View Full Version: La llegada -o una masacre silenciosa

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Title: La llegada -o una masacre silenciosa
Description: 1/1/1225 -Flashback


Isolda Lamartine - July 9, 2005 11:16 PM (GMT)
Acababa de salir el sol en el horizonte, y el paso de Renne, el caballo de Isolda, se hacía cada vez más lento.

El viaje había sido extenuante, y ya había comenzado a olvidar todos los nombres, todos los colores y todos los olores de tantas tierras que había visitado. Sólo deseaba regresar a su París natal. Era, en parte su deseo, y en parte su obligación y su responsabilidad.

Había aprendido de los mayores, y estos, reconociendo su impresionante capacidad mágica, habían aceptado darle el título que ahora ostentaba para París.´

¿Por qué esa ciudad? No había una razón a priori para sus Maestros, casi todos alejados completamente de las que habían sido sus vidas hasta su Despertar. Pero Isolda era en ese sentido completamente diferente.

No era una tonta sentimental, de ningún modo. Simplemente era una mujer incapaz de olvidar, y agradecida como estaba por la posibilidad que ahora tenía -gracias a su familia-, deseaba compensarlo de algún modo: pasando tiempo con ellos -que nunca había sucedido en el pasado-, o contándoles sus historias de viajes, mundos y culturas; o relatándoles fantasiosos encuentros con criaturas imposibles, las verdades y mentiras sobre los unicornios, los dragones y los muertos.

Suspiró de felicidad cuando al superar la última colina vio a lo lejos extenderse la larga vena del Sena, rodeada de múltiples avisperos humanos. Con la vista ubicó el lugar donde había nacido, y sonrió contenta: seguía tal y como estaba.

Ni por un instante se giró para ver la vastedad del resto de la ciudad, perdida entre las cúpulas de las altas Iglesias y de los castillos, y acariciando el lomo de Renne apuró el paso todo lo que podía.

Isolda Lamartine - July 9, 2005 11:22 PM (GMT)
No podía olvidar sus posición, y no podía olvidar ciertas cosas que eran en extremo importantes para su supervivencia, al menos entre el mundo de los humanos.

Detuvo el caballo frente a Le Ictus, y luego de tocar con delicadeza esperó a que le abrieran.

Al poco un monje entrado ya en años abrió una pequeña ventana en la puerta, y al observar a Isolda dudó, pero guardó silencio.

La Magus observó al hombre, sonriendo. Sacó de entre sus papeles una carta y la mostró en la ventana. Luego se escuchó al monje abrir la puerta a toda prisa.

[...dejo esto así pues aún hay detalles que arreglar...]

Dejó el caballo en el establo, saludó a quienes tenía que saludar, y luego de cambiarse las ropas de viaje y de tomar algo, salió a toda prisa a buscar a su familia.

Llevaba cerca de diez minutos caminando por aquellos desolados callejones, cuando recordó lo desagradable que era vivir allí, en pequeños cuartos, para y por alguien que sólo le daba golpes a su gente en cuanto tenía la oportunidad, recibiendo en el aire todo el día el sol fuerte y la inclemencia del clima.

Sí, tenían que comer, pero eso no significaba que fuera menos desagradable.

Por momento olores malsanos llegaron a su rostro, peros u felicidad era mucho más grande que cualquier contratiempo que pudiera presentársele.

Isolda Lamartine - July 9, 2005 11:28 PM (GMT)
Sin necesidad de preguntar a nadie encontró la casita en la que había nacido, y donde sabía que seguía viviendo su familia.

Rcordaba las casas vecinas, y podía jurar que incluso algunos rostros se le hicieron familiares. Recordaba el paisaje desde el portón de su casa, recordaba el olor desesperante cuando el sol estaba en el Cenit, recordaba las regañinas de su madre, la espalda cansada y trajeada de su padre, las risas de sus hermanitas.

Rcordaba que jugaba con algunos niños -a los que confió secretos y sueños infantiles- al borde del río, o en los lindes del bosque. Recordaba que su infancia había sido muy feliz.

Incluso recordaba el vestido que su Maestro llevaba el día que apareció en su casa diciéndole a su madre que ella era especial y que no podía desperciarse su potencial.

Suspiró.

Se acercó temerosa a la casa, y cuando puso su mano en el portón, una voz le pidió que se detuviera.

Isolda Lamartine - July 9, 2005 11:46 PM (GMT)
Isolda se giró.

Frente a la casa había una anciana bastante dec´repita, que miraba con el rostro ligeramente entornado hacia la derecha. Era evidente su incapacidad para clavar la mirada en su sólo sitio. Su piel estaba curtida por el sol y los malos baños, por las enfermedades y quién sabe qué otras cosas.

Sus vestiduras deshilachadas y sucias indicaban en dónde estaba en la posición social. Olía a tierra húmeda, y sus uñas llenas de mugre indicaban que seguramente su trabajo sería en el campo.

Era verdaderamente diminuta, podría decirse incluso que era algo enana. Sus manos alargadas a sus lados -más largas de lo normal, según notó Isolda- parecían permanentemente estiradas hacia adelante, en posición de súplica y reclamo. Caminaba despacio, y sus piernas, mucho más cortas y tullidas, terminaban de completar el cuadro de la anciana, que sin duda tendría 60 años -algo sin lugar a dudas excepcional en esa época en una mujer de sus condiciones-.

¿Cuántas cosas no habrían visto aquellos ojos marchitos, cuántos consejos sabios no habrían dado esos labios resecos encuadrados en una boca casi sin dientes? ¿Cuántos niños habrían amamantado sus senos, cuando eran aún juveniles y frondosos? Seguramente nunca había visto un atardecer en los reinos moros, ni habría leido nunca una palabra en latín, y a lo mejor ninguna en francés, pero la manera en que miraba y esa sonrisa que parecía enquistada en su boca, delataban sabiduría, de esa que no es posible conseguir leyendo un libro.

-Si busca a los señores Terrein, pierde su tiempo niña, pues en esta tierra ya nunca más van a estar.

Isolda se quedó congelada. ¿Qué era lo que estaba diciendo esa mujer? Negó con la cabeza, sorniendo a la mujer, mientras se acercaba a ella. Había un aire conocido en su figura, pero tantos años después sería imposible decidir a quién pertenecieron en el pasado.

-Señora, debe usted estar equivocada. En esta casa viven los señores Terrein, como bien ha dicho, en compañía de sus tres hijas. Pero ellos deben estar aquí. ¿Sabe en qué campo trabajan, señora?

Había una razón por la cual Isolda estaba segura de que allí encontraría a sus padres. Había tenido un sueño. En una persona normal, seguramente esto pasaría desapercibido, o sería tomado como un aviso. pero para la Magus aquello no era sino una confirmación que recibía, de algún lugar, de que en efecto sus padres estaban bien. Había sido hacía tres noches, cuando el cielo de París aún estaba lejos en el camino. Pasaba la noche en compañía de una caravana de comerciantes, y había visto claramente cómo su madre servía pan duro a sus hermanas. Allí no había ninguna falla.

La anciana habló de nuevo. -¿Es usted la niña Terrein, eh? Pues debo decirle, querida hija, que hace dos noches sus padres y sus hermanas enfermaron. Era una enfermedad maligna, que hundió sus ojos y les provocó líneas negras en todo el cuerpo. Su pelo se calló, y en un día y medio los cinco ya estaban muertos.

Aquello fue más de lo que pudo soportar. Se dio cuenta de que todo se hacía negro, lentamente, y las voces de aquella anciana maldita se repetían en sus oidos con insistencia y sin piedad.

Cuando abrió los ojos de nuevo ya no estaba en la calle.

Isolda Lamartine - July 10, 2005 02:57 AM (GMT)
Arriba pudo ver un techo caido y con humedades en varias partes. Estaba bastante oscuro ya, y un calor que la alejó por un momento de esas tierras y de esos recuerdos la hicieron sonreír, pensando que todo aquello había sido sólo un sueño.

Sin embargo la voz de la maldita anciana la trajo de nuevo a la realidad. Isolda se giró sobre el camastro. Tenía en la frente algunas hojas recién sacadas de una olla, y el abrigo estaba en un butaco de madera en una esquina del reducido recinto. Y era en verdad reducido: podía ver una sola cama, una mesita para dos personas y dos butacos, en uno de los cuales estaba la anciana cuidando algo que tenía en el fuego.

Cantaba con una voz aguda como de pájaro una canción popular de aquellas tierras, con las que alentaban las mujeres a los hombres en el trabajo. Chillaba, por momentos, como una rata, pero recuperaba su tono de pájaro en cuanto se daba cuenta.

Cuando se sintió observada, giró con una sonrisa agradable -todo lo agradable que puede ser una sonrisa en alguien mueco, claro está-.

-Veo que ya está mejor, hija. Dijo, mientras traida un plato humeante. Se sentó a un borde de la cama, y a pesar de las protestas de Isolda hizo que se tragara aquella sopa con un agradable sabor casero. Por supuesto, la mente de la Magus estaba muy lejos y su corazón afligido no podía alegrarse por aquella atención inesperada. Nada más hubo terminado su plato volvió a la carga.

-Dígame buena señora, ¿qué más sabe usted de la muerte de los señores Terrein y sus hijas? ¿Qué médico los visitó? ¿Dónde pusieron sus cuerpos?¿Van a quemar la casa?

La señora puso una mano en la boca de Isolda, sonriendo, mientras se ponía de pie con el pato ya vacío. Isolda sólo podía ver la espalda de aquella mujer, que en la oscuridad del hogar ya no parecía retorcida.

-Tenga paciencia, hija, que puedo contarle todo lo que usted necesite saber. Pero primero debe dormir.

Isolda, por supuesto, no tenía nada de ganas de dormir en ese momento, pero la sopa que acababa de tomar comenzó a influir en sucuerpo, y la mujer no opuso resistencia. En pocos minutos dormía de nuevo, plácidamente en apariencia, aunque en sus sueños se libraban terribles batallas contra los fantasmas del pasado.


[puedo darlo por terminado.]




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