View Full Version: Viejos dichos (23-6)

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Title: Viejos dichos (23-6)
Description: divagaciones personales


Geoffrey - July 12, 2005 06:30 PM (GMT)
Geoffrey estaba en la torre norte de la Concergerie, observando la silenciosa ciudad a sus pies. El agua sucia del Sena aun brillaba suavemente en plata bajo la luna, y las pocas casas que aún tenían alguna luz parecían luciérnagas de oro prendidas contra las espesas capas de construcciones de piedra y madera. Y más allá de esas capas superpuestas, la impresionante mole del Louvre y las luces de la Corte Real que se acostaba. En algún punto del patio de armas bajo él, unos guardias hacían patrullas, y sus cotas de mallas titineaban suavemente.

Y, sin embargo, Geoffrey se veía muy lejos de todo. Por encima, si, pero separado de manera inevitable. Habia gente que daría su no-vida por él; ejércitos capaces de abalanzarse en el campo de batalla a un baño de sangre en su nombre; gente cuyas acciones y actitudes se amoldaban a las de él. Y él, a todos, les recompensaba y devolvía el gesto gobernando con honor y lealtad. Ciertamente, era un buen gobernante, y lo sabía.

Y, pese a todo, aquella noche en la torre se sentía a tanta distancia de todo que casi parecían mundos diferentes. En algún lado del castillo, Montalbán impartía órdenes a sus hombres, e Icaro sería más que capaz de proporcionarle cualquier cosa que pudiese desear. Y, sin embargo, ello no bastaba. Solo su férrea convicción en el Camino que seguía le permitía continuar.

Casi sin darse cuenta, su mirada fue avanzando por el paisaje hasta encontrarse centrada en la torre principal del castillo. La torre prohibida. Y, con ella, la memoria de su Sire exiliado. Solo ahora comenzaba a comprenderlo, todos sus sacrificios y su dureza. Era cierto que había sido un hombre duro y exigente, quizás incluso algo cruel, pero apoyado a solas en el alfeizar de la ventana se daba cuenta que el camino del gobernante a menudo imponía eso como costes. Era el precio del poder y de la soledad. El error de caer del delicado hilo por el que caminaba, y que inevitablemente había llevado a su Sire a la locura. Alexander, cuya obsesión por lo único que lo había llenado había llevado a su amada y a él mismo al más trágico de los finales y había colocado la ciudad que él mismo edificase y desarrollase a la situación actual.

Y los mortales, decenas de metros más abajo, dormían ignorantes en sus jergones, ignorantes de que su destino pendía de un hilo tan complicado de mantener estable como una pluma que navegase hacia un destino concreto en medio de un torbellino.




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