Sahib el blanco poseía una tienda en San Jaques y eso le proporcionaba alguna idea sobre dónde buscar lo que su estimada Adila le había encomendado.
Una casa, una grande, capaz de acoger a unas 20 o 30 personas. Poco me importa el precio buen amigo, aunque estoy segura de que sabreis arañar un coste justo.
El hombre recordó las palabras de la árabe mientras se abría paso entre los tenderetes del mercado.
Tras el agradable paseo llegó a las puertas de una frutería perteneciente a un conocido suyo. Ebuan, un turco que ya peinaba canas y del que sabía que había puesto a la venta un par de locales en aquella parte de la ciudad.
Al entrar una preciosa muchacha morena le saludó desde el mostrador.
- Buenos días Sahib el blanco. ¿Qué os trae por nuestro humilde negocio?
El berebere sonrió amigablemente devolviéndole el gesto.
- Salaam Aleikum Noora, siempre es una alegría verte pequeña. La verdad es que buscaba a tu padre. ¿Está por aquí ese viejo cascarrabias?
La joven rió con ganas y le hizo un gesto a Sahib para que esperara mientras desaparecía entre la cortina de madera de la trastienda.
El hombre esperó paciente dejándose llevar por el aroma a fruta fresca que invadía la tienda. Estaba distraído deleitándose con la tersa piel de los melocotones cuando oyó una ronca voz que se dirigía a él.
- Vaya, vaya, vaya... ¡mira lo que ha traído la marea!
Ebuan lucía una extensa sonrisa en su rostro y avanzaba hacia el berebere limpiándose las manos con un trapo que le colgaba del cinto. Al llegar a su altura le dió dos sendos golpes en el hombro a modo de saludo.
- Mi buen Sahib, que Alá sea contigo amigo. Pero pasa hombre, no te quedes ahí plantado como un rábano. ¡Noora, prepara un poco de té, hija!
El árabe siguió las indicaciones del tendero, contento de poder volver a probar un buen té turco.
Una vez estuvieron comodamente sentados en la trastienda, y después de ponerse al día del presente de cada uno, Sahib abordó el tema de la compra del local.
Se pasaron un buen rato negociando el precio entre tazas de té y pastas dulces de hojaldre. Finalmente llegaron a un acuerdo que sellaron con un sendo apretón de manos.
- Eres un duro negociador Sahib... Jajaja... ¡Será que los años también dan sabiduría!
- Tú tampoco te quedas corto compañero, ni de dureza ni de años. Nos veremos pronto Ebuan y conmigo traeré el dinero contante y sonante. Salaam Aleikum amigo, cuídate.
Y así, entre risotadas y buenos deseos, el berebere salió de la frutería con la sensación de que su estimada y oscura Adila estaría orgullosa de él.