Aleksay agradeció como nunca retomar su espada y salir del palacio de aquel bufón que se hacía llamar Príncipe. Caminaba completamente absorto... ¡Qué curioso el destino de los pueblos! ¡Cuán importante era un dirigente competente para alcanzar la prosperidad!
El tzimisce no era hombre especialmente versado en política, pero fácilmente pudo adivinar la situación actual de la ciudad y algunos de sus porqués. Un Príncipe a la defensiva, con ataques impropios de un hombre en sus cabales contra un honroso invitado y que sin embargo se mostraba incapaz de realizar cualquier movimiento contra los salvajes lupinos que se habían adentrado en sus dominios o para localizar a uno de sus vasalllos más importantes. Era ciertamente, una situación insólita.
Pocos latigazos restallaron en la noche antes de que los Voivodas alcanzasen su destino.
Una suntuosa mansión que la siempre ágil y eficaz red de contactos de su Sire. Los carruajes se pararon frente a un grueso muro de piedra de unos cinco metros tras el que tan sólo se veía una parte de la cubierta de la edificación principal y la parte superior de un gran palomar. Las copas de los arboles que se avistaban desde el exterior eran tan sumamente retorcidas y nudosas que le evocaron irremediablemente a su vieja tierra natal del Este.
Sus vasallos ya había abierto los gruesos portones y estaban inmerso en un cíclico y frenético ir y venir cargando los arcones con el oro de su tierra.
En voz baja maldijo al Príncipe por haberlos retenido tanto tiempo. El amanecer llegaría en breve y por falta de tiempo aquel día tendría dormir separado de Erzsébetta en unos rígidos cadalechos.
Era el momento de entrar en la mansión y echarle un vistazo, así se lo hizo saber a su esposa tomándola de la mano.
- Vamos querida. El tiempo apremia. Busquemos un buen lugar para descansar hasta mañana.
FDI: Perdí un post ¬¬ Ahora quedará pequeño y feo. ¬¬
Por fin. Por fin habían salido de aquel lugar corrupto y terrible, lejos ya de la vista del maldito Ventrue, que en nada le recordaba a sus congéneres orientales. Una idea traviesa y malévola cruzó su mente, al coincidir en que era, de algún modo, más parecido a los Dragones que a los Ventrue. Sí, estaba claro que la comparación sólo tenía sentido desde un unico punto de vista. Y sin embargo allí estaba.
Suspiró, aferrándose con ambas manos al brazo fornido del Antiguo que tanto amaba, y juntos atravesaron la verja que conducía a su nuevo hogar. Como Aleksaey, ella sintió la simpatía por el lugar de manera inmediata: los árboles susurrantes, las piedras precisas y toscas, con una antigua elegancia que en el mundo occidental había desaparecido con el devenir de la Iglesia y su poder magnánimo.
Y entonces sonrió.
-Creo que el regalo no entregado, quedará bien si lo ubicamos frente a la ventana de nuestra habitación.
Aleksay, hacía una hora, debía haberse preguntado porqué la dama Tzimsice no había completado sus presentes. Estaba claro que no regalaría a sus hijos preferidos, monstruos vegetales, a un indigno.
La primera vez. Ahora empezaba su nueva vida.