Viene de
aquí.
La noche había caido hacía ya mucho tiempo. Surcando el aire a gran velocidad iban Isolda y su esclava rocosa. Observaban; Isolda conocía bien aquellas tierras, y conocía las mentes de los hombres. Sus días transcurrían perezosos encerrados en su Sanctum, sometiéndo su mente y su Ser despertado a continuo reto, a continuo estudio.
En sus ratos libres vagaba en las mentes de las Durmientes que habitaban los alrededores de la Capilla, enfrentándose cada vez con las desconcertantes evidencias de Sueñor, Ira y Maldad más propios de creaturas de las Pesadillas, de la Noche, que de los pensares humanos.
Y lo disfrutaba. Oscuramente lo disfrutaba. Y finalmente había llegado el momento de la elección. Ella había sucumbido al Amor de doble faz y ahora debía pagarlo, con la primera de muchas muertes; quizá incluso las muertes que causaría serían poco con otros males y sufrimientos mayores. Pero Isolda confiaba en la persistencia de los Hombres.
Y allí estaba. El motivo de la visita. El infeliz que hoy moriría para dar vida en la tierra a un ser Mayor, que siempre había estado; atemporal en su encierro de fuego en los Otros Mundos que los Hombres ignoraban.
Su historia era sencilla, y su mente malévola. Muchas habían sido las campesinas que habían sido mancilladas por su voracidad lujuriosa, e Isolda, observante siempre, le había dejado ser. Y lo hubiera dejado hasta su muerte en la ancianidad, si esa noche aquella vos no se hubiera presentado.
Desde los aires, ocultas ella y su esclava, Isolda revisó los alrededores; la soledad en la que el cazador husemaba a las desprevenidas doncellas sería su muerte.
Descendieron ambas a muchos metros, y aunque Löw permaneció oculta a los ojos mortales, Isolda, tomando la forma de una jovencita, se presentó distraída, a varios metros del soldado, pues esto es lo que era, cargando un cesto de mimbre lleno de ropajes.