Largos días habían transcurrido desde que Erika se mostrara voluntaria para la investigación en el Cuerno Rojo. Demasiado tiempo había pasado ya sin que nada ocurriera. Si aquellos eran tiempos de guerra... guerra es lo que debía haber. Si París debía verse bañada en llamas y sangre para destruir la amenaza cainita... así sería. Y por aquella razón la vikinga se dirigía, decidida y directa hacia la morada de su señor de la guerra, del caudillo que los elevaría hasta la gloria de perecer en el campo de batalla por la gloria de Gaia, o que los llevaría a acabar con la inmundicia del lugar, aquellos seres asquerosos que ensuciaban el corazón de la Gran Madre con su patetica existencia.
Ya había llegado el momento de hacer algo, tan solo esperaba que unos pocos valientes, sus hermanos, la acompañaran en aquella partida de caza. Y con estos pensamientos llegó la Galliard, con su orgulloso porte, ante la puerta de Alauric D'Artois, el líder guerrero. Dos movimientos fuertes y seguros de su muñeca, y la puerta resonó con el anuncio de su llegada.
Alauric sintió los golpes y se levantó de su asiento. Con grandes zancadas abrió la puerta y se hizo a un lado para que la Galliard entrara.
Bienvenida y bienhallada Erika de los Fenris. ¿A qué debo el honor de tu visita?
El Colmillo podía imaginárselo pero prefería que la Fenris fuera la primera en hablar.