Title: El campesino y su familia
Description: 2/6/1226
Isolda Lamartine - May 22, 2007 06:30 PM (GMT)
Un hombre joven tomaba una cerveza en uno de los lugares del mercado, gastando seguramente de ese modo la mitad de su precario salario; no importaba, él no poseía ni niños ni esposa, que aunque dijeran eran la felicidad del hogar, no en su caso.
No quería mujeres ni niños que lloraran por comida; y no quería dejar descendencia que continuara con su asquerosa vida. En eso se diferenciaba de casi todos los hombres de su posición de esclavos.
Miraba con curiosidad a un hombre entrado en los cuarenta, extremadamente viejo sin embargo, a su esposa igualmente envejecida, y a su inusual ejército de niños y niñas, cinco en total, que caminaban por el mercado saboreándose con las viandas que no podrían comprar; envidiando a los nobles por las telas que no podían llevar; y haciendo callar los gritos de su estómago, que a pesar de todo exigía su cuota diaria.
Evento - May 23, 2007 02:46 PM (GMT)
-¿Madrecita, podemos comprar un poco de cordero?
La madre fingió ignorar aquella pregunta, y el padre, y los mayorcitos. Nadie quería saber nada de aquello, y con el tiempo hasta la pequeña Clarisé olvidaría formular aquellas preguntas.
Así pasaron una media hora, mirando un poco, conversando de cualquier cosa que no les llevara a pensar en lo que veían; era sin duda un interesante método de tortura, que el joven en la esquina disfrutaba amargamente.
Por fin llegaron dónde él, el observador, quería: el padre dijo que se tomaría una pinta, mientras los niños compartían una manzana y la madre elegía una tela. Era víspera del aniversario del matrimonio que unió a aquellos seres en la desgracia, y hacían bien encelebrarlo año a año. No compraban nada en Navidad pues debían guardar el dinero para los maderos y reparar los abrigos: de lo contrario morirían del frío.
Así se sentó el bondadoso y desdichado campesino junto al joven, y pidió su pinta.
-Nada como una buena cerveza.
Isolda Lamartine - May 24, 2007 01:39 AM (GMT)
-Sin duda.
Dijo el joven, vivaracho y contento.
"Aún no sabe lo que es la vida", pensó el campesino. "Vaya si lo sé", dijo en respuesta, mentalmente, el joven estudiante, mientras levantaba su taza y brindaba con el campesino, que de un sólo empujón vació la mitad del preciado líquido. Viendo esto, y sin perder oportunidad, el joven pidió permiso con un gesto y al cabo de dos segundos se hallaba instalado en la mesa de al lado.
-Sois muy trabajador, ¿verdad? Sois un hombre fuerte, se os ve en las manos. Y en el color de vuestro rostro se os ve que no han sido pocas las estadías bajo los soles abrazadores o a merced de los vientos de los fríos infiernos. ¿Verdad? Sois bueno, como todos los hombres trabajadores que abrazan las bendiciones del señor. ¿Verdad que os ha bendecido el Señor?
Sonrió, como si la respuesta obviamente fuera afirmativa, y ya levantaba la taza cuando se percató de que el campesino no había hecho lo propio con la suya.
-¿Algo os sucede? Disculpadme, os lo ruego, si algo de cuanto he dicho no ha sido de vuestro agrado. Yo no... yo no... turbar a la gente no es lo mío sino alegrarla. Estudio, y hablo, pero a veces no pienso. ¿Me disculparéis buen hombre? ¿Lo haréis?
Pero ya la cerverza del campesino estaba vacía, y aun gesto del estudiante aquel inconveniente se solucionó, trayendo la felicidad al rostro del buen hombre.
-¿Lo haréis?
Evento - May 24, 2007 11:03 PM (GMT)
El campesino había estado pensando en sus hijos y en su mujer; agradecía lo que ellos representaban. SI hubiera estado sólo, sin duda no habría logrado sobrevivir y habría muerto enfermo y desdichado hacía mucho tiempo. Sí, Dios lo había bendecido, sin duda alguna. Pero había en todo aquel razonamiento algo que le dejaba un amargo sabor en la boca de todos modos, un algo indefinido pero fuerte y presente.
Lo sacó de sus preocupaciones la perorata del joven sobre el perdón.
-No se preocupe sior, que no me ha moestao. Solo estaba pensiando y me quedé serio nomás.
Agradeció efusivamente, con abrazos y palabras la otra cerveza que se le ponía al frente, y continuó luego de otro largo sorbo.
-Y sí, Mios ma bendecío con una bonita familia, hijas bonitas que casarán con buenos mozos trabajaores, y una esposa buena y voluntariosa.
La última frase la pronunció mirando desconsoladoramente la superficie de su cerveza, incapaz de mentir con esa honestidad enternecedora de las gentes sencillas.
Isolda Lamartine - May 25, 2007 03:15 PM (GMT)
-Lo envidio hombre, lo envidio. Yo no tengo familia alguna; mis padres me enviaron a hacer de aprendiz del maestro artesano de la calle Putreau, y no tengo esposa o hijos que me alegren. Sólo tengo un Maestro que me grita y una habitación pequeña donde duermo, nomás.
Tomó un trago, como si eso le tranquilizara de su hondísimo dolor, mientras miraba de reojo al campesino sin que este se percatara.
De repente puso el vaso en la mesa y tomó la mano del buen hombre con cierta fuerza.
-¿Qué le sucede? Por favor, no me diga que le he molestado de nuevo. ¡Mesero! ¡Traedle a este buen hombre una copa de vuestro licor más fuerte!
Miró de nuevo al anciano, con gesto oprimido, mientras el mesero ponía frente al hombre un líquido de color blancuzco de dudosa procedencia.
Evento - May 29, 2007 11:12 PM (GMT)
Aquello era demasiado para el pobre campesino: mucho licor, muchos pesares, acrecentados, sin darse cuenta, por algo que no sólo estaba más allá de su comprensión, sino también más allá de su control.
Lloró un poco al principio, babuceó unas palabras incomprensibles en una jerga tan antigua que el joven por un minuto pensó que lo estaba insultando; luego tomó otro trago de aquel fuerte licor, y lloró un poco más, y finalmente dijo, o mejor dicho, intentó decir lo que el joven quería escuchar: que era sumamente infeliz; que se sentía culpable por haber traído al mundo a sus criaturas; que se sentía culpable por haber arrastrado consigo a su adorable esposa, que si no se hubiera enamorado de él por virtud de un mal hado, habría sin duda terminado en mejores manos que las de un inútil campesino.
-Discúlpeme, se lo ruego, buen joven. Yo... yo... no quería... molestarlo con mis vicisitudes.
Hizo gesto de ponerse de pie, pero el joven, compasivo, le retuvo de la mano y sin prestar mucha resistencia el buen hombre sentóse de nuevo.
Isolda Lamartine - May 29, 2007 11:45 PM (GMT)
-Vamos, vamos... anímese...
Repetía sonriendo el estudiante, dando golpecitos de ánimo al campesino en el hombro, intentando recomponerlo usando los trucos que usaba siempre entre sus amigos, que iban desde las bromas más pesadas, hasta corear algún estribillo graciosos inventado por campesinos.
Nada de eso funcionaba, como era de esperarse en un caso como ese, pero aún así el joven no perdió las esperanzas, y decidió hacer el último esfuerzo, pues se sentía culpable de haber llevado al buen hombre a tal estado de inmundicia moral.
-Vea, vea... si me promete que se calma, entonces le diré de una persona que está buscando quien le ayude en su jardín. Tiene dinero, y seguramente aceptará también a su familia, si saben hacer algo, claro está. Ya sabe, nada es gratis de todos modos.
Sonrió como mejor pudo, intentando ver el fin de su intento.
Evento - May 30, 2007 01:19 PM (GMT)
El campesino, que a esas alturas no le quedaba más que ser crédulo, aceptó al instante, casi sin meditar, tener una entrevista con la desconocida dama que de esa manera prometía su ayuda. En realidad no esperaba sacar mucho de todo aquello; aún le debía el resto de su vida a su señor por los campos y la casa, y según calculaba sus hijas tendrían que terminar de pagar la deuda.
Pero de todos modos no era problema procurarse al menos un visto de ilusión.
-Id con vuestra familia. Seguramente a la señora le gustará ver a vuestras hijas.
EL campesino asintió de nuevo; vació su copa, y tambaléandose, se alejó del lugar.