La carreta se detuvo. El taller que había alquilado era pequeño pero propicio; aquella calle no estaba tan atestada de casas y otros talleres; al menos había otros dos Maestros Artesanos cerca a él, lo que desde luego le gustaba.
La puerta del carruaje se abrió, y salió de él un hombre austero, de ceño fruncido y cabellos que ya dejaban ver lo anciano que se estaba poniendo. No tenía sin embargo tantos años como aparentaba: era simplemente la falta de sol, la falta de sonrisas, las preocupaciones e interminables proyectos rondando su cabeza. Vestía botas y pantalones españoles pero sin ninguna pretención; bien vestido para ser un campesino, pero con más sencillez que los burgueses artesanos franceses. En lo negro oscuro de sus cabellos que aún no se volvían blancos, y en el aire mediterráneo de su piel se adivinaba su origen español.
Detrás de él bajó otro hombre, más robusto y de gesto indiferente como la pared, un sirviente sin duda.
Detrás de aquella carroza llegaba otra, llena de cajas y jarrones.
El español alzanzó la puerta en pocos pasos y desapareció tras ella. El sirviente entró, durante un par de horas, caja por caja y la puerta se cerró al Barrio Latino, que se preguntaba con curiosidad sobre la identidad de los recién llegados.