View Full Version: El herrero

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Title: El herrero
Description: 2-6-1226


Isolda Lamartine - May 22, 2007 10:48 PM (GMT)
Había grandes talleres de maestros herreros en París; algunos buenos orfebres que con delicadas manos tallaban las piedras preciosas o los metales sagrados; otros rudos que moldeaban el acero para crear espadas que los nobles lucieran en sus cintos, o herraduras que los caballos llevaran para no herir sus patas, hasta los más humildes que dedicaban sus conocimientos a fabricar ollas y materiales de ínfima calidad qué vender a los campesinos.

Uno de estos últimos se llamaba Jean Luçan, y tenía un humilde negocio en una esquina del barrio de los estudiantes. Nadie iba a su local desde que enfermara y la calidad de su trabajo disminuyera, así que en los últimos meses ni la compasión ni el buen hacer le habían dado un remplazo a sus alimentos.

Un joven campesino entró, ¡quién sabe después de cuánto tiempo alguien lo hacía!, a aquel lugar, encontrando a Jean luchando en vano con un pedazo de hierro sobre la fragua, golpeándolo inútilmente, maldiciendo interiormente.

Evento - May 23, 2007 02:38 PM (GMT)
El cansado herrero se giró, ciertamente sorprendido, al escuchar a alguien entrar después de mucho tiempo en su desafortunado taller. Su sorpresa cayó cuando vio las pintas del joven: poco o nada podría comprarle, un clavo, algún martillo, y con suerte herraduras de segunda categoría para algún cansado animal de carga a punto de la muerte.

Por tanto fue cortante su pregunta.

-¿Qué quiere?

Si tenía que morir en la inmundicia que era su vida, prefería hacerlo a solas.

Isolda Lamartine - May 24, 2007 01:28 AM (GMT)
Con el rostro sucio, con las ropas sucias, con el cabello revuelto y la mirada alegre sin embargo, ¡cómo no!, así era este joven campesino que se acercó, dubitativo al principio, más seguro en los últimos pasos, al lugar donde el martillo del herrero descansaba.

Miró a su alrededor, curioso y enternecido en partes iguales, y finalmente sonrió; y lo hizo con tanta dulzura que la negativa predisposición de Jean Luçan, el herrero, desaparecieron como por arte de magia.

-He oido muchas cosas de su herreriar se'or Luçan. Cuando mi papaito estaba vivo, Jelsus lo tenga en su gloria, décia que era la mejor, ¡NO!, la única que era de gracia ver de lo buena. Pero todo se acaba. Mi papaito murió, su herreriar se volvió un fiasco, su brazo se le acabó del todo. ¿No? ¿Sí? ¿Me sigue?

Sonrió de nuevo, deteniendo de ese modo el brazo que ya levantado se preparaba para acallar de un golpe al ave de mal agüero que le recordaba lo que había sido su vida, y le mostraba lo que era ahora.

Evento - May 24, 2007 10:57 PM (GMT)
"Qué jovencito tan encantadoramente provocador", pensó el herrero con líneas más burdas y menos continuas que las que acaban de leer, pero con la misma idea que es lo que cuenta; de algún modo había ganado su atención. De todos modos no tenía nada más que hacer que darle golpes inútiles a un pedazo de metal que nadie compraría.

En fin; a lo mejor aquel hombre, padre de este jovenzuelo, le deparara algo bueno a su vida. Así que con un movimiento de la mano invitó al joven a continuar con su entretenida charla.

Isolda Lamartine - May 25, 2007 03:07 PM (GMT)
-Pues sí que todo acaba, y la vida a uno no le deja sino más vida hasta la muerte.

Se encogió de hombros, mientras curioso tocaba un azadón como si fuera la primera vez que lo viera, y lo rotaba en su mano observándolo por todos los ángulos, como si alguno de ellos fuera diferente a los demás.

-Pero uno no se desalenta, ¿sabe? Uno se sigue hasta que ya no se siga más, osease hasta que se muere. Pero bueno. ¿Cómo va su familia? Ya sabe, la mujer, los críos...

Sonrió para sí mientras ponía el azadón en su lugar. Hacía meses no se divertía tanto.

Evento - May 29, 2007 11:21 PM (GMT)
El herrero levantó de neuvo el mazo; esta vez ese jovencito se había pasado.

-¿Jean?

El herrero se volvió, incrédulo al principio. La voz venía desde el fondo de la casa; desde la cocina, si no estaba mal. La recordaba. Hacía años le había sido muy familiar. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y se giró con los ojos abiertos e inyectados en sangre hacia aquel maldito engendro del demonio.

-¡Tü! Demonio, ¡te conmino a que saques tus pies de este lugar! Soy humilde... soy...

Sintió en ese instante una mano que tocaba su hombro. Cerró los ojos. El joven campesino silbaba tranquilo y jovial mientras miraba la frente sudorosa del herrero. Con voz suave le dijo algo como "Tranquilo, tranquilo..."

El pobre Jean no pudo recordarlo a ciencia cierta, pues de esa noche sólo le quedó el agradable recuerdo del calor de su querida esposa; los susurros de amor que con tanta pasión añoraba y que alimentaban su trabajo. No había vendido su alma por nada. La había vendido por todo, por todo.


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Esa noche desapareció de la herrería, sin dejar rastro, para nunca más volver a ser visto.



FDI: Tema cerrado.




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