La noche era fría, y el viento de las alturas sacudía sus ropas. Un velo negro, de luto, acompañado por oscuras vestimentas propias del funeral más rico que ella podía permitirse.
El suyo.
Lágrimas rojas habían pintado las dos líneas verticales en sus mejillas. Dos líneas para dos vidas que había tenido. La primera había finalizado con un cambio, la segunda traería un final definitivo. El infierno. Dios no perdonaba a los que eran como ella. ¡Se sentía tan sucia! ¡Violada! ¡Usada! ¡Manejada!
Debería decirselo a Geoffrey antes de todo. Debería hacerlo, pero era incapaz. Casi lo intentó una vez, y sólo verlo de lejos le había revolvido tanto el alma y el cuerpo que había tenido que huir. No podía decírselo, a él ni a nadie.
Lo intentó combatir, y controlar, durante horas, pero estaba claro que era imposible. No podía limpiar de su mente, alma y cuerpo, el recuerdo de lo que había ocurrido, de lo que la habían hecho hacer, de todo lo que había destruido. Era hora de finalizarlo todo. Todo estaba dispuesto.
Desde abajo parecería una sombra, un pájaro grande, pero en realidad era una bella mujer cayendo con fuerza desde la torre más alta de uno de los lugares más sagrados de París, llamado a ser centro de peregrinación y devoción. Era una mala señal, una mala promesa para un santo lugar que acababa de abrir.
Por suerte, sólo quedaron unas ropas y unas cenizas como prueba de que algo jamás ocurriese allí. El cuerpo voló con fuerza contra unas rejas, y la cabeza se separó finalmente del cuerpo. Y en un breve momento, el tiempo reclamó lo que le había sido negado, y la muerte reclamó finalmente un alma huida.
Anna ya no existía.