacones, unos tantos candelabros de bronce que no proporcionaban mucha luz y un par de tapices algo viejos y deteriorados. Frente al invitado se postraba un engalonado anfitrión esperando con ojos rebosantes en una ansiedad, la angustia y el nerviosismo eran palpables en el ambiente.
El maduro noble le instó asiento con la mano, frente a él mientras se sentaba, a lo que Vilfort accedió sin reparo, el noble había obviado el protocolo, saltándose la presentación, no importaba, simplemente haría más fácil la tarea de la ventrue.
Cuando ambos se sentaron un criado tembloroso trajo una botella de vino con dos copas en una bandeja, sirviéndoles el néctar y marchándose después dejando un profundo silencio tras de sí que fue cortado por unas palabras del noble para romper el hielo.
- Buena noche, monsieur Vilfort, en que le puedo ayudar.
Sopesada quedó la idea de ir por las ramas, pero viendo tal situación finalmente optó por ser directa, una sonrisa se dibujó en los austeros labios del serio senescal de la duquesa, que actuaba encubierto esa noche, más incluso de lo que él podría pensar.
- Varios motivos me tienen aquí señor conde, pero el principal hace referencia a una venta de libros que tuvo lugar escasas noches atrás por parte de su gracia.
Oliviere se quedó pensativo, ante lo directo que resultaba ese comerciante, pues nada sabía de él, tan sólo que le avalaba una enorme fortuna. No le gustó la superioridad innata con la que actuaba pero podría ser la solución a sus problemas económicos y le aguantó el tipo.
- Ajá, si creo haber hecho alguna donación reciéntemente, ¿porqué?.
Trataba de hacerse el duro, el noble y sin embargo el pobre conde apenas tenía noción de con quien trataba directamente...
La ventrue sonrió con la boca de Vilfort, mas su mirada fulminó intensamente a su anfitrión, debía comprender su sitio, que era por debajo de los deseos de ésta.
- Me interesan, sobre todo quisiera saber todo lo posible sobre su origen, podríais decirme como los conseguísteis.
Abrumado y desconcertado eran los calificativos más acertados para definir el estado de Montesquie, cuando su invitado prosiguió con su talante y esa mirada tan deslumbrante, se quedó sin respuesta, pensativo, quería sacar tajada pero no sabía como abordar a alguien con tal ímpetu.
Elois D'Umbrelle - August 7, 2005 09:58 PM (GMT)
El noble se puso en pie, caminó unos pasos para serenarse un poco y se posó sobre el respaldar del asiento que antes le sirvió de acomodo, depositando ambas manos sobre las esquinas del respaldar y mirando fijamente a Vilfort, su rostro realizó un par de muecas para adoptar una pose erguida acto seguido, entonces habló como alguien propio de su estatus.
- Vereis monsieur, corren tiempos difíciles, poseo el grueso de mis fuerzas luchando por la Fe cristiana en el sur, el contingente que me acompañó desde las Santas Cruzadas también se encuentra allí, se trata de un enorme ejército el que tengo que mantener, las batallas trascenderan para largo, aún faltan por llegar los duros meses invernales y todo ello me resulta costoso, muy costoso, es por ello que concedí parte de ese botín a la Soborna y debido a los mismos santos motivos, aquella información que buscais tiene un cierto precio, variando en cuanto a lo precisa que la deseeis, que puede ser bastante...
Sacó coraje de la flaqueza y sostubo la mirada penetradora que tenía el rostro del misterioso caballero.
Vilfort permaneció imperturbable en apariencia, pero los argumentos del conde iluminaron una pequeña bombillita en la astuta y sagaz mente que estaba apoderada de su cuerpo, no por el hecho del interés en el pergamino que era amplio, sino por la oportunidad de sacar doble tajada en su visita.
Sonrió placenteramente con la boca cerrada, mientras su lengua se paseaba recorriendo los dientes de uno a otro lado, su mano mesó con suspicacia el mentón mientras sus ojos emitían un extraño brillo, era el momento de cambiar de táctica.
- Disculpeme señor conde si en algún momento he resultado brusco, soy conocedor de su apurada situación económica y permitame hacerle una suculenta oferta, pues simplemente por haberme concedido el honor de esta recepción quisiera recompensar vuestras atenciones.
Diciendo eso, su mano derecha ágilmente arrojó una pesada bolsa ágilmente, con un movimiento inesperado, sobre el vacío butacón. Luego su otra mano invitó al conde a acompañarle de nuevo sentado para escuchar su propuesta.
El conde sorprendido y congratulado, dio un par de pasos hasta situarse a la altura de su acomodo, tomó la bolsa, la cual poseía un cuantioso peso y se sonrió mientras tomaba el asiento para escuchar. Ahora sus oídos estaban bien abiertos y sus labios dispuestos.
- Gracias señor conde.
Replicó Vilfort antes de proseguir, el gesto del conde, liberada la tensión inicial y con el conde dispuesto retomó el tema.
- Como bien dije señor conde, existían varios motivos de mi visita, pero este es el primordial, y le ofrezco otra bolsa idéntica a esa que sostiene en sus manos para que me de toda la información que posea sobre los libros.
La táctica había cambiado por completo, en un principio Elois había pensado en imponer su voluntad sobre el mortal, pero ahora pensaba en ganarse su confianza, todo gracias a la brillante exposición del conde que ciertamente había influido en su pensamiento, en esos momentos quería obtenerlo como un peón más en su cruzada personal.
Elois D'Umbrelle - August 7, 2005 11:13 PM (GMT)
Montesquie, miró tendidamente al caballero Vilfort, exhaló un suspiro, asintió con la cabeza y comenzó a narrar lo solicitado.
- Vereis, hace ya algunos años que regresé de la Cruzada Amarga después de pasar varios años de mi vida luchando en las tierras de Ultramar. Todo comenzó una noche en Constantinopla...
Oliviere realizó una pausa inesperada para hacer una aclaración.
- Monsieur, el precio que vais a pagar bien lo vale, es por ello que os desvelaré todo con detalle, pero dejadme concluir el relato antes de tacharme de loco o hereje, pues Dios nuestro señor sabe que soy un hombre pío y defensor de la Fe, mas os juro por mi honor que todo lo que os cuente es verdad, podeis creerlo o no, pero así es y espero que lo acepteis...
Vilfort asintió, Elois aventuraba varias "hipótesis cainitas" en el fantástico relato. El conde se relajó, perdió su mirada en la oscuridad de la habitación mientras su memoria hacía eco en el pasado.
- Aquella noche, mis siervos me llevaron a un hospital de Constantinopla, con heridas de las cuales sólo un milagro me habría librado de la muerte. Así ocurrio, cuando el físico me había dado por muerto, mis hombres se lamentaban y hacían los preparativos para mi funeral, en el lecho de un moribundo apareció aquel fraile- una lágrima cruzó el rostro del conde, cuando rememoró el hecho de su propia muerte segura- recuerdo perfectamente su rostro como si se tratase de vos mismo, sus ojos eran cálidos, infundía compasión y un extraño aura desprendía amor, el amor por el cual Jesús dio su vida por los hombres. Así me sanó, varias preguntas que no venían al caso y una extrema unción fueron suficientes para que se apiadara de mi alma, pues el fraile impuso sus manos divinas sobre mi costado, una luz cegadora infunfió un profundo calor en mi cuerpo y la fuerza de Dios me sanó, un milagro os digo, pues cuando desperté bajo el asombro de mis siervos, estaba más fuerte que un roble, podía caminar como un mozo y un vigor estremecía mi cuerpo. Pasé diez días purifiando mi alma ante las reliquias sagradas en compensación a mi curación milagrosa.-
Vilfort escuchaba asombrado el relato, no como el conde pudiera predecir sino extrayendo de éste la información más vital, la ventrue cada vez se sentía más abrumada, por vez primera en mucho tiempo. tan sólo era capaz de hacer simples cábalas, pero aquello que estaba escuchando era el preludio de un grandioso descubrimiento, del cual el conde apenas tenía noción.
- Sé que de nada os sirve esto que os he contado, pero sed paciente, pues es el inicio monsieur...
- Soy paciente señor conde, proseguid, os escucho atentamente.
El misterioso caballero, escuchaba al conde haciéndo que éste quedase reconfortado. A muchos había contado tal suceso y ninguno le creyó, por eso trató de olvidar ese periplo de su vida, sin embargo el hombre que tenía delante tenía un interñes real por la historia, ya que iba a pagar y muy bien, la recibiría íntegra, en todo detalle...
Elois D'Umbrelle - August 8, 2005 09:30 AM (GMT)
- Fue entonces cuando recibí la iluminación y recordé haber visto a aquel fraile con anterioridad, sí, sólo tras varios días de ayuno y rezo conceví el porqué se me había otorgado esa segunda oportunidad en esta tierra.-
Tomó aliento y continuó.
- Fue dias atrás, bueno concretamente una noche en Jerusalén, varios cruzados hostigaban a una mujer y sus dos hijos sarracenos. Apenas levantaban un palmo del suelo mientras su temerosa madre hacía de escudo entre ellos y los "píos" caballeros. Tomé mi montura y cabalgué a galope para hacerles desistir de tan atroz idea, justo en ese momento apareció un fraile interponiéndose entre cruzados y el grupo desvalido. En aquel momento apenas pude verle el rostro y desapareció tan fugaz como había aparecido, mientras yo me debatía con mis hermanos de Fe en un angosto pulso de espada.
Sé perfectamente ques e trataba de aquel fraile, ahora lo sé, aunque durante un tiempo lo olvidé.-
Vilfort interrumpió al conde, con un comentario, buscando una confirmación.
- Entiendo, el fraile apareció de la nada, sin más y luego cuando usted apareció se desvaneció tal y como llegó, tan rápido que olvidó por momentos, días, su existencia.
El conde se sulfuró ligeramente y replicó al instante.
- ¡No estoy loco!. No me lo estoy inventando, es lo que ocurrió.
La cabeza de Vilfort se movió afirmativamente, asintiendo con behemencia.
- Lo sé señor conde, pero por favor prosiga.
Para desconcierto del conde, aquel caballero no asentía para darle la razón como a los locos, sino todo lo contrario, parecía creerle, habría tropezado con ese fraile él tambien. Dubitativo por momentos retomó su historia con pasión.
- Transcurrido el perido de meditación, sentí la obligaicón cristiana de peregrinar a Santiago y purgar por todos mis pecados, así lo hice saber a mi séquito. Se aproximaba el invierno y partiríamos el mes de octubre, con ese sentir haríamos el recorrido a caballo y no en barco. Fue en las afueras de Constantinopla cuando prominentes aullidos similares a un lobo nos sorprendieron en la noche, el miedo cundió entre mis hombres, pero nada debíamos temer, se haría la voluntad de nuestro Señor. - Se reafirmó con devoción por su Fe- Una milla de camino, delante nuestra una caravana había sido asaltada. Un elegante carromato, probablemente de un noble, había sufrido magullaguras, algunas rasg... rasgaduras propias de... de... demonios- titubeó en su exposición- habían sufrido los soldados de escolta- En su rostor podía verse la consternación e impotencia de aquel trájico momento- eran cicatrices atroces, incapaces de hacer por mano del hombre. Sólo el diablo podría engendrar tanto mal. - El conde resopló al recordar tanto dolor, mientras que la ventrue predecía un asalto lupino, aunque yacía en su pose habitual, imperturbable, escuchando atenta- Revisamos aquello en busca de supervivientes y allí, en la noche, junto a un herido, dándole la extrema unción, tropecé de nuevo con el bendito fraile, caí de rodillas clavando mi espada en el suelo por el gozo de volver a vislumbrar su imagen. Sin embargo el buen fraile quedose sorprendido por nuestra presencia. - La dignidad del conde relució de pronto- Lo juro por mi honor, en su presencia sentía la paz interior, me sentía próximo a Dios nuestro señor...
Vilfort alteró su postura, acomodándose mejor para seguir escuchando, aprovechando un lapsus del conde recreándose en las imágenes vividas.
- Por favor señor conde, le creo fervientemente, debía tratarse de un angel cuanto menos.
Oliviere asintió en consonancia a las palabras de Vilfort, nada parecían a burla o sátira, sino serias y acordes con las de un devoto. Se sentía maravillado de que este le creyese y así se animaba a contar todo lo recordado con una animosidad impetuosa.
- Así es, rebosaba bondad divina, una criatura angelical, un santo o un profeta, pero si de algo estoy seguro es que sólo podía ser obra de una criatura de Dios y sólo El todopoderoso lo sabe...
Una vez más desapareció ante mis propios ojos, casi olvido su presencia, pero en aquel momento no podía obviar tal hecho con el que fui agraciado, ardería en el infierno si así lo hubiese hecho. Cuando mis hombres aparecieron, me econtraron clavado en el suelo, a lágrima tendida, con la espada como único apoyo. Ninguno de ellos pudo verlo- el asombro en su rostro era patente- ¿puede creerlo?, fui el único en verlo, sin duda era una señal de nuestro Señor, quería algo de mi y por aquel entonces no sabía el que.
Elois D'Umbrelle - August 8, 2005 10:48 AM (GMT)
Iba pasando la noche a medida que el relato del conde avanzaba, entre tanto Elois sacaba sus propias conclusiones de esa visita y aventuraba lo próximo en ser escuchado, a la vez que tenía la firmeza que lo que aquel hombre había visto era un peligro para la mascarada que se trataba de mantener, una vez concluyera debería poner tierra de por medio y enterrar el secreto.
Intervino de nuevo en la conversación tratando de centrar al conde en su misión en lugar de escuchar detalles y divagaciones teológicas.
- ¿Y como se hizo con los libros señor conde?
El conde volvió a asentir y retomó el rumbo original de la narración, después de sus múltiples lapsus.
- Si, los libros. Al poco de llegar mis hombres escuchamos un leve quejido, se trataba de otro agraciado por las milagrosas manos del fraile, raudos nos acercamos ofreciéndole agua. En seguida di órdenes de atenderle como fuese debido y regresar a la ciudad para dejarlo en manos de físicos, por su atuendo debía ser de noble cuna sin dudarlo. Cuando mis siervos lo llevaron a nuestro carro, me quedé en soledad, pensativo, observando a uno y otro lado buscando indicios del fraile, pero nada vi. Me iba ya, pero tropecé con un zurrón que contenía varios libros, pergaminos, hierbas y alguna herramienta... Pertenecían al fraile y es la viva prueba de su existencia, tal y como las reliquias de un santo, por ello arderé en el infierno al haberlas vendido.- Se lamentaba profundamente, una enorme pena le abrasaba el alma mientras múltiples lágrimas poblaban su cara- Y esa fue la historia monsieur, el resto es bien sencillo y se lo podrá imaginar.-
Habían quedado algunos flecos por depurar en esa historia y Elois no pensaba quedarse a medias, quería todos los detalles y los conseguiría de uno u otro modo.
- Dijo que había varios pergaminos y libros, sin embargo en su "donación" a la Sorbona, tan sólo había dos libros más un pergamino", que fue del resto de escritos.
Oliviere asintió con la cabeza a Vilfort, sus manos estaban entretenidas limpiándole la cara. Aquella imagen era conmovedora, un hombre adulto, maduro, curtido en mil batallas y llorando como una Magdalena, no obstante, la ventrue estaba por encima de esos dramas humanos, sola en su pedestal, manteniendo su pose de impenetrabilidad en todo momento, objetiva, diligente, esperaba respuesta por todo lo que iba a pagar.
Los sollozos desaparecieron y dieron paso al hombre sereno que siguió explicando.
- El noble que dejamos en Constantinopla, quedó tan agradecido que quería encontrarlo, le conté la historia al igual que ahora os la cuento a vos y me creyó. Empecinado me pidió uno de éstos, el último libro que hacía referencia a las últimas andanzas del fraile, así como uno de los objetos, una especie de brújula persa. En un principio rehusé pues aquello pertenecía al fraile y tenía intención de devolvérselo íntegro, pero tal fue la insistencia y la fe que demostraba el caballero que incluso me ofreció fuertes sumas por ello. Al final acepté una de esas ofertas y con ello sellé mi condena...
Así que faltaban piezas en el rompecabezas, un último libro y una brújula, muy astuto aquel individuo, no había duda que sabía lo que se hacía... ¿un cainita tal vez?, causa suficiente para sufrir un ataque lupino.
- Decidme señor conde, cual era el nombre de aquel noble que gozó de vuestra misma suerte.
Preguntó Vilfort con cierto interés, aunque no denotando trasfondo alguno en especial, sólo uno consonante en la historia.
El conde hizo memoria, le llevó poco tiempo, pues lo tenía muy presente, aunque apenado respondió.
- Me temo que no era francés, recuerdo perfectamente su nombre, Wilfredo, pero su apellido y títulos resultaban demasiado raros de pronunciación... Von Agh... Aghr... Agthr... lo lamento no soy capáz de pronunciarlo, pero si recuerdo su escudo de armas, un águila negra sosteniendo sus garras un texto situada entre dos espigadas torres sobre un fondo amarillo.
Una mueca se pudo vislumbrar sobre el rostro de Vilfort, se trataría de un germano. Pensó rápido, podría conseguir una guía heráldica y con ello desvelar la familia.
- ¿Poríais identificar ese emblema si os muestro el escudo de armas?
El conde hizo memoría y sonrió felizmente.
- Podría hacer más que eso, tengo su anillo, me lo dió como regalo por haberle ayudado y se lo haría llegar en caso de necesitarle.
- Agradecería el verlo señor conde.
- Eso tendrá un precio añadido.- Especuló astuto el noble, que empezaba a redimir su angustiada alma con la fortuna que sacaría al final de todoe se asunto, al fin y al cabo se trataba de un hipócrita más... para satisfacción de la ventrue, todo sería más fácil entonces.
- Os lo compraré y así quedará zanjado el asunto.- hastiada del interés que este mostraba subirnidó su frase- si lo traeis ante mi ahora.-
El conde se quedó pensativo, no sabía que hacer, pesó la bolsa que tenía entre sus manos, la codicia le podía, era humano y ambicioso, necesitaba el dinero siendo esa una oportunidad única que podría desbaratarse si no accedía de inmediato a la petición de Vilfort, eso lo dedujo por el tono de éste.
Se acercó a la puerta, sin perder de vista al caballero, dio una voz reclamando a su siervo, le entregó la bolsa y dio unas indicaciones, luego se sentó frente a su invitado que parecía impaciente. Instantes más tarde, un criado trajo algo de queso y una botella de vino, sirviéndolo.
Para cuando el criado se había ido, Vilfort seguía tal como estaba, sin haber probado bocado o bebido, para incomodidad del anfitrión, por suerte otro criado apareció en la habitación portando un pequeño cofre, apaciguando la tensión acumulada. Lo entregó al conde que lo abrió cuando volvieron a estar solos, sacó de él un anillo de oro que su mano tendió para deleite de la ventrue, que sólo entonces sonrió y cambió su semblante.
- Muy bien, empezamos a entendernos señor conde.- Acto seguido tomó la copa de vino mientras observaba con detenimiento el escudo labrado artesanalmente en el anillo.
Tras observarlo un rato, una duda asaltó a la perspicaz Elois.
- ¿Donde debíais enviar este anillo, en caso de necesidad?
Pensó en cobrarle también esa información, pero no era cuestión de arrasar la gallina de los huevos de oro, supuso que iría complementario al precio que pagaría por el anillo y le respondíó cuando dio el último bocado al trozo de queso que comía.
- Debía enviarlo junto con la misiva pertinente a la villa frente a la abadía de Nuestra Señora Penitente en Constantinopla, una con un tejado rojizo y puertas color ocre, adornada con palmeras a ambos lados de la entrada. La describió con detalle, siendo esos los más significativos que han perdurado en mi memoria hasta el día de hoy.
- ¿Os dijo el caballero desde donde procedía?- Obviamente no preguntó si le contaron las causas del asalto, sería mejor no indagar sobre ese tema, no fuera a sospechar el conde.
- Un nombre raro, del Sacro Imperio Romano, deducí, pero no le dí más importancia de la precisa.-
Elois D'Umbrelle - August 8, 2005 11:27 AM (GMT)
Un profundo suspiro propició Vilfort, llegaba la parte más dificil de la noche, pero no quería dejar ningún cabo suelto cuando resolviera la situación como debía hacerlo, echó cuanta de todo lo escuchado esa noche y preguntó una vez más con mucha intención.
-¿ Y que hay del resto de objetos, las hierbas y utensilios...?
El conde, tomo un buen trago de vino, se sirvió de nuevo una copa e hizo una mueca.
- El zurrón lo tengo guardado en mis aposentos, por si volviera a ver a ese angel, los conservo con cuidado, pues santas reliquias son.
Vilfort se puso en pie, complacido y sonriente.
- Permitame vuestra merced una última pregunta. Cuando aquel fraile os sanó en Constantinopla- El noble asintió sin saber a donde quería llegar Vilfort- aquel extraño brillo cegador...- Elois midió bien los tiempos en cada palabra no queriendo presionar o poner palabras suyas en boca del conde.
- Si, ¿que os preocupa?- pregunto el conde desconcertado.
- Vereis, ¿que es exactamente lo que visteis?
El noble no sabía como responder, la pregunta era interesante, en más de una ocasión la había meditado, aunque estaba descolocado por la intencionadildad de la misma. Era algo reacio a contarlo, pero finalmente expuso lo que llevaba tiempo rondandole la cabeza.
- Fue, bueno, no sé como explicarlo, es como si emanara un brillo, una luz blanca, más que provenir de una aureola, partía de su frente.
Ansiosa, olvidó su táctica inicial, debía saberlo.
- ¿Diriais que parecía tener un ojo en la frente?
Asintió rotundo al unísono todo su cuerpo.
- En efecto, es lo que era. El párpado de éste se abrió y una cálida luz me acogió en su seno, me sentí a la diestra del Padre, purificado, bendito por la mano del Señor.
Ya no había duda, debía actuar en consecuencia. Sus palabras se tornaron voluntad impuesta sobre el mortal que no tuvo más remedio que obedecer sin saber como ni porqué.
- Llevadme junto a las pertenencias.-
El conde condujo a Vilfort hasta sus aposentos, allí buscó una llave dentro de una mesa, abrió un arcón y deslió una sábana de seda la cual poseía las pertenencias de aquel fraile. El conde suspiró sin saber porqué había obedecido al caballero, Elois resopló, mientras sus ojos buscaban el contacto con los de un sorprendido conde.
- Miradme fijamente a los ojos y no aparteis la mirada.
Sometido al embrujo de la ventrue Oliviere no pudo resistir el obedecer. Los ojos danzaron cuales fuegos fatuos en un cruce de miradas como pista de baile para tan siniestro ritual, así la mente de Elois abordó, acorraló y subyugó al pobre noble. Susurros en la alcoba, que eran escuchados sin reparo, palabras en boca de Elois que cobraban vida y forma en el pobre conde, después perdió el conocimiento quedándose exhausto, tendido sobre su lecho.
Cuando Oliviere despertó a la mañana siguiente nada recordaba de la conversación con Vilfort, apenas que quiso saber de donde los obtuvo y le deleitó con la única verdad que conocía, que los había comprado a un mercader en Constantinopla, el cual afirmaba que procedían de la mismísima Alejandría.
Los recuerdos fantásticos del fraile, las historias de ángeles, los tratos con el noble germano, las reliquias, todos los hechos habían quedado en el olvido, borrados de su memoria por los oscuros dones de la poderosa ventrue, en su empeño por mantener la mascarada y la evidencia que había obtenido... Los tres ojos del fraile.
Al final de la noche, Vilfort se encontraba de nuevo en el castillo de la duquesa, junto a su cama y el cuerpo perenne de ésta. Avandonó el cuerpo de su mortal siervo y tornó al suyo para examinar con detenimiento lo obtenido esa noche, que no era poco. Ahora debía ponerse manos a la obra, pero no sabía en que proporción contarlo al resto de cainitas, debía meditarlo profundamente...