Sola entre las frías losas de piedra oscura y verdosa, Mnemach de Nosferatu avanzaba. Muchos pensaban que el subsuelo de París poseía innumerables pasadizos y salas, más allá de las cloacas que construyeran los Romanos en su momentos. Para Mnemach no había duda de su existencia, pues eran como sus velas y tendones.
Sus pasos sin ruido en la totalidad oscuridad la llevaron a una sala de techo bien alto, en su centro un lago de sucia agua estancada. Aquel era un lugar casi olvidado por la Nosferatu, pues durmiendo no podía seguir con la tarea de mantenerlo, pero sabía que el poder de su sangre perduraba incluso en las décadas.
Sus milenarios ojos dieron con su objetivo y lo llamó. Algo se desprendió del techo y se dejó caer sobre el suelo y ante ella. Era grande y peludo, y sus alas coriáceas eran negras y maltrechas. Un ser de pesadilla que tenía más años que la mayoría de Cainitas de Paría, una mascota de terribles capacidades e inteligencia afilada.
Mnemach lo besó en la frente y acarició con mano de madre. El respondió con una serie de grititos de jubiló. Que aumentaron cuando la Nosferatu se abrió la muñeca y le dió de beber.
Una vez saciado, o quizá una vez la Nosferatu le retiró el sustento, la criatura se agazapó esperando ordenes.
- Vé al sur... . - Dijo Mnemach mientras observaba a los casi inexistentes ojos de la bestia.
Y Mnemach cayó al suelo.
Y la bestia se estremeció al notar como su Señora entraba en su cuerpo y tomaba posesión de "todo".
El terrible murciélago aleteó y salió volando a gran velocidad. Salió despedido por el pozo seco de una casa derruida de Le Vilé y desapareció en la oscuridad de la noche.
El viaje sería largo.