View Full Version: A Solas en la Noche (30-6-1226)

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Title: A Solas en la Noche (30-6-1226)
Description: Casi al amanecer


Geoffrey - January 28, 2008 05:02 AM (GMT)
La ciudad, debajo de él, se preparaba para despertar. Había sido una larga noche, pero sería la última que la ciudad viese así, aún pese a la ignorancia de los mortales. A la noche siguiente, la sangre cubriría el sótano de la ciudad, y la nueva traición se consagraría.

Máximo, quien una vez había sido casi su hermano, se alzaría contra él. Y Zack, con quien una vez estuviese enemistado, era la clave de todo, el punto sobre el que el destino de la ciudad pivotaba. Irónico, un Bajo Clan determinaría el destino de la ciudad en medio del enfrentamiento entre dos Altos. ¿A cual de los dos traicionaría el Nosferatu?

¿Recordaría su antigua amistad? ¿Recordaría el dolor que le había causado su traición con el Abrazo de aquel Chiquillo? ¿Recordaría que todo, al fin y al cabo, lo había iniciado él? Y, más importante que todo ello, ¿realmente entendía? ¿Entendía la importancia del cambio? ¿La importancia del gobierno fuerte?

O simplemente, como tantos otros, ¿se quedaba sólo con la apariencia exterior? Lo había notado en los ojos de Erik y, especialmente, de Montalbán. Icaro no había podido ocultar que lo reconocía tampoco, y tantos Cainitas de la ciudad cuchicheaban a sus espaldas. Él lo sabía. Había visto las sombras, había leído las tenues respuestas a su llamada a levas.

Casi podía sentir el pulso, el latido, de París como el suyo propio. Y París, inconscientemente, guardaba el aliento. Se debatían entre un Príncipe que no entendían, y un traidor cuyo camino final nadie conocía realmente. ¿Qué esperaba a París tras el ascenso de Maximo al Principado? Un Príncipe Lasombra tan lejos de los Mares de las Sombras era un Príncipe vulnerable. Suelto entre Ventrues y Toreadores, pronto crecerían las conspiraciones. Y Maximo desconocía demasiados secretos, demasiadas leyendas e historias que Alexander había susurrado a Geoffrey.

Por un momento, sus ojos vagaron por la oscuridad de la ciudad durmiente, sobre los dos ríos negros que rodeaban la Ile de la Cité antes de reunirse, sobre las construcciones a medio terminar... hasta llegar a la torre sellada.

Su respuesta, sólo suya, estaba allí. Rosa. El comienzo de todo.

Geoffrey - January 29, 2008 01:59 AM (GMT)
La torre estaba tal cual la había dejado la última vez que había entrado a dejar el Hueso. El polvo en las escaleras mostraba que nadie había entrado, y el continuo agitarse de las moscas daba al ambiente una cualidad casi mística. Como si hubiese sacado del sueño, o la pesadilla, de alguien. Las escaleras de piedra giraban sobre si mismas mientras alzaban al Príncipe hacia la cima. Hacia el lugar donde, años atrás, había tenido la discusión que había llevado a la caída de Alexander. Hacia el lugar donde Rosa, la culpable de todo, todavía aguardaba.

La puerta de roble recia no había sido abierta, y la luz de la luna veraniega la iluminaba como algo irreal. Como salida de las sombras de un sueño, de las nieblas de una noche en el río. Aún desde este lado de la puerta podía sentir los dos poderosos objetos que se encontraban del otro lado: la rosa con el alma de la Toreador, y la quijada con la que Caín había matado a Abel. Los sentía pulsar, sentía cómo su poder embargaba la Concergerie, los sentía moverse, removerse y pensar.

¿Qué sentían? ¿Qué pensaban? Eso no lo sabía, pero sabía que lo hacían.

Aguantando la respiración conscientemente (como si alguna vez necesitase respirar), empujó la puerta con fuerza. Al principio se resistió a abrirse, como si alguien la sostuviese, pero luego cedió con un crujido y un chirriído agudo. Como dándole una dolorosa bienvenida.

Geoffrey - February 1, 2008 07:44 AM (GMT)
Fue más fuerte que nunca, casi como un impacto fisico. Simplemente era una rosa en un pedestal, y una quijada antigua. Y, sin embargo, notó su poderosa presencia. En ella se mezclaba la esencia de su Sire, la amargura y la locura, el amor, y el alma de Rosa. La caída del gran líder de la ciudad, el ascenso de Geoffrey, el fin de una era y el comienzo de otra. Todo eso simbolizaba la rosa, y todo eso transmitía.

Y el Hueso era todavía más poderoso en ese sentido. La ira de la venganza, la destrucción del primer ser humano nacido de otro, el castigo de Dios... Simplemente sus cercanías hacían que la Bestia del Príncipe se agitase contra sus barrotes con una fuerza tremenda, potenciando los miembros del Ventrue hasta límites que ni siquiera sabía que eran posibles. Pero con la cercanía del Hueso sabía que era invencible. Daba igual dónde en París, su poder lo protegía siempre y cuando actuase con inteligencia, pues no lo hacía invulnerable, sólo superior a su forma anterior.

Y eso era lo que necesitaba ahora.

Cerró la puerta tras él y caminó con lentitud, casi reverencia, hasta la rosa. Casi parecía brillar por si misma en la tenue atmósfera de la sala. Y pensar que por ella había comenzado todo. Ella que había "huido" con el Brujah que tan sólo seguía órdenes de Geoffrey. Ella que al final había sido rescatada por su Sire, ya completamente demente. Ella era la culpable de todo. ¿Qué había tenido, para afectar así sus mentes? Ni siquiera su señora, Salianna, tenía ese poder...

Y ahora, en la oscuridad débilmente iluminada por la luna, Geoffrey carecía de respuesta. Y la rosa no parecía capaz de dársela. ¿Qué vendría? ¿Qué debía hacer? A medida que se aproximaba el momento, cada vez estaba menos seguro de todo.

Zack había venido a él, ciertamente, pero había estado demasiado dispuesto a ayudar. Quizás era porque su honor le impelía a intentar recuperar su antigua amistad, y a congraciarse con el Príncipe pero... ¿y si era el siguiente paso de la conspiración de los Lasombra? Lo había pensado ya mientras discutía con Zack, pero había que arriesgarse, era la oportunidad de jugar con una gran ventaja. Sin embargo ahora, en la oscuridad clareante previa al amanecer, ya no estaba tan seguro.

¿No estaría el Primogénito Nosferatu demasiado resentido? Al fin y al cabo, de la última reunión de Primogénitos se había marchado enfurecido... Y además, luchar en las catacumbas era un gran riesgo para todos, que ponía todo en manos de los Nosferatu. ¿Estarían ellos planeando un golpe propio, eliminando a ambas facciones juntas en el mismo combate?

Ciertamente, no era una perspectiva halagüeña, y a medida que se aproximaba el amanecer, se encontraba con menos argumentos en contra.

Geoffrey - February 3, 2008 03:44 AM (GMT)
Pero el Hueso también lo llamaba, así que acudió al lado de aquella milenaria quijada. Aun cubierta de polvo resultaba tan impresionante como cuando la había robado de aquella sala protegida del Rey. Y sin embargo, desde ese momento ya había sabido que era suya y de nadie más, y nadie osó interponerse.

Ahora con la quijada delante, casi parecía fragil. Pequeñas grietas, fruto del tiempo, ribeteaban numerosos puntos, y varios de los dientes se habían caído con el transcurso de los siglos. Pero, pese a ello, aún se podían ver las más que resecas manchas de sangre de Abel. Eran ya parte del hueso, casi parecían mohosidades crecidas con la intemperie y la lluvia, pero su tono rojizo las delataba. Y en ellas se notaba con mayor fuerza la ira.

Casi se podría decir que el Hueso tenía su propia Bestia, ¿o quizás era el alma de Abel atrapada en él? Eso no lo sabía, ni importaba. Pero sus susurros si que eran claramente audibles para él. No eran palabras, no eran pensamientos coherentes siquiera, pero seguían transmitiendo un mensaje igualmente.

Y el mensaje era que él era fuerte, que podía con cualquier reto, que su mente era más que capaz de enfrentarse a todos los duelos que viniesen. Que era hora de demostrar al mundo su poderío, su fuerza, su valentía y su valor. ¡Que temblasen al oir mencionar al Príncipe de París!

Con fuerza y decisión caminó hasta la ventana, asomándose de nuevo sobre la ciudad durmiente. En algunas partes comenzaban a verse las luces de hogares que comenzaban su rutina diaria. No le quedaba mucho tiempo.

Geoffrey - February 13, 2008 01:32 AM (GMT)
Finalmente, sus pasos lo alejaron del Hueso y lo llevaron frente al ventanal que se abría a la ciudad debajo. No era muy grande, pero si lo suficiente como para asomarse entre la estrecha piedra y sentir el viento en su rostro, un viento frío e inhóspito. Curiosamente apropiado, y tranquilizante. En lo alto, algún depredador nocturno lanzó un chillido agudo, quizás llamando a una pareja o amenazando a sus presas.

Un depredador nocturno, en las alturas, tal como él observava la ciudad debajo de él.

Pero no podía quitarse el persistente sonido en su mente de las piezas de alguna maquinaria que se moviesen, como accionadas por los estudiantes de un gremio ciego y todopoderoso. Y eso pesaba en sus hombros. Siempre había pensado que era el peso del poder, su corrupción, su tentación. Pero se equivocaba, finalmente lo entendía.

Era el peso del Destino.

Pero era el Destino prometido, la gloria e importancia dejada delante de él si él se hacía merecedora de ella. No tenía la seguridad de una profecía detrás que lo protegiese, que le dijese "harás esto de esta forma". No, era libre, como todo humano por decisión Divina.

Y debía estar a la altura de su Destino. Un destino que tenía como siguiente paso importante la lucha bajo tierra de la noche siguiente.




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