Con un fuerte tirón de las riendas, Erik tiró de su caballo y lo hizo detenerse. Con pesar, volvió la mirada a la ciudad que ahora quedaba a sus espaldas, extendiéndose por encima de los hombros de su paje y de las espaldas de las dos mulas que cargaban sus posesiones. Años de permanencia en la ciudad iban acumulados en las alforjas y cajas, y más saldría esta mañana. Toda su vida iba en ella.
Pero su vida ahora estaba rota.
Su pasado, sus deseos, sus ambiciones, sus amistades... cortadas de raiz. París cambiaba, y ahora lo expulsaba de su lado. Anna se había muerto. Y ahora tanto Geoffrey como Montalbán habían desaparecido, tras haber advertido que si no volvían a la noche siguiente abandonase París a toda velocidad. Erik no era un cobarde, pero cumpliría su promesa de despedida y abandonaria París.
¿A dónde? Aún no lo sabía con certeza. Aunque de momento regresaría al feudo que había heredado de su Sire. Al aburrimiento y al tedio del pueblo. A su paz y predictibilidad. Ser un Principe rural no era tan terrible, aún cuando se era el único Cainita en muchos kilómetros a la redonda. Le daría tiempo a pensar y habituarse a su nuevo mundo. A un mundo sin nada de lo que quería, amaba o respetaba.
La luz se había perdido. ¿Qué sentido tenía el futuro? Esperaba descubrirlo de regreso en el Sacro Imperio Germano. Y sin embargo, mientras volvía a mirar al frente y espolear a su caballo, no pudo evitar que dos regueros rojos se le quedasen marcados en las mejillas a medida que dos lágrimas se deslizaban por ellas.