La calle de los plateros estaba bastante abandonada a estas horas de la noche, pero Geoffrey conocía varios orfebres y había conseguido que uno de ellos estuviese esperándola esta noche. Así que Marlene avanzó invisible por las carreteras, en dirección a aquel modesto establecimiento todavía iluminado.
Reginald el Platero esperaba en su interior a escuchar el encargo, y Marlene adoptó el aspecto de un distinguido caballero al servicio del Duque para presentarse ante él. Estaba claro que ir de mujer, a estas horas de la noche, no sería adecuado, y no quería más problemas de los estrictamente necesarios.
Con las palabras justas, indicó al joyero que lo que deseaba era que recubriera la espada que le entregaba con plata. El hombre, ciertamente, no entendía por qué, pero sabía que los nobles a menudo eran bastante extraños y a veces deseaban la cosas más raras sólo como ornamentos. Al fin y al cabo, nadie usaría una espada bañada en plata en combate, eso estaba claro, pero como demostración de riqueza...
Tras dejar el encargo ordenado, la Nosferatu abandonó el establecimiento y volvió a fundirse con las sombras. Tres noches después la recogería, ahora tenía otras cosas que hacer.