View Full Version: Veamos cómo andan los Durmientes

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Title: Veamos cómo andan los Durmientes
Description: 22-06-1.225/día/Trama de... de "Herio"


Isolda Lamartine - July 21, 2005 03:04 PM (GMT)
A sus oidos habían llegado noticias de una nueva adquisición de la biblioteca de la Universidad. Isolda, dudó en un inicio, acudir a ella. Era un lugar bullicioso, lleno de jóvenes repletos de ideas cargadas de estupideces cristianas, llena de ideas vacías o mascaradas.

Sin embargo no podía negar que algunas cosas interesantes allí sucedían de vez en vez, y que los jóvenes Despertados que iniciaban su carrera para develar la realidad frecuentaban aquellos lugares buscando ideas frescas, o conocimientos de las tierras árabes, que ella conocía -y de las cuales casi no sale ilesa-.

Sin embargo, al día siguiente, en la mañana, decidió que lo mejor sería revisar qué clase de documentos habían llevado. No esperaba gran cosa, pero uno no podía saber nunca qué traducción de qué texto romano, o inluso griego, podrían haber adquirido.

Como fuera, en la mañana, se enfundó en su capa de viaje, se puso en vestido ceñido al cuerpo -para poder montar tranquilamente-, nada extravagante ni llamativo, y salió de la Capilla.

La bruma de la mañana cantó su despedida, y caricias en su cabello le arrancaron una sonrisa.

Isolda Lamartine - July 21, 2005 03:11 PM (GMT)
Al poco, Renne se detuvo en las caballerizas contiguas a la Universidad. Luego de dejar algo de dinero al palafrenero, entró en la Universidad.

Caminaba siempre a los lados de los magníficos corredores, con la cabeza agachada, y pocos notaban su presencia, excepto aquellos más sensibles. SAbía, de todos modos, que pocos con esa capacidad había entre los durmientes, y era así mucho mejor.

El portal para entrar a la inmensa biblioteca se abrió por fin ante sus ojos, y abriéndolos, asombrada, se quedó largo rato allí, parada. Muchas veces, incontables, había entrado en bibliotecas. Su Sanctum era una biblioteca, pero jamás había visto que tanta pompa se le diera a los libros y a los conocimientos en los reinos e Occidente.

Mucho tiempo sin duda había perdido entonces, y quién sabe qué tantas oportunidaes de conocer algo nuevo. Se reprendió varias veces, y solemnemente se prometió no volver a cometer aquel error.

Sin más preámbulos, auqnue dándole el toque ritual que necesitaba aquella ocasión, entró en la biblioteca.



Era un lugar silencioso, el olor a polvo, a papel y a humedad impregnaba el ambiente. POcas personas deambulaban de un lado a otro con gruesos tomos empastados en cueros tratados, y algunas mesas granes, completamente repreta de páginas abiertas, ocultaban tras su pared de alguna manera inmaterial a médicos o sacerdotes, o jóvenes ansiosos.

Isolda Lamartine - July 21, 2005 03:21 PM (GMT)
Caminó largo rato entre los anqaqueles, mirando las pastas, y sacando al azar algún tomo para reconocer la caligrafía de esmerados escribas, que trayendo el conocimiento musulmán, habían lograo filtrarlo de maneras inteligentes por las rígidas celdas eclesiásticas.

Sin embargo su asunto era muy diferente, y se encaminó donde el bibliotecario se encontraba, escribiendo en largos papeles las listas de lis libros que estaban, o que no; algo al fin y al cabo tenía que hacer.

Al llegar a la altura de la mesa detrás de la que se encontraba, Isolda carraspeó para distraerlo de su trabajo. Cuando ganó su atención le regaló una inocente mirada.

-Muy buenos días mi señor. -Dijo en tono respetuoso, mientras inclinaba ligeramente la cabeza. Cuando obtuvo una respuesta parca por parte de aquel Durmiente, continuó.

-Mis pasos y mi curiosidad me han traido a este santuario, llamados por tres documentos que antes no habían habitado estas paredes. ¿Sería una molestia si le pidiera me indicara el camino para llegar a ellos?

-¿Usted también?-dijo el hombre, evidentemene malhumorado.

A Isolda aquello no le gustó. En su mente trazó la palabra "Muestra " en el lenguaje espiritual, y la mente de aquel hombre se abrió de par en par, por pocos segundos empero. Vio cuatro siluetas en una mesa. No reconocía rostros pues la oscuridad era grande, y las voces eran indistintas y borrosas. Evidenemtente aquel bibliotecario estaba cansado y al borde del sueño al verlo. Sin embargo reconoció la mesa, y liberó al Durmiente.

-Así es mi señor. La curiosidad de la juventud es grande, y los conocimientos que guardan páginas desconocidas siempre atraen y seducen.

Luego de un par de indicaciones de mala gana por parte del bibliotecario -que no dejaba de extrañarse de que tantas personas acudieran por aquellos libros-, Isolda se dirigió hasta allí. HUbiera podido encontrarlos sola, por supuesto, pues había aprendido el arte de organizar tomos desde que era muy joven, pero no sabía siquiera de qué trataban, lo que impedía cualquier intento de encontrarlos.

Isolda Lamartine - July 21, 2005 03:45 PM (GMT)
Se tomó su tiempo para llegar al estante, mirando todo con desconfianza muy bien disimulada. ¿Acaso eran tan importantes que aquellas personas abían tenido tal urgencia para leerlos? Comenzó a crecer cierto temor en su pecho, y cuando llegó al lugar de los pergaminos, sintió gran alivio.

Allí se encontraba. Lo tomó, sin desenrrollarlo, y luego se dirigió a los estantes donde se guardaban los viejos tomos.

Y a pesar de buscar afanosamente, no logró encontrar ninguno de los tomos. Sin embargo se cuidó de no demostrar angustia. Aquello, sin embargo podría traerle problemas, así que sería mejor hacerse a la vista del bibliotecario.

Caminó con el pergamino, y se sentó en una mesa frente al malhumorado hombre. Muchas preguntas rondaban en su mente en aquel momento, y malos presagios también. Debería mirar la mesa, antes de que fuera tarde, y enterarse de la identidad de aquellos ladrones de libros.

Sin embargo, sosteniendo el pergamino, aún sin abrirlo, una sensación extraña le erizó los bellos de la mano. En su día a día como Despertada aquella sensación acudía casi continuamente, avisándole de la presencia de seres sobrenaturales, en otros planos, o de peligros mágicos iminentes. Podría sentir a alguien haciendo magia al otro lado de la ciudad con las condiciones necesarias.

Sin embargo la sensación era un poco diferente. Miró el pergamino, y lo abrió con rapidez, dándole una primera mirada a lo que tenía enfrente.

Las letras estaban levemente inclinadas a la izquierda, y estaban cargadas de artificiosos adornos, destinados seguramente a desconcentrar la atención el lector. Sin embargo la evidencia era obvia.

En un primer momento su mente se vio desviada, y leyendo rápidamene todo el documento concluyó que no era para nada interesante.

Cerró el pergamino, pero su mente se detuvo. Lo había sentido. Habían manipulado su mente.

Isolda Lamartine - July 21, 2005 03:59 PM (GMT)
Se maldijo. Sin embargo el Efecto había sido muy bien logrado. ¿Cuánto tiempo podría haber pasado aquel pergamino por manos y manos, esperando ser retenido por la persona indicaba, a quien el efecto no molestaría? ¿Cuánto tiempo más duraría el hechizo?

Sólo podría haber sido realización de un Magus de la Orden de Hermes, o de uno de aquellos Subterráneos, que según recordaba a la perfección, dominaban la mente ajena con una increíble habilidad.

Abrió de nuevo el pergamino, luego de haber trazado en su mente la Palabra Parma.

La primera lectura le había revelado que el pergamino era una parte del diario de un vendedor de mercancías en un puerto ibérico, auqnue estaba escrito en latín, que seguramente había sido la razón por la cual había sido adquirido por la Universidad. No era en realidad nada interesante: una descripción somera y con un estilo literario deficiente de un día de su vida, una conversación con alguien, una venta fallida, un robo que le hicieran y detalles de esa índole.

Sintió el choque en su mente cuando lo abrió de nuevo. Sin embargo el Ritual había sido tan bien logrado que sólo un mago con alto dominio en Ars Corona podría notarlo. Aquello hacía que las cosas fueran diferentes, muy diferentes.


"Donde los caminos se cruzaban había siempre una sombra esperando.
Nunca decía nada, aquella señora de la noche, serpiente incansable de los Valles de
Luna, siempre arriba, nunca cansada, revelaba que todo había sido
producto de sangre, de maldad inhumana más allá del mundo
en el Reino en que la Muerte habita y reina, sola y abandonada
todo tiene siempre color a Muerte en ese cruce de caminos
donde ella también, viajera como todos, pide limosna frente a la carroza..."


Al parecer aquello no tenía ningún sentido, pero una nota final, casi al término de la prosa, le hizo comenzar a conjeturar algo.

"En el Espíritu Santo, en el Padre, en el Hijo,
tres son las inalcanzables metas y a ellas doy yo mi fe y mi vida."


Interesante era porque en la declaración de intenciones que precedía a aquella reveladora nota, claro había dejado que el mundo del Cielo era para él tan distinto y disimil al cristiano, como para un lugareños parisino el mundo árabe. Cerró de nuevo el pergamino, luego de aber transcrito la verdadera intención del autor. ¿Quería avisar de algo? En un principio no tenía sentido. ¿tendría sentido si se leyera junto a los os libros?

Le gustaría saber quién podría haberlo tomado. Se puso e pie, dejó el pergamino en su lugar, y tomó un libro donde se describían los epiciclos tolomeicos, y sentándose en la mesa en la que aquellos cuatro seres habían estado conversando, esperó.

Isolda Lamartine - July 22, 2005 04:30 PM (GMT)
Abrió el grueso volúmen, y los epiciclos, ordenados y perfectos, se abrieron en la primera página. Durante algunos minutos estuvo repasándolos, comprobano lo bien que andaba su memoria y apreciando la gran astucia matemática y astronómica que habían utilizado realizando esa complejísima obra.

Por supuesto ellos tenían otra teoría al respecto.

Como fuera, puso ambas manos en la mesa, bajo las tapas abiertas del libro, y cerró los ojos.

"Muéstrame las almas ", pensó, mientras comenzaban a llegar a ella retazos de ideas, un frío indescriptible, gran conmosión, y por fin, luego de un trabajo arduo de depurar todo lo que veía, logró distinguir algunas palabras entrecortadas, sentir la muerte en algunas de las personas que estaban allí reunidas, y la "esencia" de dos de ellos se le hizo molestamente conocida.

Retiró las manos de la mesa. Si aquellos habían sido los ladrones, entonces probablemente habría problemas. Ya muchas veces su gente había sufrido por la ignorancia de los vampiros, y no podía permitir que algo sucediera. A lo mejor no fuera nada; tal vez una broma de algún Hermético aburrido, pero si no era aquello no podía arriesgarse.

Se puso de pie, se despidió del bibliotecario y salió de la biblioteca.

En tres noches en Notre Damme. Suspiró.




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