Isolda caminaba pensativa en su Sanctum. Sobre la mesa de su sala de recepción habí un amplio pergamino, lleno de líneas y anotaciones, de comentarios y hechizos. Isolda caminaba hacia la puerta, y regresaba, mirando una nueva sección del mapa, y luego caminando hacia el fondo de su Sanctum para regresar después.
Llevaba mucho rato ya repitiendo esta operación, y Chokhmah la miraba con cansancio.
Pero lo que buscaba no era sencillo, y este no era el primer día que se le dedicaba a ello. Ya había hecho muchos avances, y hoy, si su inteligencia le bastaba, podría terminar el diagrama de la Línea de ley y del Sol de le Ictus.
El problema a solucionar era sencillo: en la Capilla habitaban muchos seres, y tenían que darle rápida solución a la alimentación de todos ellos. Ni Isolda ni nadie en París estaba dispuesto a alimentar económicamente aquel mamotreto que no dejaba ningún dinero, pero sabía que si estarían dispuestos a ayudar si el gasto proporcionaría autosostenibilidad.
Eso era lo que buscaba: poder tener un campo fértil y labrable dentro de la Capilla, en algún ala abandonada del sistema de túneles. Y lo que tenía frente a ella era un pedazo de aquello: era el Sol que alimentaría aquel campo, alimentándose del Nodo de la Capilla, en una cuota lo bastante barata como para poder disponer de la quintaesencia diaria que brotaba de él sin problema.
Y sólo le faltaba un detalle.
Cinco horas después ese detalle estaba saldado. Lo que seguía era la tan ansiada construcción. Convocó a las gárgolas de la Capilla, a los espíritus de la Tierra y Sílfides del Lago que quisieran ayudarla, a los acólitos y Despertados que quisieran sumarse, y usando sus conocimientos en geometría y apoyándose en tratados arquitectónicos cristianos, explicó qué era lo que había qué hacer: donde romper, qué símbolos grabar y en dónde había qué hacerlos, y qué alas había que comunicar con qué otras: qué tierras había qué labrar, y demás. Paralelamente Gerard trabajaba en la construcción de un canal de agua que llevara esta desde el lago hasta el sembrado.
Las obras comenzaron el primero de aquel mes, y durante dos meses más, sin descansar más de lo debido, sudando lo que fuera necesario, los agujeros iban abriéndose e Isolda iba construyendo la Línea de Ley. Así, lenta pero seguramente, al llegar al segundo mes, sólo restaba convocar al Sol.
Isolda, que había preparado el hechizo, se demoró tres días trabajando en él, al término de los cuales, y alimentado a razón de un poco de quintaesencia cada dos días, el Sol fulguró por primera vez y hasta que el Nodo desapareciera sobre un amplísimo terreno de labranza, en los túneles de Le Ictus.