El sol bañaba la bahía, y los barcos atracados resonaban en su continuo retozar mutuo. Maderos que crujían, cabos que restallaban, marineros que se llamaban mutuamente. Y por encima de todo, el olor a sal del mar y el chillido de las gaviotas. El sol brillaba con fuerza entre los musulmanes, que miraban al hombre con extrañeza. No era habitual ver a un aparente cristiano en sus tierras sin venir a comerciar, pero no hicieron preguntas.
El mercado se abría ante los ojos del hombre no muy lejos del puerto, con todo tipo de productos a la venta en floridos puestos. Frutas exóticas y jugosas, carnes extrañamente especiadas, pescados preparados de modos diferentes, cueros de raros animales trabajados con motivos originales de decoración,... un mundo diferente del que conocía de toda su vida. Casi parecía que no estuviese en la tierra. Los mercaderes lo llamaban a gritos, intentando que comprase sus bienes y productos, pero él no estaba allí para comprar.
No, estaba para empaparse de aquel lugar del que tanto le habían hablado durante el último año. El lugar donde una vez se encontrase el mayor faro del mundo, el ejemplo a seguir. Bajo sus pies, bajo la arena pisada y las coloridas alfombras, se encontraban las ruinas de lo que una vez había sido la civilización más grande de todos los tiempos, por encima de Egipto o Grecia. Sólo pensar en su grandeza, en sus maravillas perdidas, hacía que el hombre se perdiese en ensoñaciones acerca de lo que una vez fue y de lo que una vez será. Sueños de gloria por venir, y trabajo por hacer. Siglos por recuperar.
Y un misterio mayor que ningún otro por resolver: Adelaida, la mujer de los ojos como esmeralda. La mujer que le había contado todo acerca de esta cultura y lugar, la que le había mostrado otro tiempo y otra posibilidad. La que le había dado sentido a la vida de un guerrero empapado en sangre. La que le había dado un objetivo. Y de la que tan poco sabía. Pero ella había prometido que aquí, en este lugar extraño y mágico, ella resolvería todas las dudas.
Y el hombre, en aquel momento de belleza y magia bajo el sol, ignoraba lo terrible que era la respuesta a esas preguntas.
Y el comienzo de las respuestas le llegaron con el anochecer, como estaba prometido.
El lugar era una pequeña mezquita, casi en las afueras de la ciudad, vacía a comienzos de la noche excepto por unos pocos musulmanes que se lavaban los pies en la pila antes de orar. Ella esperaba en el exterior, apoyada en la muralla de cerámica, decorada con la extraña escritura árabe. Sus ojos eran la única cosa identificable a través de las muchas capas de tela y ropa que llevaba, pero las dos esmeraldas eran inconfundibles. Brillantes, peligrosas, misteriosas,... indescifrables. Como el mayor de los enigmas.
El hombre se encontró con ella, pero ella no habló durante un buen rato. Por el contario, se dio la vuelta y comenzó a caminar por las callejas de la ciudad, bulliciosas con actividad aún después de ponerse el sol. Y a las afueras, vacío y sin personas, había una especie de cementerio, llamado Tofet aunque el hombre en aquel entonces lo ignorase. Era mucho más que un cementerio, aunque sólo pareciesen piedras bajo la luna, enmohecidas y cubiertas de hiervas. Grandes cosas había visto aquel lugar, y era de lo poco que quedaba de la ciudad que una vez ocupó el lugar que ambos pisaban: Cartago.
Fue en el centro de aquel mágico lugar, testimonio de un pasado remoto, donde el pacto no discutido fue sellado. Adelaida, volando como una explosión, se enroscó en el cuerpo del hombre y lo llevó al éxtasis de la muerte por desangramiento. Un Beso como ningún otro. Y pronto llegó el Olvido al reclamo del alma del hombre.
Y de entre el Olvido llegó el dolor frío y maquiavélico, violento y agresivo, mortal y revividor... Llovía muerte de vida por su garganta, y ante su mente las imagenes se proyectaron como fantasmas. Aquel mismo sitio, lleno de vida. Aquel mismo sitio, cubierto de cadáveres, fuego y humo. Aquel sitio, cubierto por la sal. Aquel mismo sitio, casi olvidado entre la arena, a la sombra de Tunez.
Cuando el hombre abrió de nuevo los ojos a la luz de las dos esmeraldas, el mundo había cambiado por completo y nunca volvería a ser igual.