View Full Version: La Medianoche

Edad Oscura Paris > El barrio de la Isla > La Medianoche



Title: La Medianoche
Description: Refugio. 2-7-1226


Khando Ezcani - April 21, 2008 02:26 AM (GMT)
Todo había salido a la perfección. Su introducción a la corte Cainita, y como consecuencia a la sociedad de vastagos, la noche anterior había sido todo un éxito.

Khando se movió incómodo dentro de la habitación amueblada donde se encontraba. Finos hilos de telaraña colgaban de los altos techos, y el polvo que se había acumulado sobre los muebles denotaba que la casa no había sido ocupada en varios años.

Khando quitó algunos de los trapos que se habían colocado para resguardar las mesas y los sillones, y los sacudió por unos segundos antes de trarlos una vez más al suelo.

Había llegado tan solo hacía un par de días; desde el Castillo de las Sombras, en Italia, y hasta ayer mismo, se había mantenido en el más absoluto de los silencios. Ahora, la mascarada había caído, y pronto aquel lugar bulliría con vida... y no vida.

Khando camino desde el comedor hasta la sala de estar y abrió las puertas de par en par. Su hogar comenzaba a agradarle de a poco. Pero por supuesto, no era a lo que estaba acostumbrado. Ni se acercaba.

Miró en derredor suyo. Al final de la habitación, había una enorme chimenea, y sobre ella, clavada a la pared, un retrato de una figura humana. Seguramente aquel retratado había sido el dueño de aquel lugar, pero Khando ni intentó imaginar cuanto tiempo atrás este lugar había sido suyo. Podría haber sido una semana o tal vez cien años.

El piso estaba finamente cubierto por una alfombra roja, pero esta tampoco había podido salvarse del paso del tiempo, y se encontraba sucia y rota en los costados. Al fondo, cerca de la chimenea, había un sillón para una persona, y más cerca, u escritorio lleno de papeles al que no le encontraría sentido alguno. Ni le interesaba buscarlo.

Noto que las paredes estaban cubiertas por bibliotecas, y si bien algunas estanterías estaban rotas, muchas otras parecían estar en buenas condiciones. Le sorprendió descubrir que aún contenían libros, y se dio cuenta de que la mayoría de ellos estaban en perfectas condiciones.

Se acercó silenciosamente hacia uno de los rincones, allí donde la madera podrida de la biblioteca había cedido y los libros habían caido al suelo, desparramandose sin sentido alguno. Se agachó y tomó uno de los libros, limpiando la cubierta en un suave movimiento. Volvió a mirar el retrato de aquel hombre, en otro tiempo había tenido nombre, y familia. O tal vez no. Eso ya no importaba. Ahora era solo una imagen de un pasado desconocido. Olvidado.

Haría sacar aquel retrato al día siguiente

Khando Ezcani - April 21, 2008 03:48 AM (GMT)
- "Señor," el sonido de la voz carraspeante de Willhem, el mayordomo, rompió la concentración que Khando mantenía "desea algo esta noche?"

Khando le dedicó una mirada condecendiente al mortal que habitaba aquel desdichado lugar junto a él desde que llegasen. Aunque negó fervientemente con la cabeza, Willhem permaneció allí, parado a una distancia prudente, listo para cualquier eventualidad.

Khando volvió a hecharle una mirada. Willhem Picos, o solo 'Will', como Khando le llamaba, era un hombre alto, pero extremadamente flaco y desproporcionado. Sus brazos eran finos, y parecía que la piel estaba totalmente pegada a unos huesos que de seguro se partirían ante la menor presión. Pero no era unapersona desagradable. Llevaba el pelo bien corto, tal era la moda en aquel momento; y estaba bien afeitado. Aunque ya estaba entrado en años, mantenía una mirada que develaba un ser lleno de energía.

El hombre se había encargado de limpiar el hall de entrada, y de acondicionar los baños, así como de contratar a una familia que trabajaría la pequeña huerta que la mansión tenía en el patio trasero. A cambio, Khando le había ofrecido el cobertizo a dicha familia, que había aceptado, aunque no sin cierto resentimiento ante el extraño.

- "Puedes volver a tu trabajo mi amigo" dijo Khando al mayordomo, quien se retiró asombrado por la muestra de respeto.

Mientras que reiniciaba su caminar, Khando volvió a sus ideas. La Mansión, que no era más que una casa grande, contaba con 5 habitaciones, distribuidas en el segundo piso. Aunque en realidad, la planta baja era dominada por un hall que hacía las veces de recibidor.

Khando comenzó a subir las escaleras que lo llevarían hasta su habitación, y miró de reojo cuando pasó cerca del baño. Willhem se había encargado de limpiarlo profundamente hacía unos pocos minutos atrás. Había hecho un buen trabajo.

Volvió a preguntarse por aquel hombre. ¿Que sucedería si alguna vez se enterase de la condición maldita en la que Khando se encontraba? ¿Acaso prestaría sus servicios tan diligentemente como lo hacía hasta entonces? ¿Y que acaso de la familia que se encontraba bajo su tutela? Los pobres infelices se morirían del espanto si alguna vez se enterasen que su benefactor estaba 'tocado por el demonio'. Sonrió para sus adentros. La ironía de aquella frase le resultó escalofriante.

Finalmente llegó a su habitación, y abrió las puertas decoradas con láminas de oro ahoradesteñidas por el tiempo. Era la habitación más grande de la mansión, pero Khando estaba seguro que la Monarca Saliana tenía baños más grandes que aquel lugar.

Notó que Willhem se había esforzado por sacar brillo aun en los mínimos detalles, y que la luz de la luna entraba clara a través del gran ventanal que daba a la calle. POr suerte, Khando había hecho instalar pesadas persianas con brisagras, y se había asegurado de que poseyese candados. En su momento, había extrañado a Willhem de sobremanera, pero Khando le había explicado al mayordomo, que él sufría una grave enfermedad, por la cual el más mínimo contacto con la luz solar le creaba póstulas y ronchas. Aquella extraña y grave enfermedad ya había matado a su hermano mayor, pues era hereditaria, y lo había condenado a una vida de reclusión. Khando había mentido. Aunque no tanto.

Una novida la había llamado Willhem, y Khando había asentido, conciente de la ironía de aquella situación.

Se recostó sobre la acolchonada cama, pero no tenía sueño, ni estaba cansado. Solo deseaba reflexionar antes de incursar en la noche parisina y adentrarse en lo desconocido.

Khando Ezcani - April 21, 2008 02:35 PM (GMT)
Las horas de la noche corrieron cual río brioso. Pero Khando apenas se percató de esto. Su mirada perdida en el infinito, y su cuerpo entumecido. Se levantó sin más dilación, y se dirigió hacia vestidor privado.

Luego de cambiarse las vestiduras, adoptando un tono más oscuro, pero a la vez elegante, Khando decidió salir a conocer la ciudad. Había visto mapas en la biblioteca secreta del Castillo de las Sombras; pero la mayoría ya no estarían actualizados; la emoción del descubrimiento era muy grande como para oponerse. Eso y algo más.

Muy en lo profundo, Khando sintió al otro. Estaba bien aprisionado, de eso no había duda. Su Sire le había enseñado bien. Pero aun así y todo, el posible temor a que quedase suelto era demasiado para resistir. Debes en cuando, Khando debía darle una muestra al otro. Un infierno carmesí, que lo acompañaría hasta la Noche Final. La Gehenna.

Esperaba estar libre para entonces; pero no se hizo muchas esperanzas. A estas alturas, ya estaba reconciliado con el hecho de que el otro estaba allí en todo momento; aunque en los últimos cien años había permanecido en un estado de semi inconciencia.

Khando salió por la puerta principal hacia la calle. Eran las dos de la mañana, y el frío hubiese helado su corazón si no hubiese sido que él ya estaba muerto. Cerró la capa alrededor de su cuerpo, para aparentar aquella sensación, y comenzó a caminar por las calles de piedra de la isla.

A lo lejos, escuchó el sonido inconfundible de la campana de las iglesias dando la hora. Más acá, un perro callejero se acercó temerosamente, en busca de alimento, pero Khando no tenía nada que ofrecer. Tal vez mañana. El perro se fue asustado, con el rabo entre las piernas. Aquellos animales eran más inteligentes de lo que parecían.

Khando dobló la siguiente esquina, y de reojo vio a una mujer en un oscuro callejón. Una prostituta. Esa imagen le llenó de recuerdos de un pasado del que no podría escapar. Movió ligeramente las sombras que la cubrían y pudo ver con más detalle.

La mujer tendría aproximadamente unos cuarenta años, y el cabello era una maraña cuyo color era indescifrable. Rubio, rojo y blanco se mezclaban a partes iguales. Tenía ojos marrones, pero parecían apagados, ya sin energías. Tenía las manos cruzadas sobre su estomago, y temblaba por el frío; aunque aquel movimiento era casi imperceptible. La mujer vestía un vestido rojo carmesí; aunque desteñido y ligeramente emparchado en algunos sectores. Aquel vestido revelaba dos grandes pechos, que en cierta manera eran desproporcionados para el tamaño de la mujer.

Pero la verdadera acción transcurría atrás de ella. Sobre el fondo del callejón, escondidos a ojos de todos, un hombre y una mujer, consumando el acto en el más absoluto de los silencios.

La mujer que actuaba como campana silbó, y Khando se dio cuenta de que se había detenido en el medio de la calle solo para mirar aquel acto. Notó que entre las manos, la mujer llevaba una pequeña daga. Seguramente, era esa la manera de intimidar a posibles carroñeros y ladrones, aunque dudó de que sea la única.

Khando sonrió, con la intención de mostrarle a la mujer que él no representaba una amenaza. Pero la mujer desestimó aquella actitud.

-“¿Por que mirar si puedes tocar, querido?” – dijo la mujer mientras movía los pechos provocativamente. Mientras tanto, en el fondo, las cosas se había calmado, y el hombre se subía ahora los pantalones, aparentemente satisfecho por el servicio.

Fue en ese momento en que Khando pudo observar con más detalle a la mujer del callejón.

Khando Ezcani - April 21, 2008 02:53 PM (GMT)
Aquella mujer era hermosa. El cabello antinaturalmente lacio, de un color castaño, caía sobre su cara de una manera perfecta. Sus facciones perfectamente simétricas, sus movimientos sinuosos, sus ojos verdosos, el contorno de su figura. Todo encajaba perfectamente en su lugar.

Así habrían de ser los ángeles pensó Khando, antes de darse cuenta, una vez más, que la miraba de una manera sospechosa.

Decidió ponerse en marcha una vez más; pero su mente no pudo dejar de pensar en ella. Corría a toda velocidad.

Sabía que al día siguiente, volvería a pasar por allí, solo para verla por unos segundos. Pero ahora, debía concentrarse en otras cosas. Mañana sería otro día.

Khando caminó sin dirección alguna. Esperando encontrarse con algo, o alguien. Pero no sabía bien que.

Finalmente, su camino lo llevó hasta la Posada del Cuerno Rojo. Aquel lugar donde, según le habían informado, todos los vástagos eran bienvenidos. Decidió entrar y probar suerte.

Pero su mente no pudo olvidar a la desconocida.




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