Por los exóticos jardines del Louvre a altas horas paseaba un radiante caballero, dejando de lado la insulsa fiesta cortesana, admiraba las plantas copa en mano.
El paseo quedó interrumpido a la altura de una esbelta palmera, regalo del amir de Al Andalus, el aspero tronco de la espigada planta desértica era repasado con interés por aquel noble francés hasta el punto que sus manos sintieron la necesidad de rozar la corteza del árbol en cuestión.
- ¿Os atrae la jardinería señor marqués?
Una frase se deslizó por los oídos del marqués de Leroy como la dulce fragancia del jazmín, no tuvo que girarse para averiguar de quien procedía tan ingeniosa forma de llamar la atención hacia sí. Girándose respondió al mismo tiempo, sin ver el rostro de la dama que hábilmente le había seguido.
- Así es mi señora y he tenido la suerte de tropezar con la más bella flor que habita en el exótico jardín de su majestad.
Ya de frente, tomo la mano de la flamante dama con delicadeza, haciendo gala de su mejor reverencia, la homenajeó de ese modo mientras besaba con mimo su frágil mano.
- Estais hecho todo un conquistador Philiph.
Sonrisa pícara en labios respondió la mujer, para nada enfada con el atrevimiento del marqués al besar su mano, en lugar de emular tal detalle.
Presentaciones a un lado, el marqués ayudó a sentarse a la dama en un banco cercano, después lo haría él.
- ¿Queríais verme señora duquesa?
Con ilusión preguntó el caballero, al ver el interés mostrado en su persona por la duquesa.
- Así es Philiph, los rumores dicen que pronto partiréis a defender la Fe cristiana.
- Dicen y aciertan, pues en breve partiré al sur en lucha contra la herejía cátara.
El corazón del marqués se aceleró, tanto por la cercanía de tan apuesta dama, como por el interés que ésta mostraba en su persona.
- Sois muy valiente noble Philiph arriesgando vuestra vida de esa forma.
- ¿Acaso es preocupación lo que veo en vuestros ojos Elois?
El jovén marqués de Leroy estaba cada vez más próximo a la duquesa y esta no hacía nada por evitar tan osado comportamiento, lo que daba mayores esperanzas al joven noble. Más si cabe cuando la respuesta de la Duquesa de Orleans fue una pequeña sonrisa y sus ojos evitaron el contacto con los del marqués.
- ¿Evitáis mi mirada duquesa?
La duquesa no pudo contenerse por más tiempo y finalmente sus maravillosos ojos azules penetraron en los del marqués, un brillo especial reinaba en estos y la tristeza predominaba en su rostro
- Es tarde ya, Philiph, debo partir.
Elois se levantó con elegante parsimonia dispuesta a retornar a la fiesta, mas el ímpetu del joven caballero retuvo su brazo y tiró hacia él, tomando a la dama por el torso para después besarla sin encontrar resistencia alguna por su parte.
Los dos cuerpos se separaron despacio, sintiendo aún el uno el contacto del otro, unidos como un trozo de queso fundido, trabajoso de despegar, mas Elois se zafó al fin de su enamoradizo caballero.
- Prometedme que tendréis cuidado Philiph
Sosteniendo todavía el torso de la duquesa, ansiando más de la miel que sus labios habían robado en boca de Elois, respondió Philiph, deseoso de volver a besarla, emocionado por la falta de resistencia de la viuda duquesa.
- Os lo prometo mi señora, prometo que volveré para estar junto a vos.
Los ojos de la ventrue cautivaron, sometiendo a un trance hipnótico su presa, el marqués no podía darse cuenta, sumido en los encantos del diabólico ser, pero desde la lejanía aquello parecía una cobra a punto de devorar su presa.
Así ella se abalanzó, lo besó enérgicamente y sus brazos rodearon su cuerpo impidiendo una nula posibilidad de escape.
Caminaron juntos, cogidos de la mano, unos pasos por el jardín antes de volver a la fiesta y retomar sus vidas con disimulo, para Philiph aquellos pasos eran un Vía Crucis, eternos, jubilosos pues junto a su amada Elois se encontraba y ésta lo correspondía.
La duquesa soltó su mano con detenimiento, acariciando cada dedo de este con los suyos propios, rozando con mimo la piel del marqués para finalmente alejarse sin tornar su mirada atrás, mas algunos metros delante suya, Elois paró en seco, sin volverse y con una voz entre cortada, tal vez por el sollozo silencioso de su alma, se despidió de su amado...
- Cumplid vuestra promesa Philiph Dupond De Arras, regresad pronto...
La frase se cortó, la duquesa no podía seguir hablando y se apresuró a volver a la fiesta, dejando sólo en el jardín, tal como había iniciado la noche a un marqués de lágrimas embadurnando su rostro por la emoción. ¡Elois lo amaba!.
En voz baja y él como único oyente replicó en su amarga soledad.
- Os lo prometo mi Elois.