En todos los rincones de París había seres detestables; seres hechos de carne y huesos, pero con almas pérfidas, que abusaban de los inocentes campesinos, obligándolos a partir sus espaldas por un mendrugo de pan.
Eran esos avariciosos, verdaderos peligros para aquellos que no tenían quién los defendiera, o que no podían hacerlo por ellos mismos; debía encontrarlos, al menos a los necesarios, y esa tarea sería tal vez la menos complicada de todas. En aquel mercado abundaban los ladrones de calibre mayor, los usureros, e incluso tal vez contase con suerte y encontrara algún sirviente maldito de un Massasa.
Recorriendo el mercado como cualquier otro campesino, Isolda osbervaba, acercándose de vez en cuando a algún puesto, o navegando en las débiles mentes en busca de la información que le era necesaria.
Largas eran las horas que pasaban antes d epoder reunir un atisbo de información decente. Pero finalmente lo que la maga pudo ver, era que en mayor parte los mercaderes de la zona eran hombres y mujeres con negocios propios, y que los campesinos que acudían a comprar algo, tan solo tenían queja de sus señores feudales, por no pagar en demasía sus esfuerzos.
Por otro lado, algún que otro hombre y mozalbete se hallaban apartados en un rincón realizando apeustas y gastando su dinero en juegos y vino.