Uno a uno fueron llegando tanto el campesino con su familia, como el herrero y el aprendiz a una pequeña y humilde casa en el barrio latino. Uno a uno fueron recibidos y dispuestos en diferentes habitaciones, sin que pudieran verse ni al entrar ni durante el transcurso de la reunión.
Y así habló Isolda a todos al tiempo, en las diferentes habitaciones, vestida como adusta mujer entrada en años, de ceño rígido y rostro cansado de lidiar con el mundo, pero ojos bondadosos empero.
-Habéis venido pues me han dicho que queréis algo que yo tengo.
Cada uno escuchó lo que quería, sin saber siquiera que en la casa había otros "deseosos".
-Puedo daróslo. El precio es no volver nunca a ver a quienes conocíais, ni caminar en los lugares públicos. Deberéis estar a mi servicio. Si no os gusta lo que escucháis, nada de cuanto ha sucedido será por vos recordado. SI en algún momento os cansáis de la vida que os propongo llevar, saldréis y nada de lo que haya pasado será por vosotros recordado.
El campesino y su familia escuchó sin embargo una excepción.
-Vuestras cinco preciosas hijas sin embargo podrán. Las tomaré bajo mi personal instrucción.
-¿Qué decís?
Discutieron, preguntaron; se enfadaron, lloraron y por fin, tal y como debía ser, agradecieron.
¿Qué más podría esperarse de los desesperados? Aquella manera ruin de presionar no la había aprendido Isolda en los salones herméticos; había llegado desde lo más profundo de su alma, un alma oscura y ambiciosa tal vez. Tal vez inocente, y en su inocencia perversa.
Como sea, ella, que había sido el joven campesino y el joven estudiante; que había sido aquella señora de serio semblante; y que sería desde ahora Isolda, la Señora, la Ama para estas personas desesperadas, había hecho lo posible para que todos salieran beneficiados. No había sido, creía ella, un juego totalmente siniestro. Algo de luz, muy difusa, se vislumbraba aún al final de aquella historia.
El herrero haría su trabajo; el aprendiz de bibliotecario haría su trabajo. El campesino y su mujer cultivarían en el submundo bajo Le Ictus, ayudados por la magia milenaria que allí se guardaba; y sus hijas serían instruidas tal y como lo había dicho.