View Full Version: Buscando un Aprendiz 2º

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Title: Buscando un Aprendiz 2º
Description: 9-7-1225, de día


Isolda Lamartine - July 26, 2005 12:28 AM (GMT)
Eran cerca de las siete de la mañana. Había salido sobre su caballo blanco, Renne, a dar un paseo lejos del bullicio de la ciudad. Había elegido este hermoso paraje, apenas comenzando a ser víctima de las ansias de dominacións inherentes a las mentes humanas, tanto por el silencio como por la soledad.

Estaba bastante lejos del Suburbio donde se levantaban las casas, auqnue desde el lugar donde cabalgaba alcanzaban a verse varios de los picos de las casas más grandes, y difuminados en la periferia, varios casones y pequeños castillos de nobles ególatras. Reconocía, a los lejos, donde vivía aquella "Ventrue" llamada Elois, y auqnue apenas distinguía la silueta de la construcción entre la bruma matinal, recordó los olores y los colores tanto de su interior como de su exterior.

Suspiró el aire de la mañana con felicidad.

Su corcel blanco, nada ataviado, no contaba sino con su silla, bastante modesta, y ella, dando igual apariencia, vestía un pantalón gris con botas a la mitad de sus piernas y una capa de viajera a su espalda. En la silla e su montadura podía verse el mango de su espada corta, y al lado del caballo un perro de mediana estatura, blanco como ella y como el caballo, miraba en la misma dirección de su ama.

Chokmah miró a Isolda, y en su mente resonaron sus palabtas.

-Mi señora, creo que comienzan a invadirnos esos seres nocturnos y malévolos. Los humanos, tan aglomerados, han sido siempre un foco para que sus perniciosas intenciones encuentren lugar propicio para anidar, y sus relaciones y nuevas curiosidades la guiarán sin duda a una encrucijada en la que su vida será el precio.

Isolda, que no pensaba en aquellas vicisitudes, le dedicó una sonrisa a su familiar. -Chokmah, amigo, no deberías tanto empeño poner en mi seguridad, pues bien sabes que cada uno de mis pasos ha sido repensado, y las contraindicaciones a las decisiones que tome ya han sido prevenidas y remediadas, antes aún de que se insinúen. No, no deberías preocuparte. Hoy será un día para liberarme de mis pesares y preocupaciones, y tuya también debería ser la visión mía, para que encuentres estos parajes bellos, como yo lo he hecho.

Isolda Lamartine - July 26, 2005 03:40 AM (GMT)
Poco, o nada, posible era un destino de felicidad o si quiera tranquilidad para la Magister Mundi de la Casa Bonisagus. Ella lo sabía a la perfección. Tenía un Don, y eso la hacía muy diferente a los Durmientes, la hacía penetrar en la realidad, ver manantiales dorados donde los otros veían caminos, ver respuestas, curas y avances donde los otros veían niebla o musgo.

No podía decirse que se sintiera superior a los Durmientes, auqnue muchas veces su estado de ignorancia le causaba lástima. Pero era justamente para eso para lo que trabajaban los Despertados de su Orden, y ella no lo había olvidado. Nunca podría. Elevar a los Hombres a la perfección divina, permitirles entender los caminos y bifurcaciones de la creación, para que pudieran alcanzar junto a los Despertado aquel paraíso donde todos eran dioses.

Suspiró de nuevo, mirando cómo en el pueblo una columna de humo se levataba de una de las primeras casas.

Lo siguiente que sucedió fue sumamente rápido.

Primero, Chokmah lanzó un ladrido -a pesar de que él mismo decía detestar su uniforme de perro, terminaba siempre lamiéndose las patas o persiguiendo gatos negros en los callejones-. Luego sintió cómo una mano se aferraba al mango de su espada, y cómo otra, sosteniéndola de la pierna, la arrojaba del caballo.

Sin duda sorpresivo. Era la segunda vez desde que comenzara a frecuentar "el mundo exterior", allí en París, que se veía sorprendida. Bueno, casi sorprendida:
con una agilidad impresionante logró caer de pie, justo de frente a los dos hombres que la pensaban robar -o algo peor-, y tenía una inquietante sonrisa en el rostro.

Isolda Lamartine - July 26, 2005 05:02 PM (GMT)
Lo dos hombres eran realmente lamentables reflejos de la podredumbre de la mente y del espíritu de los Durmientes: Ambos superaban los treinta años, tenían el pelo tan sucio que parecía ya más un pedazo de madera tallado que filamentos delgados, y detrás de una capa tan gruesa como las murallas exteriores de París, se adivinaba una piel que otrora había sido blanca, llena de sonrisas y esperanzas.

Ambos tenían los ojos azules, pero la luz de estos no alcazaba a iluminar la oscuridad que brotaba desde el fondo de sus seres. Vestían harapos, y a Isolda se le ocurrió que aquellos dos hombres habían comido juntos en un mes, loq ue Chokmah en una semana. Le dio verdadera lástima, pero su rostro permaneció rígido y serio.

Uno, el más joven y delgado, sostenía con mano temblorosa la espada desenvainada, mientras el otro, temblando, intentaba encontrar palabras que se alejaran lo más posible de gruñidos para pedir su víctima lo que a ellos les correspondía.

¿Cómo habrían podido sobrevivir en los lindes de la ciudad sin ser arrestados por la guiardia o muertos por los Lobos?

-Deme todo, o la matamos señora-, dijo el más viejo, y a Isolda le pareció excepcional que aún le dieran el calificativo de señora.

Miró al otro, al joven, y su voz, entre autoritaria y cariñosa, como la de una madre, les increpó. -¿Me quitarán mi daga, mi caballo, mi perro y mi felicidad, jóvenes? Meneó la cabeza, de un lado a otro, bajando la mirada. -Si lo que desean es comer, o simplemente el brillo del oro en sus manos sucias, yo puedo darles eso que necesitan. Pero con la condición de que me pidan las excusas que merezco y pongan mi espada de donde la tomaron.

Ambos se miraron por un segundo. Si aquella puta decía que les daría, seguramente cargaba mucho, mucho. El joven tomó valor y apretó con más fuerza la espada, y el anciano abrió de nuevo su boca, perdiend esta vez todo el respeto que antes allí guardaba.

Isolda Lamartine - July 26, 2005 08:02 PM (GMT)
Isolda meneó de nuevo la cabeza. Chokmah gruñía y ladraba, y eso hizo pensar dos veces a los bandidos antes de acercarse demasiado. Renne se levantó en las patas traseras, relinchó, y el hombre más joven, el que portaba la espada, cayó de espaldas.

El otro se giró a mirarlo, y cuando devolvió la mirada hacia Isolda, ese maldito perro blanco abalanzándose hacia él fue lo que sus ojos vieron. Sin embargo, aunque no podía darle crédito a esto en principio, la dama lo tomó del cuello e impidió que siguiera avanzando.

Chokmah la miró extrañado, y ella sonrió de la misma enigmática manera.

Cuando el otro hombre se puso de pie, y levantó la espada, desde el bosque se escuchó un grito de amenaza. Al parecer ambos hombres reconocieron la voz, porque nada más escuchar aquel timbre fuerte, juvenil y hosco, dejaron la espada caer sobre el suelo y salieron corriendo.


La Magiter Mundi no los observó partir, y su mirada se dirigió en vez, hacia el verde bosque, cuyos árboles comenzaban a dejarse ver a través de la bruma matinal.

Desde allí, corriendo, se vio venir a un hombre joven, de no más de veinte año, portando en su mano una maza de herrero. Su rostro era tosco y su mirada madura, sus músculos bien definidos y algo a su alrededor que provocó en Isolda una extraña risita de felicidad.

Isolda Lamartine - July 28, 2005 05:03 PM (GMT)
Cuando el joven terminó de salir del bosque y se acercó al lugar donde Isolda esperaba, pudo verse que su cabello era rojizo, y sus ojos de un verde profundo y atemorizador. Su piel era blanca y limpia, a pesar del trabajo que por la maza se suponía llevaba a cabo.

Su nariz, de perfil, tenía un corte noble, y sus gestos, aunque toscos y mal educados, demostraban que tenía en su sangre una nobleza innata. Pero había algo más. Isolda, sin ningún reparo, se acercó hasta él.

El joven intentó balbucear algún halago caballeresco, de esos que tanto tiempo le habían estado rondando la cabeza, pero no pudo hacerlo, y se quedó completamente paralizado cuando a pocos centímetros de él vio cómo esos ojos azules de la dama que acababa de rescatar, penetraban en los suyos propios con una fuerza que nunca había conocido, con un empuje, un misticismo que siempre había soñado. Su garganta estaba seca, sus manos estaban rígidas al lado de su cuerpo, y sus ojos, no logrando mantener la mirada de la Magister Mundi, se había agachado también, clavándose en el suelo.

Su respiración comenzó a aumentar cuando sintió cómo las delicadas manos de aquella dama recorrían sus orejas, hasta las puntas, con delicadeza y parsimonia.

Sin embargo, intempestivamente, aquella dama se detuvo. Se alejó, tomó su espada, y luego de guardarla en su funda se montó al caballo.

-¿Dónde vive usted, mi noble caballero? preguntó desde arriba, y el joven, sin saber muy bien cómo, indicó a la dama el camino que desde allí la guiaría hasta su casa. -Me veo en la deuda de acompañarle y agradecerle a sus padres por haberle inculcado tal valentía, y espero no sea para usted ni su familia mi presencia y mis agradecimientos una molestia.

El joven, haciendo el mismo esfuerzo por hacerse entender -porque había decidido no hablar hasta que se sintiera calmado-, le indicó que no había ningún problema. Sólo esperaba, de todo corazón, que todo aquello fuera real. En sus sueños aquella misma voz que aquella dama portaba le había hablado, y aunque nada había dicho a sus padres, sabía que ella también lo conocía, lo conocía de algún lugar en los Sueños.

Isolda Lamartine - July 28, 2005 06:05 PM (GMT)
Isolda en su caballo, el joven caminando a su lado, silbando una tonada que había aprendido de su padre, y este de su padre, y así por varias generaciones de labradores y herreros; todos en su familia eran de constitución regia, anchos de hombros, con la cabeza levantada y el mentón prolongado, con las manos grandes y una pasión increíble en la mirada. Pero todos habían sido siempre de cabellos negros largos, de ojos azules claros, y no recordaba ninguno de los padres del joven haber tenido un antepsado con cabellos rojizos y ojos verdes como los que tenía su hijo.

En una època, aquello había traido problema entre ambos esposos, y el marido estuvo a punto de quemar a la pobre mujer porque se creía engañado. Algo, ella no sabe bien qué, le hizo olvidar aquello y jamás en su vida volvió siquiera a pensar en ese desagradable tema.


Isolda sonreía. Las había visto. Aquellos cabellos rojizos y encrespados, aquellos ojos verdes y esa piel tan blanca, aquellas orejas delicadamente delgadas en los extremos; claro que conocía el origen de aquello, pues casi todos los Magi de la Casa Merinita tenían en su sangre la sangre de un hada.

Le miraba de reojo, de vez en cuando, hasta que decidió olvidarse de esos detalles por un momento, y disfrutando de la tonada que el joven cantaba se dejó guiar a través de los campos y bosques bajos, hacia la casa en la que vivía.

Isolda Lamartine - August 2, 2005 07:41 AM (GMT)
Luego de algunos largos minutos de cabalgar, se comenzó a perfilar entre algunos arbustos una casa de madera, bajita y pequeña, y se comenzó a escuchar desde la lejanía el eco de un pesado martillo golpeando un metal.

Sin duda alguna se trataba de una familia de herreros, e Isolda observó de reojo a su joven acompañante, sonriendo con tranquilidad. Sin duda sería un excelente Magus, si lograba hacer que su Despertar se diera con normalidad.

Volvió su vista hacia el frente. Luego de algunos minutos más el sonido se hacía casi ensordecedor, y se lograba ya ver la figura de un titán parado junto yunque, dando martillazos con un impresionantemente grande instrumento. Aquel hombre podría perfectamente ser tres veces más grande que Isolda. Su cabello corto y cano, sin camisa y con los pies descalzos, detuvo su martillar incesante en cuanto vio de perfil el blanco caballo de la Magus acercarse, trayendo a su hijo en un flanco.

Se irguió, tan alto como era, observando bien a la recién llegada, y en cuanto se aseguró de que no la conocía, levantó la mano en señal de saludo nada formal, y tal vez incluso amenazante.

Isolda Lamartine - August 2, 2005 05:04 PM (GMT)
Isolda descendió e su caballo apenas estar en el frente de la casa, y dándole unas palmadas dejó que se fuera trotando a unos pastos cercanos. Chokmah permanecía a su lado, mirando con insolencia al gigantesco hombre que los miraba desde arriba.

El joven se acercó a su padre sonriendo. Efectivamente eran sumamente diferentes.

A pesar de que ambos hombres gozaban de una sorprendente musculatura y una talla impresionante, la piel del joven muchacho era blanca, casi brillante, sus cabellos rojizos y sus ojos verdes, su voz templada y sus movimientos fluidos. Su padre era un hombre moreno, de cabellos negros y ensortijados, con los ojos profundos y negros, con movimientos bruscos y potentes, y su voz, cuando saludó al muchacho, mostró ser tan imponente y brusca como todo el conjunto.

Aquella sospecha que había tenido Isolda se confirmó definitivamente, lo que la hizo sentir de nuevo satisfecha.

-¿Quién es esa mujer, hijo?

El joven miró a Isolda, y cuando vio que esta se disponía a presentarse de adelantó.

-Ese par de granujas de Simon y Francois pretendían robarle, y yo los he espantado. Dice que quería venir aquí a darles a ustedes los agradecimientos.

Isolda asintió, sonriendo, al ver cómo los incrédulos ojos del bonachón herreros se clavaban en ella. -Su hijo ha impedido que hurtasen mis cosas, y estoy en deuda con él, y con usted y su mujer, pues no sabe lo valioso que es para mí Renne.

Aún no tenía muy claro qué sería lo que haría, pero ya lo vería en el transcurso.

Isolda Lamartine - August 2, 2005 05:37 PM (GMT)
Por generosidad forzada, el padre del muchacho la hizo pasar a la casa, mientras el muchacho continuaba dándole martillazos al yunque.

Conversaron durante largas horas, algo que el buen hombre nunca había hecho en toda su vida, y le contó a Isolda, virtud a los influjos mágicos que ella efectuó sobre él, varios de los sucesos que habían acosado al joven, y le manifestó su temor de que les quemaran por brujería o por adoración a demonios.

Isolda le tranquilizó con sabias palabras y le prometió ayudarle al joven.

Cuando faltaba poco para que el sol se pusiera, isolda partió, despidiéndose del Joven, del buen hombre y de la mujer, que recién había llegado cuando ella ya se disponía a partir.

En definitiva había encontrado al aprendiz que buscaba.


FDI: listo.




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