Una noche más transcurría en la oscura ciudad parisina, y una vez más una sombra se materializaba en las cercanías de la posada del Cuerno Rojo para acto seguido adentrarse en ella. El pálido rostro del Lasombra enmarcado por su larga melena negra, derramada sobre los oscuros y elegantes ropajes que habitualmente vestía, mostraba una expresión decidida y seria. Echando una rápida ojeada a la sala se dirigió directamente al tabernero.
- Buenas noches tengais caballero. ¿Seríais tan amable de hacer entrega de este mensaje a la hermosa mujer de rasgos árabes que frecuenta este local?
Al terminar la pregunta una buena suma de dinero cayó sobre la barra para comprar una respuesta afirmativa del posadero, al mismo tiempo que un sobre lacrado con el sello de Lasombra realizaba el mismo recorrido que las monedas. Sin lugar a dudas la única dama que podía gozar de dicha descripción era la assamita que residía desde hacía relativamente poco en la ciudad.
Tras asegurarse que la nota sería entregada correctamente, Máximo se dirigió hacia la puerta y salió para recorrer las cercanías del lugar en un silencioso paseo, a la espera de ser encontrado, si había suerte, por aquella a quien había ido a buscar.
Al abandonar la posada aquellos que hubieran reconocido al antiguo, y gozarán de una buena dosis de atención, habrían visto la potente musculatura, potenciada por la sangre del Lasombra, levemente marcada bajo sus ropas.
El posadero esperó unos minutos antes de entregarle la nota a uno de sus mozos diciéndole:
-Chico, lleva esto a la tienda que se llama El Faqad y que está en el mercado de San Jaques. ¡Y no te distraigas por el camino!
El muchacho salió como alma que lleva el diablo y se perdió por las callejuelas nocturnas de París.