Por muchos años los Despertados que habían habitado Le Ictus no habían cesado en cavar y cavar; descubrieron lugares que existían a pesar de sus excavaciones. ¿Tal vez por ellas? La causalidad era sumamente respetada, pero en aquellos lugares, bajo la influencia de un Nodo subterráneo tan poderoso, no podía decirse nada cierto.
Los Portavoces de los Espíritus y la Vieja Fe, muchísimos siglos atrás habían dado los primeros pasos; la Orden de Hermes y las Voces Mesiánicas, no después de muchas batallas verbales y mágicas, habían logrado dar un Orden al Caos Salvaje de aquel Punto Mágico, y con sus conocimientos pŕacticos habían extendido los laberintos, construyendo y descubriendo a la par, durante siglos.
Cuando la Guerra Massasa había dejado de ser un mal sueño para convertirse en una realidad, los trabajos subterráneos se habían detenido indefinidamente. Con Isolda, durante un par de años, estos trabajos habían continuado, pero finalmente también se habían detenido.
La mayoría de los túneles eran conocidos. Magos provenientes de las Tierras del Desierto habían ayudado en la labor de los actuales regentes, elaborando profusos mapas de aquellos lugares, extendiendo sus mentes espaciales y sus geometrías sagradas a lo largo y ancho de Le Ictus. Y sin embargo algo aún se escapaba a sus percepciones: los túneles terminaban conocidos terminaban abruptamente en una boca negra como la noche, que nadie se había atrevido a recorrer.
Isolda, temerosa de que algún ser provieniente de las entrañas de la tierra, o algún enemigo de la Capilla encontrara una entrada superficial a aquella boca, había puesto dos vigías pétreos permanentemente allí, dotados de un hechizo que cada cierto tiempo renovaba, que avisaba a los habitantes de la Capilla si alguien pasaba sobre ellos.
FDI: Cualquier habitante de Le Ictus, si quiere, puede hacer una trama con esto. Cualquier cosa que pueda imaginar es posible tan abajo, en un lugar tan mágico.