Los húmedos calabozos resonaban con los maullidos, las protestas y los quejidos de aquellos encerrados en ellos, pero eso a Marlene no le importaba. Invisible como siempre, se deslizaba por ellos con la comodidad fruto de una no-vida entera transcurrida bajo tierra, en pasadizos más tortuosos, complejos y terribles que aquellos. Y además, tenía cosas que hacer, no era momento de tirar el tiempo.
Detrás de ella, taciturno, caminaba Montalbán. Obviamente no veía a la Nosferatu, pero sabía que ella caminaba ante él porque lo había dicho y, de vez en cuando, permitía que un breve atisbo de su persona fuera visible al Brujah, para que no se sintiese solo.
Al final del pasillo había una zona con celdas diferentes a las demás, de una fuerza y resistencia que habrían opuesto problemas a los más fuertes de entre los Brujah. Quizás ni siquiera Lord Castellar fuese capaz de abrirse paso a través de esas recias puertas de hierro y madera, y aquellas dobles paredes de piedra. Sólo había una de aquellas celdas ocupada en aquel momento, y aquella era su destino.
En estos momentos la celda estaba silenciosa, pero los aullidos y gritos que salían de ella desde hacía semanas se habían vuelto casi parte del panorama habitual de los calabozos. Si alguno de los allí encerrados fuese jamás puesto en libertad, pronto circularían rumores sobre los calabozos encantados y los aullidos sobrenaturales.
Y no era para menos.
Encerrado en aquella celda se encontraba un hombre lobo. Fuertes grilletes de acero afilados como cuchillas lo mantenían en su posición, impidiendo que pudiese cambiar de aspecto si no quería perder sus extremidades, cercenadas por esos grilletes. Cadenas lo rodeaban, con púas afiladas clavadas en su carne. Y diversos otros aparatos y elementos lo rodeaban, claramente habiendo sido utilizados no hacía más que un par de horas. Incluso a Montalbán, curtido en los campos de batalla durante años, aquello le revolvió el estomago muerto y vacío que tenía en su interior.
Y de entre ellos surgía un amasijo de carne sanguinolienta, destrozada y en jirones, una vez llamado hombre. Su cuerpo trataba de recuperarse de las mutilaciones sufridas con una enorme rapidez, lo cual sólo aumentaba el disfrute de su torturador. Montalbán sabía que el lobo aún no había dicho nada de importancia, pero también sabía que lo acabaría haciendo. Nadie aguantaba estas condiciones indefinidamente, y si se cansaba de esperar, el Príncipe mandaría que lo Abrazase el propio Brujah probablemente.
Ahora traían el nuevo juguete. Según la bruja que los había visitado hacía unas noches, aquella espada bañada en plata debería ser extremadamente dañina para los lobos. Era hora de comprobarlo. Desenfundó con rapidez y mostró la espada al lobo.
Y supo que era cierto. Ni siquiera hacía falta aplicarla a la piel del lobo, sólo su mirada de terror lo demostraba, y cómo se agitaba con sus escasas fuerzas contra sus grilletes para apartarse. Pero no habría misericordia. No contra uno de los que había matado a Trang Oul y había lanzado a la ciudad en su actual espiral de destrucción y locura. Con una sonrisa terrible, Montalbán pidió a Marlene su crucifijo de plata, un pequeño colgante que la Nosferatu llevaba desde pequeña. Y con la misma sonrisa se acercó al lobo y le colgó el crucifijo de su piel, viendo con interés cómo la piel se ennegrecía, quemaba y agitaba.
Incluso practicó algunos cortes con la espada para ver el efecto. Devastador. Finalmente, dejó la espada con el resto de los elementos de tortura y, juntos, los dos Cainitas regresaron a la superficie. La espada quedaba para el torturador, y aunque la Nosferatu había recuperado su crucifijo, el Brujah se encargó de anotar mentalmente que había que encargar grilletes de plata. Probablemente estuvieran listos rápido, con la influencia y el alcance del Príncipe.
Y el lobo cantaría. Claro que cantaría.