Su hogar, donde todo sucedía. En alguna época había sido el hogar también, de su único amigo, Trang Oul de Capadocio, el Sabio. Ahora sólo quedaba ella. Un pensamiento lúgubre y desafortunado, si se tiene en cuenta que era falso, y tan sólo acomodado por convenicencia.
Suspiró, sentada sobre un muro, observando a la gente pasar, ignorante de su poder o de su presencia. Cazar hombres era, sin duda, lo único que pensó nunca haría. Por que sí, lo había pensado, cuando era joven y se había escandalizado por la maldad de sus protegidos.
Violadores, asesinos, e incluso maldades más propias de los Condenados que de los hombres.
Suspiró, de nuevo, viendo el mundo pasar a sus pies, a la espera de que algo sucediera.
El echo más destacable de aquel barrio era la presencia de jovenes estudiantes que deambulaban arriba y abajo dispuesto a ir asus clases, o a alejarse del pesod e los estudios corriendose una buena jeurga. Y ese era el caso del último grupo de mozos que aburridos parecían acechar a una joven chica, que por lo visto poseía demasiados encantos al descubierto como para que la dejaran apsar. En una proporción de tres a uno, la cosa no podía acabar bien, pues la mujer empezaba a verse arrinconada por los 3 muchachos. E intentando mantener la calma, para no mostrar temor, los acuciaba para que la dejaran empaz. Pero esa no parecía, para nada, su intención.